Pablo Mediavilla Costa: El partido solitario

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Hay algo intempestivo y soez en la acera, las banderas y el himno en los altavoces. Un aroma a piso de ancianos en la idea del escenario con micrófono y personal arremolinado como si acabara de salir de la fábrica. La masa como peaje y la calle como último impuesto revolucionario de este país en el que todo, hasta el futuro, si no es viejo, lo parece. El acto de Rosa Díez en Madrid el pasado lunes, a tres horas del debate RajoyRubalcaba, del despelote televisado con enanos de los que venden a gritos «escritor y periodista» y cacahuetes envueltos en los periódicos del día siguiente. Sólo la liturgia de meterme la piedra filosofal cien por cien caliente en el bolsillo aterciopelado es lo que me da fuerzas para abrir la compuerta y salir a olisquear analogías bajo el cielo raso.

Cruzo el Paseo del Prado y de la poltrona de Velázquez abajo no veo más que a callados ciudadanos caminando a buen paso. Un partido de gente solitaria o, como en la broma de Bill Hicks, un partido de gente que odia a la gente. Es una hipótesis lúbrica que se confirma en la rotonda de Atocha, con Rosa Díez de espaldas a la Cuesta de Moyano y de cara a trescientos cuerpos y no pocos satélites. Veo más iPhones que banderas, que sólo hay dos y ya sobran. También un chiringuito de aspecto improvisado y sonido de vendedor de crecepelo y un adulto crespuscular que, a fuerza de asambleas pasadas o futuras sobre los mapuches de Chile, ha dejado de aplaudir para agitar las manos en el aire como un inválido que se cae por la borda. Y se cae, porque con una cierta vejez es como con una cierta juventud y los detergentes baratos, que la estupidez ya no sale. Qué antiguo lo de aplaudir, por otra parte, con el retuiteo en silencio ya inventado.

Comienza a hablar Carlos Martínez Gorriarán, un tipo que me inspira algo, aunque sea el hilar y el cabreo que tiene. Un aspirante a asesor de imagen y pisito del partido, a mi espalda, critica que Gorriarán tenga una mano en el bolsillo de los tejanos y no esté dando aspavientos como un imbécil con traje. Luego deja el tema y habla con su compañerito de hacer una porra para las elecciones. La mayoría, por fortuna, sigue en su cápsula individual y sostenible, sin niños para hacer bulto o bonito y pensando en un programa político y en unas ideas -una por frase- que de tan razonables dan náuseas. Un vómito por la España que no tendremos nunca.

De entre las cabezas, sale una conocida. Hace cuatro años me invitó a la sede de UPyD por donde correteaba la Díez sin tiempo para darme una entrevista. Aquellos carteles con el DNI no eran muy afortunados y el cuartel del partido, con toda esa pintura rosa, parecía la habitación de un recién nacido. Ahora mi conocido es el jefe de gabinete y le digo que le vi en Nueva York, por la pantallita de la televisión española transatlántica, poniendo el cuerpo entre la Díez y los funcionarios corruptos y populistas del futuro, atrincherados en un salón de la Complutense. «Lo recuerdo. Me puse chaqueta de cuero negro para impresionar». Recuerdo la chaqueta, el cuero, el negro y la impresión de ver otra universidad más secuestrada por los grititos y el silencio de los hacendosos en la biblioteca. Viniendo de la Autónoma de Barcelona, soy como un emisario del futuro.

Hablamos un rato más, el jefe y yo, de esos datos secretísimos que manejan los partidos, de las noches de cuchillos largos y de cómo Ciudadanos frena el avance de UPyD en la Cataluña que cada día da un paso más en su laberinto. Parte del acto se convierte en una queja sobre la no invitación al debate televisado. Me parece un error de cálculo cósmico, pero nada que no se pueda curar con cuatro años más de retuits sentidos. UPyD va a tener buenos resultados en las generales y el pueblo va a decir facha más, porque facha ya no es un insulto sino las coordenadas del tesoro.

Me voy cuando al encargado de Economía de UPyD se le ocurre cantar, como una sirena y con el Ibex en picado, a la pérdida de valores. Intuyo que la tecnología acabará por matar, también en este partido de solitarios, toda nostalgia exhibicionista de tiempos peores y dejará la rúa para lo que está, pasear tranquilo al perro y echar un cigarrito en un mundo razonable.

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