Tsevan Rabtan: De hombres que mandan y hombres que cuentan

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La historia de China es también la historia de los bárbaros del norte que la saquearon, la conquistaron y la perdieron, y de sus hombres y hechos, los que se habrían perdido en la niebla del tiempo de no ser por el afán de contar y de guardar de los letrados. Es tan enorme la capacidad de asimilación de la cultura china que no hay raza, por fiera y despiadada que fuera en su origen, que no haya terminado sucumbiendo. Eso no es lo más asombroso. La civilización mundial no se entiende sin China, y esto era tan evidente para sus habitantes, que durante mucho tiempo vivieron dando por sentado que no había más cultura que la suya, y que más allá de sus fronteras sólo vivían bárbaros. Lo más asombroso es el amor por la crónica fiel, por el estadillo, por la cronología. Cuando se descubrió que el censo de producción por explotación agrícola, realizado hace diez siglos en un imperio con casi cien millones de habitantes y base de su sistema impositivo, no era una aproximación, como se pensaba, sino un censo real, quedó demostrado que la comparación entre su sistema administrativo y el de cualquier otro lugar, incluida Europa, era el equivalente a la comparación entre el ejército de los zulúes y el de los estadounidenses en la invasión de Irak. Ésa es la razón de que sean los chinos los que nos cuentan quiénes eran los chanyu de los xiongnu, los nombres de las tribus de los tujue o las costumbres de los kirguises del Yenisei.

La otra cara es también cierta. China no se entiende sin el mar de pueblos que han recorrido en los tres últimos milenios las tierras al norte de la curva del río Amarillo. Para apreciarlo con claridad basta un vistazo rápido a su historia. Les pido algo de paciencia. Si no la tienen, sáltense los siguientes cuatro párrafos.

Tras la unificación realizada por Zheng, ese gran tirano, el primero que recibió el nombre de Primer Emperador (y esto no es una errata, porque hay más “primeros emperadores”), el imperio de los Han, el nombre que se dan los chinos a sí mismos, tuvo que pelear permanentemente con los xiongnu, y con ellos comienza una larga lista de pueblos nómadas que pillaron, arrasaron y, a veces, conquistaron China.

Esos pueblos nómadas, por el lugar de su origen y por su lengua y costumbres, podían ser turcos, surgidos en el oeste bajo la sombra del Altai, tunguses, surgidos en el este, donde desemboca el Amur, o tatar, surgidos en el norte, en las orillas del Selengá, el Onon o el Kerulen. Sin embargo, estos nombres ocultan la enorme dificultad de clasificar a los cientos de tribus diferentes de las que muchas veces sólo sabemos porque aparecen mencionadas en algún documento redactado por un funcionario chino. Más aún cuando la mezcla entre ellos es constante y su propia manera de vivir hace imposible fijar sus límites geográficos y políticos. Pero no importa, conocemos a los más importantes.

El imperio Han se hunde y sus restos reciben, en el siglo IV, oleadas de invasores que darán lugar a los Dieciséis Reinos de los Cinco Bárbaros. Los xianbei (tunguses), los tabgatch (turcos), hasta una dinastía de origen tibetana, entre otros, se instalarán en el norte de China. Esas invasiones dejan sitio en las estepas, y del vacío nace una nueva confederación de tribus a la que sus primos sedentarizados llamarán ruan ruan, los que reptan, los insectos molestos. Nosotros les llamaremos ávaros cuando terminen alcanzando Hungría, expulsados por los poderosos tujue, que dominarán la estepa durante siglo y medio, aunque duramente golpeados por el nuevo imperio chino unificado. Se trata del imperio Tang, que controlará toda China. Su poder se extenderá por los oasis del oeste, ésos por los que discurre la ruta de la seda, pero tendrá que seguir luchando con los molestos vecinos del norte, siempre atentos a cualquier debilidad. Otros turcos, los uigures, mercenarios al servicio de los Tang, serán los encargados de expulsar a los tujue de las fronteras del imperio, pero recibirán su propia medicina de los salvajes kirguises. No hay paz, ni hegemonía, que dure más de unas pocas décadas.

La historia se repite. El poderoso imperio Tang decae y nuevos pueblos invaden el norte de China. Uno de ellos, escindido de los xianbei, el de los kitán, fundará la dinastía Liao, que comienza expulsando a los kirguises y que, harta de las expediciones de saqueo de la confederación de los que que los documentos chinos llaman shiwei, los reprimirá con dureza. Entre los shiwei, a los que se llama genéricamente dada o tatar, se encuentran los mongoles. Estamos en el siglo X y el norte de China está en manos de los bárbaros kitán, que, como otros antes, se olvidarán sus orígenes y se darán cuenta, tarde, de que una nueva marea desciende desde el noreste: sus vasallos, los yurchen, manchúes, les atacan y toman el poder, fundando la dinastía Jin. Esta dinastía tungusa sólo controla el norte de China; habrá que esperar al extraordinario Nurhaci para que en el siglo XVII la controlen del todo, fundando el potentísimo imperio Qing. Ésa, sin embargo, es otra historia.

Espero que les haya quedado claro que lo de marea de pueblos no era una metáfora.

Los shiwei o mongoles, están formados por una decena de tribus. Hoy reciben ese nombre común, mongoles, porque una de sus tribus, la mongola, dominará a todas las demás: a los keraitas, los naimanos, los merkitas, los ongutos, los oirates, los tatar. Esa dominación la realiza un genio político y militar analfabeto, llamado Gengis Kan.

Es el momento de volver a China, pero avanzando en el tiempo. En 1350 la dinastía Yuan, fundada un siglo antes por Kubilai Kan, nieto de Gengis, está en crisis. En el sur, los chinos se alzan en armas, hartos de la dominación mongola. Un campesino la lidera y termina designado como Primer Emperador de la dinastía Ming, con el nombre de Hongwu. Y hace lo que otros hicieron antes: ordena que se precinten las bibliotecas imperiales y que se inventaríen todos los libros y mapas que encuentren en los archivos de la dinastía depuesta. El nuevo emperador quiere comenzar su mandato publicando una historia verdadera de la dinastía derrocada. Lo ordena y así se hace, en apenas seis meses.

Una historia oficial se escribe a mayor gloria de la dinastía reinante, pero los letrados son, además de siervos obedientes, profesionales escrupulosos. No están contentos con su trabajo y exigen que funcionarios viajen por todas las ciudades del imperio, a fin de hacer acopio de documentos importantes con los que completar una obra digna de su función. La terminan en otros pocos meses más. Sin embargo, en la redacción de la obra, por razones no dilucidadas, no se tiene en cuenta una fuente fundamental, la Historia Secreta.

Escrita a mediados del siglo XIII, La Historia secreta de los mongoles recibió ese nombre no por razones misteriosas, sino porque los custodios de la obra se negaron a que fuera extraída de la academia imperial en que se encontraba cuando se pretendió utilizar para contrastarla con otras obras que se referían al mismo período. No se sabe quien la escribió, aunque debió de ser alguien cercano a Gengis Kan; tampoco la fecha exacta en que fue escrita, aunque la hipótesis más verosímil es que fuera contemporánea, en su mayor parte, de la muerte de su principal protagonista. Lo que sí sabemos es que se salvó gracias a su traducción al chino. Una de las hipótesis es que el traductor era -sorpréndanse- un persa originario de Balj. En cualquier caso, lo que es seguro es que Hongwu, el primer emperador Ming, ordenó que se compilase un vocabulario chino-mongol. Para facilitar el uso de ese “diccionario”, los letrados transliteraron la Historia secreta al chino; es decir, escribieron las palabras mongolas, sin traducirlas, en caracteres chinos, seguramente añadiendo una definición de cada una de las palabras traducidas. La traducción de la Historia Secreta y el Vocabulario se imprimirán a finales del siglo XIV. Lo más impresionante es que no coinciden totalmente. La traducción, aunque muy fiel, es más breve, cambia algunos nombres (por ejemplo llama, a Gengis, Primer Emperador, algo que no era cuando fue escrita, pero que le parece más natural al traductor de la obra), suele utilizar el estilo indirecto, y acorta los pasajes, eliminando descripciones y enumeraciones que le parecen redundantes al traductor. Sabemos que es así porque, y esto es una prueba de la perfección del trabajo de estos hombres, la versión transliterada, escrita en un idioma desconocido para el autor y los copistas, nos ha llegado, íntegra, siete siglos después, y ha podido ser traducida y comparada.

Hay que esperar al siglo XVII para que la obra empiece a ser considerada capital, dentro de la propia China, para entender la génesis del Imperio Yuan. El resto del mundo la conocerá a finales del siglo XIX, a través de una primera traducción al ruso y otra posterior al japonés.

Las vicisitudes de la obra a lo largo del tiempo están muy bien contadas en la introducción de la versión española de la Historia, traducida por Laureano Ramírez Bellerín, y publicada por la editorial Miraguano, de la que se acaba de publicar una 2ª edición.

Recomiendo efusivamente la traducción de Ramírez Bellerín a todos los que estén interesados en el tema. Es simplemente impresionante: aunque se trata de la traducción de una de las dos versiones chinas existentes, las notas recogen la versión mongola y las alternativas. La erudición del traductor y el aparato de notas es apabullante.

La Historia es una obra extraordinaria. Es única por muchas razones: en primer lugar como documento histórico. Se suele argumentar en su contra que, en su condición de fuente única para muchas de los hechos que allí se cuentan, no es de fiar. Eso es cierto, aunque existen otras fuentes sobre el ascenso del imperio mongol, pero la Historia transpira verosimilitud, dentro de su carácter épico, en lo relativo al núcleo de la obra: la vida de Gengis Kan. No es una hagiografía del gran mongol. Al contrario. Junto a sus grandes hechos de armas, se cuentan argucias y debilidades. Más aún, aunque toda la obra se centra en un personaje de un calibre tan enorme, los demás no son sólo un telón de fondo, sino que son presentados con una psicología propia. La Historia es también un canto a la vida nómada. A sus reglas y prioridades. Yo no sé si, como decía el Gobierno de Mongolia en 1989, para alabar sus cualidades literarias, es comparable a la Ilíada y la Odisea, al Libro de  Aleixandre, al Cantar de Roldán o al Cantar de las Huestes de Igor. Para eso sería necesario poder leerlo en su lengua original. Lo que sí sé es que allí está la parte más atrayente de la historia de Gengis Kan: su caída y ascenso desde la nada; la muerte de su padre y la pérdida de su herencia; su apresamiento y huida; su relación con Burte, la madre de los cuatro hijos que se repartirán el mundo; el origen de sus geniales generales; sus motivos, sus promesas y traiciones; las venganzas, la lealtad y la relación directa del mongol con el mundo. Cuando escuchamos los juramentos y las advertencias de traición, es difícil pensar que sea inventado. También cuando leemos sobre las penurias y la cambiante fortuna de las armas.

Gengis Kan tardará más años en dominar las estepas mongolas que en conquistar el mundo. Extrañamente, los años más interesantes son ésos, los primeros. Son los que explican lo que vendrá después.

Apostados en un promontorio frente al despeñadero de Naqu, los naiman vieron venir a sus vigías perseguidos por los de Chinguis [Gengis] y el tayang preguntó a Jamuqa, que a la sazón estaba a su lado: “¿Quiénes son esos que parecen lobos persiguiendo al rebaño hasta el aprisco?”. Jamuqa respondió: “Son los ‘cuatro perros’ alimentados con carne humana de mi anda Temüjin [Gengis] que hasta ahora mantenía sujetos con cadenas de hierro. Tienen frentes de cobre, dientes como cinceles, lenguas como leznas y corazones de hierro; con espadas curvas por látigo devoran el rocío y desgarran los vientos, y en el combate comen carne humana. Hoy los ha librado de sus cadenas de hierro, y vienen babeantes y gozosos. Esos ‘cuatro perros’ no son otros que Jebe, Qubilai, Jelme y Sübe’etei”

En la Historia secreta, el horror causado por los bárbaros en la lejana Europa no ocupa más que unas pocas líneas. Sólo éramos algunos más de los cientos de pueblos sojuzgados por hombres acostumbrados a mandar y morir, porque sólo el cielo azul que se extiende por las cuatro esquinas del mundo es eterno. 

 

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6 comentarios

  1. Chapeau. Deja con ganas de leerse el libro. (Por cierto, el link a la versión española está roto).

  2. Si no hubiera participado en la votación twitera, supondría que se habían puesto de acuerdo para hacer coincidir barbaros y barbaros.
    http://www.jotdown.es/2011/11/marcel-gascon-mientras-llegan-los-barbaros/

  3. Un artículo bárbaro.

  4. Durán

    Llegué aquí a través de su twitter. La versión de Miraguano es excelente pero si le interesa profundizar en el tema le recomiendo la versión de Igor de Rachewiltz, publicada por Brill ( en la bibliografía de Bellerín aparece citado, aunque si no recuerdo mal no este volumen sino trabajos parciales). Una amiga mía, sinóloga en ciernes, la tiene y es apabullante. De Rachewiltz es a la Secret History lo que Royall Tyler es al Genji Monogatari:

    http://www.amazon.es/The-Secret-History-Mongols-Thirteenth/dp/9004153640/ref=sr_1_8?ie=UTF8&qid=1368805243&sr=8-8&keywords=secret+history+of+the+mongols

  5. Pingback: Bárbaros | Las cuatro esquinas del mundo

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