Javier Gómez: Los Agnelli sí sabían de muertos

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Era una de tantas cenas de Navidad, el pasado miércoles, en un restaurante caro en los alrededores de Madrid. Los comensales iban chocando copas, con el vino maceraban las coñas, troquelaban anécdotas del año… menos un comensal con cara de seta. ¿El soso de la oficina? No. José Luis Rodríguez Zapatero.

Lo vimos en unas imágenes de LaSexta. Leyre Pajín, con su optimismo de carpeta forrada con la Super Pop; Garmendia haciendo de guapa del insti, o sea, contenida pero risueña y con la espalda siempre recta; Elena Salgado, asintiendo sin dejar la copa de vino blanco. Y Zapatero, con pose orteguiana y la mirada extraviada.

La Moncloa debería copiar a la Fiat de los viejos tiempos. En la empresa de los Agnelli existía “la oficina de los muertos”. La signorina Marina se encargaba de mantener las dos reglas sagradas de la empresa de Turín para cuestiones del más allá: nadie muere dentro de las instalaciones de la Fiat y ningún trabajador, incluso jubilado, muere solo. El departamento se encargaba de publicar una esquela en La Stampa, enviar dos coronas de flores, una a nombre de la Fiat y otra de “sus colegas del trabajo”, organizar el funeral en caso de problemas económicos y hasta de enviar figurantes a las exequias.

Como explica Enrico Deaglio en Patria, la signorina Marina se encargaba de mandar a cuatro hombres de la edad del fallecido, a cualquier lugar de Italia, para transmitirle a la viuda, “con voz rústica y conmovida”: “Mis condolencias, lo conocía, trabajamos juntos. Era un gran lavoratore, su Tonino”.

A juzgar por la cara de Zapatero, ahíto, doliéndole España, consciente de haber perdido Cuba y Filipinas mientras sus ministros le dan a la muela y al despiporre navideño, el Estado debería asueldar una signorina Marina para mandarle a los ex presidentes una troupe de mandatarios extranjeros de plexiglás, de supuestos secretarios de Estado, para felicitarles por el encomiable trabajo realizado.

Nada de odiosas y fútiles cenas con cotillón, con Pajín intentando explicarte un chiste mientras tú buceas en la prima de riesgo y los secretos de Estado, sino tipos de chaqueta con solapa y rictus grave que, con voz queda y timbre autorizado, le dijeran: “Sabemos que lo que hiciste fue por el bien de España. Te recordaremos».

Pero la Fiat no era una empresa, sino la cadena de montaje de un país. Y un Gobierno saliente no es un Gobierno, sino un salón de bodas a la mañana siguiente y sin limpiar. Los políticos no han entendido que, ahora que la ideología vale lo que un canterano en el Madrid, sólo quedan los símbolos. Gianni Agnelli siempre lo supo. Tenía 64 años cuando sufrió una isquemia de miocardio y era el industrial más rico de Italia. Pidió que lo llevaran a Le Molinette, el gran hospital público de Turín, a una habitación de dos camas. En la de al lado yacía doliente un obrero de la Fiat. Y no era un figurante.

 

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5 comentarios

  1. Pingback: Los Agnelli sí sabían de muertos

  2. Quique

    Gran columna.

  3. Virada02

    «Los políticos no han entendido que, ahora que la ideología vale lo que un canterano en el Madrid, sólo quedan los símbolos. Gianni Agnelli siempre lo supo»
    Brillante columna. Bravo

  4. Arakaitz Mendia

    Qué bueno eres,tío. Prodigate más.

  5. Carlos

    Excelente, y no lo digo por parafrasear al Sr. Burns, colega de piel amarilla del Sr. Agnelli. Bravissimo

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