Pablo Mediavilla Costa: El mundo presente

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El cielo de Madrid luce terso y limpio como una sábana al viento. Abro la ventana del techo para detenerme en el azul sin filtros. El frío tímido primaveral me sube los gritos que un puñado de personas lanza, como cada fin de semana, a la fachada de la cercana embajada de Siria. Las persianas de la legación llevan meses echadas y sus habitantes han dejado, como consecuencia, de observar la realidad. Imagino sus movimientos nerviosos en una penumbra de llamadas telefónicas para salvar el pellejo o alquilar una parcelita en el exilio. Imagino un pasillo y unas sombras que lo cruzan y un salón versallesco de luz filtrada y polvorienta.

Lo primero que he hecho al despertar ha sido ver un vídeo de la BBC. En él, el fotógrafo Tim Hetherington, muerto en Libia el pasado abril, hablaba sobre su trabajo y me he quedado mirando su cara, como de busto romano, y sus ojos que no pestañeaban. Me han dado ganas de abrazarle como se abrazan algunos hombres en los funerales, un gesto tosco y sincero.

Aloma Rodríguez ha twitteado un enlace a su columna del Heraldo y, automáticamente, he recordado a Félix Romeo, ese desconocido que pareciera haberse reencarnado a escote entre el dream team de escritores a los que dejó huérfanos en octubre.

En las entrañas de esta máquina perfecta ideada por Steve Jobs está el mejor disco del año, Father, Son, Holy Ghost de Girls, y también mi primera crónica radiofónica (¡y en catalán!) grabada en la noche de mayo en la que mataron a Bin Laden, un real desastre de tartamudeos e imprecisiones que ni una botella de Jack Daniel’s pudo ahuyentar para pegar ojo en mi habitación de Brooklyn. El blues de Abottabad y la postal que tengo al alcance de la mano, con el puente de Brooklyn hundido en la niebla que se me empieza a formar cuando recuerdo Nueva York.

Guardo la foto que le hice a Hitchens en la New School de la calle 12, donde entonces estudiaba. Recuerdo esperar en el vestíbulo la llegada de su débil cabellera y la camisa abierta a cero grados ambiente y su pinta de haber calentado la voz con un vino de 300 dólares. Llegó con una chica joven, quizá su asistenta, que miraba cómo el jefe invadía la sala como una onda expansiva de abrazos y risotadas.

Es fascinante descubrir que la realidad, a veces tan lejana, acaba por emboscarse en el latido de los días. Pienso, como diría un escritor, en el millón de mariposas batiendo sus alas que van desde Mohamed Bouazizi quemándose a lo bonzo en un pueblo de Túnez hasta el rumor de la diáspora siria en mi calle y, por un momento, me parece escuchar el fino engranaje de la Historia. El mundo aquí presente.

 

 

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