Walter Oppenheimer: Silencio en el Bernabéu

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La primera decisión que hay que tomar antes de un Madrid-Barça es obvia: ¿hay que verlo o es mejor encerrarse en un cine e intentar olvidarse del partido? Esta vez la tentación de meterse en el cine era muy grande, sobre todo después del desastre de Getafe. Pero hacer eso hubiera sido injusto con el equipo y no habría representado correctamente mis sentimientos de absoluta confianza en él: a pesar de Getafe y a pesar de perder una ventaja de dos goles en Anoeta, mi fe en este Barça no había disminuido un milímetro. La plantilla es más larga que el año pasado y la llegada de Cesc y de Alexis le daban el puntito de metralla que pude haber echado de menos alguna vez el año pasado. Los empates con el Valencia y el Athletic fuera y el Sevilla en el Camp Nou entran en los parámetros de lo aceptable.

En resumen: mis dudas ante el partido del Bernabéu no me las alimentaba el Barça. Mis dudas me las generaba la mejora del Real Madrid. Y, sobre todo, el pánico a acabar la noche a nueve puntos potenciales, una distancia muy grande en las actuales circunstancias.

Un paréntesis. Aunque mi odio hacia el Real Madrid parece no tener límites y sigue creciendo con la edad, en el fondo ha sido siempre más una muestra de envidia y temor que otra cosa. Envidia por su palmarés y temor por su capacidad de competir en las condiciones más adversas, hasta el último instante. Hecha esa confesión, hay que aclarar que mi odio se asienta también en factores menos admirables, como la protección que tuvo bajo el régimen de Franco desde que el dictador se dio cuenta de lo útil que le era el fútbol desde el punto de vista de la propaganda de cara al exterior o el nauseabundo predominio y parcialidad a favor del Madrid en RTVE, un medio que se financia con los impuestos de todos y no solo con los de los madridistas. Cierro paréntesis.

Como quizá ya habrá adivinado el lector que haya sido capaz de llegar hasta esta línea, la decisión que tomé fue la de ver el partido. Decidí también que lo vería en un ambiente de sosiego y recogimiento: en casa, con poca gente y, a ser posible, todos culés. Descarté, por lo tanto, la estrambótica sugerencia de un colega londinense de juntar a un gran grupo para ver el partido —“el Clásico”, dijo él, pero yo me resisto a utilizar esa relamida expresión que se ha puesto de moda hace muy poquito tiempo y no tiene ninguna tradición histórica— en un pub. Era, claro está, un colega más interesado en montar una fiesta que en ver fútbol. Y un Madrid-Barça no es algo que yo pueda ver en un pub como si fuera un atractivo pero intrascendente Arsenal-Chelsea, por poner un ejemplo.

Como saben los buenos aficionados, lo peor en un partido como el del sábado son los días previos. Sobre todo desde que, coincidiendo con la introducción de esa imagen de marca “El Clásico”, nos vemos bombardeados con millones de piezas informativas previas. En ese sentido, vivir en Londres tiene sus ventajas. No ves las televisiones españolas y sólo lees la prensa que quieres leer. Quiero decir que no te encuentras el Sport o el Marca en el bar. Aunque es casi invencible la tentación de leerlos a través de Internet. Confieso que me he enganchado a la página de Sport: la encuentro de tal fanatismo y parcialidad que me reafirma como un hincha apasionado pero moderado, equitativo y lúcido. Lo de As y Marca solo me tienta tras una gran victoria blaugrana o una gran derrota merengue. O sea, que en los últimos años he tenido bastantes ocasiones de engordar las cifras de visitas de esos dos rotativos. El Mundo Deportivo, lo siento, me ha parecido siempre un poquito como del Espanyol, y eso es (como regla general, aunque hay atenuantes e incluso eximentes) casi peor que ser del Madrid.

Otra gran ventaja en esta ocasión ha sido el hecho de que hubiera jornada europea de por medio, lo que ha dejado el Madrid-Barça en un relativo segundo plano hasta el jueves. El martes, el Valencia me confirmó que está en este mundo fundamentalmente para joder al Barça y poco más. El miércoles, el Basilea y el Nápoles me dieron la gran satisfacción de poner en evidencia a quienes siguen diciendo que la Premier es la mejor liga del mundo: los dos grandes favoritos de este año, City y United, relegados a la segunda división europea. Me lo tomé como un buen augurio.

El veto de David Cameron en la cumbre de Bruselas sobre el euro me ayudó aún más: el viernes y el sábado se me pasaron casi volando, con la cabeza concentrada en el euro, el Partido Conservador, los euroescépticos británicos y la tragedia que sufren los militantes del partido de los liberales-demócratas, hacia los que siento piadosa simpatía.

Total: sin comerlo ni beberlo, me dieron las seis de la tarde del sábado. Solo faltaban tres horas para el momento verdaderamente cumbre de la semana.

Tres horas, sin embargo, son una eternidad en estos casos y yo estaba solo en casa. Hice lo único sensato que se puede hacer en esas circunstancias: ir al pub a tomarme un par de pintas y templar los nervios.

A esas horas, el plan de combate era muy claro: íbamos a ser solo cinco viendo el partido, de los que solo dos éramos realmente fanáticos del fútbol y los demás comprendían que sólo podían apoyar a un equipo, el Barça, y hablar más bien poco para no molestar. Entonces ocurrió un fenómeno extraordinario. Empezó a llamar gente preguntando por el partido, que si a qué hora era, que si lo iba a ver, que si patatín, que si patatán. Entre las llamadas hubo dos especialmente delicadas. Una de un gran amigo que es aún más fanático que yo y al que he visto emprenderla a patadas con una silla en un día particularmente aciago del Barça (yo he de confesar que un día rompí accidentalmente un vidrio de la chimenea de mi casa cuando vivía en Bruselas al arrojar el puf después de un inoportuno gol del Valencia; pero aquello fue realmente accidental y un solo gesto, no una larga serie de agresiones a una pobre silla barata…). Mi amigo no suele ver estos partidos: es de los que se va al cine o al teatro para no pensar en el fútbol. Pero lo hace de forma muy peculiar: se lleva el móvil y chequea el resultado cada dos minutos, por lo que suele acabar peor que si estuviera viendo el partido.

También llamó una estupenda colega de Madrid que casualmente estaba de paso por Londres con una prima suya. Para mi propia sorpresa, tuve la desfachatez de hacerle ver de forma no demasiado sutil que si ganaba el Madrid y se le ocurría festejarlo no podía responder por su seguridad. Me contestó, sabia ella, que en realidad lo que le apetecía era verlo en un pub y que me llamaba para saber si le podía recomendar alguno en particular. Afortunadamente, al cabo de una hora tuve un ataque de sensatez y me di cuenta de que mi comportamiento había sido de una grosería inaceptable y la llamé para rogarle que se uniera a nosotros. Tuvo la cortesía —y la valentía— de aceptar la invitación. La pobre llegó un pelín tarde y se perdió el gol del Madrid…

Al final, y destrozando todos mis planes de discreto recogimiento, nos juntamos 13. Solo ahora me doy cuenta del atrevimiento: ¡¡¡13!!! Y, sin embargo, fue cosa del destino: 13 = 1-3. Éramos de variopintas procedencias geográficas, como corresponde al cosmopolitismo londinense: Alemania, Dinamarca, España, Inglaterra, Italia, Malasia, Nepal…

Mi estado de ánimo justo antes del partido era muy parecido al de ese manido parte meteorológico que pronostica “nubes y claros con chubascos dispersos localmente intensos”. Es decir, todo es posible: sea cual sea el tiempo que finalmente haga en un sitio, hay muchísimas posibilidades de que el pronóstico acabe siendo correcto, lo mismo si brilla el sol que si está nublado, tanto si hay sirimiri como si cae un chaparrón…

En un mensaje a una amiga a media tarde mi apuesta había sido de victoria del Barça por 1-2. Abordaba el partido con gran confianza en este equipo, pero también con el temor de que la derrota era bastante posible e incluso no se podía descartar una eventual humillación. En el fondo, lo que me daba confianza es que en los últimos años, cuanto peor eran los augurios para el Barça, mejor acabó siendo el resultado. El glorioso 2-6 del Bernabéu llegó cuando las apuestas favorecían a un Madrid que venía lanzado: creo recordar que 17 victorias consecutivas desde que perdiera en can Barça en la primera vuelta. El (último) 5-0 en el Camp Nou, la noche que acabó con decenas de miles de gargantas coreando aquel glorioso estribillo de “sal del banquillo, Mourinho sal del banquillo”, se produjo cuando muchos pronosticaban ya un cambio de régimen. El 0-2 en la Champions fue justo después de que el Madrid nos ganara la Copa en Valencia y la caverna blanca convirtiera lo que había sido un partido a cara o cruz en la prueba de que en aquellos cuatro duelos el Madrid iba de abajo arriba y el Barça de arriba abajo.

El sábado, cuando vi la alineación por la que apostó Guardiola, me llené de optimismo. El equipo de gala, con Puyol por Mascherano, y la valiente elección de Alexis por Villa. Creo que Mascherano es un profesional de primera fila —a Tévez le iría mucho mejor si fuera la mitad de profesional que el Jefecito— pero Puyol es un talismán. Especialmente en el Bernabéu. Y, aunque le tengo un enorme cariño a Villa y admiro su capacidad de sacrificio por el equipo, Alexis está en racha, tiene carácter guerrero, un hambre de gloria que se come el mundo y ya dejó huella en el Bernabéu en la Supercopa de España, esa competición intrascendente que Mourinho consiguió convertir este año en un valiosísimo trofeo.

No hace falta decir que todo ese optimismo —y también los cojones— se me cayeron al suelo en 24 segundos. Peor aún: el desconcierto que siguió a ese desconcertante gol me hizo pensar por unos instantes en la final de la Champions en Atenas en 1994 —el 4-0 del Milan al Barça de Cruyff—. La alternativa era el 2-6 de hace dos años, cuando el Madrid también empezó marcando pronto. Pero no tan pronto, caramba. Y no de esa manera.

El ver la cara de Messi me dio ánimos. Estaba claro que no tenía ganas de perder esa noche. Y reconozco que canté gol con ese remate suyo que salió fuera por los pelos. Bueno, por las yemas de los dedos de Casillas, según puede ver en la repetición. Creí que había sido gol.

Mientras veo un partido de ese tipo soy capaz de ver la historia entera del Barça en unos instantes. Lo bueno, o lo malo, según toque cada día. Pero soy incapaz de hacer eso que laman “leer el partido”. Eso solo lo saben hacer los que de verdad saben de fútbol, no los que acumulan glorias y agravios en la retina y el cerebro. Yo, que he visto cientos de partidos en el campo y miles por la tele, no sé leer el partido. Lo más cerca que estuve una vez de leer el partido fue el día del último 5-0 al Madrid —insisto en lo de “último” para guiar a la gente, porque ha habido varias manitas…—. En esa ocasión tuve el honor de verlo desde una localidad muy alta en el Camp Nou, casi justo frente a la línea divisoria del centro del campo.

Desde allí no se aprecia el detalle, no se ven los gestos de los jugadores, no se ve a Guardiola con la boca entreabierta ni a Mourinho con esa cara que tiene siempre de estar meando una piedra en ese mismísimo instante. Pero se ve el despliegue táctico de manera fenomenal. Esa noche vi puro ballet: 10 chicos con camisetas blancas corriendo de un lado a otro mientras 10 chicos con camisetas oscuras hacían rondos con una pelota. Ese día me di cuenta de lo cansado que es jugar contra el Barça y comprendí por qué el Madrid acaba tantas veces perdiendo los nervios y dando patadas contra este Barça o haciéndose expulsar en el tiempo de descuento por puro desespero. Es decir, perdiendo ese señorío que dicen que siempre tuvo y del que yo jamás había tenido más noticias que las meramente propagandistas.

Pero no perdamos el hilo. Como no sé leer los partidos me he enterado luego, a través de los expertos, de que en esa primera media hora del sábado el Barça jugó desconcertado, que Messi era el único que sabía qué quería hacer, que nunca antes Xavi, Iniesta y Busquets habían perdido tantas pelotas. También me enteré de que, a pesar de su garrafal error inicial, Víctor Valdés tuvo el coraje de seguir jugando al pie y, punto crucial, que el principal efecto del desconcierto del Barça es que desconcertó al Madrid hasta el punto de que en lugar de intentar rematarnos, nos fue cediendo terreno.

Aunque nadie me crea, ni siquiera en esos momentos cruciales del partido me puse demasiado nervioso. El fantasma de Antenas no volvió a cruzar mi mente. Pero el gol de Alexis, en lugar de calmarme, me tensó. Uno a uno. Un resultado que hubiera firmado antes del partido y que hubiera firmado en ese instante. Pero no al cabo de una hora.

La segunda parte empezó mucho mejor que la primera y el gol de Xavi fue un golpe de fortuna. Lo reconozco. Me hizo mucha gracia saber luego que Mourinho atribuyó a la mala suerte del Madrid la victoria del Barça. Es típico de Mourinho: nunca miente (del todo) pero jamás dice toda la verdad. Es lo que los ingleses definen como ser “economical with the truth”. Es decir, engañar a la gente al hacerle ver una parte del argumento, pero no el argumento completo. ¿Acaso el gol del Madrid no fue uno de los más afortunados de la historia del fútbol? Vamos a ver: el Madrid necesitó primero que Valdés le pasara la pelota directamente a Di María, que su tiro lo rechazara Busquets directamente a Özil, que el disparo de éste lo volviera a rechazar Busquets y le cayera esta vez a Benzema, que acabó marcando con la tibia. Todo eso antes de que se hubiera jugado medio minuto. Si eso no es suerte…

Se queja el gran maestro portugués de que Ronaldo pudo marcar el 2-0 antes de que empatara Alexis, pero se olvida de que también pudo Messi empatar antes de que fallara Ronaldo.

Insinúa que Messi debió ser expulsado por una falta —¿realmente fue falta?— a Xabi Alonso pero oculta que el propio Alonso pudo ver la segunda amarilla antes de ese incidente. En fin, que lo comido por lo servido.

Yo el fútbol no lo disfruto durante el partido, sino cuando ha acabado. No soy muy original: es algo que le pasa a mucha gente. Creo que la única excepción a esa regla han sido el 2-6 —al menos desde el quinto gol…— y el último 5-0. Por eso hasta el final del partido no me acabé de dar cuenta de lo mucho que disfruté el sábado en la segunda parte. El recital de Iniesta fue inmenso —auque coincido con los que opinan que Messi fue fundamental al echarse el equipo a la espalda en la primera parte—, intuía que Cesc marcaría, el partidazo de Alexis fue magistral; le auguro un gran idilio con la afición culé y tirria eterna de los merengues. Y creo que Alves estuvo formidable, algo que no siempre ocurre a pesar de que suele tener muy buena prensa.

El fracaso de Cristiano Ronaldo también fue una alegría para mí pero no porque le tenga manía —no se la tengo: créanme, me cae bien cuando está callado—, sino porque cansa un poco el rito anual de los que intentan vender la moto de que es mejor que Messi en cuanto la Pulga lleva dos partidos sin marcar. Y cada año queda claro en los mano a mano Barça-Madrid —y muchas otras veces— que Lionel es el mejor del mundo. Y a mucha distancia.

Pero lo mejor de todo el sábado pasado fueron los silencios del Bernabéu… Eso, la importancia de los silencios en el Camp Nou y en el Bernabéu, silencios que pueden tener significados muy diferentes según las circunstancias, es algo que difícilmente pueden llegar a entender quienes solo han mamado fútbol de la Premier. Y yo de fútbol sé poco, pero de silencios sé bastante. Cuando tu equipo hace callar a la hinchada que más te odia es que llevan un rejón de muerte. Ese es el mejor de los silencios.

Me despido. La Liga está muy abierta. Creo que la ganará el Barça, aunque la puede ganar el Madrid. Pero seguimos siendo el mejor equipo de España. Y eso, en estos momentos, es como decir el mejor equipo del mundo. Aunque, si no fuéramos tan pedantes —y por ahí morirá este Barça: esa pedantería narcisista que empezamos a destilar— eso no lo deberíamos decir hasta saber qué pasa esta semana en Yokohama. La ventaja es que, cuando se juegan algo, estos tíos son la hostia. ¡Amén!

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20 Comentarios

  1. Me sorprende bastante negativamente este artículo. Creo que un post con estas connotaciones sobra en una publicación tan excelsa como JotDown.

    Por favor, no caigan ustedes en estos barrizales, ni en forofismos de un color u otro.

    Saludos

  2. A eso le llamo yo subjetividad -como la de todos- lúcida. Gracias. Por otra parte, en pocos lugares como en este país, tan dado al griterío, los silencios son tan ricos en significados.

  3. Yo cuando he llegado a lo de Franco y RTVE he dejado de leer, qué cansancio. Veo que el autor es corresponsal de El País y lo entiendo todo; seguro que cree que la sección de Deportes de su periódico es modélica. ¿Cuándo dejarán los culés de ser tan victimistas?
    Por primera vez, muy mal JotDown.

  4. No es de lo mejor que se ha escrito en Jot Down, pero los desaprobadores mensajes son un tanto exagerados. Ya comentan que es el primer texto escrito de tinte culé, sin más pretensiones que contar cómo vive el clásico el autor. El tono de queja continua en estos últimos años provienen de ese mediocre entorno de prensa afín madridísta.
    Gracias al autor por la historia.

  5. Sí, puede que sea el primer texto culerdo, eso sí, después de entrevistar a todo antimadridista sibilino que se preste.

  6. Hola! Conozco este sitio (que me encanta!!!) desde hace un par de semanas, y tampoco es que pase el día aquí metido aunque si he leído ya unos cuantos artículos.

    Si se fijan al final de mi primer comentario, pido no caer en forofismos de un lado NI DE OTRO.

    Gracias, que tengan un buen día

  7. Los alabarderos sacan las picas para defender la posición, etc. Porque en el balompié todas las metáforas son guerreras, el Madrid (que en Madrid no es el equipo del pueblo, una vueltecita por Carabanchel, Usera o Tetuán abajo, donde se estira Cuatro Caminos…) tiene su tropilla armada, ora desopilante y se llama Roncero, ora amainada y dulzona: la de los blogs razonablemente entrados. Como este. La crónica del amigo barcelonista es prudente, no desacertada, técnicamente aceptable. No enfadarse, familia, que ya ganará el Madrid cuando le toque. Aunque pasarán años para que el Real, que no domina el método, sea superior al Barcelona, que sí. Lo bueno es que la amiga blanca pueda ir a la casa del culé en lugar de zamparse las tristezas en el pub, pero sola. Y que viva el Erandio que es de Erandio.

  8. Tengo que decirte que estuve la semana pasada en Madrid, y viendo la prepotencia de la gente, creo que se merecen esto y más. En cuánto a Roncero y cia, es de escándalo ya que se puede ser forófo incluso fanático, pero nunca, repito nunca puede insultar a los catalanes, esto ya no es deporte, esto es pasarse mucho
    En cuánto a tú articulo, te digo como le diría a todos los culés, F E L I C I D A D E S

  9. Sigo esta publicación desde hace tiempo. Me parece de una calidad impresionante. Creo que es interesante.
    Sigo a quien escribe este árticulo desde hace mucho tiempo en El País. Me parece un corresponsal bastante bueno. Pero me van a permitir, no estar de acuerdo con el tono de este escrito.
    Me parece demasiado forofo y en demasia sectario. Aunque entiendo que escribe lo que siente. El futbol genera este tipo de sentimientos, que por supuesto, no esperaba encontrarme en una columna de esta publicación tan interesnte .

  10. Soy culé, no se me puede tachar, como hacen muchos de mis compañeros de club, por tanto de facha, ni de franquista ni de nada de eso, es un paraguas que tenemos, y que nos hace invulnerables a toda crítica política.
    No se como de profundo será su conocimiento de la historia pero en mi opinión todos los clubs, Real Madrid, Barcelona Valencia Atletico o Sevilla, fueron utilizados en España, como medios de propaganda, tachar de eso al Real Madrid, es partidista.
    Por cierto, la peor decada de la historia del Barcelona, fue la del inicio de la democracia, nos saco de ella cruyff, y los sesenta y los 50, no fueron paramos, pese a que Franco estaba ahi, cansa un poco de que el Barcelona y por extensión Cataluña, se vendan como victimas del franquismo, cuando Cataluña prospero enormemente bajo su gobierno.

  11. Soy socio del Madrid (no del Real como últimamente pretenden los ultrasur y algún medio) y me ha parecido un articulo estupendo, contado en primera persona como sólo se pueden contar las sensaciones que se tienen como aficionado a un equipo. No deja de ser la visión de un culè frente al complejo congénito que se tiene hacia el eterno rival, algo que si no lo remedia nadie (el auténtico socio del Real Madrid) puede que le empiece a pasar en un futuro próximo a la afición del Bernabeu. No duele que el mejor Barça de la historia le gane al mejor equipo del siglo XX, lo que duele es que el mejor Madrid del siglo XXI no pueda superar al del sigo XX y eso solo se puede conseguir jugando al fútbol, no aspirando solo a ganar al Barça. Con Mourinho, señor Florentino, no vamos bien.

  12. Yo soy del Barcelona. Sigo esta revista por la calidad de los artículos y, francamente, este chico me parece un muy mediocre escritor de artículos.

  13. Lamentable artículo. Se leen cosas buenas por aquí pero esto, lleno de vísceras y complejos me parece una tomadura de pelo al lector. Y a la revista en general que hace que pierda credibilidad con cosas como estas.

    Rídiculo y por qué no decirlo, alguna mentira que otra. Objetividad 0. Enhorabuena, con este señor vais camino de ser otro panfleto más del pais de la pandereta

  14. Qué gracia destilan los que claman objetividad. Esto es un escrito de opinión (como una columna), no un artículo de información general. Relata la experiencia personal del autor y sus sensaciones, no sucesos a describir desde la ecuanimidad. Como dice Manel, qué curioso que todos los exaltados manifiesten su desaprobación con el primer artículo de un barcelonista y callen en otros casos..
    Gracias W.O. por el artículo y a Jot Down por su publicación.

  15. Subjetivo como proclama ser desde el principio, no se de qué nos asustamos. En JotDown todo tiene cabida sin engañar a nadie.
    No es la mejor corriente, pero insisto no engaña a nadie y no deja de ser una excepción.
    Lo que es necesaria es una lectura sin forofismos.

  16. Soy madridista y, por tanto, me meten en el saco de los Ronceros y compañía…
    Eso mismo es lo que me da derecho a decir que este señor es otro Roncero, aunque más cosmopolita.

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