Pepe Albert de Paco: Dietario

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Hace nueve años escribí un dietario en que el fútbol servía de pretexto para ir enlazando anotaciones que hurgaban en intereses de lo más variopinto, desde el trasiego extemporáneo de Jameson a los boleros de Mayte Martín, de la lectura airada de los periódicos a ese fracaso en ciernes en que se estaba convirtiendo mi relación con Cristina, de los primeros días de presidio de mi primo Gabino a las últimas adherencias izquierdistas. De fondo, el ruido de la hinchada, tan adictivo como hipnótico.

La razón por la que me serví del fútbol, y más concretamente de los partidos de mi Español en el Olímpico (así lo nombraba, el Olímpico), obedecía a una íntima frustración: hacía ya diez años que me dedicaba al oficio de escribidor y jamás había tallado una crónica como las que publicaba El País. Me refiero, claro está, a que jamás había cobrado por ello, pues el talento, el verdadero talento, no admite simuladores de vuelo y es en la aspereza del trueque, aguas arriba, donde ha de probarse uno. En este sentido, el hecho de que algunos de mis lectores comparasen el dietario con Fiebre en las gradas, el gran cántico espiritual de Hornby, me vino bien; cuando menos, para velar a Santiago Segurola, verdadero referente de la obra.

Pero el fútbol no sólo vino a colmar una aspiración digamos estilística, también me sirvió de ancla, a menudo de una forma extrañamente literal. Cada post —entonces lo ignoraba, pero las idas y venidas del texto, los sucesivos cambios de escenario y ese estar empezando a cada página, tan propio de ese yermo sin memoria que es el campeonato de liga, confieren al dietario un aspecto de blog analógico—; cada post, decía, arrancaba en los aledaños de un partido para irse desplazando, unas veces con arrobo y otras con violencia, hacia otros asuntos. Me sentía como esos críos que nadan a placer porque se saben cerca de la orilla. Lo que yo anhelaba, más que escribir sobre mi equipo, era pasar la vida por el nervio gramatical de las crónicas. La verdad, no obstante, es que cuando me quedaba a solas con la vida tendía a ahogarme. Me sucedía un poco lo que al Chico de la Moto de La ley de la calle, que fue a California a ver el mar pero se quedó sin verlo; se lo tapó California.

Solía escribir los lunes por la tarde, en el altillo del dúplex de Viladomat. Me servía un vaso de whisky y me mojaba los labios cada vez que presentía un aldabonazo genial. Emborracharse de éxito, llaman a eso —ya les he dicho que las cosas se volvieron extrañamente literales—. Las más de las veces, el alcohol no salpicó la escritura, pero sólo porque nunca hubo tiempo. Es la ventaja de escribir breve.

El dietario terminó llamándose Libre directo y obtuvo el premio Marca, dotado con 30.000 euros y la publicación de la obra. Pero eso ya no concierne a Libre directo, sino a su vida póstuma, a un colofón de vino y laureles que, en realidad, fue un tremendo malentendido, pero eso no lo supe hasta que me divorcié.

Las adherencias de aquella izquierda han ido cayendo, y vivo ahora una gloriosa intemperie, tan sólo amenazada por las primeras adherencias de esta derecha. Con los 30.000 euros me compré una piscina. Mi primo sigue en la cárcel.

 

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6 comentarios

  1. Eso sí que está bien. Una piscina para poder sumergirse en el éxito. Yo seguí comprando periódicos deportivos sólo por Juanma Trueba y ahora que ya no compro lamento, sólo por eso, que el Madrid no lo haya ganado todo.

  2. Gran entrada! Anoche precisamente vi este breve vídeo de Roger Wolfe, en que recita un poema que acaba en piscina (pero mantengo el suspense!): http://www.youtube.com/watch?v=8AV6axSi1ys

  3. Sagaidak

    Esto está muy bien: ‘El talento, el verdadero talento, no admite simuladores de vuelo y es en la aspereza del trueque, aguas arriba, donde ha de probarse uno.’

    No hay tarea más sobrevalorada (paradójicamente) que la de escribir gratis. Eso es onanismo, oiga, jugar sobre seguro. No hay condicionante más puro (y más puto) que la sucia materia. Y un tipo mediocre que se cree Ben Bradley leyendo por encima de tu hombro con gesto de estar oliendo un filete mohoso.

    Un artículo estupendo.

  4. viejo Casale

    Que grande. Gracias a ese libro un día pude decirle a su autor: en esa terraza lo leí…

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