El cogote cinéfilo

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Los seguidores de Qué grande es el cine coincidíamos en dos cosas: en despreciar a Garci y en admirar a Miguel Marías. En medio estaban los demás tertulianos, más o menos despreciables (¡Lamet, Giménez-Rico, Tébar!), más o menos admirables (¡Cobo, Torres-Dulce, Oti!); pero los que marcaban los extremos eran ellos. A Garci, con todo, le agradecíamos aquel programa, que le redimía en parte de ser Garci y de dirigir las películas de Garci. Películas que, por fortuna, estaban excluidas de Qué grande es el cine. Aquí ponían solo peliculones. Y después la tertulia cinéfila. Cómo destacaba en ella Miguel Marías. Siempre con su tono serio y ligeramente vacilón, su discurso asido de la pipa apagada. Admirábamos a Miguel Marías y nos acostumbramos a ver las películas sintiéndonos Miguel Marías. Adoptábamos su pose y su voz, nos comprábamos pipas, nos dejábamos bigotín, nos sometíamos a bestiales dietas para quedarnos en los huesos y nos fumigábamos el pelo por ver si se nos caía. Con esto se comprenderá mi conmoción cuando, en un viaje a Madrid, me encontré con Miguel Marías en la Filmoteca.

Era una película japonesa. Concretamente del cine mudo japonés de los años treinta. Nada más entrar y verlo en el ambigú quise salir (dominguínicamente) para contárselo a mis amigos. Pero me contuve. Miguel Marías era aún más delgado que en la tele: resulta que esta engorda incluso a Miguel Marías. Era un palillo con mijitas de carne por aquí y por allá; apenas una percha con ojos para ver cine. Lo seguí por el patio de butacas y me senté justo detrás. Nunca me había sentido tan excitado en una sala que no fuera X. Se apagaron las luces. Empezó la película. No recuerdo nada (ni una imagen, nada); solo que, francamente, me estaba aburriendo. Me distraje observando el cogote de Miguel Marías. Era un cogote escueto, tenso, que también atendía a la película, solo que en la dirección equivocada. Pensé en el drama de los cogotes de los cinéfilos, orientados siempre hacia donde no está la pantalla. Empezaba a invadirme la melancolía, cuando advertí en él un ligero temblor y supe que era el reflejo de una emoción cinéfila. La película, pues, era una maravilla. Mientras yo me aburría, Miguel Marías estaba en comunión con aquello que unos japoneses habían rodado, sin voz, en la década de 1930. A partir de ese momento seguí la película con un ojo, mientras con el otro vigilaba el cogote de Miguel Marías. Este me indicaba, con su temblorcillo, dónde me debía emocionar: y me emocionaba de veras. Era un cogote infalible: un sismógrafo de la calidad cinematográfica, o una varilla de zahorí capaz de reconocer los acuíferos sepultados del talento. Japón, país de terremotos, había enviado su mariposa en una dirección opuesta a la del famoso efecto, y terminaba su viaje agitando las patitas en aquel cogote.

Salí felicísimo, aunque lamentando que en Qué grande es el cine no hubiera una cámara enfocando permanentemente el cogote de Miguel Marías. El cogote de Miguel Marías, con sus temblores ex cathedra, habría sido así otro de los tertulianos. Habría sido, de hecho, el más elocuente de los tertulianos; solo por detrás, como es lógico, de Miguel Marías.

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14 Comentarios

  1. “A Garci, con todo, le agradecíamos aquel programa, que le redimía en parte de ser Garci y de dirigir las películas de Garci”.

    El callejón sin salida de ser Garci.

    Falta, en uno de los dos extremos, Juan Manuel de Prada.

  2. Aunque hacía años que había dejado de fumar, cada vez que veía a Miguel Marías me daban unas ganas locas de fumar en pipa. El olor de tabaco de pipa me recuerda al camarote de un oficial de la marina británica (y eso que no he estado en ninguno).
    También falta el desparpajo desenfadado de Antonio Muñoz Molina.

  3. Creo recordar que De Prada llegó más tarde. Cuando yo seguía el programa no estaba De Prada, ni había mujeres. Con ellos (con De Prada y las mujeres) se inició la fase crepuscular de la tertulia. Garci tenía razón: aquello funcionaba mejor cuando era una especie de “club masculino”. Muñoz Molina estuvo bien, pero lo recuerdo solo en el primer programa, en el que emitieron “El buscavidas”. Aquel memorable programa en que Giménez-Rico dijo que “El buscavidas” era una “película discursiva” y al día siguiente un crítico recordó que tal afirmación la había hecho “¡el director de ‘Jarrapellejos’!”. Lamet, por cierto, también dijo una vez que “El retrato de Dorian Gray” era una película frívola, por el contexto histórico en que se hizo. Más tarde me enteré de que Lamet había sido el guionista de “Los días de Cabirio”, una película evidentemente nada frívola.

  4. No me gusta el cine de Garci. Ni “El Crack”, a pesar de (o precisamente por) amar la serie negra. Pero siempre he disfrutado de cómo verbaliza el cine.

  5. “El crack” me gustó mucho cuando lo vi por primera vez, de adolescente. Pero lo *revisité* hace un par de años y resulta que es una película tan lamentable como todas las demás: cursi, retórica ¡y discursiva!

  6. Me gusta Garci. Creo que está mejor en Capra (Las verdes praderas) que en otros registros, pero saca adelante bien sus historias aunque para mi gusto con demasiada conversación.

    Sus programas de cine me gustan porque como dice Artanis es un gran conversador y desmiga bien las películas, que es de lo que se trata. También comparto la admiración por Oti, Torres Dulce y Marías, para mí, los mejores tertulianos que ha llevado al programa.

  7. Bueno, aquellas películas como “Las verdes praderas” o “Solos en la madrugada” funcionaron en su día (hasta a mí me gustaron), pero la verdad es que hoy resultan un poco lamentables…

  8. qué gran artículo, gracias. yo solía ver el programa con mis padres y nuestro favorito era Marías, sin duda. Garci será un rancio creativamente, pero nos enseñó a interesarnos hasta por el carpintero de los decorados. a mí me parecía sabio y humilde al hablar. Oti no decía nada, en mi opinión. de Lamet había una cosa que me gustaba: era el tocahuevos oficial del debate (aunque oirle pronunciar “hitchcock” dolía como oir a ángel maría villar decir “furbol”).

  9. Me quedo con la pareja de tertulianos Marías y Lamet por sus conocimientos y empatía.
    Y casi bajaba el volumen cuando el insoportable Antonio Giménez rico repetía lo repetido pesadamente.
    Y garci un crack, of course.

  10. “Los seguidores de Qué grande es el cine coincidíamos en dos cosas: en despreciar a Garci y en admirar a Miguel Marías”
    Pues yo admiraba y admiro a ambos. No generalice. El responsable de ese programa que tanto ha admirado es Garci, así que un respetito.
    Y No, no soy el abogado defensor de Garci.
    El abuelo, cancion de cuna y Tiovivo son buenas películas. Y lo sabe.

    Un cordial saludo
    Roi

  11. Por si alguien desconoce el dato, a día de hoy (agosto 19) continúan disponibles en el archivo històrico de la web de RTVE los programas de Què Grande Es El Cine

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