Alma herida: la piel que habitan los toreros

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Plaza de toros de Las Ventas, fotografía de María Ramiro

Para torear bien hay un momento en el que tienes que olvidar tu cuerpo. Hay tres formas de estar delante de toro: si piensas solo en tu cuerpo, solo esquivas al toro; cuando piensas en el cuerpo al cincuenta por ciento, pegas pases. Y cuando realmente toreas es cuando te olvidas del cuerpo, te abandonas, ya no piensas y eres creativo”

José Miguel Arroyo, “Joselito”

Hay cierto aire de inmolación en las palabras de Joselito. También en las de el Juli, y en las de Cristina Sánchez; en realidad, si en algo están de acuerdo los toreros, es en la entrega absoluta en cuerpo y alma una vez pisado el ruedo, delante de la fiera. Saber que puedes dar tu vida por el toro. Existe el sacrificio, pero también el vértigo. No cualquiera vale: su alma, que no su cuerpo, está hecha de otra pasta.

También hay cierto aire de inmolación en intentar entender esto. Lo pensaba antes de ver la exposición de fotografía de Joséphine Douet en Las Ventas, lo pensé mientras recorría con ella cada uno de los dípticos que congelan la mirada de once toreros y su piel, mientras leía en las citas al pie de cada una de ellas sus propias experiencias con las cogidas, con el animal y consigo mismos. ¡Y aún viene aquí a escribir dualidades!, pensarán. No es este lugar a edificar ideologías ni muro de las lamentaciones, que es peor. No, no caeré tampoco en esto, que si hay una ley que un par de bloggeros me han enseñado, es que aquí se viene llorado de casa. Y con los deberes hechos. Cojan aire, valor, y al toro.

Conviven en la tauromaquia amor y odio por igual. Qué apropiado folclore para tan simbólico color español, escaparate al mundo. En estas estaba yo, cuando me vi en los pasillos de la determinación, en la periferia de la pasión o la desidia ante esta tradición, profesión, cultura (apunten), acaso arte (disparen). Recorriendo las paredes que acogen la feria de San Isidro, las fotografías de Douet son la otra cara de la moneda de lo que puede verse sobre la arena. La cara desnuda, el cuerpo desvestido de luces, el torero sin su color: en blanco y negro —y así nos fue convenciendo.

Joséphine Douet, autora de Alma herida

Las exposición que aquí nos cita —que nos une a usted, querido lector, y a mí, como público— nos sitúa delante de once toreros y nos acerca a sus historias como dándonos a la vez unos prismáticos y la licencia para recorrer los puntos débiles de los que son, explica la autora, las personas más respetadas —que no las más comerciales—, por el público y por sus compañeros, en el complejo universo taurino. Por eso podrán ver colgado en la pared el rostro de el Juli pero no este año toreando en la plaza.

Cicatrices en la piel, fotografías del alma. De izquierda a derecha en el díptico, el dibujo que la cornada deja en la piel y el retrato de la herida en la persona, el gesto y la mirada del después, que en cada uno de ellos, es diferente. Acostumbrados a la épica de la tradición taurina —un espectáculo vivo desde la edad de bronce cómo no va a tener asentados sus modos— incluso a quien escribe estas letras que tiene por único héroe al mismo Cid Campeador, se le derrumban los arquetipos. No es que no supiéramos que una cornada debe doler, a veces mata y suele dejar secuelas, es que nunca le habíamos visto la cara al paso del tiempo sobre ellas mismas.

Se torea con el alma, como se sueña y se juega, se baila y se canta”. Juan Belmonte

Joséphine Douet, fotógrafa de moda y retratista, apasionada de los toros desde niña cuando su abuela la llevaba a ver las corridas bajo el sol andaluz, se encerró con cada uno de los toreros para sacarle la historia de sus cogidas. El resultado final son siempre fotografías de suaves grises, que matizan la crudeza de la cicatriz que ya lo dice todo con el mapa de su presencia. El retrato del torero es tratado estéticamente como si de una escultura griega se tratara, y capta a través de su gesto y de la luz el diálogo que mantiene con la herida que le acompaña.

Miguel Ángel Perera, por Joséphine Douet

Forma tradicional (la pose del torero, la estatua musculada) para un fondo “moderno”: el valor de la persona que fuera del ruedo y sin artificios comparte la historia que lleva a cuestas como consecuencia de su experiencia. “No fue fácil”, nos cuenta la fotógrafa, que ya compartió vivencias embarcada en la cuadrilla de un matador, José María Manzanares, de donde salió en 2010 el libro Peajes. “Hubo risas y llantos, momentos de íntima confesión, de reflexión sobre el riesgo y la muerte, sobre el sufrimiento y el gozo que es complicado de entender si no estás bajo la piel de una persona noble y extraordinaria”.

Nobleza es la sensación que inspira el retrato de el Juli, el único con los ojos cerrados. Paz, la sonrisa de Joselito; serenidad el rostro de Rafael González (y rotundidad su trasero, por qué no decirlo). La luz que desprende Miguel Ángel Perera, con una cicatriz esperpéntica donde las haya, contrasta con la tristeza de José Ignacio Uceda Leal, quizá porque la cogida que cuenta sucedió el día después de encontrarse a su padre muerto. Melancólico es el gesto de Cristina Sánchez, y doble su batalla lidiada tantos años: la de torero en el ruedo y la de mujer entre toreros. También hay lugar para la rabia en la mirada de Serafín Marín, huidiza es en cambio la de Raúl García “el Tato” y perdida la del joven Alberto Aguilar, que fuera del ruedo parece un efebo. La tranquilidad que transmite Antonio Ferrera, el más espiritual de todos, produce sentimientos encontrados, supongo que porque se necesita vivir muy de cerca el contexto para comprenderlo. Tiene una reflexión psicológica de la muerte, según la cual es necesario abrir el alma en el momento del sufrimiento, unir el dolor físico y psicológico para poder seguir disfrutando como torero después de una cornada. La “vergüenza torera” deja paso al aplomo en la primera foto tomada para esta exposición: la de Luis Blázquez, donde arrancó todo.

José Miguel Arroyo, “Joselito”, por Joséphine Douet

Cada día que iba a torear, antes de vestirme o incluso en el patio, tenía flashbacks de imágenes a dos mil por hora de éxito – fracaso- cogida – hombros – muletazo muy bueno – me engancha… como una película que te intranquiliza, ese era mi miedo”. Joselito

La primera vez que te coge el toro te cruje el alma”. Cristina Sánchez

La cogida ocurre. El torero sabe que la cornada es algo que en un momento u otro sucederá, es algo que asumen cuando deciden dedicarse a esto. Pero no son medallas. Muchos, a lo que verdaderamente temen, es a la recuperación. La desesperación por volver a torear lo antes posible les convierte en seres extraordinarios, como cualquiera que encuentra una ilusión por superarse.

Más allá de si es legítimo convertir en arte el espectáculo de los toros, carne de cañón para partidarios y detractores, Joséphine Douet utiliza su objetivo fotográfico para contar historias de personas fuera del amarillo de la arena de la plaza, lejos del rojo sangre de la muerte del toro, despojados de su traje de luces y color, personas honradas, frágiles, en blanco y negro, y solas en cuerpo y alma, eso sí, como en la lidia.

Plaza de toros de Las Ventas, por María Ramiro

Alma Herida se expone en Las Ventas desde el 10 de mayo hasta el 10 de junio de 2012.

 

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4 Comentarios

  1. Me encanta, en este caso, tu capacidad para describir una actividad tan venerada como despreciada de un modo tan sensible, tan humano, huyendo de críticas, constructivas o no, tan solo con la descripción de sus protagonistas en cuerpo y alma, y la de los ojos que captan su esencia a través de una cámara de fotos.
    Esperaba más controversia, pero me ha parecido bellísimo. Enhorabuena.

  2. Vaya, yo pensaba que construir una metafísica sobre la fiesta de los toros era una cosa muy pasada de moda, de aquellos años ochenta, en que una legión de papanatas posmodernos se hicieron taurinos de la noche a la mañana. Pero parece que esta fiesta tiene aún encanto suficiente para despertar interés. Será que la señora Douet no se ha enterado de qué es en realidad este mundillo de los toros. Mejor para ella, que se quede en la belleza masculina de los toreros, porque todo lo demás es para salir corriendo.

  3. Bueno, también es para salir corriendo el mundillo de los artistas plásticos o de los cantantes líricos y los amantes de la pintura o de la ópera tampoco se enteran de las mafias y los chanchullos que hay tras los lienzos o fuera del escenario.
    En cualquier caso esas miserias no son óbice para que la fuerza de la pintura o de la música arrebate al contemplador, o al oyente, que las ama. Y lo mismo pasa con la tauromaquia.

    En cuanto a la belleza viril de los toreros, pues es un plus no necesario, ni fundamental, pero que se agradece.

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