Tsevan Rabtan: Sobre minivestidos, hedonismo y otras cochinadas

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Siempre parecí mayor de lo que era. Hasta hace poco. Ahora no parezco mayor, sino mucho mayor, gracias a mis melenas canosas. Si hubiera jóvenes educados en este país, me cederían el asiento en el transporte público. Como los jóvenes de hoy son así de desahogados, me ven tuitear de pie en el autobús y nada, no mueven ni un músculo. Ese efecto en los demás, que voy a bautizar como disonancia cronológica —un creador es siempre un creador—, no era buscado, ni consecuencia de mi seriedad o formalidad. Bien al contrario, mi padre siempre movía la cabeza de un lado a otro, preguntándose qué sería de su enloquecido tercer hijo al que veía “payasear” a todas horas. Siempre pensé que había algo misterioso, alguna especie de halo infeccioso de origen incierto, que los demás percibían y que me cargaba con un puñado de años no vividos.

Al principio no me importaba parecer mayor. Podía tocar los huevos en los más variados contextos a personas que no habrían aceptado ciertas actitudes y comentarios de haber conocido mi año de nacimiento, y compartía mis trabajos y mis días —a ojos del mundo— con una preciosa adolescente a la que debía de doblar la edad (“por lo menos”). Era un don, en cierta medida, algo que creo buscaban los demás al precio, a veces, de caer en el ridículo de aparentar una madurez falsa.

Un día todo esto desapareció. Algunos creen que simplemente se ha retrasado, que “A la edad en la que muchos jóvenes están ahora encontrando su sitio en el mercado laboral o viajando a un país extranjero en busca del MBA que les salve del paro, nuestros progenitores ya contaban con el libro de familia numerosa e incluso habían disfrutado de un ascenso en su empresa”, y que a los treinta hay que vivir los veinte y vestirte como si estuvieras en los diecitantos, y que todo esto tiene que ver con la formación y con aprender idiomas y hacer trekking por el Himalaya. Ná, milongas. Nada de retraso, amigos. Hubo un cambio de paradigma.

El personal se apuntó a un proyecto vital de anuncio: lo bueno era ser joven, disfrutar del momento, buscar sensaciones “únicas” y ser alternativo. Ya saben, todo el paquete. Incluida cierta histeria vital. El síndrome de Peter Pan era lo correcto y triunfó. La gente de orden viste casual, no tiene nada en contra de los homosexuales y organiza periódicamente sus efusiones espontáneas. No hace falta que me digan que hay diferencias entre el “ideal” y la realidad. Eso siempre sucede.

Este estado de cosas ha sido producto de cierta abundancia. La abundancia nos hace preguntarnos por el sentido de la existencia. Supongo que la primera “tendencia” la produjo un cazador-recolector ocioso recién alimentado. Para llegar al punto de que podamos creer que la adolescencia/juventud debe alargarse hasta el momento de tu muerte y más allá, han hecho falta milenios de acumulación de excedentes que se producían también, en parte, gracias a la industria que nos nutría de todo lo necesario para alcanzar esa meta. Hoy mismo sale a bolsa facebook y me gustaría ver la cara de un Robber Baron al que se le explicase en qué consiste.

Todo esto está bien. Es algo superficial, pero no nos engañemos, tampoco es que fuera muy profunda la vida de un minero de Sussex o un recolector de patatas prusiano, y la solemnidad pasada era más producto de la grisura vital que de otra cosa, un hacer de la necesidad virtud.

Por desgracia, este ideal es caro. Necesitamos alguien que fabrique el hardware y el servicio está cada vez peor. Seguimos pensando que somos el centro del mundo y lo vamos a ser siempre y no nos damos cuenta de que vivimos una época “interesante”. El club de la miseria es cada vez más pequeño y los países emergentes van a dejar de serlo no tardando mucho, salvo que se produzca algún cataclismo. Y éstos son jóvenes de verdad, no se hacen los jóvenes. Por si acaso, no estaría mal que pensásemos en alguna estrategia a largo plazo para volver a serlo nosotros también, algo un poco más elaborado que “ponernos minivestidos y accesorios de estética infantil”.

Lo digo porque la alternativa más sencilla y peligrosa sería envejecer de golpe, que todos esos Dorian Gray de treinta, cuarenta o cincuenta años que me rodean adquiriesen repentinamente su auténtico y avejentado aspecto, y viajar se convirtiese en esto  y ganar un premio en esto otro.

Yo no me quedaré cruzado de brazos ante el advenimiento de algo tan terrible. Como primera medida, les comunico que, según termine de escribir este artículo, voy a ir a cortarme el pelo.

No me va a reconocer ni la madre que me parió. 

 

 

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1 comentario

  1. Que alegría volver a encontrarme con El club de la miseria. Leí el artículo en su día y me llamaron la atención tanto el libro como el motivo por el que lo compró: jamás podría yo comprar un libro sin saber nada del autor. Me apunté el título en mi biblioteca informatizada, pero como apunto libros a mayor velocidad que los compro, terminó cayendo en el olvido, que es un lugar que visitaba mi madre con frecuencia para recordarme lo que tenía que hacer. Ahora ya se pasa menos. Total, que me apunto también Guerra en el club de la miseria. Pero en Amazon, que no se borran.

    ¡Un saludo!

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