
—Cuando una persona abandona su país de origen, sus raíces se debilitan y unas nuevas comienzan a brotar. Cuando regrese al punto de partida, lo observará de forma diferente y ya nunca se sentirá de un único lugar. Idealmente, querrá mantener lo mejor de ambos mundos—.
En una ocasión conocí a un tipo en Barcelona que me dijo: «Yo, si no es en Sants, no sé vivir en ninguna parte». Aquello me generó sentimientos contrapuestos: de rechazo, por lo limitadas que consideré sus miras, pero también de admiración, pues yo realmente nunca he sabido dónde me gustaría terminar mis días. Y ese hombre no solo tenía clara la ciudad, sino incluso el barrio.
No fue algo verdaderamente consciente, pero esa búsqueda inconformista del lugar ideal fue lo que motivó que, pasados muchos años, renunciase a encontrar el lugar perfecto, para optar por una solución más pragmática y radical: si no hallaba aquello que buscaba, ¿por qué no lo creaba? Y, ya que me ponía a ello, ¿por qué crear un barrio, o una ciudad, pudiendo crear un país? Fue así como decidí constituir la República Independiente de Auspain.

Murcia, 2010. A mitad de los cuarenta y cinco kilómetros que recorro cada día tras el trabajo, suena mi móvil. Es el director de una multinacional, a quien conocía de mi etapa en Madrid. Mis sentidos se ponen en alerta, pues intuyo por qué llama. Mientras nos saludamos, me repito con fuerza: «Me ofrezca lo que me ofrezca, la respuesta es un no rotundo». A continuación, con la mayor ligereza del mundo, exclama: «Tengo una oportunidad para ti en Australia». De repente ya no estoy en una carretera. Estoy en el Coliseo de Roma y siento cómo un gladiador de más de dos metros me ha propulsado contra el suelo de un solo golpe. Me incorporo como puedo, me sacudo la arena de la boca y, tratando de mantener un mínimo de dignidad en la voz, le comento que me viene mal un cambio así en este momento, pero que me conceda un par de semanas para meditarlo.
Aterricé en Melbourne en la noche cerrada. Al día siguiente, cegado por el jet lag y el sol, a las puertas del hotel, me quedé mirando a una pareja de pájaros, suspendidos de un cable, acurrucados. Recuerdo que, por no admitir mi ignorancia, quise pensar que serían una especie recién creada. A partir de aquel descubrimiento, cada paso parecía venir a recordarme que me encontraba, nada más y nada menos, al otro lado del mundo.

Estuve en Australia cinco sacrificados años, pues mi trabajo de jefe de planta fue incluso más duro que en España. La misma responsabilidad. La misma escasez de personal. La misma área de conocimiento inabarcable. La misma disponibilidad veinticuatro horas. Y a los típicos problemas de operación, que habrían sido subsanables en gran medida en la fase de diseño o contractual, añadimos un cliente ignorante y, como guinda del pastel, algún subordinado de la empresa en UTE digno discípulo de Bruto y de una intriga de los Borja.
Sin embargo, no todo fue duro trabajo en Australia. Junto a mi pareja, en mi escaso tiempo libre, hicimos cuantas escapadas pudimos a la naturaleza, guiados por recomendaciones, libros y planos. Merece la pena añadir que, nuevamente, y qué casualidad, también junto a mi mujer, en Australia tuve dos niños: el primero en Melbourne, el segundo en Brisbane, dos australianitos rubios, con ojos azules, que me hicieron alarmarme por la improbable aportación de mi genoma a su propio ADN.
Mis altas expectativas de Australia no me defraudaron. Y me sorprendieron, en particular, los bosques del sur. La combinación de helechos arbóreos gigantes, de varios metros de altura, creciendo junto a eucaliptos que los dejan enanos, confiere al bosque un sobrecogedor aspecto prehistórico. Estar al pie de la especie mayor, los Eucalyptus regnans, con siglos de vida y casi cien metros de altura, te recuerda lo insignificante de tu existencia.

Los marsupiales exigen mención aparte: el koala tiene el pelaje más esponjoso que haya tocado, los wombats parecen aspiradoras de las praderas y toparse con un canguro de dos metros de altura y bíceps colosales es una experiencia enriquecedoramente inquietante.

Destaca también el emocionante y temible grupo de animales que pueden convertir un despreocupado día en la naturaleza en un traslado urgente al hospital: desde serpientes y cocodrilos hasta tiburones y medusas, pasando por criaturillas aparentemente inofensivas, como una concha o un pequeño pulpo, pero con la capacidad de matarte. Allí se disfruta más el presente porque sabes que cada instante puede ser el último.

Y, por rematar el tema de la fauna, hablemos de una especie endémica común: los australianos. Aunque normativa, institucional y sindicalmente también son peligrosos —se pueden exceder hasta el absurdo—, en el trato personal es frecuente encontrar una forma de ser encantadora: son pausados, amables y despreocupados, con un estilo de vida conectado con la naturaleza, muchas veces a niveles envidiables.
Las ciudades me acabaron cautivando. Modernas, espaciosas, con abundancia de zonas verdes, centros neurálgicos en torno al río, flanqueado por restaurantes de interiorismo esmerado, parques infantiles de arquitecturas inusitadas y paseos que discurren sin interrupciones por sus placenteros barrios costeros.
Melbourne, la ciudad de las cuatro estaciones en un día, me fascinó. Pero confieso que cuando me mudé a Brisbane, en 2013, me dije, por primera vez en mi vida, que estaba en el sitio ideal para morir. Su clima subtropical, infinitamente más predecible, su ambiente aún más relajado, las jacarandas malvas en flor, sus piscinas gratuitas con diseños caprichosos y las vistas del skyline desde el monte Cootha, con el mar e islas de fondo y el río serpenteante, surcado por barcos que, a modo de autobuses, llevan a la gente al trabajo, me acabaron conquistando.

Desgraciadamente, a pesar de mi absoluta devoción por la ciudad, cuando tuve a mi segundo hijo empezó a resonar con mayor fuerza la lejanía con mi familia. Finalmente, por reunir a mis hijos con sus primos, sus abuelos y su bisabuela, por una relocalización laboral que tendría que haber hecho y por dar el salto a mi verdadera pasión, la fotografía artística, tomé la decisión de regresar a España, sintiéndolo, en el fondo, como una estocada en el corazón.
Al hacerlo, en 2015, experimenté algo similar a cuando retorné de Bristol, Inglaterra, en 2002, tras casi un año viviendo allí, pero con la intensidad de un ciclón. Las raíces que pensaba tener en España se habían desvanecido y arrastraba conmigo raíces australianas que no encontraban sustrato donde asentarse. La nostalgia era constante y, cada vez que salía de casa, creía vislumbrar koalas en las escasas especies de eucaliptos que tenemos aquí y canguros por todas partes. Al recordar el colorido de las aves y la algarabía de las cacatúas haciendo quiebros en el aire, hasta los pájaros me parecían sosos.

Aquella añoranza irreprimible habría podido discurrir por diferentes caminos. Si en su momento sentí la conmoción de estar noqueado sobre la arena del Coliseo, ahora estaba abatido como un alma errante que, contra su entera voluntad, hubiera cruzado de nuevo la laguna Estigia para permanecer en el limbo.
Por fortuna, lejos de hundirme en la espesura, brotó una cascada de acontecimientos para reconducir esa nostalgia a la solución pragmática y radical que necesitaba:
1) Decidí crear una serie artística llamada «Visiones de otro continente», fusión de mi gran pasión en Australia, la naturaleza —utilizando exclusivamente las fotografías que tomé durante mi estancia—, con aquello que echaba de menos allí: el patrimonio histórico-cultural español, pues en las antípodas los vestigios de otros tiempos son escasos y es lo que nosotros, con nuestro bagaje, acabamos extrañando.
2) La creación de esa serie me llevó a querer exponerla y lo hice en formato gigante, comprándome mi propia impresora fine art, de dos metros, doscientos kilos… y dieciocho mil cuatrocientos treinta y dos inyectores de tinta.
3) Como la impresora no cabía por la puerta, me tuve que buscar un local.
4) Reunidos un local, una impresora y obras en gran formato, la consecuencia lógica estaba clara: abrir al público. En 2018 inauguré mi propio espacio, ARTsolutely, mi galería y taller. ¿Dónde? En la ciudad de la que me fui con quince años y en el barrio donde pasé tantas horas sentado sobre la piedra, conversando y riendo con los amigos: la Zona Monumental de Cáceres. Nunca me había planteado el retorno, pero, excavando un poco, encontré el sustrato propicio para que todas las raíces que en mí habían crecido desde la infancia se entrelazaran.

Finalmente, con el sentimiento pleno de haber conseguido reunir todo lo que anhelaba, la naturaleza salvaje y el patrimonio histórico, decidí finalizar la partida con una jugada maestra, un enroque geográfico destinado a redefinir los mapas políticos: ARTsolutely se convirtió en la sede de la República Independiente de Auspain, la primera galería-estado del mundo, el país más pequeño que existe, promotor de la cultura australiana en España. Y desde entonces, en la fachada de ARTsolutely, un cartel imponente advierte al visitante: «República Independiente de Auspain – Tenga preparado su pasaporte».
Para acabar este relato, y proporcionar al lector la respuesta a una pregunta que tal vez se esté haciendo —si Auspain es solo una extravagancia individual—, estimo conveniente dar información sobre una cuestión fundamental: ¿cómo reaccionan los transeúntes ante mi República cuando descubren el cartel de Auspain y otro, no menos provocativo, que dice «Peligro, cocodrilo, entre bajo su propia responsabilidad»?
1) Su curiosidad se dispara.
2) El mensaje de Visiones de otro continente, el de la pérdida de pertenencia a una única nación, resuena con todo aquel que ha vivido en varios lugares.
3) Al descubrir que la República Independiente de Auspain dispone de su propio sello oficial, muchos extienden su pasaporte de forma instantánea, lo que les confiere la ciudadanía inmediata y los privilegios exclusivos de nuestro Estado.

Años después de mi regreso a España, mis raíces australianas han crecido y profundizado en un país ajeno a ellas. Desde mi República Independiente de Auspain sigo viajando a las antípodas cada día y en ella, cuando no hay música, las voces de locutores australianos se esparcen por la nación, haciéndome sentir todavía parte de ellos y ayudándome en mi labor de difusión de la cultura australiana.
Es gratificante comprobar que, dentro, muchos seguimos llevando un espíritu rebelde y apátrida, y, aunque hayamos aceptado que no podemos tenerlo todo, estamos deseosos de salir de nuestro barrio para explorar, cuando menos, nuevos estados emocionales colectivos. No sé dónde acabaré mis días, pero allí donde esté, siempre llevaré Auspain ocupando un amplio mapa de mi territorio interior.








