Ciencias

Contra la épica de dormir poco

La pesadilla, de Johann Heinrich Füssli. dormir
La pesadilla, de Johann Heinrich Füssli.

No hace falta una noche atroz, de esas que una recuerda con rencor al día siguiente, para que el cuerpo empiece a cobrar su pequeña venganza. Basta con dormir regular, con ese sueño deshilachado que no llega a hundirse del todo y que, aun así, nos permite alzarnos por la mañana con la ilusión de que seguimos siendo nosotras. Una se ducha, prepara café, responde mensajes, cruza la ciudad, cumple, habla, incluso sonríe con esa dignidad cansada que tanto prestigio tiene entre adultos, y, sin embargo, algo ya se ha desplazado unos milímetros dentro de la maquinaria. Las cosas irritan antes, el pensamiento tarda más en llegar a donde quería, las palabras ajenas rozan con una aspereza nueva y hasta los recuerdos, que deberían estar ahí para servirnos con un mínimo de obediencia, comparecen tarde, borrosos o incompletos, como si también ellos hubieran pasado mala noche.

Tal vez por eso convendría dejar de hablar del sueño como quien habla de una molestia logística, de un peaje inevitable entre una jornada y la siguiente, y empezar a admitir que en esas horas de aparente retirada se juega bastante más de lo que solemos concederle. Dormir mal no solo deja cansancio, deja también una versión levemente empeorada del mundo, que quizá sea la misma de siempre, aunque vista a través de una superficie más turbia, más vulnerable y bastante menos hospitalaria.

Lo primero que se resiente, aunque tendamos a notarlo tarde, es ese inventariado con el que la cabeza ordena el material del día, decide qué merece quedarse y qué puede ir deshaciéndose sin escándalo. Solemos imaginar la memoria como un cajón más o menos lleno al que acudimos cuando hace falta, como si recordar dependiera únicamente de haber prestado atención y de conservar una voluntad razonablemente aplicada, pero basta encadenar unas cuantas noches regulines para descubrir que recordar es otra cosa, una tarea mucho menos voluntariosa y bastante más corporal, una operación que necesita oscuridad, lentitud y cierta obediencia al reloj interno para que lo vivido no se amontone como ropa sucia. Una lee diez páginas y a la mañana siguiente conserva apenas una niebla. Tiene una conversación importante y luego, cuando intenta rehacerla, encuentra huecos, frases desvaídas, tonos que ya no sabe si existieron o si los ha puesto él para remendar la escena. Incluso lo agradable, que debería asentarse con cierta docilidad, se escapa con una facilidad desconcertante. Dormir mal va dejando la experiencia sin encuadernar, como esas carpetas donde uno arroja papeles sueltos con la promesa siempre aplazada de poner orden más adelante.

Eso, que cualquiera ha sentido alguna vez sin necesidad de ponerle demasiada teoría encima, tiene además una materialidad poco poética. Mientras dormimos, y sobre todo cuando dormimos con la continuidad suficiente para que el sueño haga su trabajo sin estar siendo interrumpido cada dos por tres por la luz del móvil, una preocupación, el calor o ese runrún de fondo que tiene la vida contemporánea incluso de madrugada, el cerebro repasa, limpia, relaciona, fija y desecha. No descansa como descansa un empleado que ficha su salida, más bien cambia de tarea y se dedica a una labor silenciosa de archivo, una mezcla de bibliotecario nocturno y basurero selectivo, gracias a la cual lo importante encuentra balda y etiqueta y lo accesorio empieza a hundirse donde conviene. De ahí que después de dormir bien algo parezca más claro, no necesariamente porque hayamos pensado mejor en ello, sino porque durante esas horas se ha producido una forma de pensamiento sin nosotras, o con nosotras reducidas a una presencia casi mineral, y el asunto ha quedado mejor colocado. También por eso, cuando esa operación falla, el día siguiente tiene algo de casa mal organizada. Una sabe que las cosas están ahí, pero tarda demasiado en encontrarlas y, mientras las busca, se va irritando con un desorden cuyo origen ni siquiera ve.

El sueño también introduce una suerte de diplomacia interior en lo que sentimos. Deja que los afectos pasen por un proceso de decantación y regresen al día con un volumen más habitable. Cuando eso no ocurre, la vida emocional pierde amortiguación y se vuelve más brusca, más primaria, más dada a leer amenaza o agravio allí donde otras veces habría reconocido un simple roce de la convivencia. El comentario que cualquier otro día se habría ido por el desagüe se queda enganchado como una astilla. La espera de cinco minutos parece una humillación burocrática. La broma del amigo entra con un filo desconocido. Hasta la propia tristeza, si aparece, se presenta sin ese marco que a veces la vuelve inteligible y adopta una forma más áspera, más opaca, casi atmosférica, como si el aire entero se hubiera puesto en contra. Dormir poco no nos transforma en otra persona, claro, y tampoco hace falta dramatizar, pero sí nos empuja hacia una versión peor regulada de nosotras mismas, una en la que cuesta más distinguir lo importante de lo que solo está ocurriendo demasiado cerca. Hay algo particularmente ingrato en esa alteración porque suele confundirse con carácter. Una cree que está irascible porque sí, que ha amanecido torcida, que quizá se ha vuelto menos paciente con la edad, con el trabajo o con la especie humana en general, cuando a veces lo que ocurre es bastante más pedestre y, por ello mismo, más decisivo. Falta sueño. Falta esa capa de reposo que vuelve soportables las fricciones ordinarias. Falta el margen desde el que una emoción puede ser reconocida antes de que se convierta en gesto, palabra o malentendido. La neurociencia, cuando no se dedica a vender asombro barato, lleva años describiendo de maneras cada vez más finas esa relación entre descanso y gobierno emocional, ese diálogo entre zonas cerebrales que, tras una mala noche, se vuelve menos elegante y bastante más propenso al sobresalto. Pero la traducción cotidiana de todo eso no necesita grandes gráficos ni colores fluorescentes. Está en la discusión absurda que escala demasiado deprisa, en la susceptibilidad que una se reprocha después, en esa fatiga moral con la que se termina una jornada que, vista fríamente, tampoco contenía tantas amenazas.

Luego está el entorno, que acostumbra a tratar el sueño como si fuera un capricho privado y no una necesidad íntimamente mezclada con la organización social. Dormimos mal por razones que rara vez caben enteras en el repertorio de la voluntad. Dormimos mal porque el trabajo se alarga o se filtra a la noche con la persistencia de una fuga de gas. Porque vivimos rodeadas de estímulos diseñados para no apagarse nunca. Porque las ciudades tienen la delicadeza de un aeropuerto. Porque la precariedad no se queda en la nómina y entra también en la cama, convertida en cuentas y miedo. Porque el descanso, igual que casi todo, ha quedado colonizado por esa idea de disponibilidad infinita que obliga a estar localizable, receptiva y más o menos operativa hasta cuando una ya debería haberse retirado del mundo. Y luego, una vez instalado el deterioro, llega la lectura moral, esa costumbre de atribuir a la personalidad lo que muchas veces pertenece a una mezcla bastante fea de horarios, contexto y desgaste. Si estás espesa, si se te olvidan cosas, si reaccionas peor, si te cuesta aprender o sostener una conversación con la paciencia debida, enseguida aparece la sospecha de que te administras mal, de que te falta disciplina, de que no has sabido proteger tu equilibrio. La época, que maltrata el sueño con notable entusiasmo, tiende además a culpabilizar a quien acusa los efectos.

Conviene desconfiar también de la sentimentalización del insomnio, de ese prestigio idiota que a veces adquiere dormir poco en las culturas obsesionadas con la productividad, donde la privación acaba vendiéndose como signo de importancia, como si el agotamiento certificara una vida llena y no, con frecuencia, un desgaste bastante torpe. Hay gente que presume de cuatro horas de sueño con el mismo orgullo con que otros exhibían antiguamente el lumbago de trabajar mucho, y quizá en ambos casos haya algo parecido, una moral del sacrificio que convierte el deterioro en prueba de mérito. El problema es que el cuerpo no suele participar de esas fantasías heroicas y termina pasando la factura por donde puede, que suele ser por sitios menos visibles que el bostezo. Por la memoria, por el deseo, por la capacidad de concentración, por esa gentileza elemental que consiste en no convertir cualquier mínima contrariedad en un drama privado. Dormir mal vuelve más costoso incluso aquello que más nos sostiene, leer un rato con atención, escuchar de verdad a alguien, soportar una conversación difícil sin querer salir huyendo o estar en casa sin sentir que la propia casa molesta.

Pero tampoco haría falta entregarse a la nueva religión de la higiene perfecta del sueño. El sueño admite cuidado, desde luego, pero no siempre se deja domesticar mediante consejos despersonalizados, entre otras cosas porque mucha gente no duerme mal por ignorancia, sino por vida, por trabajo, por miedo, por ruido o por esa forma contemporánea de cansancio que llega demasiado excitada como para rendirse a la noche. Lo que importa aquí no es fabricar un ideal pulcro de descanso ni convertir cada amanecer atontado en un síntoma de decadencia irreversible, sino entender algo bastante menos grandilocuente y bastante más útil. Que dormir mal, cuando se vuelve costumbre, va limando la vida por sitios muy concretos y muy íntimos, y que en esa erosión cotidiana se nos estropean un poco la memoria, el humor, la paciencia y hasta la manera de estar entre los demás sin sentir que todo pesa más de la cuenta. Por eso dormir bien quizá merezca salir, de una vez, de esa categoría menor en la que solemos encajarlo, como si fuese una comodidad privada, una manía de gente ordenada o un lujo incompatible con la vida real. Se duerme para seguir viviendo de una forma un poco menos torpe, un poco menos agria, un poco menos rota por dentro. En esas horas en apariencia improductivas se recompone una parte muy concreta de lo que luego llamamos, con tanta solemnidad, lucidez, carácter, equilibrio o incluso memoria de una misma. Quien duerme mal de manera persistente no solo arrastra cansancio. Arrastra también una forma de desgaste que le vuelve más difícil recordar, aprender, poner distancia con lo que le hiere y atravesar el día sin sentir que todo pesa más de la cuenta. Tal vez convendría concederle al sueño un prestigio más sobrio y más material. No el de la autoayuda ni el de la mística del descanso perfecto, sino el de esas cosas humildes de las que depende, casi siempre en silencio, que la vida resulte un poco más habitable.

SUSCRIPCIÓN MENSUAL

5mes
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL

35año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL + FILMIN

105año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
1 AÑO DE FILMIN
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*