«¿Dónde vamos ahora?». «Vamos a la zona del faro. Es lo último que nos queda por ver». Bashir coge su móvil y marca un teléfono. «Esa zona pertenece a otra milicia, tengo que pedir permiso y pagarles algo por entrar». En somalí, Bashir habla con alguien al otro lado de la línea y después ordena a los suyos, la escolta armada del Toyota, que se pongan en marcha.
Desde la destruida catedral de Mogadiscio, hoy convertida en un maloliente vertedero, tardamos cinco minutos en llegar. Vemos el Índico a la derecha. Un check point con dos bidones llenos de arena y una cadena de lado a lado que delimita la nueva frontera. Todos conocen el coche de Bashir, así que nos abren el paso. El señor de la guerra, del clan Daroq, nos recibe unos metros más allá. Se muestra amable. Habla algo de inglés. Me pregunta de dónde vengo. Dudo si decirle que soy español. Nuestro pasaporte se cotiza mucho entre los secuestradores de por aquí. Saben que España paga y paga bien.
Alrededor no solo me rodean los ocho milicianos de Bashir que me protegen, también se despliegan los malotes del warlord, ataviados con armas enormes y cananas de balas como morcillas cruzándoles el pecho. Marcan territorio con su presencia y muestran curiosidad pero no hostilidad. Good afternoon, sir. Tú vienes con tus chicos, pero aquí mando yo, parece ser el guión no escrito de la escena. No hay rastro de mujeres. El teatrillo me hace replantearme el paseo y me giro hacia Bashir, que me habla desde la ventanilla: «No problem. It’s totally safe«, me dice. «Totally safe«, repito para mí mismo. «Totally safe«.
Las ruinas del hotel Uruba quedan a la izquierda, a unos 300 metros. Desde allí nos observan los militares ugandeses de la Amisom, la misión de paz de la ONU que intenta poner algo de coherencia en el caos somalí. Alrededor todo está pulverizado por 22 años de guerra. Tanques reventados, edificios que son esqueletos, basura y animales muertos aquí y allá. El hedor de la yihad es el de la podredumbre con moscas verdes. Si miro hacia la derecha lo veo. Ahí está, agujereado pero entero, desconchado por el abandono, de planta octogonal, cuatro pisos con ventanas a cada uno de los lados y de construcción italiana que lo emparenta con otros similares en Sicilia o Cerdeña. El faro del puerto antiguo de Mogadiscio.
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Leyendo el texto dan ganas de alcanzar ese faro, aunque esté en el infierno
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Qué maravilla.