Ramón Lobo: Navidades sin Dickens en Madrid

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Madrid no tiene nieve ni huele a glamour. No hay rastro de Charles Dickens ni del banquero bondadoso de James Stewart en Qué bello es vivir. Ahora que dejamos de ser falazmente ricos y acumulamos deudas, desahucios y perplejidades; ahora que no se aparecen los ángeles salvadores al borde de un puente, de un abismo, la Navidad ha dejado de ser un cuento para transformarse en una pesadilla: todo es marabunta, bulla, atasco, crisis, lentitud, bocinas, humo, paro y privatización.

Oleadas de mansedumbre andante giran atrapadas en un tiovivo gigantesco en el que nadie está seguro de en qué calle se sube y en qué calle se baja. Los milagros, si los hay, parecen colaterales, azar, puro accidente.

De los dispensarios de salud cuelgan sábanas y batas blancas en protesta contra el saqueo sanitario: la entrega de bienes y servicios públicos al lucro privado. Los bomberos recogen firmas para evitar su desguace. Los parados guardan cola ante las oficinas del SEPE donde no hay Papa Noël ni Reyes Magos; tampoco el calvo de la lotería, despedido hace años, a quien le caducó el paro.

Al atardecer, los soportales, cajeros y recovecos al abrigo del frío se pueblan de indigentes, de expulsados que no tienen derecho ni a una estadística. Son los invisibles en los que nadie repara.

En Navidad, la policía municipal deja de perseguir a los subsaharianos que viven honradamente (no como otros) del top manta. Su trabajo de temporada es cerrar calles al tráfico para que el atasco sea mayor. Las clausuran al tuntún, sin criterio, a la buena de dios o de la alcaldesa Botella, ayudándose de vallas herrumbrosas que de viejas no sirven ni para regalar a los amigos.

Otros agentes uniformados en fosforescente se apostan en las entradas colapsadas de los aparcamientos donde, a pesar del cartel luminoso de completo, se concentran decenas de coches cuyos conductores no saben leer o esperan un imposible, una multiplicación de los panes y las plazas. Otros ejercen de servicio de orden pagado por todos los contribuyentes a las funciones recreativas diarias de un gran almacén privado: muñecotes de cartón piedra simulando otro cuento.

La plaza Mayor está repleta de puestos con figuritas para el belén. Venden musgo, montañas más falsas que un político en campaña electoral, ruedas de molino, agua, cascadas, bueyes y mulas (aún no les ha llegado la noticia papal), luces, bolas para el árbol y un sinfín de cachivaches inútiles de vida fugaz. Puestos con aroma a infancia, a inocencia perdida.

El alcalde Gallardón prohibió los artículos de broma dentro de la plaza para no tener competencia cuando la broma más grande iba a ser él mismo, de ministro de Justicia. Las casetas de este año simulan construcciones rurales del norte de Europa. Debe ser la última gracia del sustituto de la lideresa Esperanza Aguirre, el tal González: escenificarnos la Europa inalcanzable que protege los derechos mientras él burla los nuestros.

Conchi se afana en adecentar sus figuritas sobre el mostrador del puesto. Dice que este año viene malo, que desde que arrancó la crisis en 2008 las ventas han caído un 75%. “Llevo aquí 60 años, desde los nueve; venía con mis padres. Esta es una plaza bonita; he visto pasar de todo, pero con la crisis se hace muy dura”.

Varios bangladesíes venden lanzaderas luminosas a dos euros y unos aparatos que se ajustan en la boca y provocan un ruido espantoso. Sanwar es de Dacca. Tiene 28 años y asegura que llegó a España hace un mes en avión. “Puedo ganar cada día entre 15 y 20 euros”. Su trabajo es a destajo, sin horarios. Sanwar lleva gorro de lana. No quiere hablar de su situación legal. Cuando la policía que corta calles y ordena la entrada de los aparcamientos entra en la plaza a patrullar, los bangladesíes no corren como los subsaharianos. Solo deambulan, disimulan. No están en la lista de los más buscados. Mientras Sanwar conversa con el periodista, los demás, más expertos, le observan preocupados.

Por la calle Mayor avanzan grupos de empelucados de rosa, trompetilla en boca, dándole al desasosiego. Son tiempos en los que dormir la siesta es una quimera más grande que el pleno empleo. Son fechas de alegría por decreto, felicidad, comidas de empresa entre ERE y ERE y promesas de dejar de fumar, de dejar de engordar, de dejar de creer que todo tiempo pasado fue mejor.

Los grupos disfrazados (también están de moda las orejas de reno y las cabezas de lobo) ocupan todos los restaurantes, desde los caros que se simulan buenos hasta los de comida rápida y basura. Las familias con carrito de coche y niños tienden a ocupar un espacio que duplica el anunciado por el principio de Arquímedes.

En la calle del Carmen se forman más colas que ante una tienda Apple antes de un lanzamiento mundial. Juan es estudiante; tiene 20 años y se ha apostado a las siete de la mañana del domingo. “Vine ayer a las doce y la cola entraba en Gran Vía”, dice como excusa. Doña Manolita, la lotera más perseguida de España, abre a las once en los días de guardar. Nadie en la fila, aterida de frío, debe creer en la profecía de los mayas, de que el mundo se acabará antes de que el primer niño o niña de San Ildefonso abra la boca el 22 de diciembre.

La última vez que se acabó el mundo, acababa de pagar una reforma de mi casa. Me pareció un acto desleal por parte de la divinidad, o de quien se dedique a estos jugueteos catastrofistas. Esta vez va en serio, dicen. El mundo se acaba a gran velocidad, pero no porque lo afirmen los mayas sino por una extraña alineación de fenómenos paranormales y anormales que los brujos más sabios han bautizado como capitalismo salvaje, el sálvese quien pueda. Felices fiestas.

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9 comentarios

  1. kilgore

    El otro día me contaron algo que me está reconcomiendo.
    Un amiguete (lo narra de primera mano) va a Madrid por trabajo la semana pasada. Reuniones de multinacional todo el día con responsables extranjeros y demás. Por la tarde, con la cabeza como un bombo, decide dar una vuelta para despejarse. Sale del hotel y pasenado por el centro de Madrid acaba en la Plaza Mayor. Son alrededor de la ocho. Bullicio, puestos navideños, y un frío del carajo. Le llama la atención la cantidad (enorme) de sin techo que hay en los soportales (aclaro que viene desde Asturias, y aunque aquí los hay, nuestras ciudades son pequeños pueblos comparados con Madrid, y la diferencia se nota). Pero le llama la atención de que de debajo de unos cartones asoma un brazo pequeño. Más gente se percata, y se arremolinan varias personas para descubrir una niña de no más de siete u ocho años en ese parapeto, acompañada de una señora de cierta edad. Mi amigo se va con mal cuerpo. El no deja de ser una extarño en la ciudad, y las personas citadas se quedan interesandose y quizá buscando una solución (¿SAMUR social?). Cuando me lo contaba seguía elucubrando acerca de que hay muchos sin techo que rechazan las plazas de los albergues por su alcoholismo, su drogadicción, por no acatar unas normas, o por lo que sea, lo que no quita que el hecho de que haya personas sin techo es una vergüenza en un país con cientos de miles de viviendas vacías.
    Pero yo añado que si hay niños durmiendo en la calle este país está en emergencia nacional. Y que quizá sea la hora de que saquemos las latas de gasolina, porque de ser así hay que quemarlo todo y volver a hacerlo de nuevo.
    Ramón, tengo a mi amigo por una persona seria. Nada dada a la demagogia. A tí te tengo por un periodista de raza. Escarba en este asunto y mira a ver si te enteras de algo más, porque es absolutamente dramático.

  2. Somos la vergüenza de Europa, gobernados por sinvergüenzas, acabemos con la caridad, que no hace más que devolver a la persona que la recibe a la misma situación que provoca su necesidad,

  3. Jeremías

    La Plaza Mayor en Navidad es Pepe Isbert buscando a su nieto: «¡Chencho!… ¡Chencho!…»

  4. Fulgencio Barrado

    El mundo se acaba cada día para muchos. En este país hace tiempo que se debían haber instaurado las acciones solidarias por sistema, y estatalizadas. Y digo solidarias, que no caritativas, pues la caridad es en lo que quieren que acabemos, para de esa forma convertirnos en deudores por la comidad, la vivienda o el simple hecho de existir; que se lo debamos todo a ellos, sin pensar que ellos están ahí porque existimos nosotros y es a nosotros a los que deben su riqueza. Todos estos neoliberales que se creen dueños de sus exitos son los primeros que reparten entre todos sus fracasos. Hasta que no nos libremos de esta caterva de impresentables que se han convertido en la lacra del mundo no volveremos a tener una sociedad decente en la que mirarnos unos a otros con el afecto de los buenos vecinos.
    «Viviamos por encima de nuestras posibilidades» dicen ahora. Los que siempre vivirán por encima de las posibilidades de todos son ellos, que viven encima de la miseria de los demás.
    A ver si es posible que se compren toda la producción de los famosos «plasmas» que tanto parece fastidiarles, y se la metan por el …..
    «En el mundo hay recursos suficientes para satisfacer las necesidades de todos, pero no tantos como para satisfacer la avaricia de algunos”. M. Gandhi

    • Jeremías

      Yo llevo 25 años pagando impuestos y solidarizándome «estatalizadamente» con los parados y los pensionistas, oiga.

      • Fulgencio Barrado

        Tu, como yo, seguramente llevarás 25 años pagando impuestos. Lo de solidarizándote dependerá de cual sea el destino de esos impuestos. Ultimamente da la sensación de que más que a «solidaridad» han sido destinados a «gastos de representación», al menos en cuantías no muy equitativas y justas.

  5. Javier Guerreiro

    Pasamos de denunciar las desgracias del «lejano» tercer mundo, a evidenciar las miserias del próximo entorno ¿europeo?.
    Una pregunta: ¿a causa de la globalización de la miseria, o de la resaca del ERE?.
    Un abrazo, compañero

  6. «Las casetas de este año simulan construcciones rurales del norte de Europa. Debe ser la última gracia del sustituto de la lideresa Esperanza Aguirre, el tal González: escenificarnos la Europa inalcanzable que protege los derechos mientras él burla los nuestros.»

    Pues la gracia se ha extendido puesto que en Coruña han decidido okupar la plaza principal (Plaza de María Pita) con el mismo tipo de casetas y ambientación. Como decían más arriba… Chencho.. chenchooo!!!

    Deprimente.

  7. Joaquin Raya de la Torre

    Navidad

    Me encanta Madrid en Navidad y mucho mas cuando tenemos la suerte de tener la nieve y ese ambiente especial que se respira, auténticos no impostados, no reinventados, así de natural.
    Me encanta ir con mis hijos de 6 y 3 años y ver mi alegría reflejada en sus caritas de ilusión. Me siento feliz con mi hijo a hombros entre la marea de gente que como yo se hecha a la calle a celebrar un año mas el ritual.
    Hace tiempo que mi mujer y yo decidimos ser dueños de nuestras vidas, no confiamos la felicidad de nuestra familia a los políticos ni al dinero. Somos dueños absolutos de nuestro destino y no tenemos tiempo para lamentaciones.

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