Música

El matadero de los tiempos difíciles: una banda sonora para la crisis

Skip James

«Hard time here and everywhere you go
Time is harder than ever been before«

Son tiempos difíciles. Aquí y en todas partes. De puerta a puerta la gente parece buscar una promesa de paraíso que jamás existió. A quién le importa dónde van. Vagan a la deriva suplicando cobijo, trabajo… futuro. Pero, ¿escapar del matadero implicará la felicidad? Los tiempos difíciles arrasarán con todo. Los que aún conservan algo de dinero, más vale que lo aseguren. Los tiempos difíciles están aquí pero pueden durar mucho; toda una vida…

¿Por qué buscar belleza donde no la hay? El blues nace de una tragedia, de un desarraigo. De la tristeza de los antiguos reinos. Del hombre negro africano, esclavo, que llega a un entorno hostil que ni comprende, ni quiere comprender. El blues es su forma de adaptarse a él. De exorcizar sus demonios, sus lamentos y sus angustias para convertirlos en una especie de expresión poética. Pero una poesía recia, rocosa, dura como la tierra que se ve obligado a labrar. Puede que haya belleza en ello, pero es otro tipo de hermosura, sin duda, nada convencional. Quien busca refugio en el blues acabará desconcertado. No encontrará sosiego, tampoco calma, ni si quiera alivio. Porque el blues es convulso. Te agita, te conmueve, te perturba, pero rara vez te pacifica.

Cuando Skip James escribió Hard time killing floor blues tal vez no sabía que estaba componiendo una oda a la decadencia, a la desazón, a la desesperanza, un himno a los tiempos duros. Ni tampoco que en pleno siglo XXI estaría de rabiosa actualidad. El paralelismo con nuestros días se torna aterrador. Era 1931, la crisis del 29 había causado estragos en todo Estados Unidos. Los ricos dejaron de ser tan ricos, los pobres fueron aún más pobres. La Gran Depresión amenazaba con consumir el escaso ánimo que quedaba en la población. El disco fue un absoluto fracaso comercial. Nadie quería que le enfrentaran con sus penurias diarias. La sociedad buscaba evasión en el cine, en los musicales de Broadway, en el jazz de las grandes orquestas, pero nadie necesitaba que le recordaran que los tiempos difíciles puede que no acabaran nunca. Nadie veía en el blues un consuelo a su amarga existencia.

En aquellos días, los negros utilizaban el término «killing floor» para referirse a un matadero (slaughterhouse), en el sentido literal de la palabra, pero los bluesmen se apropiaron de ese slang y lo llevaron a su imaginería lóbrega, para describir un estado de aflicción que servía como perfecta metáfora del período que estaban viviendo. Las grandes migraciones desplazaron miles de afroamericanos de un sur rural y carente de oportunidades. Viajaron al norte buscando mejores condiciones, pronto descubrieron que el sueño era demasiado efímero. Pasaron de recoger el fruto de la tierra de sol a sol en la plantación de algodón, para recoger el fruto del progreso, encadenando piezas mecánicas en la fábrica de coches. O en el peor de los casos, en el matadero, despedazando cuerpos de animales. Nadie quería trabajar allí. Los blancos desde luego, no. Una planta mortal donde los anhelos de una vida nueva se desvanecieron. Algunos se convirtieron en canción…

En el blues están algunas respuestas a los conflictos existenciales que nos acechan. Charley Patton lo había anticipado ya en 1929 con su pionero Pony Blues. “Engancha mi pony al carro y ensilla mi yegua negra” supone mucho más que una visión bucólica de la vida campestre en el Sur. Es la expresión artística de la cotidianidad, pero también del desgarro. Él fue creador del blues rural de Mississippi. Posteriormente Son House se envenenó de blues al predicar sus dilogías entre lo sagrado y lo profano. Preaching the blues quiso difundir la palabra del Señor, pero acabó pactando con el Diablo, como su discípulo y seguidor, un joven tímido llamado Robert Johnson. Sin embargo el siguiente paso le correspondía a otro músico que nada tiene que ver con sus predecesores. Innato, visionario y cautivador elevó el blues a una nueva categoría. Su registro agudo, en un hipnótico falsete, era como un canto de sirena. Según confesaba, las canciones se le aparecían en sueños, como revelaciones espontáneas. No escuchaba discos de sus contemporáneos. No imitaba a nadie y al mismo tiempo no quería que nadie le imitara. Quería ser él mismo. Su sonido profundo y severo se debía a afinaciones cruzadas y una técnica de guitarra muy personal donde en lugar de pulsar las cuerdas con la yema del dedo, lo hacía con la uña. Arrogante y orgulloso su objetivo fue crear una obra que destacara por encima de sus rivales (así denominaba él a los músicos de su generación). Esa obstinación, unida a un desbordante talento, le hizo entrar en la historia del blues.

Un auténtico cabrón

El 21 de junio de 1902, en una plantación cercana a Betonia, Mississippi, nacía Nehemiah Curtis James. Para algunos el apodo de «Skip» le viene por su facilidad para estar dando saltos de un lado a otro, sin permanecer de continuo en el mismo lugar. Otros hablan de sus habilidades en el baile. Hay quien asegura que sus actividades delictivas le obligaban a «salir pitando» de cada población. Fue hijo único y gozó de un cierto privilegio en la plantación gracias a que su madre Phyllis James era la empleada doméstica del capataz. Su padre, Edward James, por el contrario, contrabandista y guitarrista les abandonó cuando Skip contaba con cinco años para dedicarse a predicar (años más tarde seguiría su ejemplo). Ya desde muy pronto tuvo una vida diferente: asistió al instituto cuando la mayoría de la población era analfabeta y jamás trabajó en un campo de algodón.

En las fiestas que se organizaban en Betonia los sábados por la noche escuchó al guitarrista Henry Stuckey. Su peculiar sonido le llamó poderosamente la atención. Stuckey utilizaba una afinación diferente —Re menor abierto y Mi menor— que había escuchado en Francia, a los soldados negros de las Bahamas cuando estuvo en el ejército durante la primera guerra mundial. Ese ambiente aciago de los acordes menores es la base del estilo de Skip James y de la llamada «escuela de Betonia«. Muy pronto su madre le compró una guitarra por dos dólares y medio. Skip aprendió esas afinaciones y otros trucos que le enseñó Stuckey. También empezó a recibir clases de piano por parte de una de sus primas. Pero él quería seguir su propio camino.

De adolescente se escapó de casa para viajar por Florida y Georgia. Esta experiencia errante también le enfrentó al mundo real. Empezó a ganarse la vida construyendo carreteras, como contrabandista o aparcero. Siempre portaba una navaja y una pistola. Se jactaba de saber usar ambas igual de bien cuando la ocasión lo merecía. Hablaba de sí mismo como un «auténtico cabrón». Si había que disparar, no le temblaba el pulso. Trabajando en un aserradero perfeccionó su técnica en el piano tras codearse con los pianistas de los honky tonks. He aquí otro de sus rasgos distintivos: podía interpretar con igual maestría blues al piano o a la guitarra cuando la mayoría de bluesmen de su generación apenas dominaban un único instrumento. 


La canción más triste jamás compuesta

Hacia 1924 regresó a Betonia y se animó a realizar pequeñas actuaciones. Pero tampoco mostró mucho entusiasmo. Enseguida se dio cuenta de que podía obtener muchos más beneficios vendiendo whisky de maíz que él mismo destilaba en casa que con el blues. Se casó Oscella Robinson, hija de un sacerdote de familia respetable. La pareja se fue a vivir a Texas. Skip quería montar un local de actuaciones pero al poco tiempo le surgió un imprevisto. Su mujer le abandonó. Según algunas fuentes por uno de los músicos que tocaban con James, otros hablan de un veterano de guerra que encandiló a su jovencita esposa. Skip quedó desolado. Se marchó a Betonia de nuevo y se planteó el suicidio o incluso una venganza. Se volvió un tanto misógino, hasta 20 años después no se casó de nuevo.

Aunque lo más importante de este suceso tiene que ver con una canción. Inmortal, desgarradora, enigmática, Devil got my woman fue compuesta unos meses antes de acabar la relación, pero como si de una premonición se tratase, refleja fielmente el momento sombrío de James. El blues más doliente jamás compuesto sobre una relación rota inspiró definitivamente los devaneos diabólicos de Robert Johnson. Su Hellhound on my trail es fiel heredera de ella. Skip, transformado en un nigromante lúgubre, tocaba Devil got my woman por las calles de Jackson, Mississippi. «Prefiero ser el diablo antes que el hombre de esa mujer». Era tan triste que los viandantes le echaban dinero para que dejara de cantarla. Precisamente en Jackson se estableció para trabajar como profesor de música. En 1927 un cazatalentos del sello Okeh quiso grabarle. Pero Skip rechazó la oferta. No le interesaba económicamente. Los 20 dólares por disco que le ofrecían suponían mucho menos dinero de lo que podía ganar en un fin de semana vendiendo whisky de contrabando.

La sesión de Grafton

No será hasta 1931, con casi 30 años, cuando Skip James hiciera su primera grabación. El cazatalentos local H.C Speir (descubridor de la mayoría de bluesmen del Delta), después de varios intentos, le recibió en su tienda de muebles para una audición. Tan solo hicieron falta los primeros compases de Devil got my woman para convencerle. Al día siguiente Speir tenía un contrato y un billete de tren a Grafton, Wisconsin, donde la compañía Paramount Records tenía montado su estudio itinerante.

Skip se puso su sombrero, cogió su guitarra y se subió al tren. En Grafton le recibió Arthur Liably, un directivo de Paramount que le preguntó cuántas canciones era capaz de grabar en un día. Skip contestó altivo «todas las que usted quiera». La sesión es una de las más prolíficas de la historia del blues. Aunque se registraron 26 temas, al mercado solo acabaron saliendo 18. James cambió su vieja guitarra por una Stella de sonido brillante que le proporcionó Paramount. Asimismo también tocó el piano. Una escena del film The Soul of a Man de Wim Wenders recrea la sesión.

I’m glad, Devil got my woman, Special Rider Blues, Illinois Blues…y así hasta completar la lista, temas todos que más adelante se convertirían en objeto de culto para coleccionistas. En 22-20 blues toca el piano con unos fraseos y ritmos entrecortados que algunos han querido ver un precedente del pianista de jazz Thelonius Monk. Pero Paramount decidió apostar por la oscura Hard time killing floor blues y la lanzó como primer single. El directivo Liably pensaba que el lenguaje del  blues era el más apropiado para describir los males de la época y que, por tanto, atraería a un mayor número de compradores. Se equivocó de pleno. Como ya hemos comentado, el público buscaba letras más alegres. Apenas se vendió. Las grandes esperanzas que los directivos de Paramount habían depositado en Skip James se tropezaron con la Gran Depresión. El propio Liably fue despedido y la discográfica quebró. Skip no volvió a grabar hasta 30 años después.

El tumor de una mujer

Después de esta experiencia fallida para hacer carrera en el blues, Skip James desapareció. A finales de 1931 se produjo el reencuentro con su padre, el ahora reverendo E.D. James. Skip sintió la llamada de la iglesia y comenzó una nueva vida. Se fue a vivir con su progenitor a Plano, Texas, se hizo predicador y renegó del blues, solo le interesaba cantar gospel y espirituales. Este fervor religioso también lo observamos en Son House con el que existe ciertas analogías. Durante este período de retiro se dedicó a trabajar en la minería, a cultivar un terreno, a conducir camiones y, como no, a destilar whisky. Hubo algunos intentos de volver a grabarle, pero Skip los declinó. Estaba centrado en predicar. Según apunta Ted Gioia en Blues: la música del Delta del Mississippi, fracasó como predicador por el mismo motivo por el que sus discos fracasaron en las listas de ventas: era demasiado profundo e introspectivo, tendía a recordar a su público todos los problemas cuando este solo buscaba evadirse.

En los años 60, con el revival del blues, jóvenes aficionados blancos —ocurrió lo mismo con Son House— se dedicaron a reivindicar a los viejos bluesmen del delta del Misissippi. En 1964 en un hospital de Tunica, Arkansas se presentaron tres fans blancos en la habitación de Skip James, que se estaba recuperando de la extirpación de un tumor genital. «Me lo causó una mujer», les dijo. Los fans estaban entusiasmados por encontrarse de frente con su ídolo. Le llevaron todos sus discos antiguos, a lo que Skip respondió con un cortante «muy bonito». No estaba muy por la labor. Además había perdido mucha técnica a la guitarra, después de años sin tocarla, pero, nadie sabe cómo, lograron convencerle para que volviera a los escenarios.

El 25 de julio de 1964, Skip James reaparecía en el festival de Newport.  Apenas tocó diez minutos que dieron para cuatro canciones. Sentado en una silla, al borde del escenario, logró momentos de auténtica hipnosis colectiva cuando interpretó Devil got my woman, hasta el punto de que llegó a eclipsar al resto de artistas que participaban en el festival, desde Bob Dylan a Muddy Waters. Fue el momento culminante de su carrera. Los jóvenes blancos acogieron su música como si fuera un nuevo Mesías. Le surgieron nuevas grabaciones en las que aparte de material nuevo, revisó sus clásicos como el laureado Devil got my woman o su «matadero de los tiempos difíciles». Para algunos críticos estas nuevas versiones constituyen una especie de epitafio autobiográfico. El hastío vital elevado a la máxima potencia. No son pocos los que afirmaron que la voz desgastada de un anciano Skip superaba incluso a los originales. Se organizaron algunas actuaciones por cafés, pero los promotores se quejaban de que esa música deprimía a los asistentes y no consumían. Nada nuevo. Al fin y al cabo, los tiempos difíciles podían durar toda una vida… El tres de octubre de 1969, en Pennsylvania, Skip James fallecía de otro cáncer, en esta ocasión imposible de extirpar, dejando un exquisito y doliente catálogo de canciones que sirven, independientemente de los tiempos y las modas, como sempiterna banda sonora para una crisis…

«Nunca quise tocar en un grupo, banda o lo que fuera; simplemente quería ser yo mismo», Skip James.

 

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6 Comentarios

  1. Pingback: El matadero de los tiempos difíciles: una banda sonora para la crisis

  2. José Manuel

    Fantástico texto, enhorabuena y gracias.

  3. Apasionado y documental, como siempre, Manu. Imagina la coincidencia: hace semanas que tengo un álbum de Skip James en el mp3 y no me canso de escucharlo: Skip’s Piano Blues.

  4. No sé cómo agradecer a Jot Down (y al autor) estos textos…lo mínimo que hacen es moverte a escuchar e interesarte…gracias

  5. Muchas gracias por los comentarios sobre el texto. Y, como no, gracias a JD por la oportunidad. Seguiremos adentrándonos en el matadero…
    Un saludo!

  6. Paula Siguero

    Gracias. Un texto increíble, una selección bestial que invita a más.

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