Steve Kerr, raza blanca, tirador

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Jordan se retiró tras su sexto anillo, los mejores 41,8 segundos de cualquier jugador en la historia del baloncesto. Pippen y Jackson no aguantaban a Jerry Krause y decidieron marcharse. Uno, a Portland. El otro, a su casa, a esperar ofertas. Visto lo visto, Dennis Rodman no se iba a quedar a intentar coger los rebotes de los tiros de Randy Brown, así que también se tomó unas vacaciones de las que ya nunca saldría al nivel de antes. Quedaba, pues, Steve Kerr, atrapado en las garras de su contrato, en un equipo en bancarrota, acompañado por Kukoc y Harper como únicas estrellas y con Tim Floyd en el banquillo.

Kerr tenía 33 años y sabía lo que eran los Bulls sin Jordan. Llegó precisamente, sin hacer ruido, un verano de 1993, tras la retirada de la megaestrella y tuvo que aguantar esa lucha de egos entre Kukoc y Pippen en la que se convirtió la temporada 93/94 antes de que Michael volviera a poner orden un año más tarde. Durante cinco años en la franquicia, Kerr había jugado todos los partidos de la liga regular y los playoffs, sin faltar a uno solo, y en ninguno de ellos había sido titular, sin superar ninguna temporada los 25 minutos de media por partido. Su especialidad era precisamente pasar desapercibido. El desconocido más conocido del mundo. Claramente limitado en lo físico, aquel tirillas al que Andrés Montes llamaba “Wyatt Earp” se colocaba en su vértice del triángulo y esperaba el balón doblado para enchufar un triple tras otro con una mecánica vertiginosa.

En 1990 y 1995 tuvo el mejor porcentaje en triples de la liga. En 1996, el año de su primer anillo, superó también el 50%. Nunca, a lo largo de sus 15 temporadas como profesional pasó de los nueve puntos por encuentro.

Su momento cumbre llegó en 1997, cuando en el sexto partido de la final ante los Jazz y con el partido empatado a 86, Jordan supo encontrarle abierto para anotar la última canasta de la temporada, la del doblete que un año después sería triplete. Kerr llevaba varias jugadas pidiendo el balón con su modestia habitual y en el tiempo muerto de Phil Jackson, en vez de con el entrenador decidió hablar directamente con Michael: “Si me la pasas, estaré preparado… Si me la pasas, estaré preparado”. “Ya lo sé”, le vino a decir Jordan con la mirada y, como para que se callara de una vez, en cuanto llegó la doble ayuda, pasó el balón a su derecha y Kerr enchufó un tiro cómodo de cinco metros.

Eran días de vino y rosas en Chicago, de récord tras récord. Cuando, en 1998, Jordan anotó, robó y anotó en el mismísimo Delta Center de Salt Lake City para quitarle a los Jazz un nuevo campeonato, Kerr se le abrazó como un niño para gritarle “You’re fucking unbelievable”. Meses después, no quedaba nada de eso: ni vino ni rosas ni Jordan, solo tres anillos bien guardados en la residencia familiar.

La noticia de su traspaso a los Spurs en pleno lock-out no supuso ningún disgusto para el escolta nacido en Líbano, hijo de un experto en cultura y política árabe. Todo lo contrario. Era esa temporada que Phil Jackson decidió marcar públicamente con un asterisco porque solo se jugaron 50 partidos de liga regular… y él los vio todos por televisión. Kerr llegaba a un gran equipo con dos estrellas definidas: Tim Duncan y David Robinson, así que podía cumplir a la perfección con su rol de desapercibido. Con todo, San Antonio tenía un aire a franquicia maldita desde los tiempos de George Gervin. La exuberancia de David Robinson, probablemente, junto a Olajuwon y Ewing, el mejor pívot de la década de los 90, no escondía los defectos de un equipo que competía regular tirando a mal.

Año tras año, los Spurs partían como favoritos a todo y año tras año quedaban en nada, eliminados por los Jazz, Rockets o Sonics de turno. La llegada de Duncan podía hacer cambiar las cosas, pero faltaba tranquilidad, paciencia… en su tercera temporada como entrenador, Gregg Popovich, un hombre forjado en las fuerzas aéreas estadounidenses, con aires castrenses y que había echado en su momento a Bob Hill para ficharse a sí mismo en el banquillo, intentaba que el talento de su equipo no se volviera a desperdiciar. El año anterior, el primero con Duncan en la cancha, habían ganado 56 partidos, todo para caer sin oponer resistencia ante Utah en cinco partidos.

El nuevo destino de Kerr era, por tanto, ideal: nada que perder, mucho que ganar. Un buen juego interior que dejaba espacio a los exteriores, poca repercusión mediática y un sueldo aceptable para ir afrontando una retirada cercana.

San Antonio empezó bien la temporada, con una frenética regular season en la que ganó 37 partidos y perdió 13, el mejor registro, junto a los Jazz, de toda la liga. La participación de Kerr fue más bien discreta: 4,4 puntos por partido en 16 minutos que bajarían a la mitad en play-offs… Steve no contaba demasiado para Pop, un loco de la defensa que no confiaba demasiado en jugadores livianos y lentos. Aun así, su aura de talismán funcionó: los Spurs ganaron a Minnesota, Lakers y Portland cediendo solo un partido entre las tres eliminatorias. En la final se enfrentaron a los sorprendentes New York Knicks de Allan Houston, Latrell Sprewell y Marcus Camby. No desaprovecharon la oportunidad y ganaron 4-1.

Pese a haber pasado un año casi en blanco, Kerr no quiso retirarse. A los 34 años volvió al training camp para demostrarle a su entrenador que tenía un sitio en el equipo, pero las lesiones constantes se lo impidieron. Fue un año terrible para el tímido más carismático de los noventa. Solo pudo disputar 32 partidos y anotar 2,8 puntos en 8,4 minutos de media. Los peores números de su carrera, obviamente. Empezaban los años de dominio de los Lakers de Shaq, Kobe y Phil Jackson, muro infranqueable para unos Spurs ya sin Robinson en 2001 y 2002, pese a contar en ambos casos con el factor cancha a favor.

Kerr contaba ya con 36 años cuando los Blazers decidieron ficharlo. Las razones por las que los Blazers hacen o deshacen son a menudo incomprensibles. Quizá Steve era el hombre ideal para un equipo sin suerte, un equipo condenado desde aquel fatídico draft de 1984. Aquella temporada 2001/2002, jugó 65 partidos, su mayor número en cinco años, y promedió más de 4 puntos por partido, pero eran los tiempos de los “Jail Blazers”: los Bonzi Wells, Rasheed Wallace y demás sospechosos habituales. Kerr no pintaba nada allí en Oregon y los Blazers fueron incapaces de ganar un solo partido de play-off, cayendo 3-0 en primera ronda ante los eternos Lakers.

Steve Kerr ya tenía decidida una retirada bien ganada: cuatro títulos, un lugar en las videotecas de todo el mundo con esa canasta de 1997, un concurso de triples y una inteligencia que seguro que le iba a permitir seguir adelante fuera como entrenador, ejecutivo o comentarista… En esas estaba cuando recibió de nuevo la llamada de Popovich para un último servicio en los Spurs. Kerr lo dudó un poco porque 37 años ya eran bastantes, pero aceptó y se plantó de nuevo en San Antonio a acompañar a un equipo completamente distinto del que había conocido en 1999.

Los Spurs de entonces eran ya exclusivamente los Spurs de Duncan… y Duncan estaba muy cabreado de perder ante Shaquille O’Neal año tras año. Donde Shaq ponía la exuberancia de su físico, sus mates brutales, su intimidación… Duncan era todo clase, tiro a tabla de tres-cuatro metros, coordinación para correr el contraataque incluso botando el balón, excelente reboteador y cierta horchata en la sangre, todo hay que decirlo. Aquella iba a ser la última temporada del Almirante David Robinson después de casi 15 años de servicios ininterrumpidos. Por supuesto, Robinson no era el que un día fue, pero se defendía con un tiro aceptable que compensaba unas rodillas de cristal.

El quinteto inicial de aquel año era el formado por Tony Parker, recién llegado al equipo y ya con los galones de director de juego, Stephen Jackson como escolta, Bruce Bowen de perro de presa y tirador ocasional desde las esquinas y las torres gemelas Duncan-Robinson. Desde el banquillo salían Malik Rose, Manu Ginobili, Speedy Claxton, Danny Ferry, Steve Smith… y los veteranísimos Kevin Willis y Steve Kerr, cuyo rol era más el de tutor de los jóvenes como Jackson, Ginobili o Parker que el de jugador sobre la cancha.

La franquicia consiguió el mejor registro de la NBA con 60 victorias, pero eso no le había valido de mucho los dos años anteriores. Kerr jugó más de lo que se podía esperar: 75 partidos y casi 13 minutos en cada uno de ellos. Sus habilidades, las habituales: casi un 40% en tiros de tres y estar en el sitio adecuado en el momento adecuado. Los play-offs empezaron contra los Phoenix Suns y, de primeras, Stephon Marbury casi lo envía todo al garete con un triple milagroso que adelantaba 0-1 a los visitantes. Hasta seis partidos necesitaron los Spurs para llevarse la eliminatoria frente a las exhibiciones habituales de Marion y compañía.

En semifinales de conferencia esperaba el ogro. Los Angeles Lakers en busca de su cuarto anillo consecutivo, algo que nadie conseguía desde los Boston Celtics de Bill Russell. Como decíamos antes, los Lakers habían eliminado en esa ronda a los Spurs los dos años anteriores y en ambas ocasiones con el factor cancha en contra. Esta vez, San Antonio no se dejó sorprender y encarriló rápidamente la eliminatoria con dos victorias en casa, pero los de Jackson no se rindieron y empataron a dos en L.A. El quinto partido sería clave: a mediados del tercer cuarto los Duncan y compañía ganaban 78-53… pero de repente todas las luces se apagaron. En un ataque de nervios apoteósico, los de Popovich empezaron a ver cómo la distancia se iba reduciendo hasta llegar a un 95-94 con veinte segundos por jugar.

Los Lakers hicieron falta sobre Stephen Jackson que falló uno de los dos y se dispusieron a jugar la última bola. Era un equipo conocido por concederles a Shaq y a Kobe el 70% de los tiros… salvo que fuera play-off y el lanzamiento pudiera dar un partido. En ese caso el elegido era Robert Horry y así fue también en esta ocasión. La defensa de los Spurs se comieron un ayuda larguísima sobre Bryant y el balón llegó al ala-pivot para un tiro franco que parecía colarse en el aro cuando este finalmente lo escupió y lo mandó a manos de David Robinson. Nadie dudaba que, de haber perdido esos 25 puntos de ventaja y ceder el encuentro en un último tiro, los Spurs habrían caído de nuevo, pero el destino les dio una oportunidad y no la desaprovecharon en el sexto enfrentamiento de la serie: 82-110 en el Staples Center. Campeón derrocado. Los Pistons lo hicieron con los Celtics, los Bulls con los Pistons y ahora los Spurs se quitaban de encima por fin a los Lakers. El ciclo de la vida NBA.

Llegaba la final de conferencia ante los Dallas Mavericks de Steve Nash, Dirk Nowitzki y Mark Cuban. Otro equipo acostumbrado a decepcionar en los momentos clave y que tenía una oportunidad que parecía única. Fue, como es lógico, una eliminatoria de nervios y circunstancias muy extrañas. De los seis partidos jugados, cinco los venció el visitante, acabando todo con un 4-2 para los Spurs con un sexto partido en el que Kerr salió desde el banquillo cuando su equipo perdía por 16 de ventaja, metió cuatro triples como cuatro soles y llevó a su equipo a la final contra los New Jersey Nets, cuatro años después de haber derrotado a sus vecinos de Manhattan.

Los Nets tenían un señor equipo, con Jason Kidd, que por entonces ya parecía un veterano, Kerry Kittles, Richard Jefferson, Kenyon Martin y Dikembe Mutombo. Un cinco inicial sólido, nada espectacular, que hubiera firmado el propio Popovich de 1999. Desde el banquillo salían Lucious Harris, un buen anotador, y Jason Collins, otro correcto hombre de “intendencia”. Si Popovich había llamado a Steve Kerr el verano anterior era porque sabía comportarse en momentos así.

Pese a su gran sexto partido en las finales de conferencia, Kerr jugó solo un total de dos minutos en los cuatro primeros partidos, para cero puntos. La eliminatoria, sorprendentemente, estaba empatada, y el quinto partido se jugaba en New Jersey ante una hinchada enloquecida. A falta de nueve minutos para el final, los Spurs ganaban 64-70 y Popovich tomó la extraña decisión de sentar al “rookie” Ginobili para meter a Kerr, presumiblemente, uno de sus descansos de un minuto o dos. Sin embargo, algo debió de ver Pop porque pasó el minuto y, aunque Kerr no anotó, tampoco se fue al banquillo. Siguió pasando el tiempo y los Nets se lanzaron a su habitual remontada: tres minutos y medio para el final… 76-78 para San Antonio y bola para los locales.

Ginobili vuelve a la cancha, pero sustituyendo a Stephen Jackson.

Los Nets fallan, Duncan anota dos tiros libres y entonces empieza el festival Kerr, como si de repente se diera cuenta de que él todavía sabe jugar a esto y al mejor nivel: robo de balón a Kevin Martin y triple en la siguiente jugada (76-83). Canasta de Ginobili, tiros libres de Jefferson, ataque decisivo para los Spurs… y canasta de cinco metros de Kerr para un casi definitivo 78-87. Los Nets anotan, Ginobili falla una penetración y el balón dividido va a las manos de Steve Kerr, cómo no, que aún tendría tiempo de anotar un tiro libre más y acabar con seis puntos, los seis en dos minutos decisivos, más un robo y un rebote, para poner el 3-2 en la eliminatoria y acercar a los Spurs a su segundo anillo, el quinto para el chico de la Universidad de Arizona.

Quedaba poner la guinda al pastel: el sexto partido en San Antonio. El que podía ser el último en la carrera de Robinson y el último en la carrera de Kerr. No sería un paseo, precisamente. En otro partido tosco, duro, de defensas extenuantes, los Nets se colocaron 12 arriba a la mitad del tercer cuarto. Allí no metía una canasta nadie. Popovich recurrió a Kerr para que imitara lo del partido anterior pero no pudo ser: apenas una canasta de campo para colocar a su equipo a ocho en el último cuarto. Con 64-72 se fue al banquillo de nuevo, cariacontecido y con esa sensación de haber fallado a la mística. A partir de ahí, los Spurs se lanzaron a un parcial de 18-0 que le daría el título, por supuesto, con Speedy Claxton como invitado sorpresa en esta ocasión.

A falta de 36 segundos, con el partido ya decidido (86-77), Popovich sentó a David Robinson para que se ganara la gran ovación de su hinchada. Muchos esperábamos que rescatara también a Kerr y se pudiera despedir de la NBA en el campo. En su lugar sacó a Steve Smith. Así acabó la carrera de un hombre de raza blanca, tirador, celebrando desde su anonimato habitual el quinto título de su carrera, los mismos que el estrambótico Dennis Rodman. Dos maneras distintas de acercarse al estrellato y al recuerdo colectivo.

Su última jugada en un campo fue un tiro tras pase doblado desde seis metros. Ni que decir tiene que lo anotó.

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12 comentarios

  1. Larry Bird

    Maravilloso artículo. Tiene el cielo bien ganado el bueno de Steve.

  2. Viendo el último vídeo me viene a la mente hacer una comparación odiosa entre el bueno de Steve Kerr que se retiró con 37 años y 5 anillos y Steve Nash que sigue jugando con 38 y todo parece indicar que se acabará retirando sin ninguno.

  3. Excelente artículo como de costumbre, Guillermo. Sólo un matiz, en realidad irrelevante, en la intro: Pippen se fue de Chicago a Houston; a Portland al año siguiente. Un saludo :)

  4. Grandes recuerdos. Aquel tiro contra los Jazz es mítico como el que años antes anotó Paxon para los Bulls en el primer three-peat de los de Chicago.

    Gracias por estos artículos «remember».

    http://saliendodesdeelbanquillo.blogspot.com.es

  5. Fat Lever

    Creo recordar que su padre era profesor de universidad en Libano y fue asesinado, aunque no recuerdo exactamente las circunstancias. Un profesional intachable, uno de esos jugadores indispensables para que un equipo funcione. Gran artículo.

  6. fernando

    Excelente articulo. Ahora solamente falta uno del grandisimo Robert Horry

  7. Juancho

    ¿Y donde está ahora Steve Kerr?

  8. At the buzzer

    El jugador de los Nets al que Kerr roba el balón es Kenyon Martin, por entonces ala-pívot titular de New Jersey y no Kevin Martin, actualmente sexto hombre en Ocklahoma City Thunder.
    Por lo demás excelente artículo, enhorabuena.

  9. Severus

    Maravilloso artículo aunque apenas lo ví jugar.

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