Cómo ser Fernando Alonso y no arruinarse en el intento

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FORMULA 1

Apágale la tele, que no la vea si hay carreras, ponle una vez más algo de Bob Esponja. Si tiene internet, es preferible que vea páginas porno antes que las de Formula 1, así que si tienes un filtro de control parental de su ordenador, cápale la segunda opción que es la verdaderamente peligrosa; escenas protagonizadas por Nacho Vidal o tíos despedazados con una motosierra son prácticamente inocuos. Si tienes una cuenta en el Banco de Santander y estás sometido por la hipoteca, que tu príncipe heredero no visite contigo la sucursal porque se topará con una foto de Alonso a tamaño natural con un sugerente «Gana dos entradas para mi próxima carrera». Impide esa posibilidad a toda costa. Pero como un buen día, el progenitor de un amigo decida llevarlos a un karting y el chico vuelva diciendo: «papá, quiero ser piloto de carreras»… estás perdido. Prefiere antes que lo suspenda todo en todas las asignaturas de todos sus cursos, porque te saldrá más barato. Entre seis y ocho millones de euros, aproximadamente, si no tropiezas en alguno de los escalones finales. 

En una adaptación velocista de la famosa frase de la serie televisiva Fama «la fama cuesta y aquí vais a empezar a pagar», la profe de baile de la academia neoyorquina hubiera rematado su idea añadiendo al final la palabra mágica: (pagar) dinero. La carrera deportiva de un bailarín, un maratoniano o un tenista es tan dura como hacerle la permanente a la estatua de la Cibeles, pero infinitamente menos costosa. Les basta con su voluntad, su cuerpo y poco más. Pero si quieres ver a tu enano cada domingo en la tele subido en un misil coloreado retransmitido por locutores alopécicos, vete juntando, o busca alguien dispuesto a abonar una monstruosa factura de dimensiones cinematográficas.

Si finalmente decides pringarte, has de empezar todo este jaleo cuanto antes, pero no más allá de que tu hijo cumpla los diez años, edad que se considera límite para que llegue en unas condiciones formativas razonables a la F1. Si ese es el plan, entre los seis y ocho años tu cabezón empezará a vestir sus primeros monos, cascos y guantes. El karting será el inicio de todo. Primero en carreras locales, más tarde regionales, después nacionales para convertirse en internacional a la velocidad que le permitan sus capacidades sobre el asfalto y tu dinero, padre pagano. Para arrancar hay muchos presupuestos y posibilidades, pero hazte el cuerpo a soltar unos 10.000 euros a cambio de un kart digno, equipamiento de seguridad y técnicos que le hagan el mantenimiento y ajustes del coche. En realidad, por ese dinero apenas tienes para empezar. En una competición nacional ve multiplicando esa cifra por cuatro o cinco si no quieres acabar el último. Multiplica por diez si quieres poner los pies en pruebas internacionales, y por 20 si tu vástago lo hace meridianamente bien y tienes que mandarlo, al menos de manera puntual, a la meca del kartismo, Italia. Allí un equipo bueno tiene trailers como los de la F1. Puedes montarte tu propia estructura, pero lo normal en todo el proceso es acudir a los que ya están establecidos, conocen las reglas y misterios del negocio. Añade algo bueno a la sangría dineraria: tu hijo se codeará con finlandeses, ingleses, italianos y chicos de diversas nacionalidades. Sus amigos de verdad saldrán de aquí, y empezará a chapurrear idiomas gracias a ellos. Un regalo inesperado. 

De estos extraños cochecillos que habrán crecido en potencia y dificultad de manejo tendrá que pasar a sus primeros monoplazas. Son como Formula 1 en miniatura, a veces incluso con motor de moto adaptado, costes contenidos y algunas partes aerodinámicas como derivas y alerones. La tecnología se complica, los ajustes y adaptaciones para cada circuito se personalizan de manera más tecnificada. Llegan nuevas reglas, enemigos más duros y con frecuencia viajes por media Europa. Empiezas a darte cuenta de que las facturas crecen en proporción geométrica según se va elevando la potencia. Un clásico de estas categorías es la llamada Fórmula Ford inglesa, por la que ha pasado media parrilla de la actual F1. 

Karting

Tras los primeros monoplazas llegan los Formula3, la F-Renault 2.0 y otras categorías de verdaderos monoplazas con sistemas de adquisición de datos en pista, ingenieros a tu alrededor, tecnologías aerospaciales y velocidades vecinas a los 300 kilómetros por hora. Si te accidentas te puedes hacer verdadero daño, pero más daño le harás a tu bolsillo porque el resultado de las piñas las pagarás tú. Hay seguros que cubren cierta cantidad, pero ni la organización ni tu escudería cubrirá el montante de sustituir un costoso chasis de fibra de carbono, reponer un bloque motor o el más habitual, alerones delanteros y trapecios de suspensión. 

Si tu chavea destaca seguirá creciendo e irá pasando, en orden a tu presupuesto y sus capacidades por una pequeña escalera de potencias/presupuestos con nombres y apellidos: F3 Euro Open, F3 Euroseries, F3 inglesa, con características similares pero donde algunos equipos de F1 ya tienen situados a sus becarios y asoman los pilotos-objeto-de-deseo. Vete juntando desde los 300.000 y hasta el millón de euros si te atrae lo británico. 

Los siguientes escalones serán más de lo mismo pero poniendo más pasta (aún) encima de la mesa: GP3, algo más barato y con aparatos de cerca de 400 caballos, y por encima las World Series by Renault, con los monoplazas más similares a los actuales F1 y su desarrollada aerodinámica. Para estar en esta última categoría de la que han salido tipos como Pastor Maldonado, Robert Kubica, Jaime Alguersuari o un tal Sebastian Vettel necesitas —piñas e incidentes aparte entre 850.000 euros y 1,2 millones, si lo quieres ganar. ¿Por qué esa diferencia? Porque podrás acceder a un equipo mejor preparado técnicamente, podrás tener dos o tres ingenieros a tu servicio en lugar de uno solo, o podrás poner gomas nuevas cada vez que salgas a pista en lugar de estar racaneándote con las mismas durante vueltas y vueltas a pesar de que agarren menos. 

El paso final antes de la categoría reina es la GP2, cuyos coches empiezan a acusar una alarmante falta de avances técnicos pero con ello se contienen sus precios. ¿Por qué tiene un especial atractivo esta competición a pesar de que correr en ella cuesta alrededor de dos millones de euros? Pues porque telonean a la F1 en las mismas pistas y en fines de semana coincidentes. Los responsables de Ferrari, McLaren, Red Bull o Mercedes se cruzarán con tu hijo por el paddock, comerán a su lado y lo verán correr desde sus relucientes oficinas rodantes. Si esto ocurre, échate en el bolsillo de la camisa media tonelada de tarjetas de visita con tu email y tu teléfono en letra negrita. Nunca se sabe, un mal día igual necesitan echar mano de ti o de tus patrocinadores, porque si has llegado a esto, los tienes, y seguramente sean muy generosos. Ellos también quieren estar en la Fórmula 1.

Hay dos maneras de llegar a la F1: cobrando, o pagando, pero a fin de cuentas será por una razón muy sencilla, y es que el equipo que te contrate ganará contigo. Por un lado puede ganar pasta porque de tu mano llega un banco, una aseguradora o un gigante del software. Si llegas con dinero al equipo, al que sea, te abrirán la puerta de par de par, pero a pesar de ello tu chico tendrá que estar al nivel requerido. Si llegas sin dinero, es porque eres Hamilton, Alonso o Kimi, que «pagarán» ese dinero de manera indirecta con victorias en la pista, con lo que la escudería subirá en la tabla del Campeonato de Constructores y sus premios dinerarios serán mayores. Un puesto más o menos en esa clasificación puede suponer perfectamente 20 millones de euros.

Si finalmente el mozalbete alcanza el paraíso de los que se juegan el tipo cada domingo y a cambio reciben una millonada de sueldo, tu problema no será buscar el dinero, sino esconderlo. La mayoría de los pilotos tienen residencia en lugares con una fiscalidad favorable como Mónaco (Rosberg, Hamilton), Suiza (Pedro de la Rosa, Michael Schumacher), Andorra (Jacques Villeneuve) o las islas del canal en Inglaterra (Nigel Mansell, Jenson Button). Alonso es una rara excepción que tributa en España. Cuando él gana, los antialonsistas que tanto le critican desde su propio territorio y le desean que pierda, también ganan. Contradicciones de las carreras y de los apasionamientos. Ojo con el tema o te puede pasar lo que a Lionel Messi o Valentino Rossi, que acabaron abonando a Hacienda cantidades de las que no entran en las calculadoras normales.

Ahora bien, si todo esto te parece un jaleo y no estás dispuesto a asumir los costes de este trajín, Jorge Brichette, afamado fotógrafo de las carreras español, te puede echar un cable. En cierta ocasión, un piloto de origen latino se le acercó buscando unas imágenes con las que agasajar a sus patrocinadores a pesar de su poco afortunado paso por la Fórmula 3. Al pedirle el precio a cambio de sus imágenes, el deportista se dolió del importe, y de que todo en las carreras sale muy caro. El fotero, de formas suaves y tremendamente educado, no pudo contenerse y le respondió en una susurrante voz baja: «Pos juega al fútbol». 

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