Los libros que no leeremos este verano (y Ellos lo saben)

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Nosotros somos animales pasionales y nos abandonamos al calor de la alcoba. Criamos hijos y plantamos geranios, y así vamos poniendo los cimientos de una casita del árbol que nos haga olvidar que la contienda aún no ha terminado. Somos endebles y caemos en la concupiscencia del comer, pese a que Ellos preferirían que dejáramos de hacerlo. Comemos, y lo hacemos para ser capaces de levantar la mano que deje caer la ficha en el marcador. Nosotros, que no tenemos nombre, salimos del trabajo o de la cola del INEM, y corremos apresurados, día tras otro, hasta nuestros hogares para lamernos las heridas en el ministerio de la intimidad. Nos atrincheramos en la mirada del otro, en quien nos vemos reflejados y que no es otra cosa que la simbiosis de nosotros mismos. Somos cariñosos y de antídotos sencillos. Nos basta una voz cálida al poner la llave en el cerrojo o la celebración del rito televisivo. Ellos, que tienen nombre y apellidos compuestos, disponen todas sus astucias para mimar este territorio inventado para erigir nuestro asilo: sobres de comida precocinada, regulaciones cívicas o la línea del ADSL. Todo dispuesto para que dejemos de habitar y reconocernos en nuestras plazas, nuestras calles y nuestras terrazas.

El verano nos proporciona el periodo de enajenación más duradera. Nosotros casi no tenemos vacaciones, pero cuando las tenemos ponemos todas nuestras fuerzas en aniquilar cualquier atisbo de experiencia como ser social. En verano volvemos a conquistar el umbral, el suburbio del espacio de interlocución. Ellos conocen nuestra comportamiento y nos asisten en nuestro encantamiento. Llenan nuestras maletas de crema solar, refrescos con sabor a fruta tropical y la última novela ligera de éxito. Saben que no leemos, y si rara vez lo hacemos, que somos irascibles a la tinta franca. La nuestra es una lectura de la deserción: pasamos las páginas y por unos minutos, o unas horas, los frentes (el frente) desaparecen. Leemos como pedaleamos en una bicicleta estática. Por esto, nunca vamos a leer, tampoco este verano:

1. 2020, de Javier Moreno (Lengua de Trapo, 2013). Porque la literatura de ficción debe acompañar nuestros bostezos, no perturbarlos. Representar paisajes exóticos o de pasados prósperos y amables. No leemos distopías, a no ser que los protagonistas nos resulten marcianos y sus empresas pura épica altisonante. No vamos a leer 2020 porque eso supondría reflexionar sobre algo que desoímos dormitando: el presente.

2. La facción caníbal. Historia del Vandalismo Ilustrado, de Servando Rocha (La Felguera Editores, 2012). Porque somos gente cívica y los que perpetran actos vandálicos no tienen nada que ver con Nosotros y nuestra concepción del bien y el mal. Solo reconocemos un tipo de violencia, y es aquella que se desarrolla en las calles, que desaprobamos sin discusiones.

3. El tiempo del sapo, de Dalton Trumbo (Artefakte, 2012). Porque, así como Dalton Trumbo lo hizo con el Comité en el tiempo de la caza de brujas, nos haría cuestionar la validez de nuestras instituciones, que preferimos seguir considerando como legítimas y sagradas. La duda haría desmoronar en Nosotros, que somos devotos y fieles, las estructuras que tanto nos costó conquistar.

4. El último dinosaurio, de Hunter S. Thomson (Gallo Nero, 2013). Porque su autor ejerció un periodismo crítico, y a Nosotros nos entretienen más los telediarios. Queremos tener una visión discreta de nuestra realidad, porque la complejidad nos abruma. Queremos estar informados, porque somos hombres y mujeres de este tiempo, pero la información debe ofrecernos en cápsulas que no alteren nuestra digestión.

5. Democracia, de Pablo Gutiérrez (Seix Barral, 2012). Además de repudiar una ficción que nos induzca a repensar nuestra situación actual, no toleramos que los acontecimientos políticos y económicos entren en nuestra amortiguadora sala de estar. Leer esta novela desencadenaría la aprobación de que lo político es también íntimo.

6. La formación de la clase obrera en Inglaterra, de E. P. Thompson (Capitan Swing 2012). Porque no tenemos ni conciencia política ni de clase. Porque sus páginas nos harían despertar de la hibernación y reclamar un estatus al que ya hemos renunciado. No creemos en la existencia de Nosotros y por lo tanto, de experiencia y cultura compartida.

7. ¡Sí se puede!, de Ada Colau y Adrià Alemany (Ediciones Destino, 2013). Porque aprenderíamos que tenemos capacidad de organización y que el colectivo en lucha es imparable. Descubriríamos algo que nuestras mentes no podrían procesar: que la política no la hace una elite institucional, sino que bebe del bramido de la calle. Que Nosotros también somos animales políticos.

8. Tratado para radicales, de Saul Alinsky (Traficantes de sueños, 2013). Porque no somos subversivos y, por lo tanto, no tenemos ninguna necesidad de organizar nuestro descontento. Nosotros no creamos direcciones para estructurar la fuerza de la comunidad, porque nuestra noción de este término no va más allá de los miembros de nuestra familia.

Así como no vamos a leer ninguno de estos libros, tampoco leemos Jot Down Magazine. También lo saben.

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