Arte y Letras Literatura

Cita en Samarra: tres cuentos y una novela

Julio Cortázar (DP)
Julio Cortázar (DP)

Son las diez y media de la mañana y es sábado, un sábado lluvioso, otoñal, muy desapacible. Sobre la mesa, a la espera de ser abierto, un libro: Clases de literatura, de Julio Cortázar. Recostado en el sofá, leo en este momento los últimos párrafos de una novela de John O´Hara titulada Cita en Samarra. Termino el libro, doy el último sorbo al café y cojo la antología oral del argentino. La casa está en silencio. Abro el libro al azar: página setenta y tres. Restallan unas comillas como si quisieran saltar del folio, frases sueltas que corresponden al cuentito de origen persa «Cita en Samarcanda», que Cortázar reconstruyó a su aire para los alumnos de la Universidad de Berkeley en 1980. Aquel día se habló de la fatalidad como tema en el cuento fantástico.

El relato, ya reproducido en esta misma revista, dice así:

Había en Bagdad un mercader que envió a su criado al mercado a comprar provisiones, y al rato el criado regresó pálido y tembloroso y dijo: señor, cuando estaba en la plaza del mercado una mujer me hizo muecas entre la multitud y cuando me volví pude ver que era la Muerte. Me miró y me hizo un gesto de amenaza; por eso quiero que me prestes tu caballo para irme de la ciudad y escapar a mi sino. Me iré para Samarra y allí la Muerte no me encontrará. El mercader le prestó su caballo y el sirviente montó en él y le clavó las espuelas en los flancos huyendo a todo galope. Después el mercader se fue para la plaza y vio entre la muchedumbre a la Muerte, a quien le preguntó: ¿Por qué amenazaste a mi criado cuando lo viste esta mañana? No fue un gesto de amenaza, le contestó, sino un impulso de sorpresa. Me asombró verlo aquí en Bagdad, porque tengo una cita con él esta noche en Samarra.

Seguí leyendo y me encontré con otra cita sobre una inquietante narración de un tal W. F. Harvey, escritor inglés de quien nunca había oído hablar. El cuento, titulado «Calor de agosto», tiene un argumento fascinante. Escrito en primera persona, el narrador nos sitúa en un día de muchísimo calor. Se siente cansado, «perturbado» y con la mente nublada, así que se pone a dibujar con desidia, como quien dibuja cuadritos trenzados en los márgenes de las libretas, un poco para olvidarse de todo, de ese calor que lo asfixia y le impide realizar cualquier tarea mínimamente reglada. Va dibujando y al cabo de unos minutos asiste pasmado a lo que ha salido de su lápiz: se distingue a un tribunal justo en el momento en que el juez lee una sentencia de muerte y se ve también, en primer término, al acusado, descrito como un hombre viejo, calvo y con gafas. El protagonista se queda un rato mirando el dibujo y después se lo mete al bolsillo y sale a pasear. De pronto, mientras camina, ve a un hombre idéntico al del dibujo. Está en el jardín de su casa, inclinado sobre una lápida en la que parece estar grabando una inscripción. Se acerca y lee en la lápida su nombre, el día de su nacimiento y el de su muerte, que coincide con la fecha de ese día. Muy nervioso, habla con el lapidario. Este le dice que no se preocupe, que la lápida no es auténtica, que la está preparando para una exposición de lápidas que se va a inaugurar próximamente en el pueblo y que él mismo ha inventado el nombre y las fechas. El protagonista entonces le muestra el dibujo, ante el cual el lapidario reacciona con una mezcla de miedo y sorpresa, como si la situación le sobrepasase. Entonces se le ocurre una idea: si los dos se encierran en una habitación hasta la medianoche, cuidándose de que no les pase nada, la maldición pasará, se esfumará y ellos podrán ver la luz de un nuevo día. Pasan el rato, cada uno en sus tareas: el narrador escribiendo el cuento que leemos y el lapidario afilando su cincel. Al final, la narración se detiene minutos antes de la medianoche y se nos escamotea de ese modo la doble fatalidad, la muerte del protagonista y la condena posterior a su asesino, de la que, acorde con el destino descrito en un sencillo dibujito, nunca escapará. El final de este cuento, que como siempre en el género, ha de ser exacto, efectivo, cierra el lazo perfectamente y da la sensación de obra redonda, sellada por el broche definitivo de la muerte.

Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.

Regístrate gratis

SUSCRIPCIÓN MENSUAL

5mes
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL

35año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL + FILMIN

105año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
1 AÑO DE FILMIN
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 

8 comentarios

  1. Pingback: Bitacoras.com

  2. El link de la cita está mal.

  3. Pingback: Cita en Samarra: tres cuentos y una novela | EN PRECARIO

  4. granjefeindio

    Fantástica entrada. Gracias por ella.

  5. Fabuloso y estimulante. Enhorabuena.

  6. Pingback: “Cita en Samarra” de John O´Hara – A la sombra del Coliseo.

  7. Son el miedo que existe en la historia y hoy y porque siguen publicando los periodistas el miedo de la historia reallos libros el miedo de mentira y los poderes las justifican las dos pi su interés. Como cambiar el periodismo y el escritor, con la fantasía también se vive pero los malos la hutizan que es mejor) seguir escribiendo y prohibir que cualquier párrafo se sé hutizan por bien personal sea delitos … Sea quien quiera ser.

  8. Pingback: Kader Abdolah: El reflejo de las palabras – EN FEMENINO Y MÁS

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*