El santuario de los libros prohibidos (de China)

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Nadie lee libros en el metro de Hong Kong. En las entrañas de la ciudad de la claustrofobia vertical, los viajeros se inclinan sobre pantallas de smartphones, tabletas y algún que otro libro electrónico, pero allí abajo no hay rastro del crujir de una página al pasar. Tampoco es muy diferente en la superficie, donde sus icónicos neones chisporrotean sobre las marabuntas. Esta isla de siete millones de habitantes podría ser el paraíso de los apologetas de la muerte del papel y el advenimiento de la hipertecnologización, sin embargo, cuarenta metros cuadrados en mitad de la hongkonesa Times Square se empeñan en contradecirles. Encajados entre los amplios locales de Cartier, McDonald’s y Jaeger Lecoultre, tres treintañeros con gafas de pasta asumen un alquiler desbordado para llenar los estantes de ese producto desfasado que son los libros en papel. Y venderlos, claro. Pero hay truco. Porque sus clientes no son esos que comparten vagón diariamente en el subsuelo, a los que bastaría emerger por la salida correcta de Causeway Bay, rodeando la gigantesca escultura de un Gundam para dar con la minúscula librería llamada People’s Recreation Community.

Quien llega hasta allí lleva a las espaldas un pesado viaje, que suele comprender varios meses de batalla burocrática para lograr el visado, un exhaustivo control en la frontera y un regusto a prohibido en el paladar. Ellos acuden en busca de lo ilegal, de lo que jamás encontrarán en su mainland, en la China continental de la que proceden, donde rige el férreo control sobre todo lo escrito. Gracias al estatus especial del que goza la urbe de moles acristaladas, los ciudadanos chinos pueden comprar revistas pornográficas, leer el New York Times o acceder a Facebook. Y desde 2004 además, resguardarse en esta librería y descubrir todo lo que el gobierno no quiere que lean sobre la masacre de Tianamen o las salaces aventuras de Mao.

«Los que cruzan hasta aquí vienen con una lista de cosas que hacer. Visitar Victoria Peak, comprar tecnología o rolex… y venir a la librería», presume ufano su fundador Paul Tang, que jamás se imaginó poseyendo la mayor colección de libros prohibidos de China. Cuando dejó su trabajo en Starbucks y se lanzó a formar un negocio junto a dos socios, solo ambicionaba copiar el modelo de la franquicia americana y crear la librería-cafetería en la que a él le gustaría quemar horas entre cafés y páginas culturales. Y al principio fue así. «Vendíamos hasta Harry Potter y ese tipo de cosas», recuerda entre sonrisas, «ni siquiera sabía el significado de “libros prohibidos”», confiesa este hongkonés de nacimiento. Irónicamente, el artífice de la revolución cultural provocó el volantazo. Que escogieran el busto de Mao Zedong como logotipo fue un imán para los primeros continentales que cruzaban la frontera y se frotaban las manos esperando dar con lo que dentro del gran «firewall» chino custodian los autonombrados guardianes de las ideas. «Veían una imagen de Mao en mitad de Hong Kong, que es algo extraño, así que se acercaban y me decían “¿tienes algo sobre los últimos años de Zhou Enlai o La vida privada del Presidente Mao? y yo no sabía de lo que me estaban hablando. Era decepcionante, no teníamos ningún libro que les interesara». Tampoco el concepto de librería-cafetería con tufillo indie acababa de fraguar entre los locales. No hacía falta ser muy hábil para detectar que con la oportunidad aporreándoles la puerta no quedaba otra que aprovechar la carambola si querían subsistir. Costó años, pero articularon una red de distribuidores dispuestos a proveerles del catálogo de publicaciones que el gobierno chino ha decretado como prohibidas, y que se engrosa a diario. La mayoría se imprimen en Taiwan o en el propio Hong Kong, aunque reconoce que algunos ejemplares —que se cuida de no señalar proceden del interior de China, y los consigue por cauces más arriesgados.

El repiqueteo metálico del llamador anuncia la llegada de nuevos clientes en este día de tifón inclemente. Un grupo de cinco jóvenes entra en germánica formación, cargados de bolsas que revelan el frenesí consumidor inevitable en la vorágine metacrilada. Por un momento, se quedan paralizados en el umbral, observando en silencio la minúscula estancia en la que no queda pared por colonizar. Observan los ejemplares con una curiosidad reverencial, frenando el impulso con las manos en la espalda y dejando escapar susurros en lo que apetece presumir que es mandarín. Los fanzines de sexo son los primeros en llamar su atención, pero es un ejemplar de The Deng Xiaoping Era el que acaba entre las manos del más desgarbado, que se seca las gafas de lluvia antes de pasar las yemas por las solapas.

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«No, no creo que ningún local supiera darte indicaciones si le preguntas por este sitio», asiente Tang. En una de las ciudades más densamente pobladas del planeta, pocos hongkoneses son conscientes de la existencia de esta librería, enclavada en una de sus tumultuosas arterias comerciales. En diez años, nunca han puesto un anuncio ni hecho más promoción que dejar en el mostrador sus tarjetas de visita, y aun así los clientes chinos la llenan a rebosar en un horario muy propio de Hong Kong: desde que amanece hasta que el último lector saciado cierra la puerta tras de sí, bien entrada la madrugada. El 90% de ellos son chinos continentales, que han corrido la voz sobre este «santuario de la información» provocando el efecto multiplicador. «Solo una vez nos hicieron publicidad activa dentro de China», recuerda Tang, «pero sirvió de poco». Fue años atrás, durante la Feria del Libro de la ciudad, cuando una periodista de la revista china Phoenix Weekly les entrevistó y publicó un breve sobre sus diez títulos más vendidos, todos relacionados con la historia y la política chinas. El reportaje duró en los kioskos de Pekín lo que tardó la Oficina Central de Propaganda del régimen comunista en confiscarla y cerrar la página web de la revista. Un suspiro.

Pero si hay hambre, escalar el cocotero acaba siendo cuestión de tiempo. «La sociedad china está cada vez más hambrienta de información, y cada vez más convencida de la falta de ella que sufren», asevera Tang, explicando que incluso quien no logra acceder a través de Shenzen la frontera más porosa entre la China continental y el distrito administrativo especial de Hong Kong acude a ellos en busca de lo prohibido. «Nos los piden por e-mail a través de algún servidor seguro, y realizamos envíos por el continente, aunque nunca está asegurado que lleguen y a nosotros nos expone a ser investigados, así que no ponemos remitente. Por correo es más fácil que el paquete sea registrado por oficiales del gobierno y sea confiscado», explica. Y es que, cada compra que se realiza en la People’s Recreation Community no deja de ser una suerte de quimera, en la que el potencial lector asume un riesgo importante llevando este tipo de libros en su poder. «Nosotros les aconsejamos de qué manera es más fácil cruzar a China sin que los oficiales de la frontera encuentren los libros, pero no siempre funciona. Ellos saben los riesgos y muchas veces tienen que comprar el mismo libro varias veces hasta que consiguen llevarlo a su casa», explica el fundador. Cada nuevo cliente abandona la librería con un cursillo rápido de artimañas a cuenta de la casa: «Siempre depende si vuelven por aeropuerto o por tierra, y si son hombre o mujer. A ellas es más difícil que las registren, y suele ser más seguro que escondan un par de ejemplares en su equipaje de mano. Si van en avión, les solemos recomendar que lo empaqueten como si fuera documentación, incluso con plástico de embalaje», ilustra el librero. Siempre han de ir colocados al final de la maleta y jamás debe arrancarse la portada, ni forrar la cubierta. «Recomendamos que, como mucho, se lleven uno o dos libros, más no, aunque hay de todo», señala. A pesar de que el escrutinio en la frontera es severo, cada vez hay más relajación y ahora los agentes de aduanas priorizan la búsqueda de objetos por los que gravar al viajero, en detrimento de la confiscación de la información prohibida.

Tang desmonta el ideal romántico del disidente chino que llega hasta la librería ávido de información sobre el régimen. Los hay, pero no son mayoría. «En realidad, el mayor grupo que viene aquí a comprar libros son los propios funcionarios del gobierno chino, que buscan información sobre cómo funcionan las cosas en su propio departamento, saber si su jefe está siendo investigado por corrupción o conocer las guerras internas que se libran. Buscan datos útiles para ellos», indica Tang. Lo mismo sucede con los hombres de negocios, que concurren en People’s Recreation Community a la caza de información para sus transacciones, imposible de encontrar en el continente porque arroja luz sobre todo aquello que se quiere mantener en las sombras: «Tienen un alto poder adquisitivo y de un mismo libro suelen comprar varias copias, la mayor parte de las veces se lo mandamos directamente al hotel y ellos son quiénes lo llevan de vuelta a China. A veces se dejan hasta dos mil dólares en libros», dice satisfecho. Con posibles, los inquisidores de la frontera se tornan aún más arbitrarios.

Uno de esos businessman que piden ser llamado John rebusca en los bolsillos del ancho pantalón caqui un gurruño de dólares hongkoneses. Ha seleccionado una pila de obras que la dependienta empaqueta por separado mientras él nos escruta con desconfianza. «He venido a Hong Kong por trabajo, vengo bastante habitualmente, pero vivo en Shangai. Allí no encuentro este tipo de información», confiesa. Esta vez, el menú lo componen los bestsellers The Great Collapse of 2014, Xi Jinping Bites Back at Jiang Zemin y un par de obras históricas sobre las purgas del partido comunista en los sesenta. Todas, efectivamente, por duplicado.

«Otro gran sector de nuestros lectores son profesores y estudiantes, gente del mundo académico que ya llegan completamente conscientes de las mentiras que encierra la historia sobre China que impone el régimen», ilustra Paul Tang. Aunque hay clientes que arriban hasta Causeway buscando asesoramiento —«¿Tienes algo sobre el jefe Mao? ¿sobre sus esposas?»— la mayoría toca el timbre con una shopping list bajo el brazo y una pulsión más de verificación que de descubrimiento: «Especialmente lo notas en los más jóvenes, que llegan con las enseñanzas sobre Mao aún frescas. Les inculcan que es un héroe, un semidios, así que lo primero que vienen buscando hechos históricos que lo cuestionen», subraya.

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En este pequeño oasis de más de diez mil títulos, la ficción tiene un espacio casi testimonial. Aquí se impone la realidad presente y pasada, como atestigua el particular top de los libros más vendidos: biografías, relato histórico e investigación. Realidad a borbotones para contrarrestar las dosis de ficción edulcorada de los que aún hoy amenazan con la cerilla dentro del gigante asiático.

Y leche en polvo, también. Los recipientes decorados con orondos querubines que alfombran algunas de las estanterías descubren la otra realidad de este templo de la información prohibida: que no es rentable. O no lo es siempre. «Los escándalos en China son buenos para nosotros, porque atraen más gente deseando saber. Escándalos como el de Bo Xilai, o acontecimientos como el 80º Congreso del Partido Comunista son siempre buenas noticias, porque aquí acuden buscando realidad… muchas veces, incluso antes de que dé tiempo a imprimirla», señala Tang. Pero compartir acera con Tiffanys cuesta caro, y conseguir mantener una red de proveedores dispuestos a bregar con la omnímoda maquinaria de la censura china, más. «No tenemos otra solución. Tenemos que estar en primera línea, en un sitio al que puedan llegar fácilmente. Los primeros años nos ubicamos en una zona más alejada, y ningún continental se acercaba». De ahí lo de la leche en polvo. Los tres socios detectaron —esta vez sí, a la primera una oportunidad con las detenciones de ciudadanos chinos que compraban fuera del país este producto ilegal en China por kilos y a un precio elevadísimo. Paul Tang sonríe, blandiendo uno de los botes irisados en una mano y una copia de The Wen Family’s Wealth Storm en la otra. Apenas hay trazas de bohemia o romanticismo en él: «Soy un hombre de negocios y mi misión es hacer dinero», dice con contundencia cuando se le pregunta si late en él algún tipo de responsabilidad con la sociedad. El librero es consciente de la caducidad del People’s Recreation Community, cuya subsistencia está amenazada no solo por los altos costes del alquiler y la distribución, sino por la progresiva apertura democrática del régimen chino y los lances propios del mercado editorial, con el libro electrónico resoplándoles en la nuca cada vez más fuerte. «Una copia para un millón, ya sabes», musita.

Pero bajo el revestimiento pragmático, hay un poso de ensoñación. Porque mientras confiesa que «habría sido más fácil montar un restaurante de fideos» y repasa los nuevos negocios en los que se está introduciendo con vistas al futuro, por las rendijas del realismo de Paul Tang se desliza un tímido arrebato. «Me gustaría que la librería fuera más grande, porque ya no tenemos espacio. Pero bueno, así están las cosas. De lo que más disfruto es de compartir un vino con los clientes, que vienen y tienen ganas de debatir, de narrar lo que ocurre al otro lado. Vienen y cuentan cosas terribles, pero también están sedientos de nuevos puntos de vista», explica. Y es que, las tres pequeñas mesas que se apretujan en el centro de la sala se han convertido en algo quizás más parecido a lo que Tang soñaba con poseer ataviado con el delantal verde del Starbucks. «La última vez que estuvo el corresponsal del New York Times aquí, Chris Buckley, se montó un lío interesante con uno de los clientes, que le acusó de estar mintiendo», cuenta. Al final, conversaron durante horas sobre el futuro de China vaciando un par de esas botellas que reposan colocadas con mimo sobre nuestras cabezas.

Dentro de diez años, posiblemente será otro el que esté asumiendo el astronómico alquiler del número ocho de Rusell Street. Paul Tang ya no será librero, ni encenderá cada mañana el luminoso rojo y amarillo que lucha por destacar en el océano de fluorescente de esta ciudad apabullante, desgastada por la prisa y los rascacielos. Quizá entonces haya sepultado la pasión que siente por esta pequeña locura de cuarenta metros cuadrados, rebosante de los secretos que le son prohibidos a mil trescientos millones de personas. Aunque nadie en su ciudad acompañe el viaje hasta el trabajo sosteniendo ninguno de sus ejemplares.

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Fotografía: Bárbara Ayuso

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9 comentarios

  1. Pingback: El santuario de los libros prohibidos (de China)

  2. María

    La leche en polvo no es ilegal en la China continental. Se vende en todos los supermercados, marcas nacionales y extranjeras producidas en China. Lo que los chinos compran en Hong Kong (y por Internet y como sea) son leches de fórmula de marca extranjera producidas en el extranjero, leche importada, porque no se fían de la otra después de que se descubriese en 2008 que fue la contaminación por melamina de una leche en polvo lo que causó la muerte de varios niños y la enfermedad de muchos otros. Se ha limitado la venta de esa leche importada y se multa al que se exceda de ese número. De eso sacan partido esos libreros.
    Precioso reportaje

  3. Pingback: Esceptica | Fugaces: Semana Santa, libros, abducciones y caracoles

  4. Pingback: 22/04/14 – El santuario de los libros prohibidos (de China) | La revista digital de las Bibliotecas de Vila-real

  5. Que maravilla de reportaje. Una historia preciosa, una librería diminuta que vende libros prohibidos. La cruda realidad: no tenemos ideales, it’s just business. Grande JD y grande Ayuso.

  6. Me ha encantado la historia Bárbara… y no se me ha hecho larga XD

  7. Pingback: Lecturas de Domingo | Maven Trap

  8. Chrono

    Un año después de la publicación de este artículo desaparecieron cinco trabajadores de una librería similar, causando un gran revuelo y desatando una ola de pánico en el sector. Todo apunta a que las autoridades chinas estubieron detrás de las desapariciones:

    https://en.m.wikipedia.org/wiki/Causeway_Bay_Books_disappearances

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