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Del mismo modo que Alex Ross, en su impecable El ruido eterno (2007), establecía los paralelismos necesarios para valorar el influjo de las primeras vanguardias artísticas en el mundo de la música clásica, centrando su análisis en cómo el ruido (real pero, sobre todo, conceptual a través de esa búsqueda enfermiza de la atonalidad) se convirtió en denominador común de determinadas grabaciones señeras realizadas a lo largo del siglo XX, piensa uno que bien se podría realizar un ejercicio similar con respecto al postmodernismo. Si atendemos a las definiciones académicas y asumimos que lo avant-garde fue el canto del cisne del modernismo, deberíamos convenir entonces que el estudio de Ross se quedó, como diría Bob Dylan, llamando a las puertas del cielo. Porque existe un postmodernismo musical, ¿verdad?
Por mucho que algunos pensadores se empeñen, el postmodernismo (no como periodo histórico —si es que eso existe— sino como etiqueta estética) aún no ha muerto si bien su presencia, esto hay que aceptarlo, está empezando a ser más testimonial que otra cosa. O, dicho de otro modo, lo de ir de postmoderno ya no llama la atención a nadie, ya no es de «guays». Más allá de las elucubraciones teóricas (aka pajas mentales) vertidas en los últimos años por los Lyotard-Jameson de turno, lo cierto es que si tuviéramos que señalar la manifestación artística que con mayor fuerza y amor ha abrazado las premisas del postmodernismo esa sería, sin duda, la literatura. Y si me apuran, la norteamericana. No puede ser casual que en los años cincuenta y sesenta surgieran en los Estados Unidos voces como las de John Hawkes, John Barth, William Gaddis, Thomas Pynchon, Kurt Vonnegut Jr., William Gass, Ishmael Reed, Donald Barthelme, Jerzy Kosinski, Vladimir Nabokov, Robert Coover… todas tan, tan, tan irónicas, fragmentarias, metaficcionales, intertextuales, maximalistas, minimalistas, ¿psicodélicas?… tan, tan, tan ¿poperas?… ¿He oído la palabra «pop» en la sala? No se retiren. Un momento, por favor.
Personalmente, me niego a que se considere música postmoderna lo que hacían, por ejemplo, Karlheinz Stockhausen o John Cage en los años cincuenta, como parece que defiende el eminente musicólogo Jonathan Kramer. Tampoco creo que comparta este etiquetaje el citado Alex Ross que, en El ruido eterno, trata a la música protoelectrónica y al minimalismo como pura vanguardia (y, por tanto, modernismo, aunque sea en su fase estertórea). De todos modos, siempre he pensado que no existe nada más minimalista que (tomo prestada la transcripción a Nik Cohn) el «Awopbopaloobop Alopbamboom» de Little Richard. No creo que se pueda deconstruir más un sentimiento, que se pueda destilar mejor una esencia que como lo hace el «melocotón de Georgia». Como tampoco creo que sea casualidad que el sesudo y premiado análisis de Ross finalice (en términos de enjundia intelectual) en el momento en el que el rock asume el minimalismo y la experimentación electrónica como fuente directa de inspiración, con los Beatles y los Velvet Underground a la cabeza, circa 1967.
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Pingback: Pelando la cebolla de cristal: una aproximación literaria al Po(p)stmodernismo
Obras y álbumes conceptuales había muchos en esa década de los 60s, aunque no creo que hubiese muchas óperas-rock, al menos en un montaje primario.
Aunque no haya sido la primera, «Tommy» es la referencia obvia y esencial en ese apartado.
Los Beatles claro, desparramando arte por cada poro, lo de los Kinks es como para darles de comer aparte.
Muy interesante el planteamiento acerca de Bowie, el antes y despues de este post-modernismo.
…fue a mediados de los años sesenta, …, cuando el postmodernismo irrumpe, de forma consciente, en la música popular, rebelándose de nuevo contra el academicismo, …, reivindicando la calle … como universidad de la vida.
El postmodernismo irrumpe “de forma consciente” en la música popular… ¿Qué o quién genera dicha consciencia?
El artículo es una interesante indagación de las herramientas virtuales que la industria del entretenimiento, (pop = arte+industria), entrega a los creadores (también conocidos como artistas), en un intento de erosionar la solidez del producto amortizado volviéndolo démodé y abriendo el mercado a nuevos artefactos, cuyo envoltorio de “modernidad falsamente corrosiva” seduzca suficientemente al consumidor de cultura, siempre contando con una mediática crítica adepta y un soporte teórico justificativo (en esto último, Alex Ross es un figura).
Muy buen artículo
Le confieso que he estado a punto de dormirme con su artículo, pero he resistido y de esa manera, he descubierto que sabe usted una barbaridad de música y también de otras muchas cosas. He encontrado muy interesantes sus puntos de vista aunque no le perdono que me haya inducido a escuchar a Pete Dello con «eso» llamado «A good song», canción que si no triunfó en su momento fue porque la gente era más lista que ahora y aún quedaba algo de justicia en el mundo (musical). En cuanto a Carly, me confesó Warren (Beatty) que la cancion era un tiro de bala directamente dirigido a él, porque la tía era una guarra y el chico la plantó en una esquina. Se conoce que solo se cambiaba las bragas los domingos. A mí siempre me pareció un exagerado porque yo, a una mujer como ella, la dejaba ir con las mismas hasta que se acartonasen. Total, que el Warren iba de sobrao. Vamos, que va a resultar que la chica acabó por tener razón con la letra de la cancioncilla.
¿»Fran G. Matute»…? ¿No será un alias de Cristian Campos?
He buscado a la tal Carly en imagenes google y si además de percherona -1’80 a ojo- y dentadura a lo mula Francis, andaba oliendo a ácido úrico, no me extraña que un guaperas como Warren la facturara en un baúl directo a las fosas marianas.
Siempre había pensado que la batería que los Chemicals Brothers habían recreado del «Tomorrow never knows» era la que había dado lugar a «Let Forever be».
Desde mis inexpertos oídos musicales se parecen más entre sí que «Setting Sun».
Todo eso está muy bien, ¿pero que pasa con el rock progresivo, el kraut, el post-rock o la IDM?
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