Historias olímpicas: cuando Torvill y Dean lograron la puntuación perfecta

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Christopher Dean y Jayne Torvill durante la que muchos consideran la mejor danza sobre hielo jamás realizada y que mereció la puntuación perfecta por parte de todos los jueces (foto: Corbis).
Christopher Dean y Jayne Torvill durante la que muchos consideran la mejor danza sobre hielo jamás realizada y que mereció la puntuación perfecta por parte de todos los jueces (foto: Corbis).

Sarajevo, 1984. La competición de danza sobre hielo va a producir uno de los momentos más bellos en la historia de los Juegos Olímpicos. Ante una audiencia estimada de mil millones de televidentes y al son del legendario Bolero de Maurice Ravel, la pareja formada por los patinadores británicos Jayne Torvill y Cristopher Dean interpretó lo que muchos consideran como la más extraordinaria rutina que se haya realizado en su disciplina y que provocó toda clase de reacciones emocionales entre quienes pudieron verlo en directo. En las gradas de Sarajevo hubo incluso aficionados que, abrumados, terminaron vertiendo lágrimas. Mientras patinaban, los tímidos aplausos ante algunos requiebros técnicos parecían casi un sacrilegio en mitad del silencio reverencial que, música aparte, reinó durante los cuatro minutos de su ejercicio de danza libre. Al final, recibieron una entusiasta ovación que se transformó en oleada de vítores cuando los jueces anunciaron el veredicto: por primera y única vez en la danza olímpica sobre hielo, una pareja recibió la puntuación perfecta por parte de todos los jueces.

Incluso los menos propensos a admirar las sutilezas del patinaje artístico tuvieron que admitir que lo que acababan de ver era, como poco, algo fuera de lo común. Y mucha gente asistió al espectáculo, que se convirtió en un hito olímpico. Recordemos que en 1984 había menos cadenas de televisión, no existía Internet y los Juegos de Invierno eran todavía un acontecimiento televisivo de grandes proporciones. Millones de familias de todo el mundo contemplaron con deleite, incluso con asombro, la coreografía de la pareja británica; para muchos se convirtió en un recuerdo indeleble en mitad de una competición que generalmente veían con interés relativo, por no decir que con resignado aburrimiento en bastantes casos. En la Unión Soviética o los países nórdicos, donde el patinaje tenía un gran predicamento y de donde procedían muchos de los principales rivales de Torvill y Dean, los aficionados llegaron a preferir la victoria de los británicos por encima de la de sus propios representantes nacionales. Aquel Bolero sobre hielo traspasó las fronteras de lo competitivo y del reducido mundo de los aficionados al patinaje, convirtiéndose en una obra artística de carácter universal. Sin embargo, Torvill y Dean nunca volverían a obtener un oro olímpico. El divorcio entre el deporte profesional y los Juegos, todavía imperante en aquellos años, y —sobre todo— una escandalosa decisión de los jueces en unos Juegos posteriores, lo impidieron.

Pero empecemos por el principio. Si bien la extraordinaria belleza de la danza olímpica de Torvill y Dean en Sarajevo 84 dejó a todos los especialistas boquiabiertos, su victoria no constituyó una sorpresa para nadie. Llevaban casi una década patinando juntos, desde que ella tenía diecisiete años y él solamente dieciséis. Nativos de Nottingham, habían aprendido a patinar por separado, pero cuando se presentaron a una competición junior con diferentes parejas destacaron tanto que una entrenadora tomó la lógica decisión de juntarlos. Eran los dos patinadores jóvenes más brillantes de la región. A partir de ahí, la progresión de la nueva pareja fue espectacular. En 1977, siendo todavía unos adolescentes, participaron en su primer campeonato nacional británico y ganaron la medalla de bronce. Al año siguiente, 1978, se llevaron el oro. Repetirían primer puesto en 1979, además de obtener el octavo puesto en su primer Campeonato del Mundo. En 1980, rondando ambos los veintidós años, estaban consolidados ya como la mejor pareja británica de danza sobre hielo gracias a su tercer título nacional consecutivo. Compaginaban los largos entrenamientos con sus respectivos empleos: ella era agente de seguros y él estaba en la academia de policía. Fue entonces cuando tuvieron la oportunidad de disputar sus primeros Juegos Olímpicos, que se celebrarían en la localidad estadounidense de Lake Placid.

En aquellos Juegos de 1980 la competencia era muy dura. Torvill y Dean, novatos en aquellas lides, apenas podían albergar esperanzas de obtener una medalla. No la obtuvieron, ciertamente, pero se hicieron notar y mucho. Una muy meritoria quinta plaza los situó en el mapa como una de las mejores parejas de danza sobre hielo del planeta, aunque cabe decir que aquel año las decisiones de los jueces fueron bastante polémicas y algunos comentaristas llegaron a afirmar que los británicos podrían haber merecido por lo menos un bronce. Con todo, se distinguieron de todas las demás parejas gracias a su particular estilo: sus rutinas de 1980 quizá no contenían los detalles técnicos más difíciles, pero en teoría eso era lo de menos en la danza sobre hielo, donde se valoraba mucho la compenetración y los valores artísticos, además de las acrobacias técnicas. Torvill y Dean fueron quienes más entusiasmaron al público, por encima de los medallistas. Entre ellos dos se percibía una compenetración casi mágica, incluso mayor que en parejas más reputadas y a las que en 1980 todavía se consideraba superiores. Con medalla o no, Torvill y Dean dejaron huella con su, valga el oxímoron, «clasicismo revolucionario».

Todo lo hacían con una fluidez y elegancia soberbias. Las coreografías —en su mayor parte diseñadas por él— proyectaban una aureola de ingravidez que suponía un enorme contraste con las ejecuciones más atléticas y asertivas de la mayoría de sus rivales. Torvill y Dean buscaban no solamente la perfección técnica, sino sobre todo el sentido de la armonía, aunque eso supusiera renunciar a ciertas piruetas consideradas más o menos un sine qua non por aquellos tiempos. Además concedían mucha importancia a la interpretación, a lo que transmitían con sus rostros u otras partes del cuerpo mientras ejecutaban la danza. Es verdad que en 1980 no estaban todavía en su punto álgido, pero parecían los Ginger Rogers y Fred Astaire del hielo. Y aunque se fueron de aquellos Juegos sin pisar el podio, sus competidores tenían motivos más que suficientes para preocuparse por lo que aquellos dos jovencísimos británicos podrían llegar a lograr en el futuro:

La preocupación estaba más que justificada. Animados por un quinto puesto que a ellos les supo a gloria por más que algunos insistieran en que podían haber aspirado a la cuarta plaza o incluso al bronce, los jóvenes Torvill y Dean decidieron tomarse el patinaje más en serio. Él abandonó su trabajo en la policía. Unos meses después, ella hizo lo mismo. Aunque no podían ganar dinero con el patinaje y seguir optando a las competiciones oficiales, entonces cerradas para los patinadores profesionales, el Ayuntamiento de Nottingham les concedió una beca para que pudieran entrenar a tiempo completo sin preocuparse por mantener un empleo convencional. Fue una jugada inteligente por parte de la ciudad, que estaba subvencionando a dos de sus futuras estrellas locales.

No hubo que esperar mucho para comprobar los resultados. Al año siguiente, 1981, Torvill y Dean arrasaron en toda competición donde se presentaron, incluyendo la medalla de oro en el Campeonato de Europa y sobre todo un primer y resonante oro en el Campeonato del Mundo. En apenas unos meses habían pasado de ser una prometedora pareja que encandilaba al público a ser los absolutos dominadores de la danza sobre hielo. En 1982 volvieron a ganar los títulos europeo y mundial. En 1983 no se presentaron al europeo, pero barrieron en el Campeonato Mundial por tercera vez consecutiva. La cosa era bien simple: ee habían quedado sin rivales.

Durante aquellas competiciones no solamente pusieron de manifiesto que no tenían competencia, sino que hicieron notar esa creciente preferencia por rutinas donde, por encima de los alardes técnicos, predominaba un profundo sentido de la finura estética, incluso un romanticismo más propio del ballet clásico. Eso no significaba que no fuesen capaces de presentarse con rutinas de enorme dificultad en los ejercicios obligatorios, porque en cuanto a técnica, no tenían nada que envidiar a ninguna otra pareja del momento. Pero cuando se les presentaba la oportunidad de apartarse de las piruetas asociadas a los típicos programas basados en bailes de salón, se recreaban con ritmos más pausados hasta el punto de que en ocasiones usaban piezas musicales con el tempo más lento permitido por las reglas del patinaje. Incluso patinando con aquella lentitud dejaban atónitos a los aficionados con impresionantes demostraciones de compenetración y buen gusto. En aquel registro más clasicista estaban años luz por delante del resto y su facilidad para crear un estado de encantamiento era, por encima de otras cosas, lo que les permitía ganar toda competición donde se presentaban, amén de su increíblemente pequeño y por momentos aparentemente inexistente porcentaje de errores.

Aquel reinado absoluto entre 1981 y 1983 los convirtió en los grandes favoritos para ganar el oro en los Juegos de Sarajevo de 1984. Y como decimos, todo el mundo esperaba que ganasen. Pero ellos no se durmieron en los laureles ni aun sabiéndose favoritos. Querían asegurarse la victoria olímpica por encima de cualquier otra cosa y además querían hacerlo a su manera. Iban a sorprender a propios y extraños con una coreografía que llevaba hasta el límite su apuesta por el esteticismo, por un patinaje lo más parecido posible al ballet. Además de las danzas obligatorias, la competición olímpica incluía una danza libre donde los participantes podían desplegar lo mejor de su repertorio. Y por lo general, en esta danza libre las parejas elegían varios fragmentos musicales en diferentes ritmos (o una pieza de estructura variada), para demostrar su dominio en un amplio rango de estilos y no solamente en uno. Pero Torvill y Dean llevaban casi cuatro años demostrando ese dominio de muchos estilos en todas las competiciones habidas y por haber. Su nivel era tan alto que sencillamente estaban en otra esfera, no sentían que tuviesen que demostrar nada y se permitieron el lujo de aparcar completamente los alardes técnicos más vistosos. Querían ofrecer algo especial, algo que ninguna otra pareja de patinadores fuese capaz de ofrecer.

Llevaban tiempo obsesionados con el Bolero de Ravel, cuyo ritmo más bien lento y repetitivo no daba para mucha filigrana, al menos sobre el papel. No parecía la base más indicada para construir algo que impresionase a los jueces durante los cuatro minutos de un programa libre donde esa serías su única música, sin otros fragmentos de música más animados. Un auténtico ballet basado en una única pieza, lenta y sin cambio alguno de ritmo, era una idea tan revolucionaria como, en apariencia, contraproducente.

Para empezar, la pieza original de Ravel era demasiado larga —dieciocho minutos—, así que tuvieron que contratar a un arreglista que la reescribiese hasta reducirla hasta los cuatro minutos y diez segundos máximos permitidos por el reglamento. El compositor trabajó sobre la obra y les dijo que, en el mejor de los casos, podía acortarla hasta cuatro minutos y dieciocho segundos. Aun así, seguía siendo demasiado larga, aunque por poco. Torvill y Dean, sin embargo, hallaron una solución: el reglamento empezaba a contar el tiempo desde que los patines tocaban el hielo y no antes. Por esto, decidieron que empezarían su rutina de rodillas, dejando que sonasen los primeros compases de la música y efectuando los primeros movimientos de la coreografía sin empezar a patinar. Así diseñaron una parte inicial del ejercicio que resultaba extrañamente teatral y que contribuiría a elevar la expectación de la audiencia.

Lo que vino después era algo que ni sus más acérrimos seguidores podían haber esperado ver. Si bien Torvill y Dean eran los absolutos favoritos para ganar el oro, al terminar aquella danza ni el público ni los jueces tenían palabras para calificar lo que acababan de contemplar. Después de tres años arrasando en las competiciones con un patinaje rayano en la perfección, Sarajevo fue el lugar donde efectivamente alcanzaron la perfección misma. Con menos piruetas que nunca, con menos filigranas que nunca, pero con una enorme dificultad camuflada bajo una engañosa sencillez, sin cambio alguno de ritmo y con la cadencia tan monótona del Bolero de Ravel, desplegaron su impresionante sentido de la armonía y aquella compenetración mágica para cautivar a los asistentes y a cientos de millones de telespectadores —la mayoría de ellos completamente ajenos al patinaje— con la mejor actuación de su carrera. Incluso las cámaras de televisión que los seguían sobre la pista parecían participar de su hipnótica danza en lo que sin duda es uno de los momentos estéticos más gloriosos en la historia de los Juegos Olímpicos. Helo aquí:

Ninguna pareja en la danza sobre hielo había volado a semejante altura y ninguna otra lo volvería a hacer después. Uno tras otro, los nueve jueces de la competición les otorgaron la máxima puntuación de 6 por la presentación artística de su programa, algo completamente insólito. El público enloqueció cuando se anunció la puntuación perfecta. En un deporte donde los chanchullos y errores de los jueces han provocado no pocos escándalos, aquella puntuación no fue discutida por nadie. Nadie habló de exageración. Aún hoy se considera que fue justa y merecida. Torvill y Dean ganaron mucho más que una anunciada medalla de oro: se labraron un lugar privilegiado en la historia del deporte.

Convertidos en estrellas, empezaron a ser reclamados por exhibiciones en diversas partes del mundo, donde la gente quería ver en directo a la mágica pareja que había aparecido levitando en sus pantallas de televisión. Como en aquellas exhibiciones se podía ganar bastante dinero, decidieron convertirse en patinadores profesionales aun sabiendo que así renunciaban a las competiciones oficiales como los Campeonatos del Mundo y los Juegos Olímpicos (como había sucedido en el tenis antes de instaurarse la era Open, cuando los tenistas profesionales no podían jugar torneos del Grand Slam). Así que en 1984, apenas meses después de su Apoteosis con el Bolero, anunciaban su retirada como patinadores de competición. Durante la siguiente década, la mejor pareja en la historia de la danza sobre hielo estuvo ausente de los juegos olímpicos de Calgary 88 y Albertville 92, y también de los mundiales de patinaje. Sin embargo, su ausencia de las competiciones oficiales no hizo disminuir un ápice su popularidad. Incluso se convirtieron en material para la prensa rosa, ya que la gente especulaba constantemente con la relación que existía entre ellos. Era bien sabido que ambos eran heterosexuales, así que el público se negaba a creer que nunca hubiese habido un romance entre los dos patinadores más famosos del mundo. Ellos lo negaban categóricamente. De hecho tenían sus respectivas parejas sentimentales y se mostraban bastante poco proclives a hablar de su vida privada más allá del patinaje.

En 1994, tras una década de exitosas giras de exhibición y rondando los treinta y siete años de edad, la carrera competitiva de Torvill y Dean parecía cosa del pasado. Pero en 1994 se produjo la sorpresa, cuando aprovechando algunos cambios en el reglamento, Jayne Torvill y Cristopher Dean anunciaron que participarían en los Juegos de Lillehamer. Aquel anuncio fue como un terremoto en la danza sobre hielo dominada ahora por parejas mucho más jóvenes. Además despertó una enorme expectación mediática, particularmente en el Reino Unido, donde la audiencia televisiva del patinaje estaba a punto de batir marcas hasta entonces solamente reservadas al fútbol. Los Juegos de 1994 verían el retorno de los Príncipes del Hielo, dispuestos a enfrentarse a las generaciones más jóvenes.

Diez años fuera de la competición oficial eran muchos años, pero las giras de exhibición y las competiciones profesionales extraoficiales habían mantenido intacta su legendaria compenetración y les habían permitido mantenerse en buena forma. Aunque como es lógico, yendo camino de la cuarentena ya no eran los mismos de diez años atrás, pero su nivel seguía siendo altísimo: de hecho, ganaron sendos oros en los campeonatos británico y europeo de aquel año, demostrando que su edad poco importaba. Continuaban siendo los Ginger y Fred del hielo. En los Juegos de Lillehammer, las jóvenes parejas rivales podían responder con piruetas y filigranas, pero ni de lejos podían aspirar a igualar la sublime elegancia de los británicos. Una vez más, Torvill y Dean entusiasmaron a la audiencia, que recibió sus ejercicios con fervorosa entrega. Particularmente el de la danza libre, que se llevó la mayor ovación del torneo …ovación que se convirtió en abucheo generalizado cuando los jueces anunciaron sus puntuaciones, inesperadamente bajas en el apartado técnico (aunque fueron más altas en lo artístico). La decepción podía leerse perfectamente en las expresiones de perplejidad de los dos patinadores británicos, por entonces ya legendarios. Al final, en aquella su última aparición de los Juegos Olímpicos, Torvill y Dean tuvieron que conformarse con la medalla de bronce, por debajo de dos parejas rusas bastante más jóvenes pero cuyas respectivas actuaciones fueron calificadas por muchos de demasiado irregulares. Para el público, Torvill y Dean continuaban siendo los números uno. Para muchos comentaristas especializados, también. Recibieron toda clase de ánimos, incluyendo cartas de la legendaria pareja de baile formada por Gene Kelly y Julie Andrews, quienes insistían en que Torvill y Dean deberían haber ganado el oro.

El escándalo de las puntuaciones fue mayúsculo. Los jueces lo justificaron hablando de un supuesto movimiento ilegal en el que Dean habría alzado a Torvill por encima de la altura del hombro, algo prohibido por el reglamento. Cristopher Dean se defendió diciendo que habían empleado aquel movimiento en otras competiciones sin problemas, y que si ella realmente había subido ligeramente por encima del hombro, se hubiese debido más bien a la inercia. De todos modos, esto no explicaba que el oro hubiese sido para una pareja que había cometido bastantes más faltas técnicas, entre ellas la de patinar separados más tiempo de lo permitido y a mayor distancia de la reglamentaria, además de mostrar titubeos varios durante su programa. Otra excusa de los jueces fue que Torvill y Dean habían usado algunos movimientos rescatados de años atrás, cuando se suponía que su danza debía ser totalmente original. Pero ni así se tragaron la historia los observadores. Todo el mundo se olió un pucherazo para asegurar el dominio de los rusos. ¿Por qué? Supuestamente para «castigar» a Torvill y Dean por su largo abandono de la competición en pos del patinaje profesional. Otros hablaban de un giro en la evolución de la danza sobre hielo, donde empezaba a primarse más la pirueta sobre la propia coreografía, la faceta técnica sobre la faceta artística. Torvill y Dean parecían pertenecer a un glorioso pasado que no iba a volver, o ese había sido el duro mensaje que parecían haberles enviado los jueces. Mensaje que nadie más compartía.

Aun así, Torvill y Dean decidieron retirarse por segunda vez de las competiciones oficiales. Sería la retirada definitiva: durante los cuatro años siguientes continuaron dando exitosas giras de exhibición hasta que en 1998 dejaron de ser pareja artística para empezar a trabajar por separado como entrenadores o coreógrafos, ella en el Reino Unido, él en los Estados Unidos. Ocasionalmente se han reunido para realizar programas de televisión (de hecho han tenido varios programas a su nombre) y otro tipo de shows puntuales, incluyendo algunas reediciones del Bolero: en 2014 volvieron a ejecutarlo para celebrar el treinta aniversario de su oro olímpico. Reinterpretación que lógicamente ya no estaba a la altura de aquella mágica jornada de 1984 ni de lejos, pero que no deja de ser meritoria teniendo en cuenta que ¡ambos han pasado ya la cincuentena!

Como nota curiosa, en tiempos recientes se han decidido a desvelar el viejo misterio en torno a su relación. Han admitido que se enamoraron al conocerse siendo unos adolescentes, pero que fue algo pasajero y nunca pasaron de intercambiar algunos besos en la parte de atrás de un coche. Jayne Torvill recuerda hoy que alguien le dijo: «Si te acuestas con tu pareja de patinaje y la relación se arruina, te quedarás sin pareja de patinaje». Incluso siendo tan jóvenes decidieron que lo más importante para ellos era la competición, así que cortaron su romance casi al momento de empezar y se limitaron a mantener una estrecha amistad de por vida. Tan estrecha, eso sí, que creaba dificultades en sus otras relaciones: el primer matrimonio de Christopher Dean, por ejemplo, se rompió cuando su mujer declaró que estaba harta de verse metida en «un matrimonio de tres». La famosa compenetración sobre el hielo parecía extenderse a otras facetas de su vida, ya que incluso estando separados por el Atlántico, Torvill y Dean hablaban por teléfono casi a diario. Algo que, lógicamente, no resultaba fácil de asimilar para otras personas implicadas, aunque al final consiguieron la estabilidad cuando sus respectivas parejas sentimentales consiguieron entender que la antigua tensión sexual no resuelta se había convertido en algo más parecido a un sentimiento fraternal. Pero lo interesante de esta faceta emocional de sus vidas, más allá del cotilleo superficial, es que pone de manifiesto la manera en que siempre colocaron el patinaje por encima de todo. Fueron competidores natos desde muy tierna edad, estando dispuestos a sacrificar un romance adolescente por lo que sentían como su arte, y eso les permitió alcanzar un grado de perfección inigualable. Otras parejas que han combinado patines y amoríos han visto su estilo claramente perjudicado cuando la relación sentimental se arruinaba, pero Jayne Torvill y Christopher Dean consiguieron crear algo cuya aureola mágica superaba toda barrera: fueron los mejores durante prácticamente quince años, pero sobre todo crearon una forma de hacer por la que nunca pasará el tiempo y que, en opinión de muchos, probablemente no vaya a ser superada nunca.

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9 Comentarios

  1. A pesar de que el patinaje artístico nunca me ha interesado, este artículo merece un ensordecedor aplauso como el que recibía esta pareja cada vez que dejaba al público emocionado.

  2. Gran articulo. Pasa tiempo hasta que una pareja de danza no me atrae de esa manera que me hacía seguir cada competición como una droga. Ellos sin duda tenían «algo».

  3. BUAH, ¡¡ QUÉ PEDAZO DE ARTÍCULO !!

    Enhorabuena E.J. Rodríguez.

    Muchas gracias por hacerme sentir y emocionar con esta historia.

    PD: Y no soy aficionado al patinaje, pero el artículo es excelente y transmite pasión y emoción.

  4. OH MY GOD
    Acabo de ver los vídeos y estoy llorando, ¡qué belleza!
    Yo no sabía que esto existía, así sí entiendo que la gente se aficione a este arte.
    Esto sí es Patinaje Artístico, y no lo que ocasionalmente he visto en televisión que deberían llamar patinaje gimnástico, con muchas espectaculares piruetas pero poco arte.
    Enormes gracias por compartirlos en el artículo.

  5. He vuelto a ver hace poco la competición de Sarajevo, realmente ellos estaban a otro nivel, lo bordaron no solo en el Bolero sino en las tres fases de la competición, las danzas obligatorias (pasodoble, rumba y vals) y luego el pasodoble de la danza original con el Capricho Español de Rimsky-Korsakov, tb precioso. Allí estaban tb dos parejas soviéticas realmente geniales, sobre todo Bestemianova y Bukin, que serían los campeones en Calgary 88, y Klimova y Ponomarenko, campeones en Albertville ’92. Fue una irrepetible generación de patinadores.

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