Pueden decirse muchas cosas de Ernst Lubitsch, uno de los más geniales de entre todos los que se han puesto alguna vez detrás de una cámara. Pueden elogiarse sus dotes para la comedia, su elegancia sublime, su fina ironía, su ácido erotismo, su encanto malicioso e intemporal, su famoso toque… Pero por encima de todo eso, lo que convierte a Lubitsch en un verdadero gigante del cine son dos cosas. Primero, su condición de creador del cine indirecto. Fue él quien nos enseñó que muchas veces, en cine, es más potente lo que se sugiere que lo que se muestra, y que tan importante es decidir qué le enseñamos al espectador, como saber qué debemos ocultarle. Lubitsch ocultaba traviesamente varios de los momentos más importantes de sus películas, y en vez de mostrarlos, los insinuaba por medio de metáforas visuales o de elipsis creativas. De este modo, convertía a los espectadores en coguionistas de sus obras, consiguiendo que no fueran a ver una película de Lubitsch, sino con Lubitsch.
El otro elemento fundamental que convierte al alemán en uno de los mejores cineastas de todos los tiempos lo comprenderemos a partir de las palabras de Anthony Mann, que en una entrevista con Film Ideal declaró: «Lubitsch me dijo una vez que hay mil sitios donde puede colocarse una cámara, pero solo uno verdaderamente correcto». Esto es lo que mejor define la grandeza del cine de Lubitsch: su capacidad para encontrar en cada plano el emplazamiento exacto de la cámara. En la mayoría de sus encuadres alcanza tal precisión y perfección que si se alterara un solo palmo la posición de cámara cambiaría por completo todo lo que expresa el plano.
Todo esto quizá quede bien aquí explicado, y puede que algunos lectores se lo crean solo porque lo digo yo (bueno, en realidad porque lo dice Anthony Mann, y a este se lo dijo el propio Lubitsch). Pero lo diga quien lo diga, incluso si se lo cuenta Lubitsch cuando le conozcan en el cielo, no se lo crean. «Un cineasta no tiene nada que decir, sino mucho que mostrar», que decía Hitchcock. De modo que para comprobar si es cierto todo esto del lugar verdaderamente correcto de la cámara, que primero contó Lubitsch a Mann, y luego yo a ustedes, debemos ir a verlo en sus películas. Y lo cierto es que sí, las pruebas están ahí, en todas las obras maestras que Lubitsch nos regaló. Sirvan unos pocos ejemplos para demostrarlo (como suele decirse, y aquí es tan verdad como en cualquier otra parte, no están todos los que son, pero sí que son todos los que están).
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Es increíble como con elegante sutileza y con una presentación aparentemente lúdico, es capaz de afrontar temas comprometidos, graves e incluso horrendos y execrables sin desnaturalizarlos. Hacer que dos entornos de la realidad tan divergentes puedan convivir y ensamblarse armónicamente y con naturalidad. Lubitsch lo hace con gesto comedido pero conceptualmente muy pensado obviamente como una colocación muy adecuada de la cámara, mimando la composición y el encuadre de la secuencia.
Por otra parte también estoy de acuerdo con el maestro alemán que el humor satírico puede ser muy corrosivo para cercenar la credibilidad de ideas o modelos que políticos que pretende ser graves y distintivos o eternamente incuestionables.
Sin dudarlo me las veré todas!
Si no recuerdo mal, Siletsky no llega a decir «Heil Hitler», porque muere antes. Trata de hacerlo con todas sus fuerzas, pero sólo consigue una mueca histriónica que deja a los espectadores (de la película y de la farsa teatral que esa escena representa en la propia película) entre sorprendidos y resignados por ese último gesto fanático tan absurdo, dadas las circunstancias.
Excelente artículo sobre teoría y práctica cinematográfica. No es fácil leer este tipo de análisis, en especial sobre directores clásicos así que se te agradecen doblemente. Me atrevo a sugerirte un artículo en similar sintonía sobre John Ford, otro maestro del encuadre discreto pero revelador y la composición de plano.
Pingback: ¿Dónde la pondría Lubitsch? | pmpa01eav
Todo un maestro. Y Wilder un alumno que lo superó. Por eso es Dios.
Discrepo educadamente.
Para mí, Lubitsch es Tolliver, y Wilder, como mucho, llega a Jesucristo.
Pero en los asuntos de religión noy hay lugar para la argumentación razonada, por lo que me limito a hacer constancia de tal discrepancia por motivos de dogma, y ya.