
Hoy hace un año se abrían los fastos del Mundial 2014, el que más beneficios le ha dejado a su organizadora, la FIFA, y el que sin embargo ha tenido más contestación social en la calle. Con la perspectiva de doce meses, ambos extremos han cobrado un mayor sentido: la entidad sin ánimo de lucro más grande del mundo sigue guardando sus millones en Zurich, pero hoy tiene a una decena de gerifaltes acorralados por la justicia y a otro puñado aún más poderoso dando vueltas por despachos con las piernas temblorosas. Mientras, aquellos manifestantes tachados en su día de radicales y apocalípticos parecen tener razón en sus denuncias contra el despilfarro de dinero público. Esos que llegaron a ser millones en las calles, para luego irse diluyendo, acusaban a la clase política de vender su alma al diablo al dejar a Brasil en manos de la FIFA durante un mes con el fin de mostrar una imagen oropelada y falsa del país, y luego quedarse sin dinero, sin legado, sin vergüenza.
Hoy hace un año empezaba el Mundial y en Brasil hay una sensación de profecía desgraciadamente cumplida, de «te lo dije», de que todo el mundo sabía pero solo algunos lo decían. En breve: el Mundial costó un perú a las arcas de un país que entraba en declive –más de 8.000 millones de euros, 2500 de ellos dedicados a estadios– pero nunca recuperó lo esperado, ni por asomo. Y aún encima han quedado casi la mitad de las obras prometidas sin terminar –o sin empezar, en algunos casos–, mientras los faraónicos campos de fútbol, convertidos en elefantes blancos, se debaten entre una existencia surrealista y una muerte lenta.
Varios factores han confluido para el desastre generalizado. Por un lado, el pésimo plan de dotar a ciudades sin tradición futbolística de estadios cinco estrellas. Por otro, el brusco descenso de la actividad económica en el país, adobado con el mayor escándalo de corrupción investigado nunca en Brasil: el caso Petrobras arrastró –arrastra– al vertedero a las mayores constructoras del país por corrupción rampante. Nada nuevo, pero más descarado que nunca: un grupo de veintitrés empresas son acusadas de formar un cártel en el que se repartían los contratos multimillonarios de una de las mayores petroleras del mundo a cambio de untar con billete fresco a los responsables de las contrataciones dentro de Petrobras. Además, para tenerlo todo atado y bien atado forraban de reales, disfrazados de donaciones, a partidos políticos, que luego facilitaban más firmas suculentas y tratos de favor del poder. El caso dibuja un esquema de dinero contante y sonante que aumenta la indignación porque Petrobras, como la organización del Mundial, es pública. Y para rematar, el lío de la Fifa, que en realidad, y hasta el momento, cubre solo el escándalo del fútbol de América, pues todos los detenidos son americanos, del norte, del centro y del sur, y las investigaciones se dirigen en su mayoría a la financiación y organización de eventos desarrollados en ese continente. Y eso sin meterle cuchillo aún al Mundial 2014. Todo eso, bien enredado, ha ido formando una pira que deja más que en evidencia el modelo mundialista y alerta de lo que puede ocurrir en eventos venideros.
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Politicas keynesianas, creo que lo llaman.
Si alguien lo llama así, es que jamás ha leído a Keynes ( ni a Samuelson, ni a Galbraith, ni…).
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Tampoco es tan diferente a lo que se está haciendo en Europa. Lo que pasa es que en Europa, quiero pensar que los estándares de calidad son mucho más altos. Pero lo de meter porrones de dinero público ya lo están haciendo en Rusia para el mundial de 2018. El nuevo estadio de San Petersburgo es igual de espectacular que absurdamente caro. Gazprom (que está fuertemente participada por el gobierno) ha metido millones a paladas. Lo mismo con el Luzhniki de Moscú. Al menos esos estadios los aprovecharán, pero los otros que han construido en Kazan, Krasnodar, etc… veremos a ver si recuperan aunque sea un nímio porcentaje de la inversion. No creo que la liga rusa tenga tanto tirón de público o TV. En España tampoco es que nos quedemos cortos con inversión pública en estadios, veáse el caso de San Mamés o la Peineta.
Respecto a los estadios brasileños, os habeís dejado la única reforma que junto con la de Maracaná ha merecido la pena: la de Mineirao (para mi el estadio mas impresionante de Brasil ahora mismo).
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Se veía venir. Lula y Rouseff se merecen un aplauso… en la cara. Pero no, esto es negocio, no populismo.
Más miseria sobre el mundial y la FIFA, aquí resumida:
https://alabinbonban.wordpress.com/2014/06/11/el-11-del-mundial/
https://alabinbonban.wordpress.com/2014/07/14/mundial-la-contracronica/
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