
Cuentan que en los pequeños pueblitos que colman las cumbres de las montañas de Antioquia, las madres ya conocen el desmemoriado fin que la muerte ha escogido para la mitad de sus hijos antes de nacer.
Saben de la maldición que persigue a su familia, saben que sus hijos morirán de la misma forma que como murieron sus madres, sus abuelos o sus tíos. Lo saben desde siempre, desde que tienen memoria, desde que empezaron a poblar aquellas lejanas laderas andinas, a más de dos mil metros de altitud. Dicen que acostumbran a encomendarse a dios en el día de la boda, para pedirle fuerzas suficientes para sobrellevar el peso de la maldición. Saben que ya no habrá remedio cuando comiencen los primeros olvidos, los primeros descuidos, que anticipan, casi sin remedio, que la desgracia ha vuelto a llamar a sus desvencijadas puertas.
Cuentan que los habitantes de los pueblos en las montañas antioqueñas, que entre ellos se llaman paisas, de paisanos, están perdiendo la memoria. Cuentan que ya no saben quiénes son, que caminan absortos por la casa que una vez reconocieron como hogar. Dicen que al principio empezaron a olvidar el nombre de sus hijos, y que ahora ni tan siquiera son capaces de recordar que una vez fueron padres.
Cuentan que cuando los afectados ya no tenían remedio, sus familiares intentaban que los acogieran en la casa de locos de Medellín. A casi ninguno ni tan siquiera les concedía ese deseo la esquiva fortuna.
Dicen que todo empezó con don Javier Sanpedro Gómez y doña Maria Luisa Chavarriaga Mejía, hace ya muchas décadas, allá por 1750, cuando estos dos vascos se establecieron en los alrededores de Angostura. Javier y María Luisa fueron la primera pareja que sufrió la bobera. Y allí relatan que empezó la maldición. Tres de sus hijos fueron macabramente escogidos para propagar el mal que acompaña al olvido.
Dicen que la maldición se extendió a partir de entonces como la pólvora, más allá de los lindes de Angostura, infectando a los pueblitos de la región, como cuando la Nada perseguía a Atreyu. Cuentan que los siguientes años empezaron a enfermar los habitantes de Belmira, de Yarumal, de Santa Rosa de Osos, incluso de San José de la Montaña.
Dicen los afortunados viejos de las montañas que la bobera es fruto de la brujería, del enyerbamiento y del maleficio de las estatuas españolas. Cuentan que uno de los sacerdotes que oficiaba en la zona se encargó de maldecir a las gentes del lugar, condenando a aquellos que tocaran las ramas de un árbol maldito a perder sus memorias y las de sus seres queridos. Esos hombres y mujeres vagarían hasta su muerte absortos y desorientados por las empinadas callecitas que escalan hacia la selva.
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Pingback: La mutación de los paisas
Pensaba que la enfermedad del olvido solo era uno de los capítulos de Cien años de soledad, cuando la gente de Macondo comenzó a perder la memoria poco a poco y a pegar papelitos rotulados en las cosas.
Un hermoso artículo y que bueno que termina con esperanzas para los afectados.
Revisando el árbol genealógico de mi familia, no hay posibilidad de que la sufra o eso creo.
Me ha parecido un artículo hermoso, aun siendo hija de una mujer con Alzheimer a quien la enfermedad le ha borrado la vida.
Si durante estas generaciones hubiesen hecho lo que se hacía en todos los pueblos aislados, no habrían acabado así. De toda la vida las mujeres de pueblo se han dejado preñar por los foráneos y los visitantes, discretamente o no tanto, ni siquiera hacia falta ser discreta, el hijo tenia asegurado el futuro con su sangre nueva. El problema siempre viene por el cura del pueblo, que eran unos caciques fanáticos. Donde el cura vivía y dejaba vivir esas cosas no pasaron.
solo se de un hombre que se le olvidó como acabar con un país-y como todos sus amigotes huyen, y el solo piensa que todo es olvido.