Arte y Letras Literatura

Alegato a favor de la explayación

Manuscrito de Nabokov. Imagen: Library of Congress (DP)
Manuscrito de Nabokov. Imagen: Library of Congress (DP)

La primera intención (1) era titular este artículo «Alegato a favor de la dilatación de los textos literarios, la sentencia larga y el discurso elaborado. Compatibilidad de la longitud del escrito con la amenidad del mismo», pero resultaría demasiado extenso, ahora que la brevedad se ha convertido en sinónimo de virtud y que parecemos estar seguros de que la concisión nos abrirá de par en par las puertas del cielo. Bendita concisión, siempre que sea fruto de la conveniencia o la necesidad y, sobre todo, de la libertad de elección. Lógico es huir del charlatán y necesaria la censura de la perorata tediosa. Pero tan criticable puede resultar el extender por extender el discurso como el reducirlo porque sí. Me irrita este entusiasmo por la síntesis, esta entrega incondicional a la reducción, este frenesí por lo corto. En definitiva, este dámelo ya.

Y me encrespa especialmente que esta cláusula de la brevedad se imponga en el lenguaje literario. Conocidos son los ejemplos con los que Machado criticó el retoricismo y la palabrería hueca del barroco. Claro que resulta ridícula, en casi todos los contextos imaginables, la construcción «los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa» para referirse a lo que pasa en la calle; u ofrecer a alguien una pera con un «Darete el dulce fruto sazonado del peral en la rama ponderosa». Pero postularse a favor de simplificar semejantes cachivaches gramaticales no puede servirnos de coartada para buscar la proclamación del Estado Universal del Laconismo en cualquier forma de comunicación.

Cuando escribimos disponemos de unos segundos adicionales, respecto a cuando hablamos, para elaborar el discurso. ¿Por qué molesta tanto que el emisor aproveche esta ventaja para permitirse mimar su modo de expresarse? ¿A qué viene ese empeño por menoscabar el esfuerzo dedicado a embellecer las palabras para convertirlas en algo más que meros códigos de comunicación? ¿Por qué no puede sacar partido el lector a ese plus temporal para recrearse en la comprensión, aunque sean más complejas las frases que ojea que las que percibe acústicamente? Esta incondicional exigencia de brevedad y sencillez al escritor podría llevarnos a inferir que el que lee pretende dedicarle poco tiempo a tan noble actividad haciendo el mínimo esfuerzo de comprensión; y yo quisiera pensar que la lectura es la mayoría de las veces un placer y no un trámite o una pose autoimpuesta.

Demos gracias a que Cervantes vivió hace cinco siglos, porque hoy se le hubiera presionado para que empezara el Quijote con algo parecido a «Ocurrió en la Mancha. No tengo un buen recuerdo de aquel lugar. Allí vivía un hidalgo». Y es que necesitamos abarcar con la mirada fragmentos cuya longitud nos permita columbrar signos de puntuación (preferiblemente los redonditos) en lo escrito. Son nuestro balón de oxígeno. Inconscientemente miramos de reojo para cerciorarnos de que un punto y seguido alentador está cerca. Amigos de la frase corta, treinta y tres palabras tardó Miguel de Cervantes en escribir el primer punto y seguido en su novela de novelas. El núcleo del sujeto de su primera frase —«hidalgo»— no aparece hasta después de la mitad de la oración, cuando la mayoría de los lectores actuales ya se han desorientado por no disponer de una palabra que le sirva como báculo y brújula para peregrinar por ese laberinto literario, un verdadero entuerto a desfacer. «Pero entonces bailaban por las calles como peonzas enloquecidas, y yo vacilaba tras ellos como he estado haciendo toda mi vida, mientras sigo a la gente que me interesa, porque la única gente que me interesa es la que está loca, la gente que está loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse, con ganas de todo al mismo tiempo, la gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes, sino que arde, arde como fabulosos cohetes amarillos explotando igual que arañas entre las estrellas». ¿Quién osaría recriminar a Kerouac la utilización de casi un centenar de términos sin que haya un solo punto entre ellos? Y, próceres utilitaristas, hostiles a la anáfora y a otros recursos literarios con fines estéticos, decidme: ¿tan inoportuna os resulta la continua repetición de palabras como «loca» o «gente» en este texto? ¡Ah, la repetición, esa villana del estilismo, que tiene en la redundancia su máxima expresión de la mediocridad literaria! Especialmente desde que hemos aprendido la palabra «pleonasmo» nos dedicamos a señalar de manera acusadora toda agrupación de vocablos con indicios de reiteración. Yo nunca me enamoraría de una redundancia, pero la compadezco por la condición injusta de paria a la que la hemos abocado.

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20 comentarios

  1. José Antonio

    Bravo.
    Bravísimo.
    Te doy un like en Facebook. (Mwwwaahahahah)
    No, ya en serio, ojalá pudiera decirse «cuenta, oh viajero, que aquí yacen rotulistas y twitteros fieles al mandato que se les encomendó.»

  2. Estoy en el tomo siete de En busca del tiempo perdido (de verdad). No podría estar más de acuerdo con el artículo. De hecho, no mencionar a Proust me parece un acierto (en serio). Enhorabuena.

  3. Pingback: Elogio de la "explayación"

  4. Da gusto encontrarse artículos así. Un placer leerlo.

  5. Un lector quijotesco

    «Con vos me entierren, Sancho, que sabéis de todo» (II 42.14). Y una leve observación: ese «entuerto a desfacer» nunca lo hubiera dicho don Miguel. Al margen del galicismo ‘a’, él jamás usó la palabra ‘entuerto’: habría escrito tal vez «tuertos que enderezar», como en I 2.2.

  6. Fantástico artículo.

    No he podido menos que sonreir al recordar mi asombro la primera ocasión en que leí a Saramago. Su gusto por la escasez de simbolos de puntuación me hizo sentir casi un analfabeto que empezaba a aprender a leer y ciertamente lo era de algún modo.

  7. EStupendo artículo, que suscribo de pe a pa. Poco que añadir.
    En el caso de los foros de internet, o comentarios como éstos, yo procuro ser breve por otra razón: no soy escritor profesional, ni siquiera aficionado, con lo cual tengo serias dudas sobre el interés de mis escritos, o el placer que puede proporcionar leerlos. Que, sospecho, no debe ser mucho.

  8. Bravo. Estupendo artículo.

  9. Los versos que cita de Alberti son de Salinas:

    La forma de querer tú
    es dejarme que te quiera.
    El sí con que te me rindes
    es el silencio. Tus besos
    son ofrecerme los labios
    para que los bese yo.
    Jamás palabras, abrazos,
    me dirán que tú existías,
    que me quisiste: jamás.
    Me lo dicen hojas blancas,
    mapas, augurios, teléfonos;
    tú, no.
    Y estoy abrazado a ti
    sin preguntarte, de miedo
    a que no sea verdad
    que tú vives y me quieres.
    Y estoy abrazado a ti
    sin mirar y sin tocarte.
    No vaya a ser que descubra
    con preguntas, con caricias,
    esa soledad inmensa
    de quererte sólo yo

  10. Seré breve: ¡chapó!

    Me ha encantado el título, por cierto. Oda a la »explayación».
    Sigue escribiendo, por favor.

  11. Alejo Urzass

    A favor. No podría estar en contra siendo entusiasta de Thomas Bernhard, al menos del Bernhard de Miguel Sáenz, ese Bernhard reiterativo que en cada repetición parece que ya hubiera colmado el vaso, pero resulta que no, que el vaso era más grande, o no era un vaso sino una jarra.

    Y no me resisto a mencionar al gran maestro de la frase larga y bien traída que es Rafael Sánchez Ferlosio.

    Pero también a favor de la «explayación» oral, por ejemplo la de aquellas respuestas que daba Santiago Carrillo cuando era entrevistado, en las que parecía que estuviera dictando tranquilamente un libro, sin una sola muletilla y en ordenadas frases largas que desplegaba como un mapa.

  12. Buena explayación. Me recordaste a un familiar que todo lo quiere en resumen. Es joven, apenas 21 años, y puedo compadecerlo un tanto. Estaría bueno entrar a detalle sobre cómo enfrentar, es decir, qué cosas tener en cuenta para bajar la velocidad a este tren mundial.

  13. Cao Wen Toh

    Esa urgencia del entrevistador o la entrevistadora de TV creo que tiene más que ver con su egolatría que con la urgencia. Los realizadores de hoy en día prescinden por sistema del «plano de escucha» y sólo pinchan una cámara cuando alguien está hablando ante ella, puesto que si se atreven con dicho plano, lo más seguro es que pillen al interfecto o a la interfecta con cara de bobo/a, dando órdenes estúpidas a su asistente personal, quizás a «su» peluquera, o mirando aburridos el último mensaje que les ha llegado por Twitter, de modo que si el entrevistado se explaya, le cortan el discurso para sumar ellos su propia cuota de pantalla. En cualquier caso, que aún haya alguien que vea la televisión, es para que lo atienda un buen psicólogo (a mí no me miréis; yo, por desgracia, trabajo allí, y me tengo que comer forzosamente esa mierda).

  14. Estoy muy de acuerdo.Pero la diferencia entre el ruido insoportable y la dispersión interesante es la persona, la voz, y su historia, su mentalidad, su calidez, ritmo, sensualidad, y su momento y sus peros, y el motivo, la anécdota, los cimientos, los sueños, y su cultura, su recuerdo, su necesidad, su desayuno. ¿Por qué acudir a una cita que se desea que sea breve de antemano?

  15. Manuel Cabrera

    Siempre defendí lo que planteas. Es el signo de los tiempos. Mi admiración por expresarlo con tanta agudeza. Un saludo atento.

  16. César González Alén

    Una visión ciertamente interesante, certera, y muy pertinente. Los tiempos actuales son los de la celeridad, la fugacidad, el olvido rápido, la aprehensión inmediata. El dato fácil, vacuo, anecdótico. Estas son las consecuencias del uso erróneo de internet, que a golpe de tecla nos pone el universo delante. Una herramienta poderosa, culimanante, pero igual de peligrosa, de perversa. Sin un ímpetu volitivo poderoso, todo se queda en un grotesco y confuso amasijo de seudoconocimiento. Lo de Keruac merece un capítulo aparte. Ahí entramos en la contextualización de las obras de arte, de los estilos, de las tendencias.

  17. Pedro Rodríguez

    Desfacer y explayación me recuerdan a Juan Gelman con su ‘Mundar’, o algo así… Pero,… ¿podrías resumir esto, o en próximos artículos en máximo 2 párrafos, con la esencia de esa palabra usada por ti en el texto: «¡Fuego!»?

  18. El tercer párrafo de este artículo es ORO.

  19. Bravo bravísimo. Un gusto leerlo, que sensación de gozo, de disfrute al leerlo, de tranquilidad y desasosiego.

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