Anatomía de una tragedia balompédica

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Foto: Álvaro Corazón Rural.
Foto: Álvaro Corazón Rural.

Admito que me pierdo con los análisis del fútbol que se hacen ahora. Da la impresión de que la gente ha estudiado cinco años de carrera para poder entender un partido. En las tertulias de bar, donde antes se expelían trozos de boquerón y cacahuetes cuando se gruñía algo sobre el equipo que se defendía, ahora tenemos intelectuales franceses de izquierda que se colocan la melenita en cada verso sobre un asqueroso córner. ¿Es posible que haya gente pensando que va a follar por su dominio del tema de los movimientos sin balón del Levante, por ejemplo? Parece que sí.

Y tampoco me divierte mucho ya este fútbol neoliberal que se hace ahora. Todo con pases al hueco para que no corten los rivales, chutando a puerta perfectamente colocado para que no la alcance el portero. Si no te gusta que el otro equipo le dé a la pelota vete a jugar solo. Sería más pobre, pero era mucho más emocionante el fútbol de los primeros cristianos. Rifando cada balón, que tanto tu compañero como el oponente tengan siempre oportunidad de darle a la pelota. Todos iguales ante el pase, todos iguales ante la ley, todos iguales a los ojos de Dios.

Del estadio no tengo nada mejor que decir. Cuando iba de adolescente a uno de los campos de mi ciudad la ilusión era hacerse rápidamente con la revistilla sobre el partido para hacerla pedazos y lanzarla a la salida de nuestros chicos del túnel de vestuarios. ¿Leerla? ¿Qué ibas a leer sobre fútbol? ¿Que el balón es redondo? Ahora, la verdad es que ya ni me acuerdo de cuándo fue la última vez que fui al Santiago Bernabéu. Creo que fue un partido contra el Mallorca con Vanderlei Luxemburgo asombrando al mundo con su cuadrado mágico. Y el problema no fue que el dibujo en cuestión tuviera nombre de lema de los Power Rangers, sino sus integrantes. Recuerdo a Roberto Carlos, Baptista y Ronaldo hacer una tontuna celebrando un gol con la que el club me obligó a colgar las pipas hasta hoy. Pocas semanas antes habían hecho la cucaracha, creo recordar. Con lo que me obsequiaron a mí no sé lo que era, pero pensé que el espectáculo ganaría si les dieran la suerte de varas en ese mismo instante.

Tampoco tenía con quién comentarlo aparte de mi acompañante. A los lados tenía turistas. Enfrente, calefacción. Y detrás, una pecera con demócratas centrados viendo el partido por televisión comiendo jamón. ¿Para eso vas al campo? Yo vine al fútbol en el gallinero, grada de pie, entre botellas de calimocho, hachís y tortillas de patata. Éramos feos. Vestíamos mal. Llevábamos walkmans muy grandes y sin autoreverse. Pero con quién casaría usted a su hija, con alguien como nosotros con su plumífero y su chándal de táctel o con un tío que es un prodigio de la elegancia pero que en el fútbol parece que va a romper a gritar: ¡Qué diría Lacan de ese pase! Piense en las Nochebuenas.

El caso es que perdida la fealdad tanto en la grada como en el juego, con los años me he ido borrando y a mí difícilmente se me ve delante de tíos sudorosos en calzoncillos antes de las semis de la Champions. Y en el estadio ya pueden hacer naumaquias que tampoco me van a ver el pelo. No obstante, paradojas de senectud, ahora vivo en Belgrado y una de las mayores ilusiones que tenía desde que llegué, así es la vida, era ver un partido de fútbol en directo digno de tal nombre.

Tampoco de mucho nombre, el llamado «derbi eterno» entre el Estrella Roja y el Partizan no tendría huevos. Pero tampoco un encuentro de liga contra el Metalac (fábrica de cacerolas) de Gornji Milanovac (Milanovac de arriba) que si tiran por encima del larguero el balón se va a un sembrado. Ya saben que uno de los posibles motivos de la conspiración internacional que desintegró Yugoslavia era anular su abrumadora competitividad deportiva para que el reparto de títulos cayera en selecciones fascistas y clubes capitalistas. Imaginen a Suker, Mijatovic, Savicevic, Boban, Stojkovic, Salihamidzic, Mihajlovic durante los noventa en la hermandad y unidad de una camiseta plavi y entrenados, como decía un amigo mío, por Zeljiko Obradovic. Sí, el de baloncesto ¡qué más da! Ahora, con al año media docena de partidos de liga con un mínimo nivel en cada república poco hay que rascar a largo plazo.

Al final me fui hace unos días a un partido del Partizan en la Europa League. Era el decisivo del grupo L. Habían palmado inmisericordemente sus dos encuentros ante el Athletic de Bilbao, pero le habían ganado los dos al AZ Alkmaar y le habían metido un 1-3 al Augsburgo en su casa. Si no perdían de dos, pasaban. Y llevaban mucho tiempo sin pasar. Concretamente, en 1990 llegaron a cuartos de la Recopa. En 2005, a dieciseisavos de la UEFA. Y todo lo demás había sido ser vapuleado en las liguillas. Algunas de Champions, sí. Pero vamos, que lo que mola en este deporte es pasar. ¡O no! Porque ahora también hay gente que te analiza esto desde sus profundos conocimientos de marketing con su MBA de diez mil euros y lo mismo es mejor para un club hacer el ridículo en la fase de grupos de la Champions para sanear las cuentas que pasar de ronda en Europa League. Nosotros, en la estricta observancia de los borrachos de los bares, que no gritan agitando el puño en lo alto celebrando que su equipo ha metido tres cuartos de entrada en el campo a veinticinco euros cada una con Danone patrocinando siete vallas, sino que su equipo mete un gol, aunque sea con el pompis, y pasa de ronda, nos quedaremos con que eso es lo bueno. Al menos, la hinchada del Partizan era de mi parecer y lo probaba que estaba bastante cachonda con la posibilidad.

Según me contó mi acompañante, en día de partido a un kilómetro del campo no se puede beber alcohol. Policías vestidos de Robocop, había uno en cada esquina desde más lejos de un kilómetro. Me instó a hablar fuerte en inglés para que no nos quitasen nuestras latas de Jelen y nuestras botellitas de Vinjak, una especie de coñac local bastante bueno. La verdad es que no hacía falta tajarse demasiado antes de entrar al estadio porque hacía calor para lo que es diciembre en esta ciudad, unos dos o tres grados. Con eso aquí bailan bachata.

En los alrededores del estadio encontré algo que me recordaba a mis tiempos mozos, cuando el fútbol era también gastronómico. Había un olor a parrilla que impregnaba el aire de toda la manzana. La gente se comía de pie, apretados en la acera, sus pljeskavicas. Se trata de una hamburguesa que no cuesta más de dos euros al cambio con un trozaco de carne de doscientos cincuenta o trescientos gramos, que a su vez puede estar relleno de beicon o de beicon y queso, depende de cuántas temporada de su equipo quiera ver el cliente estando presente en este mundo.

Entramos al gol norte del Stadion Partizana. Mucho mejor antiguamente cuando se llamaba Stadion JNA, Estadio del Ejército Popular Yugoslavo. En el sur estaban los Grobari, los temidos ultras del Partizan, cantando tonadillas de punk rock que sonaban por la megafonía del estadio. Parece que la hinchada tiene un pasado o un origen street punk, me contaron, pese a haber sido el equipo del ejército. A mi derecha había veintipico metros de grada vacía con un cordón policial separándonos de los hinchas alemanes. Llevaban banderas rojas, verdes y blancas, los colores del Augsburgo, y también casualmente de la bandera de un país vecino, por lo que les gritaban cada vez que las ondeaban «búlgaros», y muchos adjetivos detrás que no reproduciré para preservar la paz entre los pueblos.

Los Grobari sacaron una pancarta gigante en la que se leía «Povratak Otpisanih» (el retorno de los borrados, o dados de baja), una popular serie de televisión de los setenta. Actualmente la televisión estatal da un episodio cada mañana a eso de las ocho y en HD sobre la ocupación de Belgrado por los nazis y la resistencia comunista. No sé si sabrán que a lo largo de la historia el objetivo de los alemanes y los austriacos ha sido que Serbia no tenga más tamaño que la Alcarria, algo que parece que están consiguiendo a día de hoy. Pues ese fue el leitmotiv para este encuentro. Siendo los serbios un pueblo que cada vez que se juntan tres personas se traen a colación media docena de frases de películas, el público no paraba de gritar a los alemanes citas de la serie de marras con gran cachondeo entre los presentes. Yo no me enteraba de nada.

Al iniciarse el encuentro, lo que son las cosas, fueron los civilizados, europeos y ecologistas alemanes que comen tofu los que encendieron una bengalas en su grada, una provocación de mucho cuidado, puesto que una de las obsesiones del Partizan en esa noche era que no se liase ni la más mínima trifulca por el qué dirán en altas instancias europeas. De sobra conocida es la fama de incidentes relacionados con el fútbol que arrastra esta región; fama en absoluto inmerecida. Esa noche había que comportarse como vírgenes en la ópera y, toma, antes del primer acto un alemán borracho te toca las tetas con las dos manos y te eructa en la cara.

Lo que ocurrió entones fue que, mientras miraba fascinado el humo rojo y a los alemanes haciendo el indio, un grupo de chavales saltó la valla de mi grada, corrió por la pista de atletismo, asaltó la de los alemanes y les quitaron las banderas, a las que prendieron fuego una por una durante la primera parte. No obstante, no tardó en haber buen ambiente porque Aboubakar Oumarou adelantó a los locales en el minuto once y la cosa pintaba bien. Los alemanes tenían que meter tres. Muchos.

¿Y qué pasó? Pues lo de siempre. Los alemanes se pusieron a jugar sin prisa pero sin pausa, sin rifar un solo pase, moviendo el balón rápido. Toques todos neoliberales. Y en el tiempo de descuento de la primera parte, empataron. Gol de Hong Jeong-Ho, un coreano del sur. Muy mal agüero ese dato. En la segunda mitad se pusieron por delante en el cincuenta y uno. Ahí ya me di cuenta de que el encuentro parecía un guion de la troika. Los aficionados pasaron una segunda parte de vomitar de nervios. Los Grobari no paraban de animar, en cualquier caso, pero a todo el estadio le temblaban las canillas. Se aguantó con épica partisana, haciendo honor al nombre del equipo. Incluso en los últimos compases, Nikola Ninkovic pegó un chutazo en el larguero. Y en el ochenta y siete, Darko Brasanac se quedó solo y disparó alto. Habrían sentenciado el partido, pero… en la jugada siguiente, pase al área local, triangulación perfecta, de nuevo muy neoliberal, y Raúl Marcelo Bobadilla empujó hasta sin ganas, casi como intentando hacer honor a su apellido, y a tomar por culo el Partizan. Otro año más. Mi acompañante me lloraba en el hombro. Los jugadores locales tardaron un siglo en volverse al vestuario acojonados por los Grobari, que casualmente se sientan encima del acceso. Al día siguiente la junta directiva dimitió en bloque. Terremoto. Y nada, que eché la tarde muy a gusto.

Foto: Álvaro Corazón Rural.
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13 Comentarios

  1. No había leído un inicio de párrafo que enganchara tanto desde hace mucho tiempo. Sería el equivalente futbolero a Metamorfosis de Kafka. En lo que a mí respecta hace años que no miro un macht de fútbol. Para que? Me pregunto. Prefiero conservar el recuerdo de un viejo amor a constatar las ruinas que la decadencia ha inoculado en el…

  2. No se porque pero este articulo me ha hecho recordar los gloriosos tiempos de la Real Bitácora Balompédica Española

  3. Qué grande, Álvaro.
    Qué bueno que ahora escribas en jotdown y esos sesudos analistas de hoy lo tengan más jodido para fusilar en Marca y As lo que se escribía en la RBBE.

  4. tremendo artículo, por fin verdades sobre el fútbol.

    Yo fui al derby eterno partizan – estrella roja, donde el partizan gano la liga, pero como el estrella roja ganó el derby, los jugadores del partizan salieron a la carrera por miedo a los grobari.

    otro mundo

  5. Estaba interesante hasta que empezó a meter indirectas de que la historia de Europa es la de un contubernio judeomasó… digo, antiserbio.

    Los croatas también se consideran los más puteados del continente. Y los húngaros. Y los albaneses. Y los montenegrinos. Y los griegos. Y los catalanes, claro.

    Pero está bien que comparta las obsesiones de su país de acogida. Así no se siente tan extranjero.

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