No hay épica en Silicon Valley

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Jobs hablando de Jobs y los ordenadores. Foto: Getty Images.
Jobs hablando de Jobs y los ordenadores. Foto: Getty Images.

Amadeus, Toro Salvaje, Alejandro Magno, La lista de Schindler… aparte de ser excelentes películas y estar etiquetadas como biopics, ¿qué es lo que todas ellas tienen en común? En primer lugar tener detrás a directores muy competentes, que como buenos narradores de historias saben cómo contar algo pero también y sobre todo qué es lo que merece la pena ser contado. Boxeadores atormentados, genios precoces, grandes conquistadores, nazis malísimos… con semejantes mimbres es fácil lograr articular algo que cautive nuestra atención. Aunque en ellas yo hubiera añadido también dinosaurios y ovnis hay que reconocer que ya de entrada resultan muy sugerentes: he ahí lo segundo que todos esos filmes tienen en común. Ahora bien, ¿resulta a priori interesante la historia de un vendedor muy eficaz al que le apasionaba hablar de ordenadores y de sí mismo? Es la pregunta que nos hicimos ante el reciente estreno de Steve Jobs y tras verla hemos comprobado que tampoco hay nada excesivamente interesante a posteriori.

¿Quedaba algún ángulo por mostrar de quien se pasó media vida delante de las cámaras? ¿Qué nos faltaba por saber de alguien tan omnipresente en los medios que, además, narraba una y otra vez su propia trayectoria y logros? Que era algo tacaño, muy trabajador y exprimía al máximo a sus empleados es algo que tampoco cuesta deducir sin necesidad de que nos lo cuenten, pues difícilmente se logra amasar semejante fortuna de otra manera. No me vayan a malinterpretar, no pretendo menospreciar sus indudables méritos: creó la empresa que ha proporcionado más beneficios de la historia, lo cual no está nada mal, y además fundó Pixar, cosa que ya es para ponerse en pie y dar vítores hasta quedarse afónico. Como suele decir Escohotado, frente al mesianismo religioso o la conquista militar el comercio es un escalón superior de la civilización, pero por práctico y beneficioso que resulte hay algo que nos resulta irremediablemente prosaico en el intercambio comercial, el dinero y los bienes de consumo. Jobs, que era más listo que el diablo, lo supo bien, y por eso nunca se presentó a sí mismo como un vendedor, ni narró su historia como la de un éxito empresarial, ni lo que vendía eran simples objetos tecnológicos.

No. Él era un mesías, Apple su herramienta para cambiar el mundo y sus productos tenían alma, la suya. Nunca antes un empresario había adquirido tanto protagonismo, cada nuevo lanzamiento era un producto que Él mostraba al mundo y era perfectamente consciente de que para vender mejor su mercancía debía antes que nada venderse a sí mismo. Así sus aparatos adquirían el valor espiritual de las reliquias, quien tocaba un iPhone estaba siendo ungido, de manera que no importaba cuánto costase o cuántas horas tuviera que permanecer en una cola para adquirirlo. La vida de Steve Jobs, escrita, dirigida y protagonizada por Steve Jobs. Estamos seguros de que le hubiera encantado una película así y en iTunes sería no la de la semana sino la del año o década, aunque por culpa de George Stevens ya no pudiera titularla La historia más grande jamás contada. Por desgracia la muerte lo alcanzó demasiado pronto y vimos que efectivamente fue despedido con unas demostraciones públicas de duelo comparables a las de otros santos contemporáneos como Juan Pablo II o Lady Di. La película entonces quedó sin hacer… y otros se han encargado de ello. Pero ya no es lo mismo.

Foto: Cordon Press.
Foto: Cordon Press.

En 2013 se estrenó Jobs. Su mayor logro es que el actor que la protagoniza, Ashton Kutcher, se parece bastante a él físicamente. Lo cual tampoco es decir mucho. En ella se recorren los aspectos fundamentales de su biografía ya hoy día convertidos en mito, como el garaje en el que comenzaron a construir Steve Wozniak y él su primer Apple, el desarrollo del ordenador Lisa —así llamado en honor a la hija que inicialmente no quiso reconocer como propia— o el despido de la empresa que él mismo fundó y su posterior regreso triunfal en la década siguiente. Una película que no pasa de telefilm que uno puede ver si no echan nada mejor en otros canales.

Con este precedente podía pensarse que esta otra recién estrenada sería mucho mejor, más aún si tenemos en cuenta que está dirigida por Danny Boyle, escrita por Aaron Sorkin y protagonizada por Michael Fassbender. Sorkin es el autor del guion de cintas tan apreciables como Algunos hombres buenos y La red social, pero también nos ha entregado series como The West Wing, Studio 60 y The Newsroom, cuyos personajes resultan tan optimistas, idealistas, nobles, moralistas y patriotas que terminan haciéndose bastante indigestos. Como indigesta le ha quedado también Steve Jobs. Dado que los rasgos fundamentales de la historia ya nos los conocíamos, ha optado por centrarse en periodos muy concretos, a mi entender poco relevantes. También ha pretendido introducir cierta intensidad dramática recreándose en el conflicto con la hija inicialmente no reconocida, la dichosa Lisa, pero de ese hilo no hay mucho donde tirar: al principio no la reconoció y luego sí, fin de la historia. Como Fassbender es un actor de prestigio algunos han querido ver en su interpretación una maravilla, aunque no termina de cuajar. Estamos todos demasiado habituados a ver al Jobs original como para creernos a este y el papel tampoco permite grandes alardes. Por si fuera poco no es muy rigurosa respecto a ciertos hechos y ya tiene mérito inventarte parte de una historia para que resulte igual de irrelevante y tediosa. En resumen, la película es un bodrio. Quizá no era posible otra cosa, pues el mago pasa a ser solo un ilusionista cuando se ven sus trucos desde otro ángulo. Ya no hay un mesías sino un vendedor y el resultado es inevitablemente decepcionante. Quizá solo Jobs podía vender a Jobs.

Algo más de interés tiene el documental del 2015 Steve Jobs: The Man in the Machine y una comedia dramática para la televisión de 1999, Piratas de Silicon Valley. Que es bastante mala y chapucera, pero al menos te ríes en algún momento. Tal vez esa sea la clave sobre cómo trasladar todo esto a la pantalla sin matar de aburrimiento al espectador, mediante el humor. Enfocar como en la película de Boyle un ordenador de hace treinta años como si fuera el monolito de 2001, pretendiéndonos epatar con esa tecnología obsoleta, es algo que simplemente no funciona. No hay grandeza épica, ni mística arrebatadora en que nos digan que tal aparato era en su momento mejor que sus competidores y vendió millones de unidades. Y que Jobs los anunciara con tanta grandilocuencia visto hoy día ya no provoca escalofrío alguno sino cierta sonrisa. Por eso no quiero concluir sin mencionar lo mejor con diferencia que se ha hecho en el ámbito de la ficción en torno a las startups, los profetas de las nuevas tecnologías, el Valle del Silicio y la huella que Jobs ha dejado en él, que es la serie de la HBO llamada precisamente Silicon Valley. Sin risas enlatadas y sin caricaturizar a los geeks hasta el extremo grotesco de The Big Bang Theory, de momento lleva dos temporadas con episodios de treinta minutos y está por llegar una tercera. Muy divertida.

Silicon Valley. Imagen de HBO.
Silicon Valley. Imagen de HBO.

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23 comentarios

  1. Pingback: No sólo Apple XXVI: El mito de Jobs en iPaderos

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