Jot Down para Fundación Telefónica
No nos gustan las historias normales. No queremos saber que tal persona tuvo una infancia normal, estudió en un colegio normal y en un instituto normal y, después, en una universidad normal o una academia normal, aprendió las cosas que darían sentido a su vida, las perfeccionó y así se convirtió en la figura que todos acabamos conociendo.
Lo que nos gustan son las historias extraordinarias. Los niños prodigio. Saber que Mozart componía a los cuatro años y a los seis era prácticamente un virtuoso del clavicordio y el violín; que Velázquez ya pintaba como los ángeles cuando, a los diez años, comenzó su aprendizaje con Francisco Herrera el Viejo y apenas un año después entró a formar parte del taller de Francisco Pacheco; que para obtener la insignia del mérito fotográfico de los Boy Scouts, Steven Spielberg rodó un wéstern de nueve minutos en 8 mm. cuando tenía doce años.

René Magritte nació en 1898 en el pueblo de Lessines, en la Bélgica francófona. A los diez años comenzó a tomar clases de dibujo. Cuando tenía trece años, su madre se suicidó lanzándose al río Sambre. René estaba presente cuando la recogieron del cauce y vio como el vestido que llevaba se había retorcido por las aguas hasta cubrirle la cara. Esta visión impresionó de tal manera al niño que terminó influyéndole en futuras obras en las que aparecen figuras con la cara cubierta, como Los Amantes… Salvo que lo que acaban de leer es falso. El propio Magritte desmintió esta interpretación e incluso que llegase a ver el cadáver de su madre. Es una historia inventada, posiblemente por la enfermera de la familia, para cubrir la infancia del pintor de un halo extraordinario.
Ahí está nuestra insoportable renuncia a la normalidad. Nos gustan las historias extraordinarias porque necesitamos historias extraordinarias. Y no hace ninguna falta. No solo porque el suicidio de una madre ya es un hecho lo suficientemente trascendental como para necesitar aderezos; sino porque, en realidad, a los ojos abiertos de un niño, todas las cosas son extraordinarias y todos los hechos son prodigios.
Piensen en Eduardo Chillida. Nos gustaría creer que siendo un niño que campaba en pantalón corto por la Donosti republicana ya imaginaba al viento de la Concha plegando siluetas de acero y hormigón en peines que elogiaban al horizonte. Pero no. A Chillida le gustaba el fútbol. Le gustaba tanto que llegó a ser el guardameta de la Real Sociedad, que en la temporada 42-43 disputaba el campeonato de Segunda División. Chillida jugó catorce partidos como titular en los que encajó dieciséis goles. Fue en ese partido número catorce cuando Fernando Sañudo, delantero del Real Valladolid, golpeó con su rodilla en la rodilla de Chillida. Sería bonito pensar que el portero donostiarra vio en la forma de su articulación las articulaciones de sus futuras piezas; pero lo que vio fue una lesión, y de las chungas. Operar una triada en la España de posguerra no era tarea fácil, y aunque Chillida pasó hasta seis veces por el quirófano, nunca pudo volver a ser futbolista profesional. Con diecinueve años marchó a Madrid a estudiar arquitectura, si bien poco después abandonó la carrera para dedicarse a tiempo completo a la escultura y el dibujo.
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Que alegría leer: Velazquez, el pintor más grande de la historia de la humanidad. porque ciertamente es así. Picasso es al tiempo la bestia artística por excelencia. Picasso lo es todo en la pintura, y no fue Velazquez porque no quiso serlo. en referencia al tema del artículo, la capacidad existe, pero la capacidad por sí sola no es suficiente. uno de los retos más importantes del artista,desde mi punto de vista, es emular desde la consciencia la ingenuidad y espontaneidad perdida. razón y emoción conscientemente plasmadas en una obra de arte, esta es la finalidad. el problema es que a medida que se crece los miedos se suceden, así que existe el peligro de que el virtuosismo pueda resultar anulado. la solución se encuentra en el trabajo constante y comprometido. la práctica constante facilita el encuentro del artista con quien realmente él es, y lo aúna con la capacidad técnica. nada que ver con el ser original, que es pura banalidad.
Siento decirlo, pero no me lo puedo callar: el «Assemblage amb graffitti» de Tàpies y la mayoría de sus obras (calcetines con alhambres, etc.) no me parecen arte, sino una soberana burla. Sin existir una definición de arte -y me alegro que no la haya, pues se tiene que experimentar-, no todo vale para que cualquier cosa se venere como obra artística y valga un dineral porque cuatro críticos lo han decidido. Me recuerda al cuento del vestido invisible del rey, que nadie quiere no verlo.
Estoy de acuerdo contigo, y sospecho que no somos los únicos.
Pues no, opino lo mismo.
No hay en este estudio que ha hecho, ninguna pintora o escultora que llame su atención y pueda estar en este recorrido tan interesante que hace.
Seria un detalle.
De hecho, las busqué, y en la historia del arte hay centenares, pero en la exposición a la que hago mención, no hay ninguna artista con una historia infantil peculiar.
Un saludo.
Mi madre, con lo bien que iba el artículo, ¿tenían que meter a Tapies de por medio? Menudo jeta, ése…
Una estatuta de Chillida sería un buen portero.