La dulce ineficiencia de lo viejo

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Foto: Zhang Wenjie (CC)
Foto: Zhang Wenjie (CC)

Uno de mis primeros recuerdos de Barcelona es el olor a azúcar.

Era una tarde fría de finales de diciembre, allá a mediados de los ochenta. Yo no debería tener más de cinco o seis años. Mi abuelo (siempre, siempre era mi abuelo) me llevaba ese día de excursión a la Fira de Santa Llúcia. Como todos los paseos de esos días habíamos cogido el tren para ir al centro, en un viaje que siempre me había parecido mágico. Tras salir del metro, alegre y risueño al ver las luces de Navidad en la aún entonces sucia y desvencijada plaça de Catalunya, empezamos a bajar felices por el Portal de l´Àngel, la calle que durante toda mi niñez siempre fue la que acababa en el Palacio del Juguete, al lado de la catedral. Allá, en la esquina de la calle de Santa Ana, estaba La Montserratina, vendiendo pasteles, dulces, ensaimadas, croissants y otras delicias, inundando la calle con el dulce, imborrable olor de azúcar y pastas recién hechas.

Mis meriendas infantiles por Barcelona acostumbraban a ser en otros lugares (casi siempre en La Pallaresa, en la calle Petritxol), pero cuando hace unos meses volví por la ciudad se me hizo extraño recorrer esa calle y darme cuenta de que el olor a pasteles había desaparecido. La Montserratina había cerrado, víctima del fin de los contratos de alquiler de renta antigua. El Palacio del Juguete, el escaparate que tantas veces me había parado a contemplar de pequeño unas manzanas más abajo, también se había ido, convertido ahora en una anodina tienda de calzado.

Para Barcelona, una ciudad donde els botiguers y el pequeño comercio tienen rango de héroes nacionales, el cierre de estos viejos establecimientos es casi traumático. La Vanguardia ha dedicado incontables artículos al cierre de comercios emblemáticos, criticando al Ayuntamiento por su pasividad ante el lento final de pequeños negocios que han definido calles y barrios para generaciones de barceloneses. Muchas de estas tiendas son, o eran, realmente únicas, herederas de la tradición comercial o las viejas obsesiones de la burguesía catalana. Algunos locales son joyas de la arquitectura modernista, reliquias de cuando los pequeños empresarios de la Ciudad Condal creían en hacer de la rutina y el consumo diarios algo bello, acogedor y señorial. Todas ellas son, a buen seguro, recuerdos de infancia de una o varias generaciones de barceloneses, fantasmas de una ciudad pasada sin cadenas multinacionales, turistas o uniformidad cosmopolita.

Los alquileres de renta antigua tenían los años contados desde hacía tres décadas, cuando una ley en 1985 impuso su extinción para el 2015. Los contratos con protecciones para el arrendatario y alquileres casi inamovibles eran una prerrogativa de otro tiempo, cuando los Gobiernos preferían la estabilidad antes que cualquier cambio. Desde el punto de vista económico, sin embargo, eran malos tanto para la ciudad como para sus habitantes, con el comerciante que disfrutaba de alquileres bajos como único ganador.

Un contrato con un alquiler limitado es en realidad una subvención regulatoria para el inquilino que disfruta de él. En el caso de mi adorada Montserratina teníamos una pastelería con unos costes artificialmente bajos, con la ley que obligaba al propietario del inmueble a aceptar menos dinero pagando esos costes. Esa subvención, obviamente, no repercutía en los consumidores; la tienda seguía vendiendo deliciosos pasteles de chocolate al precio de mercado del pastel de chocolate del barrio. El dinero iba, sin más, al bolsillo de los arrendatarios, que tenían unos beneficios un poco más altos.

Si lo miramos de forma aislada, esto no parece ser una gran pérdida; el propietario de un edificio en Portal de l’Àngel seguramente no va a pasar hambre porque tenga que tolerar una pastelería un tanto pasada de moda en vez de una cadena de ropa multinacional. Visto con un poco de perspectiva, sin embargo, es cuando aparecen los problemas. El arrendador seguramente será un poco menos propenso a arreglar la fachada o mantener el edificio en perfecto estado, ya que los locales no le dan demasiado dinero. No todas las tiendas viejas son joyas arquitectónicas; algunas acabarán siendo escaparates vetustos salidos de una película de Ozores, y no lugares con carácter.

Por añadido, el alquiler artificialmente bajo hará que locales en sitios atractivos en el centro de la ciudad acaben albergando tiendas un poco extrañas. La vieja Filatelia Monge en calle Portaferrissa, donde mi abuelo compró buena parte de mi colección de sellos (aún anda por casa de mis padres), era un comercio precioso, con suelos de caoba y toneladas de carácter, pero seguramente no era el local más productivo posible en el corazón comercial del Barri Gòtic. La nueva ley ha provocado su traslado; ahora está en un piso en una calle cercana, y la nueva tienda en su antiguo local seguramente creará una decena de nuevos empleos que no hubieran existido de otro modo. El Ayuntamiento, además, recauda ahora más impuestos, fruto de la mayor actividad económica en la zona.

Como en el caso anterior, la pérdida de ingresos comerciales para el propietario del local seguramente no era una tragedia, y la ciudad de Barcelona seguramente podría tolerar la pérdida de impuestos derivados de la existencia de una tienda de sellos en el centro. Salvar un viejo comercio tradicional no tiene un coste social demasiado elevado: el alquiler perdido es pequeño, los puestos de trabajo creados no serían demasiados y los ingresos del Ayuntamiento no cambian gran cosa. La cuestión, claro está, es que mantener toda una ciudad con alquileres congelados sí que tiene un coste considerable, fruto de la asignación ineficiente de recursos, del inmovilismo y la falta de inversión. La desaparición de estos comercios del pasado es una mala noticia desde el punto de vista sentimental, pero probablemente es un cambio a mejor a largo plazo.

La palabra clave en la frase anterior, no obstante, es el adverbio: «probablemente». Sí, el proteger comercios antiguos es ineficiente, pero eso no quiere decir que los gestores municipales deban abrir las puertas al libre mercado siempre. Barcelona, como cualquier otra ciudad, no es sólo una plaza de comercio, sino también un lugar con un carácter, una historia y una forma de vida determinada. Del mismo modo que un parque bien cuidado hace del barrio que lo rodea un lugar más agradable, muchas de esas viejas tiendas, por el mero hecho de ser lugares antiguos, civilizados y acogedores hacen mejor el resto de la ciudad que los acoge. La chocolatería Fargas (también en Portaferrissa) seguramente tenía algo de reliquia inútil, y nunca vendería tanto como una tienda de insufribles sombreros mejicanos para turistas en esa zona. Su mera existencia en ese barrio, sin embargo, bastaba para hacer de Barcelona un sitio más agradable, más interesante, más sensato, más real. Mantener esos comercios, o algo parecido a ellos, no siempre es una idea insensata.

Algo parecido ocurre con el urbanismo en sí, con el aspecto de las calles de una ciudad. Llevo tiempo viviendo en Estados Unidos, un país que es a veces abiertamente hostil con el diseño urbano hasta el punto de que es necesario tener grupos de activistas para pedir la construcción de aceras. Cada vez que visito Barcelona no puedo más que apreciar las décadas de trabajo que ha dedicado el Ayuntamiento para hacer del diseño urbano de la ciudad algo acogedor, consistente y civilizado. Las regulaciones, vistas una por una, son un cúmulo de ineficiencias y obstáculos para el comercio un tanto delirantes, pero en agregado también consiguen que el passeig de Gràcia, Rambla Catalunya o cualquier calle del Eixample sean lugares maravillosamente consistentes y placenteros.

Una ciudad debe aprender a moverse necesariamente entre estos dos extremos. Por un lado, los gestores municipales deben ser conscientes de que los políticos en general son hombres de negocio espantosos, y deben salirse de en medio, en la medida de lo posible, cuando se trata de controlar alquileres y decidir qué usos tiene un local comercial o un barrio determinado. Por otro lado, deben ser conscientes de que una ciudad es a la vez un lugar de comercio y un sitio donde la calidad del espacio público es importante, y deben tratar de promover y preservar aquello que hace de ella un sitio especial. Esto quiere decir que deben estar dispuestos a dejar morir algunos viejos comercios, por mucho valor sentimental que tengan, pero también deben intentar preservar, en la medida de lo posible, algunos rincones que aportan más que un simple comercio. Barcelona, en este caso, ha creado una lista de locales especialmente protegidos, casi todos de un valor más que justificado, y ha establecido que en muchas de las tiendas de mayor valor artístico, aunque puedan ser vendidas, la decoración debe ser preservada.

Inevitablemente, alguna de estas protecciones será torpe, costosa, ineficiente y acabará con una tienda o bar pasado de moda en un sitio donde no debería. También de forma inevitable estaremos subvencionando algo aparentemente estúpido, como una tienda de cuchillos o de géneros de punto. El Ayuntamiento acabará haciendo cosas como comprar el parque de atracciones del Tibidabo, quizás porque cualquiera que haya crecido en Barcelona ha pasado por el Carrilet.

Hay días, sin embargo, que es casi mejor así. La ciudades también son sitios donde vivimos, son memoria. El recuerdo del olor a chocolate en una distante tarde de diciembre a veces vale la pena.

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15 comentarios

  1. CaptAchab

    La cuestión esencial, que parece olvidar, es que lo hoy tradicional fue un día nuevo. Lo esencial de la ciudad, como del bosque, es la renovación. Ambos viven si inmuebles y árboles viejos caen y otros nacen en su lugar. Si no, se degradan y mueren. Las tiendas pueden subsistir, como máximo, tres generaciones. Barcelona tiene dos milenios. Perspectiva.

    • Hander

      Claro, pero es que el 99,99% de los comercios nacidos en el siglo XVIII ya han desaparecido (queda o quedaba alguno), el 99,8% de los los comercios nacidos en el siglo XIX han desaparecido. El 90% de los comercios nacidos antes de 1970, etc. El proceso dinámico ya se da.

      Ese 0,01%, ese 0,2%, ese 10%, son casi siempre comercios únicos, que han sobrevivido tanto tiempoporque eran especiales.

      Sin llegar al extremo de mantenerlos a todos artificialmente como museos, pensar que su valor debe calcularse solo en términos financieros, como una zapatería BATA o un Pans&Company es un error.

      Porque como dice Roger, a nivel agregado estos comercios tienen beneficios sociales (y también económicos) que no estan internalizados en su totalidad.

      Tal vez hayas viajado por Europa, ciudad de provincias, de 100.000 habitantes. Sede episcopal, antigua sede de mercado regional a dónde iban los campesinos, tal vez una universidad histórica, un palacio ducal o condal, un par de museos. Depende de la latitud, hasta una opera.

      Si esta ciudad está en Italia, el centro estará lleno de comercios maravillosos, que hacen a la ciudad única.

      Si vas a Francia, hay menos de esos comercios maravillosos, pero todavía hay dignos comercios tradicionales con cierta gracia, particularmente de productos alimentarios (esas queserías).

      Si vas a Inglaterra, los comercios del centro dan pena: hay exactamente las mismas cadenas que en el Portal del Angel o en una terminal del aeropuerto de Dubai: The Phone House, Zara, innumerables tiendas de bisutería para adolescentes, etc.

      Seguro que el turismo y el ciudadano local aprecian esas diferencias. Es un equilibrio difícil, pero no hay nada falto de complejidad en la gestión de una ciudad moderna.

  2. Barcelona debería mirar de reojo a Venecia. Porque poco a poco se dirige en esa dirección. El cambio que ha dado Barcelona en los últimos 20 años es simplemente abismal, especialmente el centro.
    Yo he vivido en la calle Tallers hasta que la búsqueda de trabajó me llevó a Suiza hace tres años. Y desgraciadamente cada vez reconozco menos mi ciudad.
    El turismo permite a una ciudad como Barcelona financiarse, pero el turismo es devorador. El centro se está convirtiendo en un parque de atracciones que no ofrece ya ninguna ventaja a los residentes. Calles infestadas de Souvenirs, turistas haciendo fotos..
    Incluso el Mercado de la Boquería, mi parada preferida de cada sábado ha perdido todo su encanto. El mejor mercado de europa en pocos años se ha convertido en un mercadillo de venta de zumos de fruta y comida preparada, mientras las paradas tradicionales no saben que hacer para sobrevivir y se plantean cerrar su chiringuito despues de más de 40 años al pie del cañón.
    Y ahora llega AirBnB, permitiendo alquilar pisos céntricos y haciendo aún más díficil el día a día de los residentes.
    A donde va Barcelona? No lo sé, lo que si sé es que mis padres después de 40 años viviendo en el centro se han ido, y no podían estar más felices ya que la situación era insostenible.

    • CaptAchab

      Me niego a asumir que el comercio antiguo sea siempre «maravilloso» y todo el nuevo deleznable. Si se trata de patrimonio material (escaparates, decoración, etc.) ya hay reglas de protección (que me parecen razonables). Pero permitiendo la reconversión de la actividad, porque siempre ha de ofrecerse lo que la sociedad demanda. Se discutió mucho en su momento del colmado Quílez. Un local muy bonito, pero pésima relación calidad-precio y mala atención al cliente. Cuando acabó el alquiler regalado tuvieron que cerrar. Lloraron mucho, con muchos tertulianos a coro. Pero no faltan en Barcelona tiendas de ultramarinos caros; es cosa de saber hacerlo bien.

  3. Rifinia

    Tienes mucha razón, pero el precio del local no es la única razón. También es cierto que el tendero al estilo como saga familiar está desapareciendo, y es la mayor razón del cierre de estos comercios. En las grandes ciudades si bien es imposible que se mantengan estos negocios en calles como Portal del Ángel, podrían trasladarse a calles aledañas donde los alquileres han bajado mucho, motivado por los auges de centros comerciales y la menor presión al alza de alquileres de las entidades bancarias. Pero falta el tipo de comerciante dedicado en cuerpo y alma a su negocio 340 días al año, en favor del gerente/ encargado de multinacional retail. No obstante se ve que aparecen nuevos pequeños comercios especializados, y esa es la esperanza. Cada vez me gustan menos las calles «emblemáticas» trufadas de cadenas, y voy a las laterales, con un comercio mucho más interesante.

  4. Una vez más agradezco a Roger que me haga reír con sus reflexiones. Su columna hoy me recuerda una de las causas asumidas como banderas para compensar la falta de ideas sobre el futuro. 100 años atrás los socialistas todavía se definían por sus promesas de un futuro mejor, pero luego de sus fracasos se han centrado en definirse como protectores de la naturaleza y el patrimonio cultural (sí, siguen usando la retórica de la defensa de los oprimidos y la búsqueda de la igualdad pero ya todo el mundo sabe que sólo es retórica). Por supuesto, la protección de la naturaleza que ofrecen los socialistas ya ha dejado en evidencia que su propósito último es «diluir» la idea de los derechos fundamentales porque los humanos son los sujetos de esos derechos y la naturaleza su objeto y como tal queda sometida al ejercicio de los derechos (dicho de otra manera, los socialistas pretenden proteger a los animales y otras cosas naturales como «oprimidos» por los humanos «opresores»). En el caso de la protección del patrimonio cultural los socialistas creen haber encontrado otra veta a explotar para sus fines electorales. Esa veta es una parte del pasado, la parte más visible por ser material, aunque se le deba agregar un sabor dulce para motivar a los viejos a seguir viviendo de recuerdos. Aunque reconozco a Roger su intención de dar argumentos razonables a la pretensión de proteger el patrimonio cultural, esos argumentos son más razonables cuando se aplican a las costumbres (patrimonio invisible), esas que por siglos los socialistas han denunciado como fuente de opresión.

    • La humanidad ES naturaleza, y su protección es autoprotección, dado que sin los «servicios» de la naturaleza, la existencia de los humanos es inviable. Por otra parte no hay nada que hagan los humanos que no sea «natural», en sentido estricto y siempre que uno no crea en lo sobrenatural (sea lo que sea eso), otra cuestión es que a veces, comportamientos «naturales», como la sobreexplotación de recursos y sumideros, se vuelva en contra de la propia especie.

    • amusua

      Jo, EB, hasta aquí persigues a Senserrich?? Qué cansino que puedes llegar a ser, madre mía.

  5. viruela

    Es éste un asunto muy aristado y poco confortable para que lo manejen conciencias acríticas… sin pretender un encaje del sudoku, propongo tres puntos de partida:

    Una evidencia legal, que da la razón al propietario y lo hace acreedor a la disolución de los contratos de renta antigua. Caso a caso, existirán víctimas inocentes e hitos urbanos fagocitados por el Derecho… A sensu contrario, existen asimismo situaciones de abuso, prósperos negocios con un coste de radicación irrisorio.

    Una hipotética conciencia social, posiblemente mayoritaria, que necesita arroparse con el ropaje de la tradición, la añoranza o la defensa del inquilino, prematuramente identificado como la víctima de un sistema radicalmente injusto.

    Y una Administración Pública, que si verdaderamente quisiera responder a las demandas conservacionistas con programas de intervención, tendría que justificar abiertamente a la sociedad, la cuantía de los recursos económicos destinados a la causa, en detrimento de otros programas presupuestarios de igual o mayor enjundia popular.

    Difícil, eh?

  6. Pingback: La dulce ineficiencia de lo viejo

  7. Luis V

    Creo que hay un matiz que no se ha comentado. Asumimos siempre que desaparecen negocios con alquiler de «renta antigua» para dar paso a franquicias sin alma. Pero esto no es siempre así. Pongo un ejemplo concreto.
    En Sevilla, las grandes franquicias tienen monopolizadas calles como Tetuan, Velázquez o Sierperes. Sin embargo, hay otras calles céntricas que estaban copadas por negocios de renta antigua, tipo calle Francos y alrededores, o calle Regina. Esas calles habían entrado desde hace años en clara decadencia, seguramente porque esos negocios «desfasados» atraían a muy pocos clientes y por ello decayó el interés comercial de esa zona. Ahora, esas calles se están rehabilitando comercialmente gracias a nuevos negocios, de particulares (no franquicias) con alquileres a precios de mercado. Incluso otras calles como calle Cuna están viviendo una resurrección similar, en este caso con una mezcla de negocios «particulares» como franquicias de segundo o tercer orden. En este sentido, creo que estas zonas de la ciudad han recuperado vigor comercial gracias a la llegada de unos negocios para los que sí hay demanda en lugar de otros cuya única razón de supervivencia eran los bajos costes que se han comentado. Y no creo que en ese proceso se haya perdido el alma de la ciudad, ni que ahora se estén conformando una zona comercial (no al menos en esas zonas que he dicho) uniforme y prácticamente idéntica a la de cualquier otro lugar del mundo.

  8. Quién sabe si todo acabará siendo carne de Noticiario Documental.
    Libre del exterior y esclavo de sí mismo, como todos los solitarios. Rodeado de nadie, uno tropieza consigo mismo y se maldice. Y entonces, acabada la maldición, se ve uno a sí mismo como desde el exterior, como si de un observador ajeno se tratase. Y como está uno solo como la una, se dice en voz alta: qué sujeto tan extraño, tan incomprensible, tan gris…
    Nuestra infancia no es rentable para la Política…
    Hay soledades con la que uno no está conforme. La soledad de unas sobras frías del día anterior en el plato… con el invierno atroz disparando desde todos los ángulos. Una soledad de la que la vida es irresponsable, porque por más vidas que viva el solitario, nada nuevo surgirá de entre la espesura, cual salteador de caminos, para tomarle de la mano y volando, dejar allá abajo esa soledad informe, indodora e incolora… los milagros son pajas mentales salidas de la imaginación pervertida de algunos solitarios.
    Un milagro lo rescataría todo del olvido y la descomposición…
    De la soledad no se puede huir como de la ociosidad… Y las sobras frías del día anterior, no hacen más que desaparecer del plato y desasosegar las tripas.
    No sé si la soledad se habrá habituado a mí , pero a mí me resulta agobiante, por lo de compañía que tiene. Es como tener a alguien al lado, mirándote, cruzándose en tu trayectoria, cuando quieres estar pertrechado y placenteramente aburrido: la soledad, entonces, nos toca donde más duele y la mente se estremece de agonía.
    La renta antigua se acaba con la muerte…
    Un exterior frío, gris, lluvioso, y una vastedad de tiempo pasado a los hombros, un pesado pasado del que ya no queda nadie, ni casi el recuerdo. De vez en cuando se vuelve a romper el silencio con un bombardeo de maldiciones pobres, vacías, repetidas, hacia uno mismo. Y uno, quién sabe si envidiando al dos, ya no es más que un proyecto de cenizas cargadas de muerte, cagadas por las emociones, vomitadas por el llanto silencioso, cenizas que llevará el viento allende las soledades son poesía masturbatoria.
    http://dariomartinezzz.blogspot.com.es/2013/12/ha-llegado-la-alegria-de-la-fiesta.html

  9. jetkom

    «passeig de Gràcia, Rambla Catalunya o cualquier calle del Eixample sean lugares maravillosamente consistentes y placenteros.»

    Joder. Consistentes lo son un rato, pero placenteros? Después de haber vivir varios años en una ciudad tan verde como Berlín, esas tres zonas que dices me parecen un horror infernal… y mira que me he críado en una calle del Ensanche a cinco minutos de Rambla Catalunya (y del Paseo de Gracia, claro). Y es a donde vuelvo varias veces al año y donde cada vez paso sufro mayor pavor. Tal vez por eso me parezca un horror, porque se lo que significa «vivir» allí… y no solo pasear.

    Respecto a los alquileres de renta antigua, yo soy muy fan de eliminar eficiencias y tal. Pero una de las (cada vez menos) cosas que me gustan de volver a mi ciudad son las religiosas visitas a la granja Cardoner. No se si tienen alquiler de renta antigua pero si algún día lo sustituyen por otro Zara más, acabaré viniendo menos.

    La eficiencia económica mola. Pero cuando implica Zaras, Bershkas y Mangos… creo que llegamos al punto donde cabe reflexionar. Aunque esto es algo que debe ocurrir a nivel de sociedad y no de Ayuntamiento.

    • Pijus Magnificus

      Toda la razón.
      Están muy bien la eficiencia económica, y la optimización de recursos, pero sin pasarse.
      Por ej., podríamos «prescindir» de los mayores de 85 años ( ¡ lo que nos ahorraríamos en pensiones ! ); jubilar a los mayores de 55 y sustituirlos por jóvenes ( que manejan mejor la informática y son mas productivos ); o negar la asistencia sanitaria a los discapacitados ( menudo gasto inútil ).

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