Bugsy Siegel (II): Asesinatos S.A.

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Bugsy Siegel en una ficha policial de 1928. Foto: New York Police Department (DP)
Bugsy Siegel en una ficha policial de 1928. Foto: New York Police Department (DP)

(Viene de la primera parte)

El mejor amigo de Bugsy

Después de Benny Siegel, Meyer Lansky es el tipo más duro que he conocido jamás. Y eso incluye a Albert Anastasia y los otros pandilleros de Brooklyn, o cualquiera en quien pueda pensar. (Charlie «Lucky» Luciano)

El ascenso de Bugsy Siegel dentro del crimen organizado estuvo condicionado por su estrecha relación con Meyer Lansky, su mejor amigo. Ambos se trataban casi como si fuesen hermanos. Sin Lansky, es posible que Siegel jamás hubiese alcanzado un estatus tan elevado en el mundillo.

Siegel era hijo de inmigrantes pero había nacido en Nueva York. Meyer, en cambio, sí recordaba el viejo continente. De hecho, su infancia en Europa había sido digna de una novela. Nació el 4 de julio de 1902 en la ciudad de Grodno, situada en la actual Bielorrusia. Los Suchowljansky (que ese era el apellido de Meyer antes de simplificarlo para alivio de sus conocidos y de los historiadores occidentales) eran una familia acomodada, dedicada al comercio. Eran judíos, como la mitad de la población de Grodno. Hasta poco antes del nacimiento de Meyer, la comunidad hebrea de la ciudad se había librado de los problemas raciales que azotaban a sus congéneres de la región desde hacía cientos de años. Durante toda la Edad Media Gordno perteneció al Gran Ducado de Lituania. En 1569, los lituanos estaban tan preocupados por la amenaza de anexión por parte de sus vecinos rusos que decidieron unirse a Polonia. Así nacía la República de Las Dos Naciones o, como se la llama a veces, la «mancomunidad polaco-lituana». El escudo protector de Polonia permitió a Grodno respirar hasta finales del siglo XVIII, gracias a lo cual prosperó una burguesía judía que tenía un orgulloso concepto de sí misma. En 1796, sin embargo, el escudo protector de Polonia dejó de ser efectivo y la ciudad fue anexionada por el Imperio ruso. En 1894 el zar Nicolás II ascendió al trono de Rusia y se mostró decidido a impulsar una renovada campaña de violencia contra las minorías judías. Decretó que las persecuciones étnicas y religiosas, los pogromos tenían un carácter legal, y que además serían apoyados por las autoridades. La policía y el ejército zaristas tomarían parte activa en los ataques contra los judíos. Ocho años después de ese siniestro decreto nacía Meyer Lansky.

Vivió sus primeros años en mitad de una atmósfera tóxica y violenta. La ciudad, que había sido tan próspera, empezaba a venirse abajo a causa del conflicto racial. En cuanto el pequeño Meyer tuvo suficiente entendimiento para captar lo que sucedía a su alrededor, supo que su familia se sentía amenazada. Desde la tierna edad de cuatro o cinco años empezó a ser testigo de escenas que recordaría durante toda su vida. Por ejemplo durante las fiestas religiosas más señaladas del calendario judío, cuando aparecían hordas de conciudadanos cristianos que se dedicaban a saquear los hogares y negocios de algunos hebreos, con el beneplácito —cuando no la activa colaboración— de las fuerzas del orden rusas. Varias veces contempló a sus padres aterrorizados enterrando todas las pertenencias valiosas de la familia en el jardín. Los Suchowljansky nunca podían estar seguros de cuándo les llegaría el turno, cuándo podían ser saqueados, agredidos o expulsados de su casa. También les aterrorizaba la perspectiva de que durante algún disturbio alguien prendiese fuego a su hogar con ellos dentro, siniestra práctica que había comenzado a extenderse por la región. Un día, mientras comían, Meyer escuchó a sus mayores discutiendo una tremenda noticia: uno de sus tíos caminaba por la calle cuando, sin mediar provocación, fue atacado por un soldado cosaco. Con un tremendo golpe de sable, el cosaco le había cercenado un brazo de cuajo.

Meyer Lansky a finales de los años veinte. Foto: New York Police Department (DP)
Meyer Lansky a finales de los años veinte. Foto: New York Police Department (DP)

Los judíos de Grodno habían sido siempre, en su gran mayoría, personas pacíficas y religiosas, con buena educación y un estatus de clase media cimentado en oficios artesanales y comerciales. Como varios siglos de relativa tranquilidad habían erradicado cualquier tradición violenta, muchos mostraban una actitud pasiva, resignada y casi sumisa ante sus fanáticos perseguidores. Aquella actitud, como podemos imaginar, no servía para aminorar los ataques, así que algunos judíos locales decidieron que había llegado el momento de organizar una milicia armada para garantizar la autodefensa. El padre de Meyer, que se contaba entre quienes no se veían con un rifle en la mano, rechazó una y otra vez unirse a la milicia pese a los desesperados intentos de sus miembros en pro de convencerlo. Pero las cosas iban a peor. Su negocio, acosado y boicoteado, dejó de funcionar. Empezó a planear la huida hacia América, pero llevar a su familia costaría una cantidad de dinero de la que ya no disponía. No podía vender su casa, ya que una de las nuevas leyes raciales del zar impedía que los judíos se beneficiaran de la transacción de sus propiedades. Solo podía pagar un pasaje. En 1909 hizo las maletas y se marchó a los Estados Unidos con la idea de trabajar hasta ahorrar lo suficiente como para costear los billetes de barco de su mujer y sus hijos, además de reunir lo que debían pagar para asegurarse el permiso de residencia en América. Con poco más de siete años, Meyer vio como su padre se marchaba al otro lado del Atlántico.

Su madre, Yetta, había estado alimentando a los pequeños gracias a los ahorros que le había dejado Max antes de partir. Después de dos años el dinero empezaba a agotarse. Aún conservaba algunas joyas familiares, aunque venderlas en aquel ambiente de persecución resultaba imposible; es más, podía confiar en que tan pronto en Grodno supieran que las tenía le serían requisadas sin contemplaciones. El abuelo de Meyer, que se había convertido en el cabeza de familia, también se quedó sin dinero; viendo acercarse el final de su vida, decidió emigrar a Jerusalén, donde murió al poco de llegar. Con algo menos de nueve años, Meyer se había convertido en «el hombre de la casa». Imbuido por un súbito sentido de la responsabilidad, se aplicaba afanosamente en los estudios y las tareas domésticas. La punzante miseria estaba ahogando a la familia cuando en 1911, por fin, llegaron desde Nueva York las buenas noticias que esperaban. Su padre acababa de enviar por correo el dinero que necesitaban para comprar los pasajes. Yetta escondió en su maleta las joyas familiares, que debían ayudarles a establecerse en Estados Unidos. Subió a sus dos pequeños en un tren con destino a Odessa; para los niños aquel fue un momento excitante, porque además de abandonar un ambiente peligroso y sombrío y la expectativa de volver a ver a su padre, se sumergieron en el torbellino de sensaciones del viaje iniciático, del contacto con las cosas nuevas. Era la primera vez que viajaban en ferrocarril.

Cuando llegaron a Odessa, sin embargo, aquellas cosas nuevas se volverían desagradables. Yetta poco sabía de cómo funcionaban las cosas allí, en la puerta de salida de muchos emigrantes del este, el lugar perfecto para que los desaprensivos se aprovechasen de las gentes desesperadas que trataban de zarpar en el primer buque. Un pasaje a América era un bien muy codiciado y en Odessa se amontonaban los ahorros de muchas personas que trataban de huir el continente. Donde están los ahorros de los desesperados, están los depredadores sin conciencia. La pobre mujer compró unos billetes de barco que nunca llegaron a sus manos. Fue estafada. El dinero por el que su marido había trabajado en América durante más de dos años se esfumó en un abrir y cerrar de ojos. Descubrió que ni siquiera vendiendo —o malvendiendo— sus joyas podía reunirlo de nuevo. Cuando la gente que aguardaba en el puerto vio su estado de desesperación, se produjo una reacción; organizaron una especie de colecta para recaudar el precio de los billetes. Así, finalmente, Yetta y sus hijos pudieron embarcar. El viaje no fue agradable para el pequeño Meyer. Debido al mal tiempo, el buque se agitaba movido por el oleaje y Meyer conoció ese infierno en la tierra llamado mareo. Se sintió muy enfermo durante buena parte del trayecto, aunque habiendo aprendido en Grodno que lo propio era ocultar el sufrimiento, pasaba buena parte de las horas del día escabulléndose entre la multitud de pasajeros de clase baja, para que su madre no lo viese vomitar. Llegó a América vistiendo todavía pantalones cortos, pero ya se había empezado a endurecer.

Los Suchowljansky descubrieron que su padre, antaño un bien situado empresario, había pasado aquellos dos años planchando ropa en una lavandería, completando jornadas interminables a cambio de un pobre sueldo. Y así continuó. La paga mal alcanzaba para pagar el alquiler y la comida. Pronto tuvieron que mudarse de un apartamento malo a otro todavía peor. La familia estaba finalmente reunida, sí pero la vida en Nueva York empezaba a ser casi tan miserable como en Grodno, aunque al menos ya no tenían que preocuparse por los pogromos. América no ofrecía una existencia más fácil en lo económico, pero tenía sus ventajas. Max y Yetta podían llevar sus hijos a la escuela pública; fue al inscribirlos cuando decidieron cambiar el apellido familiar, indescifrable para los angloparlantes, por la versión americanizada, Lansky.

En Grodno, Meyer había sido un niño estudioso y aplicado. No le costó adaptarse a la escuela estadounidense, aprendiendo el idioma con mucha rapidez y mostrando una singular brillantez que lo distinguía entre sus compañeros; le gustaban sobre todo los números, las matemáticas (más tarde, ya convertido en un exitoso criminal, contrató a un matemático para que compitiese contra él en ejercicios de cálculo mental). Pero con el tiempo empezó a desentenderse de los estudios. Las calles del Lower East Side comenzaron a ejercer una poderosa atracción sobre él. Al contrario que muchos de sus futuros colegas mafiosos, su aspecto no intimidaba lo más mínimo. Era enclenque, de pequeño tamaño para su edad —según Lucky Luciano, «medía una cabeza más que un enano»— , con expresión afable y unas características orejas de soplillo. En apariencia, cualquier otro chaval podría derribarlo de un simple bofetón. Pero él era duro. Nada le intimidaba.

Lucky Luciano. Foto New York Police Department (DP)
Lucky Luciano. Foto: New York Police Department (DP)

Además se valía de otras armas: también en los asuntos de la calle era muy, muy listo. Se sintió fascinado por los juegos de azar; en casi en cada esquina de aquellos barrios los chavales jugaban a algo con dinero de por medio, y descubrió cómo impresionar a los demás por su habilidad para las apuestas. Dados, naipes… Meyer no tardó en relacionar la mecánica de los juegos de azar con sus queridas matemáticas; era todo una cuestión de números y un poco de suerte. Envalentonado, empezó a meterse en algunas timbas, jugándose el dinero que sus padres le daban para hacer la compra. Al principio tuvo una buena racha; varias veces pudo regresar a casa con la compra hecha y algunos dólares extra para sí mismo. Hasta que un día lo perdió todo. Volvió a casa con las manos vacías, para consternación de la familia, que se había quedado sin nada para comer. Aquello fue un duro golpe en su autoestima y le hizo cambiar de actitud. Decidió que nunca volvería a jugar si no tenía la garantía de que iba a salir ganando, lo cual iba a definir la mentalidad con la que más adelante triunfaría en el mundo del crimen. Hiciese lo que hiciese, debía asegurarse siempre de que tenía algún tipo de ventaja previa.

Dejó de participar en las timba donde no notaba que podía convertir su capacidad de cálculo en una ventaja definitiva, pero le gustaba mirar y aprender, así que su presencia en las partidas continuaba siendo habitual. No era raro que alguna partida degenerase en discusión o pelea, porque había mucho tramposo suelto y también mucho jugador suspicaz que no sabía perder y veía trampas hasta donde no las había. Cuando la cosa no iba con él, solía apartarse unos pasos para quedarse fuera de la acción. Pues bien, un día en que Meyer contemplaba una de tantas partidas entre adolescentes, a varios de los cuales no conocía demasiado, la cosa terminó mal. Todos empezaron a pegarse y el asunto subió de tono cuando uno de los pandilleros sacó una pistola. No llegó a disparar; quizá pretendía intimidar a sus adversarios, poco más. Pero hubo un chaval que no se dejó intimidar. Se dirigió hacia el pistolero y, como si no le importase la posibilidad de ser tiroteado, forcejeó con él hasta que el arma cayó al suelo. Se agachó y se hizo con ella. Este otro chico sí parecía dispuesto a disparar. Parecía estar loco. Era, cómo no, Benny Siegel. Entonces Meyer escuchó el silbato de un policía que se acercaba corriendo, atraído por el tumulto. Y actuó como un resorte, con ese instinto para la preservación que desarrollaban los delincuentes juveniles, se acercó a Siegel y le dio un golpe en la mano. La pistola volvió a caer al suelo y la policía no pudo verle empuñándola. Siegel se mostró agradecido y desde aquel mismo momento se hicieron amigos. Durante los años venideros, en incontables ocasiones, se defenderían en mitad del despiadado fragor de los bajos fondos neoyorquinos.

Los italianos

Llegas mucho más lejos con una palabra amable y una pistola que solamente con una palabra amable. (Al Capone)

Meyer Lansky, como ya narramos en una serie anterior, se hizo amigo de un chaval siciliano llamado Salvatore Lucania. Aunque pertenecían a grupos étnicos diferentes, descubrieron que sus personalidades encajaban y tenían una misma visión de cómo dedicarse a la delincuencia, minimizando los riesgos y maximizando las ganancias, lo cual implicaba saber cuándo emplear la fuerza y cuándo la diplomacia. Todavía eran jóvenes e inexpertos, pero tenían claro que si querían progresar en los bajos fondos debían utilizar la cabeza para obtener una ventaja decisiva sobre aquellas otras pandillas que únicamente sabían emplear la violencia de manera indiscriminada. Lucania sabía cómo imponer respeto y cuando le obligaban a pelear no se andaba con remilgos, pero era demasiado listo como para no entender que exponiéndose de continuo terminaría con alguna bala en el cuerpo. Su perspectiva se terminó de confirmar cuando, al poco de cumplir la mayoría de edad, pasó su primera temporada entre rejas por traficar con drogas. No le quedaron ganas de repetir. Como Meyer, empezó a mantenerse alejado de la acción directa siempre que le fuera posible. Para eso ya estaba Benny.

Lucky Luciano y Meyer Lansky en 1932. Foto: DP.
Lucky Luciano y Meyer Lansky en 1932. Foto: DP.

Lucania y Lansky formaron una alianza entre sus respectivas pandillas. Ellos dos tramaban las estrategias y negociaban con terceras partes. Incluso empezaron a invertir en negocios legítimos, como una manera de blanquear dinero y guardarse las espaldas. Los demás miembros de las dos bandas ejecutaban las órdenes. Siegel era, con diferencia, el más temerario a la hora de ponerlas en práctica. No parecía tenerle miedo a nada. Algunos de sus compinches, incluyendo el propio Luciano, recordarían después cómo se lanzaba a pecho descubierto hacia los adversarios hasta en mitad de un tiroteo, incluso antes de que el tiroteo hubiese empezado. Parecía estar enganchado a la descarga de adrenalina. Se comportaba como si desdeñase la muerte, algo que lo hacía particularmente temible. Su temperamento era explosivo. Tenía una tendencia no pocas veces inoportuna a las explosiones de ira.

A principios de los años veinte, Meyer Lansky y Charlie Luciano —que este era el nuevo nombre americanizado de Salvatore Lucania— estaba haciéndose un nombre en el hampa de Nueva York. Las circunstancias estaban a favor de los jóvenes brillantes como ellos. El crimen organizado estaba multiplicando su poder gracias a la Ley Seca, pero esto requería de algo más que un ejército de pistoleros. El tráfico de alcohol expandió de tal manera la magnitud de los negocios ilícitos que los grandes jefes criminales, forzados a delegar sectores enteros de sus florecientes imperios, empezaron a buscar nuevos talentos capaces de hacerse cargo de una gestión elaborada. Las calles, sí, estaban llenas de matones que podían pegar tiros, asestar puñaladas e incluso poner bombas sin pestañear. Lo que no abundaba tanto eran los jóvenes inteligentes capaces de hacerse cargo de los negocios también en los despachos. Individuos que debían conocer la ley de la calle, pero también acostumbrarse a tratar con abogados, autoridades, etc. Que debían manejar grandes cantidades de dinero. Cuando aparecían jóvenes brillantes, se convertían en cotizados lugartenientes que no tardaban en encontrar lucrativos trabajos junto a las figuras delictivas más importantes. Cuando el gánster Johnny Torrio descubrió al veinteañero Al Capone, entendió que podía hacer mucho más que pegar palizas y ejecutar encargos sangrientos, así que se lo llevó a Chicago para convertirlo en su mano derecha. El resto es historia. De manera similar, el importante hampón judío Arnold Rothstein tomó bajo su protección a Charlie Luciano y Meyer Lansky, asimilando en su organización a las dos bandas que ambos lideraban. La organización de Rothstein era por entonces era la más boyante del ámbito delictivo.

Al contrario que muchos otros jefes criminales de su época, Arnold Rothstein provenía de una familia adinerada, muy bien relacionada con la alta sociedad neoyorquina. Su padre, Abraham Rothstein, había sido un hombre de negocios de tan intachable reputación que un gobernador del estado se había referido a él como «Abe el Justo». La atracción hacia la delincuencia de su hijo Arnold nunca se debió a la necesidad. En la familia no faltaba de nada. Podían dedicar bastante tiempo a la formación religiosa y cultural, cosa muy valorada por el matrimonio. El hermano mayor de Arnold terminaría convirtiéndose en rabino. Él, sin embargo, dio muestras de tener un carácter problemático ya desde la infancia. Como Meyer Lansky, su inteligencia y su habilidad para las matemáticas se convirtieron en un arma de doble filo cuando descubrió que además de aplicarlas en la escuela podían servirle en los juegos de azar de la calle. Terminó creando su propio negocio de apuestas. Llegó a tener un papel protagonista en los escándalos de compra de partidos en la liga de béisbol durante 1919, lo cual hizo que F. Scott Fitgerald tomase a Rothstein como referencia para perfilar uno de los persdonajes (Meyer Wolfsheim) de la novela El gran Gatsby.

El imperio de Arnold Rothstein alcanzó la cúspide en lo más florido de la era de la Prohibición. En 1925 ya se había convertido en el traficante de alcohol más importante del país; por entonces Al Capone todavía se estaba adaptando a la jefatura en Chicago. De temperamento refinado en las formas, aunque no siempre fácil de tratar, Rothstein desdeñaba los códigos de comportamiento callejero y apenas se esforzaba por resultar simpático en los ambientes criminales. Cultivaba un aspecto sofisticado y elegante, jactándose de su origen burgués. Era sin duda un hombre petulante y engreído, pero también era muy brillante; baste decir que se le conocía como «el cerebro». Pues bien, trabajando junto a Rothstein, Luciano y Lansky aprendieron con rapidez muchas cosas importantes acerca de la manera idónea en que debían manejar los asuntos criminales. Sobornos mejor que disparos. Procurar la adecuada satisfacción monetaria de sus socios. Bajo sus órdenes empezaron también a ganar mucho, mucho dinero. Luciano, que no había cumplido la treintena, se llevaba unos beneficios de cuatro millones de dólares al año. Por entonces, el joven e impetuoso Siegel ejercía de pistolero y aceptaba cualquier misión, por peligrosa que fuese. Aunque su carácter complicaba las cosas a veces, Meyer Lansky nunca dudaba de su lealtad. Por ende, tampoco dudaba Luciano. Empezaron a permitirle llevar sus propios negocios. Cuando tenía la mente fría, Bugsy demostró que era despierto y se manejaba bien con los números.

La organización de Rothstein no iba a durar mucho tiempo, por culpa de su punto débil: la adicción al juego. En 1928, durante una partida de póquer organizada por el tahúr George McManus (no confundir, claro, con el legendario dibujante del mismo nombre), Rothstein perdió medio millón de dólares. Haciendo gala de su característica actitud desdeñosa, se negó a aceptar la derrota y alegó que sus rivales se habían puesto de acuerdo para hacer trampas. Pese a la insistencia de sus deudores, continuó en la misma actitud durante meses. Cuando se dieron cuenta de que nunca iba a pagar su deuda planearon una emboscada. McManus organizó una falsa reunión de negocios en un hotel. Arnold Rothstein acudió, convencido de que para sus acreedores los tratos que ofrecía valían más que una deuda de juego. Se equivocó. Fue acribillado a balazos y murió en un hospital a las pocas horas.

Al contrario de lo que solía suceder en los grandes grupos delictivos de la época, el imperio de Rothstein no fue heredado en bloque por un nuevo jefe. En ausencia de un elemento unificador, sus antiguos subordinados se repartieron el pastel y se marcharon cada uno por su lado. Esto implicaba que Luciano, si quería sobrevivir en medio de la feroz competencia, debía unirse a otra organización importante. No le costó demasiado encontrar un puesto de privilegio en la mafia siciliana de Nueva York, cuyo jefe, Joe Masseria, también vio sus cualidades y pronto lo convirtió en su mano derecha. Pero Masseria era un mafioso de la vieja escuela y no aprobaba la estrecha colaboración de Luciano con sus amigos judíos. Por primera vez, el «gang de Meyer y Bugs» se veía apartado de sus aliados italianos. Al menos sobre el papel, porque Luciano se limitó a fingir que ya no tenía trato con ellos, cuando en realidad seguían hablando entre bastidores. Luciano nunca estuvo cómodo con Masseria, a quien consideraba un hombre inculto y cerril. Tenía claro que, si alguna vez había problemas, su mejor opción era recurrir a Bugsy. Y la ocasión no tardaría en presentarse.

Asesinatos S.A.

El cuerpo de Joe Masseria tras el asesinato. La carta que sostiene Joe Masseria la colocó el fotógrafo para darle más drama a la imagen. Foto
El cuerpo de Joe Masseria tras el asesinato. La carta que sostiene Joe Masseria la colocó el fotógrafo. Foto: New York Police Department (DP)

Los acontecimientos tomaron un giro inesperado cuando desde Sicilia apareció Salvatore Maranzano, otro mafioso de la vieja escuela que estaba dispuesto a desplazar a Masseria de su trono. Se desencadenó una guerra en las calles neoyorquinas. Luciano, entendiendo que su jefe la iba a perder, decidió traicionarle. Decidió que Benjamin Siegel se encargase de formar un comando de ejecución para eliminar a Masseria; era el nacimiento de un grupo que con el tiempo sería bautizado por la prensa como Murder Inc., «Asesinatos S.A.», el brazo ejecutor de la mafia neoyorquina. Al frente de Murder Inc. Siegel iba a ejecutar algunos de los asesinatos más importantes en la historia de la mafia estadounidense.

Una noche, mientras Luciano cenaba y jugaba a las cartas con Joe Masseria en un restaurante, pidió permiso para ir cuarto de baño. A los pocos segundos entraron en el local cuatro hombres armados: Busgy Siegel iba en cabeza, como de costumbre, seguido de Vito Genovese, Joe Adonis y Albert Anastasia. Vaciaron sus cargadores sobre Masseria, que murió en el acto. Después Luciano llegó a un acuerdo con el vencedor de la guerra mafiosa, Salvatore Maranzano, pero pronto la desconfianza empezó a reinar entre ambos, así que Lucky volvió a encargar a Siegel que eligiese a algunos hombres para asesinar a Maranzano. Haciéndose pasar por policías y fingiendo que efectuaban una redada, Siegel y sus acompañantes sorprendieron a Maranzano su despacho, donde lo apuñalaron y tirotearon. Luciano no se quedó ahí. Se proclamó nuevo jefe de la mafia y comenzó una campaña de ejecuciones a nivel nacional para eliminar a todo aquel jefe de la Cosa Nostra al que considerase incompatible con la visión del negocio que planeaba imponer. Un puñetazo sobre la mesa que borró toda oposición. Luciano era el nuevo rey. Lo cual, entre otras muchas cosas, significaba que sus amigos judíos iban a convertirse en los principales socios y colaboradores de la Cosa Nostra italoamericana. Meyer Lansky empezó a ejercer, ya sin disimulo, como consejero personal de Luciano y como tesorero general del «Sindicato del Crimen».

Estando tan cercano al hombre que gobernaba el crimen y al cerebro en la sombra, Bugsy empezó a desarrollar nuevas funciones. Pese a su naturaleza violenta, bien conocida en las calles, Bugsy había empezado a desarrollar una nueva faceta. Cuando no estaba metido en tiroteos o no se dejaba llevar por la ira hablaba con suavidad y, pese a su origen humilde, se esforzó en ofrecer una imagen sofisticada. Vestía de manera impecable y gustaba de codearse con la alta sociedad. Esto lo convirtió en enlace perfecto con diversas autoridades a las que agasajaba mediante dinero, regalos, fiestas, mujeres y demás sobornos. Siempre que se necesitaba «ablandar» a políticos, jueces o jefes de la policía, Siegel y Frank Costello eran los individuos idóneos, mientras Luciano y Lansky, en la medida de lo posible, preferían permanecer en la sombra. Tras el ascenso de Luciano, de hecho, Siegel pasó una temporada sin tener problemas con la ley, pese a estar metido de lleno (y de manera muy visible) en actividades criminales. En una ocasión le multaron con cien dólares por un asunto de apuestas en Florida. En otra ocasión fue detenido mientras acompañaba un camión repleto de alcohol, pero también se escabulló con una pena irrisoria. Eso sí, como era demasiado importante como para dirigir en primera persona Murder Inc., el escuadrón terminaría pasando a manos de Albert Anastasia y Louis «Lepke» Buchalter, uno de sus antiguos compañeros en la banda de Lansky. Esto no significaba que su gusto por la acción y la sangre hubiese disminuido lo más mínimo, y su fogoso carácter lo llevó a continuar participando en guerras callejeras pistola en mano.

Waxey Gordon era un traficante de alcohol que había sido aliado de Luciano y Meyer Lansky hasta finales de los años veinte. La asociación empezó a resquebrajarse cuando Gordon se dejó llevar por la ambición y empezó a intentar apoderarse de algunos de sus territorios. Luciano y Lansky empezaron respondiendo con su característica astucia y, en vez de intentar resolver el problema a tiros, decidieron investigar las cuentas de su adversario. Cuando obtuvieron la información que necesitaban, se la proporcionaron al FBI, que montó un caso penal contra Gordon por evasión de impuestos y delito fiscal. Dicho y hecho, en 1933 estaba sentado ante un tribunal y poco después sería condenado a diez años de prisión. En su banda no se lo tomaron a bien. Siguieron causando problemas en Nueva York. Tantos, que Luciano y Lansky llegaron a limar asperezas con uno de sus tradicionales adversarios, Dutch Schultz, para formar una alianza temporal. El objetivo era erradicar de una vez por todas lo que quedaba de la molesta organización de Gordon, pero los miembros de esta se revolvieron como gato panza arriba y decidieron que la mejor defensa era un buen ataque. Uno de ellos, Frank Anthony Fabrizzo, acechó el cuartel general de la banda de Meyer y Bugs. Trepó al tejado y dejó caer una bomba casera por el hueco de la chimenea. Aunque la explosión no resultó mortal sí causó diversos heridos, entre ellos el propio Siegel. Como era de esperar, Bugsy no pudo pensar en otra cosa que en la venganza. Podría haber delegado la ejecución de esa venganza en los siempre eficaces verdugos de Murder Inc., pero eso no iba con su estilo. Quería hacerlo él mismo, en primera persona. Tras una temporada de convalecencia, se sintió lo bastante recuperado como para lanzarse a la caza y captura de Fabrizzo, a quien vio en Brooklyn junto a uno de sus hermanos. Mató a ambos a tiros. Esa misma noche Siegel había firmado el ingreso voluntario en un hospital para tener una coartada, pero la tapadera no cuajó. Nadie creía que el ingreso en el hospital hubiese sido auténtico y por los bajos fondos de la ciudad se hablaba de que Bugsy había eliminado a los Fabrizzo.

Dutch Schultz. Foto: DP.
Dutch Schultz. Foto: DP.

La nueva alianza también implicaba que Luciano y Lansky debían colaborar en la guerra contra los enemigos de Dutch Schultz. Una vez más, Siegel aprovechó la oportunidad de inmiscuirse en la acción directa. Otra pareja de hermanos, Joey y Louis Amberg, estaban causando problemas a Schultz. Uno de ellos, Louis Amberg, era conocido por el irónico apodo de «Pretty», pese a que no era demasiado agraciado; tenía la costumbre de clavar tenedores a quienes le enfadaban. Uno de los damnificados de su ira fue el celebérrimo cómico Milton Berle, que tuvo la desdichada ocurrencia de burlarse de Amberg desde el escenario mientras pronunciaba un monólogo. Amberg no se lo tomó muy bien, y como recuerdo de aquella infausta noche Berle se fue al hospital con la marca de un tenedor en la cara. Pues bien, pronto el iracundo «Pretty» fue encontrado en el interior de un automóvil en llamas. Su asesinato nunca fue resuelto, pero todas las habladurías señalaban a Siegel como autor principal.

En cuando al otro hermano, Joey Amberg, varios miembros de Murder Inc. le sorprendieron en un taller mecánico y, en el más tétrico estilo de los hombres de Capone, le hicieron ponerse contra la pared para acribillarlo a modo de fusilamiento. Aunque tampoco en este crimen había pruebas de la participación de Bugsy, también se corrió la voz de que había encabezado a los verdugos. Como se ve, la fama de sanguinario de Siegel iba en aumento, y llegó al clímax poco después. La guerra contra los enemigos de Schultz dio un giro inesperado cuando su principal lugarteniente, Abe Weinberg se revolvió contra él. Se daba la circunstancia de que Weinberg había sido amigo de Siegel desde la infancia; siendo niños, ambos habían correteado juntos por las calles neoyorquinas. Esto era un hecho bien conocido, pero Bugsy tuvo claro cuáles eran sus lealtades y, pese a haber podido evitarlo, una vez más quiso encargarse del asunto en primera persona. Engañó a Weinberg para que lo acompañase en su coche hasta un rincón solitario en la orilla del East River. Una vez allí, lo mató a golpes, empleando un bate de béisbol. Después apuñaló el cadáver para que no flotase y lo arrojó a las aguas. Siegel había mandado un claro mensaje a los bajos fondos: tal vez ahora se vestía con corbata y se codeaba con políticos, pero no iba a tolerar que nadie pensara que se había ablandado.

El mensaje llegó hasta el último rincón de Nueva York. Sin embargo, todo aquel derramamiento de sangre iba a tener su contrapartida. Había hecho muchos enemigos en la ciudad y varias facciones habían puesto precio a su cabeza a causa de los asesinatos que había cometido y puede que también algunos en los que no había participado pero que de igual modo se le atribuían debido a su fama. El ambiente estaba tan caldeado que Lansky, preocupado por la seguridad de su viejo amigo, le sugirió que se marchase a la otra punta del país, a California. Allí la organización de Luciano todavía no estaba establecida. Necesitaba a alguien capaz de poner en marcha importantes negocios. Bugsy hizo las maletas y se mudó a Los Ángeles. Allí iba a encontrar el entorno perfecto para revestirse de un nuevo glamur que jamás hubiese alcanzado quedándose en su ciudad. De manera sorprendente, Benjamin Siegel iba a convertirse en una estrella de Hollywood. Y sin necesidad de aparecer en ninguna película.

(Continúa aquí)

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3 comentarios

  1. Pingback: Bugsy Siegel (II): Asesinatos S.A

  2. Muy buen artículo!!

  3. Pingback: Programa de entretenimiento de vacaciones. 2. Segunda semana (del 6 al 12 de agosto) | Español con ritmo

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