
Quizá la mejor manera de definir a Alberto Rodríguez (Sevilla, 1971) sea parafrasear a su amado John Ford y decir que no es más, pero tampoco menos, que un hombre que hace películas. Un contador de historias que ha conseguido convertir su pasión en su oficio, compartiéndolo además con el mismo grupo de amigos con los que empezó a hacer cortos y a soñar que todo era posible. Hoy es uno de los directores más importantes de este país, pero su humildad y sencillez denotan que tal vez él aún no se haya enterado. Nos encontramos en San Sebastián, donde se encuentra presentando su última película, El hombre de las mil caras, un thriller político sobre Francisco Paesa, el espía que escondió, y finalmente entregó, al forajido Luis Roldán. La terraza del Hotel María Cristina está abarrotada, pero en cuanto se levanta Paesa (digo, Eduard Fernández) de su mesa en la terraza corremos a ocuparla y nos instalamos en ella una hora y media, justo el tiempo que nos dan de tregua las nubes de San Sebastián.
¿A dónde soñabas llegar cuando cogiste una cámara por primera vez?
Digamos que el «superobjetivo», lo máximo a lo que aspirábamos y que decíamos todos los del grupo que empezamos a hacer cortos, era «ojalá algún día podamos hacer una película».
Y ya van siete.
Sí… ha ido la cosa bien. No sé cómo. Ahora ya me pasa menos, pero durante mucho tiempo tenía la sensación de que iban a descubrir que era un impostor y me iban a decir «tú no eres, tú no tienes que hacer películas».
Quizá uno de los ejes principales de estas siete películas es una voluntad por tu parte de retratar la realidad. Tengo entendido que lo primero que hacéis al empezar una película es documentaros de forma muy exhaustiva, ¿no?
Lo primero es el tema. Encontramos un tema que de pronto nos parece interesante, y empezamos a hacernos preguntas. Hablamos mucho de eso, de qué va a ir esta película. Y luego sí es cierto que hacemos un proceso de documentación muy largo, en todas. Vamos, desde 7 vírgenes creo que he tratado (bueno hemos tratado, Falete y yo, digo, Rafael Cobos y yo) de documentarnos todo lo que hemos podido. En 7 vírgenes hasta salimos una noche con chavales para ver… Que a los diez minutos nos dieron esquinazo, pero bueno, lo intentamos por lo menos. Suele ser muy surrealista la fase de documentación. Por ejemplo, también en 7 vírgenes, que era una película sobre la periferia, sobre los chavales que son carne de cañón, pero también sobre el crecimiento, pues leímos Peter Pan, que era el libro sobre el crecimiento por antonomasia. O sea que la documentación es como una especie de cajón de sastre en el que vamos metiendo todo lo que toque de una manera u otra el tema. En La isla mínima, por ejemplo, tú ibas a mi casa y parecía que fuera un psicópata, porque tenía todo lo que encontré sobre crímenes, asesinatos… literatura de crímenes… Y, claro, era como: pero ¿quién vive aquí? [Ríe].
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No le ha preguntado por la influencia de Il Divo, de Paolo Sorrentino, en El hombre de las mil caras, que a mí me parece muy evidente desde el principio, con la música muy cañera. Y, de otro lado, me gustaría saber si Alberto Rodríguez ha visto Polisse, de la francesa Maewen. Me pareció que la escena del baile de Grupo 7 podía haberse inspirado en la escena en que los policías de Polisse van a la discoteca después de un día muy movido.
Creo que 7 Vírgenes y Grupo 7 son sus mejores películas. La Isla Mínima me parece sobrevaloradísima, y cuenta con el Ben Affleck español: Raúl Arévalo.
buenísima entrevista
Muy buena entrevista. Alberto Rodríguez me parece un gran director.
No estoy tanto de acuerdo, en que un director de cine es igual de importante que un entrenador de fútbol, aunque él dice que tampoco se fija tanto (no descuida) en el aspecto formal, yo creo que sí, un director de cine es el responsable de lo que se ve y como se ve, por lo tanto su influencia al lado de un entrenador (motivar y equilibrar) es más práctica y en cierto modo más vital.
¡Gracias!