Una de galos y romanos

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Norma (Maria Agresta). Fotografía: Javier del Real / Teatro Real.

«Estamos en el año 50 antes de Jesucristo. Toda la Galia está ocupada por los romanos… ¿Toda? ¡No! Una aldea poblada por irreductibles galos resiste todavía y siempre al invasor…». Durante mucho tiempo, todo lo que supe de la Guerra de las Galias fue la versión simpática que cuentan los tebeos de Astérix. Luego, en el bachillerato, el «Gallia est omnis divisa in partes tres» agría mucho el carácter. Estoy casi seguro de que para entonces ya había escuchado Norma; porque, ¿quién no ha escuchado algo de Norma? Aunque sea un trocito: nadie. Y aunque se estrelló en su estreno en la Scala, en 1831 («¡Fiasco! ¡Fiasco! ¡Solemne fiasco!»), prontísimo comenzó a gozar de una fama tan desmesurada, fuera también de los teatros, que ha terminado por convertirse en la favorita de los creadores de anuncios de perfume.

Me parece que es más difícil acercarse a óperas muy conocidas que a otras que lo son menos, porque se llega a la butaca muy condicionado: uno tiene en el oído bastantes Normas memorables y la tentación comparativa (ese vicio tan detestable de los críticos de puntuar lo que están oyendo según se parezca más o menos a la versión que tienen idolatrada) salta salvo que uno se contenga. Soy de la opinión de que uno debe ser hospitalario (le tomo la expresión a Mayorga) con el espectáculo que va a ver, porque luego siempre está el entreacto para refunfuñar sobre el director de escena o aquel clarinete impertinente. Pero es que con Norma llegamos al extremo de tener versiones sacralizadas que no hemos podido ni escuchar. Por ejemplo, la de Giuditta Pasta, la soprano para la que Bellini escribió el personaje, o la de la Malibrán, que fue todo lo que una mujer del romanticismo tenía que ser. De las que hay grabaciones, quien más quien menos ha escuchado a la Sutherland o a la Caballé. Y sin duda, a la Callas.

La «contaminación» a la que se expone quien escribe sobre estos asuntos es exagerada: las críticas anteriores, las notas de prensa, lo que te cuenta el director del teatro, el director de escena, el maestro… Todas esas tentaciones las combato heroicamente con mi ignorancia, aunque me malicio que es un problema que se agrava con la edad. Confesaré que voy más a las ruedas de prensa por ver a los «críticos de verdad» que a los directores de la próxima función. Son personajes deliciosos: discutiendo sobre si fulano de tal dio el sol como tenía que darlo, que si aquel ya tuvo problemas con el fiato en no sé dónde, que si todo el mundo sabe que la grabación buena de esto es esta.

Norma es bel canto. Quizás «la ópera belcantista», esto es: melodías refinadas que se extienden a base del legato, con más preocupación por el lucimiento de las voces (que tienen una dificultad técnica que espanta) que por la orquestación, que suele ser reducida, o como la llaman sus partidarios, «justa».

El libreto que Felice Romani escribió para Norma (y que tiene bastantes préstamos de obras anteriores) cuenta la historia de una tribu gala asediada por las legiones romanas: un conflicto entre dos grandes bandos que permite un conflicto particular entre algunos de sus miembros. Al comienzo de la ópera, los druidas, comandados por Oroveso, su jefe, intentan, a través de oráculos, determinar si es el momento adecuado para atacar a los romanos. Todos están esperando a que aparezca Norma, la poderosa sacerdotisa, para que escrute los designios del dios Irminsul. A nadie se le oculta que los galos están deseando empezar a matar legionarios. Norma entra, revestida de poder y majestad, y les abronca por haber llevado al altar del dios deseos belicosos. Hace los ritos sagrados e invoca a la luna: aún no es el momento de la guerra. A la vez, pululan por allí, alejados, Pollione, procónsul, con el centurión Flavio. Con afán de ser escuetos: Pollione, que tiene dos hijos con Norma, ya no la ama, sino que ahora prefiere a Adalgisa, otra virgen del templo y quiere llevársela a Roma. Lo que inquieta al romano es que Norma se entere del asunto y deje caer su cólera sobre él. Adalgisa está angustiada: quiere a Pollione pero a la vez está anclada al altar por los votos sagrados, así que decide ir a contarle sus tribulaciones a Norma. Le expone sus sentimientos y Norma se apiada de ella porque se identifica en ese mismo relato. Por supuesto (la ópera requiere un drama), le preguntará quién es el mozo por quien suspira: Pollione, ¡oh, fatalidad!

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Adalgisa (Karine Deshayes) y Pollione (Gregory Kunde). Fotografía: Javier del Real / Teatro Real.

Rota de rabia, Norma sopesa asesinar a sus hijos y suicidarse. Para no trillar el argumento de Medea, decide llamar a Adalgisa para pedirle que se ocupe de ellos y que se marche con Pollione, porque ella ha tomado la determinación de morir. Pero ella, habiendo comprobado que su amado procónsul no es un tipo de fiar, no está dispuesta a irse a Roma ni a ninguna parte. Pollione, que es un perfecto gentleman, va a intentar raptarla, porque para eso él representa a la civilización. Norma pierde los estribos, convoca a la tribu, hace sonar los metales de la guerra, que piensa consagrar con la ofrenda sacrificial de Pollione. Norma tiene ahora el poder, así que, cegada, ofrece al procónsul su liberación a cambio de que olvide a Adalgisa. Él se va a negar y ella va a terminar por arrebatarse: amenaza con enviarla al patíbulo con él. Pero, en el momento de formular la acusación, caerá en la cuenta de que ella es responsable de los mismos delitos (ya le había ocurrido esto con el relato amoroso de Adalgisa: Norma es  muy proclive a la empatía). Norma se inculpa, ruega a su padre que se haga cargo de sus hijos y sube, de la mano, con Pollione a la hoguera. Lo que ahora se llama una «relación tóxica».

Norma es un personaje total y en torno a ella gravitan el resto de intérpretes de la ópera: la sacerdotisa poderosa que es capaz de calmar la ira homicida de su pueblo pero también la amante desdichada y abandonada, la mujer colérica, la madre que está dispuesta a asesinar a sus hijos, la virgen sacrílega, la amiga compasiva, la hija que suplica por sus hijos, la traidora. Sobra decir que la destreza con la que la soprano (en realidad, todas las voces de esta ópera) debe transmitir la enorme batalla emocional que lleva encima su personaje es decisiva. Este es el enorme desafío del bel canto: de nada sirve superar la enorme dificultad técnica si no se logra emocionar al público. Como hemos dicho, la ópera tuvo mucho predicamento. Verdi escribió que las melodías de Bellini son «largas, largas, largas», lo que aumenta el riesgo de, si se tiene una mala noche, hacerse muy pesado. Tomemos solo un ejemplo (famosísimo) para dar cuenta de todo esto:

Cuando Norma empieza a cantar «Casta diva» tiene a toda la tribu en contra: todos quieren empezar a degollar romanos. Ella, de una parte como sacerdotisa y de otra como amante, pretende postergar la carnicería. Norma tiene que amansar a su auditorio (a los galos y a nosotros). Tiene que ser creíble (por el poder que ostenta) y dulce (para persuadir). Tal es la eficacia de su melodía que los galos, desposeídos de su ferocidad, cantarán bajo su melodía una especie de salmodia en la que repiten las plegarias de su sacerdotisa. En un sentido literal, los embelesa. Si Norma cantase con frialdad, el sortilegio se desvanecería.

El Teatro Real tiene en cartel Norma hasta el 4 de noviembre, ciento dos años después de su última representación. El primer elenco lo componen Gregory Kunde en el rol de Pollione (justo después de ser Otello), Michele Pertusi como Oroveso, María Agresta haciendo la Norma y Karine Deshayes en el papel de Adalgisa. Dirige la orquesta Roberto Abbado y la escena Davide Livermore. No encontré ni en las voces ni en la orquesta nada que espantase, pero tampoco nada emocionante. Y puede que mi percepción estuviese muy condicionada por la puesta en escena, que me pareció espantosa: todo gira a un enorme árbol sagrado, que lo mismo sirve de altar, que de casa a los hijos bastardos de los protagonistas, que de pira. Y sobre esto, unas proyecciones kitsch, como de telefilm, en las que vemos, de manera absolutamente innecesaria, la cara bobalicona de Pollione mientras Adalgisa se lamenta. Sospecho que deberíamos saber qué sienten los personajes por la música, no por un proyector.

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Plano general con Norma (Maria Agresta), Adalgisa (Karine Deshayes) y Oroveso ( Michele Pertusi). Fotografía: Javier del Real / Teatro Real.

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5 comentarios

  1. Pingback: Una de galos y romanos – Jot Down Cultural Magazine | BRASIL S.A

  2. SrMarlafu

    Hombre, no he podido ir aún, pero el árbol luce impresionante. Y la puesta en escena no puede ser peor que la de Tristan e Isolda por la ENO en Londres, eso sí fue kitsch.

  3. Mmmm….pensaba que tenía mejor pinta pero tu análisis me hace dudar. De todos modos esperando a verla para tener un análisis más objetivo. Gracias por el aporte!

  4. MIGUEL CARREÑO

    Hombre, un artículo entero para contarnos la sinopsis de la obra y dos líneas para decir que la puesta en escena es horrorosa?? Lo primero lo podemos leer en la wikipedia. Una ópera de voces y ni un comentario sobre ellas?? esto era una crítica, un artículo de relleno o simplemente para que sepamos que tiene usted entrada el día del estreno?? Gracias por hacerme perder el tiempo

    • luchino

      A mi no me parece una pérdida de tiempo, soy aficionado a la ópera pero no conozco Norma entera.
      De todas formas, no es probable que un no aficionado se moleste en ir a la Wikipedia a buscar el argumento, tal vez así se consiga que se acerquen más al género. O no, vaya Vd. a saber.
      Animo a los editores a publicar más artículos sobre ópera.

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