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Botánica insólita, códice del mundo desconocido

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Tras cotejar los resultados obtenidos en las pruebas de carbono 14, el botánico no pudo más que abrir los ojos entre el asombro y la euforia: los fragmentos de hojas fosilizadas tenían al menos 43 000 años. Tratándose de un fósil, la cosa no tendría especial relevancia si no fuera porque el código genético de la muestra era exactamente igual al de los especímenes vivos que aún crecían a unos ocho kilómetros del hallazgo. Era un ser idéntico genéticamente, una única planta que llevaba reproduciéndose por clonación durante más de cuarenta mil años. De hecho, otros cálculos alargaban la cifra hasta los 135 000 años. Esa planta nació antes de que unos humanos atemorizados invocasen al bisonte en las paredes de las cuevas de Altamira, antes de que los neandertales desaparecieran de la superficie del globo, antes del inicio de la última glaciación.

Podría tratarse de una especie alienígena nativa al ecosistema de un planeta remoto explorado en las páginas de una novela de Stanisław Lem. Quizá una planta mutada por efecto de un evento incomprensible, como en ese Picnic extraterrestre que describían los hermanos Strugatski o en el Area X de Jeff Vandermeer. Algo extraño, de otro mundo, perteneciente a un relato de ciencia ficción. Pero no. La planta existe, su nombre es Lomatia tasmanica y fue descubierta por el minero y botánico aficionado Deny King en 1937. Por eso se la conoce como acebo de King. Todavía vive un pequeño grupo de ejemplares (técnicamente, el mismo ejemplar) en una zona menor de un kilómetro cuadrado al suroeste de Tasmania, tal y como describe José Ramón Alonso: «esa isla al sur de Australia donde habita el demonio».

La historia del acebo de King es apenas un mínimo fragmento del mapa que Alonso traza en Botánica insólita. Porque si hace tan solo unos días se confirmó el descubrimiento de más de ciento sesenta especies nuevas de animales, no podemos ni imaginarnos la cantidad de flora que todavía nos es desconocida, aunque esté catalogada. ¿Sabían que la flor de la Cornus canadiensis expulsa su polen en menos de un milisegundo, un tercio del tiempo que tarda una bala en salir del cañón de un rifle, y con una aceleración de 2400 g, ochocientas veces la que experimentan los astronautas en el momento del despegue? ¿Que la ingeniería genética permite la creación de plantas detectoras de explosivos, como la que ha desarrollado un equipo de investigación de la Universidad de Colorado, cuyas hojas retiran la clorofila —se blanquean— cuando entra en contacto  con vapores infinitesimales de TNT? ¿Que las tomateras se comunican entre ellas mediante conexiones de hongos simbióticos, lo que les permite intercambiar enzimas para protegerse contra infecciones?

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2 comentarios

  1. Pingback: Neurociencia. El blog de José Ramón Alonso - Botánica insólita

  2. ¡Gracias!

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