Y George Michael derrotó a Michael Jackson

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George Michael, 1985. Foto: Cordon.

En su estelar actuación ante todo el planeta durante la clausura de los Juegos Olímpicos de Londres 2012 (qué mejor londinense para representar a la multicultural capital que este británico de origen grecochipriota) George Michael interpretó una de sus últimas creaciones publicadas, «White Light». En ella, como fue haciendo desde hace años, nos contó con pelos y señales (aunque sin tacos, por aquello de la audiencia) lo que estaba pasando en su vida, que en ese momento no era otra cosa que el esquinazo que acababa de dar a la muerte, una neumonía que le tuvo durante días más allá que acá. «Sigo respirando, amigos… no hay ninguna luz blanca y no estoy acabado, estoy vivo».

También nos confesaba que aún tenía mucho que hacer con la música. Que quizá la música le había salvado. Para alguien que compuso su primera canción a los dieciséis años, su reflexión tenía todo el sentido.

Ahora, tras su inesperado fallecimiento, sabemos que estaba ya preparando un nuevo disco. Y aún más, que tenía material para casi tres álbumes sin publicar desde hacía años. Además de otros proyectos inacabados como ese prometedor Trojan Souls (que incluía un dúo con Sade, entre otros, lo que este periodista hubiera dado por ver a sus dos artistas favoritos interpretando un tema juntos…).

Sin duda ya hace años que George Michael había llegado a la conclusión de que el elemento más sólido al que podría agarrarse en su desordenada vida de adicciones, pérdidas, insatisfacciones, amores —en pareja y libres— y escándalos diversos era la música, a la que él había dado tanto desde los lejanos ochenta. Porque, aún hoy, todavía queda en mucha gente ese inmerecido poso de cantante pop de cara bonita, temas pegadizos y baladas llenapistas (aunque estas sean auténticos referentes, como «Careless Whisper»). Cuando ha sido, para empezar, una de las voces más prodigiosas de la música popular (así, a secas) del último medio siglo, con unos inconfundibles registros vocales amplios y complejos, llenos de matices, capaces de moverse de los graves al falsete con asombrosa naturalidad. Que se lo digan a los miembros de Queenque le miraban boquiabiertos mientras ese guaperas con apenas veintinueve años interpretaba de forma tan brillante como lo hacía el mismísimo Freddie Mercury un tema tan desafiante como «Somebody to Love», precisamente en el fastuoso homenaje al gran showman en Wembley. Y, al igual que May, Taylor y Deacon, millones de personas (incluido un humilde servidor y también David Bowie y Seal, que le observaban absortos en los ensayos en una joya de documento) nos dimos cuenta ese 20 de abril de 1992 de que ese «forracarpetas» de adolescentes que ya vendía millones de discos no era solo otro producto prefabricado más de una discográfica. Era también un vocalista excepcional. Uno de los más grandes. George Michael diría después que ese concierto había sido el momento más exultante de su carrera.

Pero detrás de ese chorro de voz había mucho más. Él es el autor —letra y música— de prácticamente todos sus temas (contando los de Wham!, claro) y en todos sus discos produce, arregla todos los temas y toca la mayoría de los instrumentos. Y aún tenía tiempo de dirigir algunos de sus hipnóticos y elaborados vídeos (la recopilación de todos ellos en Twenty Five es compra obligada), que su arrebatador carisma delante de la cámara (y a veces detrás) ha convertido en míticos.

Claro que si hay algo que ha hecho George Michael a lo largo de su carrera ha sido sorprendernos. Las más de las veces, por su inmenso talento y su asombrosa capacidad de reinventarse. También por sus patinazos. Y desde hace tiempo por su brutal honestidad.

Tras conocer un enorme éxito con Wham! (su histórico concierto en China, cuyo Gobierno les eligió en vez de a Queen tras ver una foto de George Michael, sigue siendo un símbolo de aquellos años), donde George trató al bueno de Andrew Ridgeley (de quien aún tenía fotos en su casa) con una generosidad que aún hoy conmueve (los primeros planos de su amigo en los vídeos para «interpretar» unos coros que en realidad cantaba George Michael casi sonrojan), decide por fin emprender una carrera en solitario con un giro como pocas veces se ha visto en la historia del pop. Empieza con una puesta en escena embriagadora, por simple y contundente: chaqueta de cuero, vaqueros y botas, una guitarra, gafas de sol, barba recortada con cartabón y una máquina antigua de discos. Y la adereza con su extraordinario tema rockabilly-pop «Faith» y unos movimientos de cadera que habría aplaudido el mismísimo Elvis. George Michael no era aún consciente de que acababa de alcanzar la inmortalidad.

Si además sumamos que aquel disco era un cañonazo en el que cada canción era una maravilla —desde el pop más provocador de «I Want Your Sex» hasta el jazz aterciopelado de «Kissing a Fool» (que luego versionaría Michael Bublé)—, el resultado solo podía traducirse en ventas millonarias, más de veinticinco según las últimas cifras, el Grammy al disco del año y la consideración casi unánime como uno de los mejores discos pop/soul de la historia. Sin haber cumplido aún treinta años, George Michael era una de las más brillantes estrellas del firmamento musical, en una época en la que la competencia no era precisamente de saldo: Michael Jackson, Madonna, Prince… Tanto fue así que en los prestigiosos American Music Awards de 1989, George Michael se alzó con el galardón de mejor artista masculino de R&B/soul, derrotando al mismísimo Michael Jackson (para asombro de George Benson, como se puede ver cuando lee su nombre), que estaba nominado nada menos que por Bad. El bueno de Michael (Jackson) tenía motivos de sobra para sentirse amenazado, puesto que Faith, en aquel año, estaba en cifras de acercarse en ventas al hasta entonces inalcanzable Thriller.

Una vida contada en acordes

Tras el incontestable éxito de Faith empiezan los problemas. Primero, su larga cruzada contra su compañía discográfica, Sony Music, cuya gran víctima fue su segundo disco en solitario, otro sensacional trabajo si no tan comercial y brillante como Faith, sí más maduro y sofisticado (que pasó a la historia por el tema «Freedom» y el vídeo con algunas de las más famosas top models), cuya promoción se vio irremediablemente contaminada por la cruenta batalla, y su éxito fue infinitamente menor que el de su predecesor («solo» ocho millones de discos). George Michael empezaba a estar obsesionado con quitarse de encima su etiqueta de sex symbol y ser considerado como el artista total que era, reivindicando el pop como un género tan prestigioso como cualquier otro.

Después llegó su cantada salida del armario, a lo grande, como no podía ser de otra forma, simbolizado en el fabuloso tema disco «Outside», que lució aún más con esa masterpiece en forma de irreverente vídeo dedicado al policía que le tendió la trampa en unos lavabos públicos de Los Ángeles, Marcelo Rodríguez (que incluso aparece en los falsos títulos de crédito iniciales). Tras aquello, Michael admitió su homosexualidad con orgullo, en alguna ocasión hasta dejando caer —con no poca mala baba— que siempre había pensado en hombres en todas las canciones románticas que había compuesto. Algo que posteriormente él mismo matizó reconociendo que había tenido también una vida previa heterosexual (confirmada por sus exparejas, como la modelo Kathy Jeung que aparece en el vídeo de «I Want Your Sex») y que fue a los veinticuatro años cuando empezó a tener clara su orientación. Si no lo desveló antes fue por miedo a herir a su madre, con quien siempre le unió una relación muy estrecha, y por las presiones de su discográfica, en un momento en el que ser gay (especialmente si gran parte de tu público es del sexo contrario) podría suponer un serio hándicap en una carrera artística, sobre todo en esos malditos ochenta donde los términos homosexualidad y sida aparecían de la mano en demasiados titulares.

George Michael salió fortalecido de todo aquello. Fue ese tipo de saltos de madurez que cambian definitivamente a un ser humano. En su siguiente álbum, Older, un trabajo casi tan fino como Faith —que también supuso un cambio de look igualmente impactante, que sustituyó definitivamente la exuberancia por la elegancia— nos hablaba de nuevo de su vida con la preciosa «Jesus to a Child», dedicada al que fue su primer gran amor, Anselmo Feleppa, que había muerto de sida años antes causándole una profunda depresión. Un momento anímico terrible al que se unió pocos años después la muerte de su madre, su gran soporte sentimental (experiencia también recogida, como todas las pérdidas que sufrió en esos años, en la desgarradora «You Have Been Loved»). Older supuso la luz al final de un largo y oscuro túnel que, como buen genio que se precie, no hizo sino incrementar su vena creativa. Y, ya desatado, lo mismo nos contaba su entusiasmo por el «sexo indecente con desconocidos» (como él mismo lo denominaba) en uno de los mejores dance de los noventa, «Fastlove», como nos narraba ese proceso de maduración en el sobrio y relajante tema que da nombre al álbum.

Esa madurez artística llegó acompañada de cierta estabilidad emocional que le proporcionó su nueva pareja Kenny Goss. A su encuentro y enamoramiento debemos ese temazo llamado «Amazing», que encabezó su último álbum de estudio, Patience, un nueva y brillante mezcla de sentidas baladas, con letras cada vez más personales y elaboradas («My Mother Had a Brother» nos habla del terrible suicidio de su tío y su abuelo), temas discotequeros elegantes y sofisticados («Flawless», «Precious Box») y, cómo no, su habitual ración de irreverencia y provocación de la mano de la intencionadamente bizarra «Freek» y, por supuesto, «Shoot the Dog» donde en un vídeo subversivo ponía a Blair y a Bush Jr. de imbéciles para arriba. Una vena guerrillera que sacaba con frecuencia, enfrentándose a figuras tan poderosas como Margaret Thacher y Rupert Murdoch.

Foto: Cordon.

George Michael no supo, sin embargo, articular su buen momento artístico y sentimental con un equilibrio vital que le aportara sosiego. Sus adicciones a la marihuana (en una de sus últimas entrevistas admitía haber reducido el consumo de porros de veinticinco a ocho al día) y a otras drogas más fuertes, aunque él insistiera que su consumo era esporádico, le llevaron a sufrir una detención y algunos incidentes de tráfico. La prensa británica se cebó con él. Sus problemas de salud empezaron a ser evidentes, y él mismo reconocía en aquella misma entrevista que estaba sorprendido de haber sobrevivido a sus dislates. Tenía absolutamente claro cómo quería vivir su vida (en una de sus últimas composiciones bailables, «Easy Affair», nos lo cuenta al detalle), pero no terminaba de dominar su vertiente autodestructiva.

Al final fue un 25 de diciembre, en plena celebración de las fiestas navideñas, en las que también dejó una huella imborrable en forma de canción melosa y cursi pero irresistible, cuando pasó al Olimpo de los genios que se fueron antes de tiempo, como no muchos años antes habían hecho algunos a los que aquel chico de Londres se había atrevido a mirar a los ojos con un talento que nunca terminó de ser entendido por todos.

George Michael nos deja mucho, pero también se lleva mucho que le quedaba por hacer, como decía en «White Light».

Solo el paso de los años engrandecerá una figura que ahora se percibe demasiado confusa entre su controvertida vida sexual (que varias veces quiso dejar claro que era mucho menos escandalosa de lo que se quería hacer ver, según él dentro de la comunidad gay era considerado «vainilla»), su tortuosa relación con las drogas y una cruda honestidad que, en un mundo en el que prima la impostura, descolocaba más que agradaba. En sus escasas entrevistas era capaz de contar detalles muy íntimos sobre su vida («Sé que puedo tener a cualquier hombre, pero quiero un poco de todo»), probablemente con la única intención de seguir mostrando su perfil más oscuro y deshacerse de una timidez que le condicionó durante años y por la que, en parte, usaba con tanta frecuencia gafas de sol.

Decía en estos últimos años que se sentía mucho más cómodo en el papel de héroe defectuoso, o antihéroe, que en el de Mr. Perfecto que había interpretado durante años.

La envidia desaparece cuando la gente ve tus debilidades. Yo no las veo como tales. Simplemente es cómo soy.

Así, incluso era capaz de reírse de sus adicciones abiertamente como hizo en el programa de James Corden. Qué jugosa habría sido esa autobiografía que decía dejar para más adelante debido a que todavía era un «hombre en proceso de cambio».

Yo tuve la ocasión de verle dos veces en concierto, en 2006 en la gira por sus veinticinco años de carrera, en un concierto en el que daba la sensación de querer bailar más de lo que su cuerpo ya le permitía —algo que no ocurría con su voz, que seguía esplendorosa aun habiendo pasado sus mejores años—, y en la presentación del álbum Symphonica, mucho más cómodo en el papel de crooner que ya había explorado en su disco homenaje a los grandes del soul y el pop, Songs from the Last Century (en el que se encontraba una de las mejores versiones que jamás se han hecho de «Roxanne», de The Police).

Ahora se habla de sus más de cien millones de discos vendidos, de la herencia de su inmensa fortuna, de sus continuas y abundantes contribuciones a causas caritativas, y aún hay quien se atreve a escribir que su inspiración se marchó hace tiempo. También se recuerdan sus sombras, como la evasión de impuestos (que justificó malamente argumentando que no le gustaba pagar a los conservadores) o sus conciertos privados por dos millones de euros ante personajes tan oscuros como Vladimir Putin.

Seguro que el tiempo borrará todo ese ruido para dejar despejado el reconocimiento de uno de los más grandes y talentosos artistas que ha dado la música contemporánea. Y también un ser muy humano, tanto como para reconocer con sinceridad sus defectos y debilidades, y a la vez haber sido lo suficientemente educado como para dañarse solo a sí mismo.

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12 comentarios

  1. aventurero

    Tal y como están ordenados los párrafos, es fácil que el lector se confunda y piense que Outside, la salida del armario y el famoso clip del policía en los baños ocurrió *antes* que el disco Older, cuando fue *después*.

  2. George Michael fue un gran músico, y el modo como vivio sus desastres personales fue realmente digno. Un excelente artículo

  3. Su musica a sido la banda sonora de mi vida con mis alegrias y mis penas tenia una voz prodigiosa,muy buen artículo

  4. Está claro que el autor del artículo era un incondicional de George Michael. Indiscutible que fuera un buen vocalista y un tipo con talento; pero «sólo» eso.

    • Daniel

      Totalmente de acuerdo Yojan, exagerado aquello de «uno de los más grandes y talentosos artistas que ha dado la música contemporánea»

  5. Fantástico articulo.
    Completo y justo con su figura.
    Felicidades

  6. Es más, sus cambios en busca de una coherencia interna le llevaron a ser sacrificado como figura musical por gran parte de la industria y esto paró su meteórica trayectoria comercial en posteriores discos que no su calidad.
    Hay quien confunde el éxito puramente comercial con la calidad musical. Letra, musica, instrumentos y arreglos iban de su mano en casi todos sus temas publicados. Un artista integral con una calidad vocal al alcance de pocos.

  7. Es verdad! muy buena la versión de Roxanne.

  8. No solo un gran cantante, compositor … una excelente persona, honesta y clara.Descansa en paz Leyenda. El articulo le refleja muy bien. Gracias

  9. Thanksforall

    Fantástico artículo. Gracias por este resumen de vida y obra de este personaje, personalmente el mejor en mucho tiempo

  10. Vicente

    Uno de los 10 mejores vocalistas que ha dado la historia de la música. Para los descreídos, busquen en Youtube su versión de «They won’t go when I go», y compárenla con la original, interpretada por un tal Stevie Wonder.

  11. Concha

    Además era guapo, la envidia lo mató.

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