Oliver Cromwell (II): el New Model Army

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Cromwell en la batalla de Naseby (detalle), por Charles Landseer, 1851. Imagen:  Alte Nationalgalerie.

(Viene de la primera parte)

El 4 de enero de 1642, Carlos I de Inglaterra, acompañado por cuatrocientos soldados, irrumpe en el Parlamento inglés para disolverlo, como hace siempre que las propuestas de la cámara no le agradan. Esta vez, sin embargo, los parlamentarios se niegan a someterse. Tienen motivos para resistir, pues aún se extienden los rumores sobre un posible golpe militar encabezado por el rey. Además, ha estallado la guerra en Irlanda y continúa la insurrección escocesa. La posición del monarca en Londres está derrumbándose. Pronto se oye el afilar de espadas cuando el ejército, como la propia Inglaterra, se divide en dos. Las tropas repartidas por todo el país quedarán, dependiendo del lugar, al mando de partidarios del rey o al mando de partidarios del Parlamento. En las ciudades, dominadas por los burgueses y los puritanos, los militares apoyan al bando parlamentario. Lo mismo sucede con la marina. En las zonas rurales, controladas por los aristócratas y la iglesia anglicana oficial, las guarniciones se decantan por el bando realista. Trazando una línea imaginaria, el norte de Inglaterra queda en manos de Carlos I y el sur en manos del Parlamento. Es la primera guerra civil inglesa. De ella emergerá una figura destinada a cambiarlo todo.

Cromwell aparece en escena

Oliver Cromwell tenía cuarenta y tres años cuando estalló la guerra. Su experiencia bélica era nula; sabía montar a caballo y manejar una espada porque, al igual que muchos otros burgueses ingleses de su tiempo, había recibido una instrucción armamentística muy rudimentaria que se impartía ante la posible necesidad de convocar milicias temporales con las que resolver situaciones de emergencia a nivel regional. Pero nunca había combatido y tampoco había recibido formación táctica o estratégica. Como decíamos en la primera parte, ni siquiera había dado muestras de poseer una especial capacidad de liderazgo. Había pasado su vida administrando granjas y yendo a la iglesia, poco más. Sin embargo, como en su reciente etapa parlamentaria se había mostrado más activo que en la de su juventud, y como sus colegas del partido puritano apreciaban su fervor religioso y su compromiso con la causa, le dieron algunas responsabilidades en la preparación de tropas. Cromwell volvió a su región natal, el condado de Cambridgeshire, para hacerse cargo del reclutamiento de soldados. Fue en esa tarea cuando, de repente, el hasta entonces irrelevante Oliver Cromwell empezó a dar señales de una inesperada eficacia. Su primera hazaña fue casi propia de una película de aventuras: los partidarios de Carlos I en Cambridge habían preparado un cargamento de plata para ayudar a financiar al bando realista, pero Cromwell interceptó la caravana al poco de que esta hubiese abandonado la ciudad. Después utilizó todo ese dinero para reclutar un regimiento de jinetes con el que obtuvo su bautismo de fuego durante varias escaramuzas en las que, quizá para sorpresa de sus conocidos, puso a prueba con éxito su valor.

Consolidado como capitán de caballería, su primera actuación de entidad se produjo durante el verano de 1643 en la batalla de Gainsborough. Cabalgando con sus hombres en uno de los flancos, su intervención fue tan brillante que captó la atención de sus superiores. Fue ascendido al rango de coronel. Poco después, durante la batalla de Winceby, sus jinetes desbarataron a la caballería enemiga. Lo mismo sucedió en la batalla de Marston Moor, cuando Cromwell obligó a los jinetes realistas a batirse en retirada. Su prestigio militar estaba creciendo como la espuma y recibió otro ascenso; fue designado teniente general de toda la caballería de su ejército. Sus éxitos sobre el campo de batalla resultaban sorprendentes sin duda, porque hasta entonces no había dado la impresión de tener mejores hechuras militares que el resto de parlamentarios, pero no eran éxitos producto de la casualidad. Contra todo pronóstico, estaba demostrando poseer los atributos necesarios para el mando militar. Para empezar, era combativo y valiente; siempre cabalgaba junto a sus hombres en primera línea y en una ocasión incluso sufrió una herida en el cuello (aunque no fue grave pues, tras hacerse vendar, regresó a la batalla). Los soldados respetaban su arrojo y no dudaban en seguir a un hombre que lideraba con el ejemplo. Otra característica sobresaliente fue su imprevisto y fogoso carisma mesiánico. Aunque la guerra era de carácter político, el factor religioso tenía también mucho peso y las arengas de Cromwell solían adoptar un tono bíblico, produciendo en sus oyentes la impresión de que no se estaba librando una guerra civil, sino una cruzada. Su fanática convicción y su magnetismo personal le ganaron la adhesión incondicional de sus subordinados más creyentes, quienes sentían que, junto a Cromwell, de verdad peleaban en el bando elegido por Dios.

Semejante fogosidad no implicaba que fuese un oficial irreflexivo, al contrario. Su oratoria era mística y propia de un iluminado, sin duda, y así lo recordarían quienes pelearon junto a él. No obstante, en cuestiones tácticas era muy pragmático. Planeaba las intervenciones de sus regimientos de caballería con la cabeza fría, prestando atención a los detalles más nimios que pudieran inclinar la balanza en su favor. Era muy imaginativo a la hora de concebir sus tácticas y poseía un raro instinto para saltarse las convenciones militares siempre que sentía que la situación lo requería. Por ejemplo, hacía que sus jinetes avanzasen muy juntos, rodilla con rodilla, creando una muralla impenetrable; su caballería, así, cubría un frente muy reducido. Esto era algo que otros oficiales evitaban, sobre todo en campo abierto, porque esa formación prieta convertía a la caballería en un blanco fácil para los mosquetes. Pero Cromwell, guiado por la pura intuición, ignoró esos inconvenientes porque creía que la fuerza de la carga de los jinetes sobre un punto muy concreto de las líneas enemigas conseguiría romperlas. Y su intuición funcionó. La mayor parte de los soldados (de ambos bandos) eran reclutas no profesionales que no sabían cómo detener aquellos asaltos y que, ante el feroz avance de los jinetes de Cromwell, tenían tendencia a salir huyendo en desbandada. Otra novedad táctica de Cromwell fue el prohibir a sus jinetes que persiguieran a las tropas que huían, cosa que hasta entonces era considerada obligatoria porque tal persecución ayudaba a desorganizar el ejército enemigo. Por orden de Cromwell, si sus hombres conseguían hacer retroceder a un sector del ejército enemigo, nunca lo perseguían, sino que se movían de inmediato a otro punto del frente para continuar participando en la acción allí donde la batalla estaba todavía por decidir. Todas estas maniobras excéntricas se salían de todo aquello que los generales ingleses de su tiempo consideraban como el cauce normal de una batalla, pero convirtieron a la caballería de Cromwell, los Old Ironsides (bautizados así por el apodo que se le aplicaba al propio Cromwell), en un regimiento famoso y muy temido. Los oficiales del bando realista, muchos de ellos aristócratas con ideas militares anticuadas y poco flexibles, no sabían cómo hacer frente a las imprevisibles maniobras del diabólico Cromwell. De hecho, ni siquiera sus propios superiores llegaban a entender aquellas inusuales tácticas, pero, viendo que eran exitosas y sabiendo que Cromwell era un oficial leal y fiable, le permitían hacer las cosas a su manera.

Además de victorias, la guerra le trajo un acontecimiento luctuoso. Su hijo mayor Oliver, que estaba acampado con las tropas, murió por causa del tifus. Cromwell no descuidó sus labores militares ni siquiera después de semejante golpe, entre otros motivos porque otro de sus hijos estaba todavía en el ejército. Pero es muy posible que la pérdida de su primogénito contribuyese a acentuar la faceta mística de su visión sobre aquella guerra, tomándose la lucha de manera mucho más personal. En cualquier caso, emergió una faceta inesperada, otra más, de su personalidad. Con el prestigio adquirido, con la fe inquebrantable que inspiraba en sus soldados, y con la autoridad moral que le confería la reciente pérdida de su hijo mayor, Cromwell empezó a considerarse autorizado para expresar su opinión en cuanto al modo en que su bando conducía la guerra. Y resultó ser tan temerario con sus opiniones como lo era sobre el campo de batalla, pues empezó a criticar sin reparos incluso a quienes estaban por encima suyo en el escalafón.

Cromwell había detectado que una de las principales debilidades del bando parlamentario, además de la desventaja numérica, era la ineficacia de la alta oficialidad. Después de que el bando sufriese algunas derrotas, Cromwell, pese a ser todavía un coronel de caballería que debía obediencia a los generales, empezó a acusar a varios de ellos de mostrar poco entusiasmo con la causa, bien porque continuaban sintiéndose cercanos al rey, bien porque pretendían curarse en salud ante la posibilidad de que el bando realista terminase ganando. Los principales blancos de sus diatribas eran los generales aristócratas provenientes de la Cámara de los Lores, quienes, para su gusto, no combatían con suficiente celo. En otras circunstancias, sus superiores le hubiesen apartado de sus funciones ante semejante acusación, pero Cromwell contaba con la lealtad y simpatía de muchos soldados, así que los nobles no se atrevieron a destituirlo. Pronto se hizo patente que la desafección entre Cromwell y el sector más aristocrático de la cúpula militar era un problema que iba mucho más allá de las quejas aisladas de aquel coronel de caballería. Muchos oficiales de segunda fila y muchos combatientes de clase baja se sintieron representados por Cromwell, y suscribieron las críticas expresadas por él. Hubo hasta algunos generales, como su propio superior William Waller, que se pusieron de su lado. Contra todo pronóstico, Cromwell se había convertido en el portavoz de toda una corriente disconforme dentro del ejército parlamentario. Ni siquiera tenía el rango de general, pero ya no se lo podía silenciar, no se lo podía obviar. De repente, Oliver Cromwell era alguien.

Con todo, al menos en lo concerniente al combate, se mantuvo dentro de su papel en el escalafón. Se dio cuenta de que su enfrentamiento ideológico con algunos generales podía afectar a la causa y, para separar lo militar de lo político, propuso que quienes ocupasen un puesto en cualquiera de las dos cámaras parlamentarias renunciasen a los máximos rangos militares, conformándose con puestos de mando intermedios. Con esta idea, él mismo renunciaba a ser ascendido a general, pero también podría apartar del puesto a los nobles menos entusiastas. Además, empezó a insistir sobre la necesidad de reformar por completo el ejército. Hasta entonces era habitual que las tropas estuviesen formadas por los habitantes de cada región, muchos de ellos plebeyos de medios modestos, que peleaban sin cobrar porque habían sido reclutados o porque tenían motivos ideológicos, pero que no querían combatir lejos de sus casas porque no podían dejar abandonadas sus familias y haciendas durante demasiado tiempo. Cromwell proponía invertir más dinero en el reclutamiento y la formación de soldados que cobrasen un salario fijo y que estuviesen, por tanto, dispuestos a embarcarse en campañas que los llevasen a cualquier punto geográfico del país. En otras palabras, Cromwell demandaba un ejército profesional, móvil y flexible. Al principio, sus ideas fueron escuchadas con respetuoso interés, pero desestimadas debido al alto coste monetario que conllevaban. Sin embargo, nuevos reveses en la guerra terminaron convenciendo a los líderes parlamentarios de que la reforma militar propuesta por Cromwell era perentoria. En 1645, se organizó ese nuevo ejército, llamado New Model Army, con una estructura inspirada en las tropas de caballería que Cromwell había comandado hasta entonces. Gracias a esta reforma, además, los puritanos ganaron mayor presencia: seguía habiendo pocos de ellos entre los altos mandos, pero abundaban en los mandos intermedios, que eran los que estaban en contacto directo con las tropas. La reforma cromwelliana del ejército fue, al mismo tiempo, una mejora militar sin precedentes, una inyección de poder para el partido puritano y un espaldarazo para la promoción política del propio Cromwell. La ascendencia que tenía sobre los soldados se trasladó al terreno ideológico. Ya no era un parlamentario cualquiera; ahora se estaba convirtiendo en el hombre a escuchar dentro del bando parlamentario.

Cuando Carlos I engañó a Cromwell

Retrato de Carlos I (detealle), por Daniël Mijtens, 1631. Imagen: National Portrait Gallery.

La medida propuesta por Cromwell de limitar a los parlamentarios el acceso a la cúpula militar le impedía convertirse en general, pero su intervención en batallas subsiguientes continuó siendo importante, ya fuese por sus novedosas ideas tácticas o por el fuego combativo que su carismática presencia insuflaba en las tropas. En la Batalla de Naseby, como de costumbre, desbandó la caballería enemiga. En la batalla de Langport, donde su caballería se enfrentaba al último ejército de importancia que le quedaba a Carlos I, la siempre decisiva presencia de Cromwell ayudó a derrotar al rey. El bando realista todavía presentó una resistencia desesperada durante varios meses, que era una resistencia también inútil. Carlos I terminó rindiéndose en 1646. El Parlamento hizo prisionero al monarca, aunque no lo arrojaron en una celda como había hecho él con sus enemigos, sino que se limitaron a mantenerlo bajo un cómodo arresto domiciliario en el palacio de Hampton Court. La intención de los parlamentarios no era destronarlo. Deseaban todavía que Carlos I accediese a renunciar a buena parte de su poder, a cambio de permanecer como jefe del Estado y, sobre todo, como principal símbolo de la nación. El propio Cromwell, cuyas opiniones políticas eran ahora muy tenidas en cuenta, se mostraba partidario de mantener al Estuardo en el trono, siempre que aceptase todas las condiciones que le fuesen impuestas por los vencedores. Condiciones que Cromwell, reformista, pero todavía monárquico convencido, consideraba razonables.

La casualidad quiso que, justo cuando el Parlamento se estaba reuniendo para debatir sobre la forma de proceder con Carlos, quien seguía sin aceptar las condiciones, Cromwell enfermase y tuviese que permanecer postrado en la cama durante varias semanas. Cuando se recuperó y regresó a su asiento en la cámara de los Comunes, se encontró con que el bando vencedor estaba fragmentado, incluso al borde de una posible ruptura violenta. El sector moderado —personificado en aquellos mismos lores a quienes Cromwell había criticado por su escasa pasión y compromiso militar— deseaba acelerar la reposición del monarca como única garantía de acabar con la inestabilidad que, pese al fin de la guerra civil inglesa, continuaba asolando las islas británicas. Por el contrario, los comunes puritanos preferían esperar a que Carlos se dignase aceptar todas las condiciones de los vencedores porque pensaban que devolverle el trono antes de tiempo haría que la guerra hubiese sido ganada a cambio de nada. Otra grieta mucho más peligrosa se había abierto en el bando parlamentario: los lores pretendían disolver el New Model Army, preocupados ante la percepción de que se estaba radicalizando con rapidez. En efecto, dentro del ejército habían surgido grupos extremistas de toda condición, incluyendo algunos muy minoritarios, pero cercanos a posturas republicanas que podrían ser definidas como antecedentes del socialismo o incluso del anarquismo. El grupo más peligroso, por lo menos a ojos de los lores, pregonaba la soberanía popular mediante un sufragio que incluyese a todas las clases sociales, y un igualitarismo económico con reparto equitativo de tierras y bienes, inspirado en el libro bíblico de Hechos de los Apóstoles, donde se describe cómo algunos de los primeros seguidores de Jesús de Nazaret mantenían todas sus posesiones en común o las vendían para ayudar a sus hermanos de fe. Esta facción era conocida como los Levellers, o «niveladores», un apodo más bien despectivo cuya invención se atribuyó al propio Cromwell, a quien, como burgués, disgustaba la idea de «nivelar el país desde abajo». Los Levellers más radicales llegaban a defender la necesidad de asesinar al rey. No era fácil ignorarlos porque, aun siendo pocos, hacían un ruido considerable. Lo mismo sucedía con otros grupúsculos radicales. Esto no implicaba que los comunes estuviesen dispuestos a que los lores utilizaran la presencia de extremistas como pretexto para disolver el New Model Army, la más poderosa herramienta de influencia de la que ahora disponían los puritanos.

El bando parlamentario, pues, había ganado la guerra para encontrarse al borde de un terremoto interno. Cromwell quería evitarlo y salvar lo que, en su opinión, era lo prioritario: la inmediata construcción de una democracia estable basada en la reforma de la monarquía parlamentaria. Con esta voluntad pacificadora, accedió a ejercer como portavoz entre los lores y los oficiales más radicales del New Model Army, pero ni siquiera el hombre más respetado por los soldados ingleses pudo calmar la situación. No es extraño, pues los lores y los moderados consiguieron que el Parlamento dejase de pagar los salarios de la tropa, alegando falta de fondos, para así provocar una disolución espontánea del ejército y desactivar a los extremistas. Esta medida escandalizó a los puritanos. En ese momento de su carrera, Oliver Cromwell se encontró atrapado entre los defensores del New Model Army, sector al que él mismo pertenecía, y los aristócratas a quienes, pese a todas las diferencias ideológicas, Cromwell consideraba necesario escuchar si se pretendía devolver la estabilidad a la nación.

Entretanto, Carlos I hizo lo que parecía lógico en cuanto supo que ciertos grupos radicales hablaban de quitarle la vida: intentó escapar. El intento no sorprendió a nadie. Más allá, claro, del hecho de que estuviese a punto de conseguirlo. Tras sortear la vigilancia en su arresto domiciliario, Carlos se dirigió a la isla de Wight, donde pretendía embarcar con rumbo al continente. En una jugada más bien ingenua, el rey se presentó ante Robert Hammond, oficial del New Model Army que había combatido a las órdenes de Cromwell y que ahora comandaba la guarnición local de la isla. El rey había conocido a Hammond en una ocasión anterior y entonces el oficial se había mostrado tan solícito que Carlos pensó que en el fondo simpatizaba con la causa realista. Creyó que lo ayudaría a salir del país. Se equivocó. Hammond retuvo a Carlos y se apresuró a comunicar su paradero al Parlamento. Cromwell, que a esas alturas parecía ser la única figura política capaz de inspirar cierto consenso o por lo menos una mínima confianza de todas las partes, volvió a dar un paso adelante y se ofreció para negociar en persona con el rey. Carlos accedió a hablar con Cromwell. Ambos acordaron unas líneas generales sobre las que empezar a discutir. Cromwell debía de sentirse aliviado, pensando que se encontraba más cerca que nunca de una solución pactada. Con ayuda de su yerno, empezó a redactar un cuidadoso pliego que contenía las condiciones que Carlos debía aceptar y firmar para que le permitiesen ejercer la jefatura del Estado. Con ese documento, creía estar a punto de posibilitar la paz en un país que se estaba derrumbando.

Esa vez fue Cromwell el ingenuo. Mientras confiaba en la buena fe del rey, Carlos consiguió un sorprendente acuerdo secreto con los Covenanters escoceses, los mismos que poco antes se habían rebelado contra él por causas religiosas. ¿Cómo lo hizo? Les prometió que, si le ayudaban a volver a gobernar, profundizaría en la Reforma protestante que siempre había sido la principal demanda de los rebeldes escoceses. Así, en mayo de 1648, los Covenanters atacaron el norte de Inglaterra por tercera vez, pero ahora, para pasmo de los ingleses, lo hacían en nombre del rey Carlos y no en su contra. Esto dejó descolocado al Parlamento. También animó a los partidarios del rey, que protagonizaron revueltas en diversas partes de Inglaterra. Para colmo, los rebeldes católicos irlandeses, que ahora se hacían llamar Confederados, también ofrecieron su alianza al rey, pensando que estarían mejor bajo el reinado del procatólico Carlos que afrontando las represalias de una Inglaterra gobernada por los puritanos. Esto marcaba el comienzo de la Segunda guerra civil cuando todavía no se habían asentado las cenizas de la primera. Cromwell, al darse cuenta de que Carlos había estado tomándole el pelo, se enfureció. Su deseo de compromiso con el monarca se hizo añicos en ese mismo instante y empezó a mostrarse contrario a la idea de llegar a cualquier tipo de acuerdo. Ahora, incluso Cromwell pretendía sentar al rey ante un tribunal. Y eso cambiaba las cosas por completo.

El segundo episodio de las guerras civiles inglesas no duró demasiado. El New Model Army, gracias a las reformas cromwellianas, era un ejército mucho más curtido y profesional, dotado de un nivel de organización del que carecían sus enemigos. Las distintas guarniciones del New Model Army no tardaron en apagar las revueltas realistas a nivel local, mientras los Covenanters escoceses eran vencidos con mayor facilidad de la prevista. Cromwell, que acababa de cumplir cincuenta años, fue promovido al cargo de teniente general, segundo puesto en el escalafón militar. Solo estaba por debajo de Thomas Fairfax, uno de los pocos altos mandos que inspiraban tanto respeto como él. En sus respectivos frentes, ambos finiquitaron la guerra sin grandes dificultades. Mientras Fairfax vencía a los realistas en Colchester, Cromwell debutó como general y dirigió por primera vez a todas las tropas (y no solamente a la caballería) en la batalla de Preston. Pese a estar en inferioridad numérica, asestó el golpe definitivo al ejército combinado de escoceses y realistas ingleses. Carlos I, derrotado por segunda vez sobre los campos de batalla, volvió a rendirse.

La Purga de Pride

Purga de Pride., grabado de autor desconocido, ca. 1652.

El rey fue puesto bajo custodia una vez más. Se ofreció a negociar, intuyendo que una mayoría de parlamentarios continuaba deseando un acuerdo. El asunto fue sometido a votación en el Parlamento y ganaron los partidarios de pactar con el rey, por una mayoría cualificada de ciento veintinueve votos contra ochenta y tres. Pero un factor había cambiado en la ecuación. Ese factor era Oliver Cromwell. Su negativa a negociar era bien conocida de todos. Era cierto que sus fallidas intervenciones políticas lo habían dejado escaldado, pues tanto el rey como los lores le habían engañado en las dos ocasiones en que se había ofrecido a interceder. También era cierto que, reticente ante la idea de continuar quedando en ridículo cada vez que pretendía ejercer como mediador, parecía querer mantenerse en un segundo plano. Sin embargo, aquel Cromwell brillaba demasiado para querer permanecer en la sombra. Era el hombre más respetado en el partido puritano y en el New Model Army, dos instituciones que se estaban convirtiendo casi en la misma cosa. Cromwell ya ni siquiera necesitaba ponerse en primera fila para ejercer su influencia.

En cuanto se supo que la cámara había aprobado nuevas negociaciones con el monarca, sucedió, por enésima vez, lo imprevisto: un golpe de Estado. En 1648, siete años después de que Carlos I hubiese irrumpido en el Parlamento por la fuerza y después de dos guerras civiles, un contingente del New Model Army, encabezado por el coronel Thomas Pride, ocupó la cámara del órgano legislativo. Pride se apostó en la entrada del edificio e impidió el acceso a aquellos parlamentarios que todavía se atreviesen a defender la opción de negociar. En una purga que nadie había previsto, cuarenta y cinco diputados fueron detenidos, aunque serían liberados durante las posteriores semanas (hubo otros noventa que, pese a no ser detenidos, rehusaron volver a una cámara que ahora estaba tutelada por los militares). Quienes permanecieron ocupando sus escaños en el Parlamento fueron quienes habían acusado al rey de traición desde un principio, o bien quienes habían defendido la negociación, pero ahora firmaban un documento desdiciéndose de sus opiniones anteriores. Este Parlamento fue apodado Rump Parliament, o «Parlamento rabadilla», porque así como la rabadilla era considerada una prolongación inútil de la columna vertebral, la nueva cámara estaba hecha de retales, de lo que había quedado tras la purga ejecutada por Thomas Pride. En otras palabras: el Rump Parliament era un Parlamento formado por integrantes del partido puritano o por aquellos que aceptaron someterse al dominio del partido puritano. Los demás quedaban fuera.

El ejército acababa de protagonizar un golpe de Estado, pero ¿quién estaba detrás? Fue un golpe muy peculiar porque nadie se lo atribuyó, nadie se adjudicó la victoria, y nadie dio un paso adelante para hacerse con el poder. Thomas Pride, todos lo entendieron, era el mero brazo ejecutor. También se entendía que el partido puritano, pese a su ascendencia sobre las tropas, no podía haber organizado el golpe sin la aquiescencia de los dos únicos hombres con autoridad suficiente en las fuerzas armadas: Thomas Fairfax, comandante en jefe, y Oliver Cromwell, su segundo. Ninguno de los dos se dejó ver durante el golpe. Ninguno de los dos quiso tener un papel protagonista en los acontecimientos políticos que se desencadenaron justo a continuación. Pero es fácil deducir que, como mínimo, tenían que haber dado su visto bueno. En el caso de Fairfax es fácil de explicar que no se situara a la cabeza visible del golpe, pues no era tan radical como muchos otros oficiales del New Model Army y tampoco tenía hechuras ni vocación de gobernante; de hecho, era muy notorio su desinterés por involucrarse más de la cuenta en cuestiones políticas. En cuanto a Cromwell, tampoco hubo evidencias de su implicación, aunque ciertos detalles causaban suspicacia. Por ejemplo, antes del golpe se encontraba fuera de Londres, acampado con las tropas, pero regresó a la capital justo el día en que el Parlamento fue ocupado. Otro detalle significativo es que no se expresó en contra del golpe, como ya acostumbraba a hacer cada vez que una cuestión política le disgustaba, así que se puede deducir que los golpistas contaban con su apoyo moral. Sin embargo, al igual que Fairfax, Cromwell prefirió mantener un perfil bajo incluso después del triunfo del golpe. Fuera quien fuese el verdadero cabecilla, no quería apoderarse del poder de forma nominal, sino limitarse a imponer unas determinadas ideas. En especial, evitar que se negociase con el rey. En la opinión de la mayoría de los historiadores, y yo estoy de acuerdo, esta inusual maniobra anónima tiene estampada la firma de Cromwell y supuso el inicio de su tutela efectiva sobre Inglaterra. De hecho, en varias ocasiones posteriores se comportaría exactamente igual, ejerciendo como implacable guardián moral de la nación e interviniendo por la fuerza cuando el curso de los acontecimientos le contrariaba, pero, al mismo tiempo, mostrándose poco entusiasta ante la posibilidad de personificar el poder en sí mismo. La singular idiosincrasia de Cromwell encaja a la perfección con la naturaleza correctiva y autoritaria, pero no exactamente dictatorial, de la Purga de Pride.

La purga política se extendió a todo el país y se produjo una veloz campaña de represalias contra los partidarios del rey, campaña que no ayudó a mejorar la imagen pública del Parlamento rabadilla. Una de las más célebres ejecuciones fue la triple decapitación de antiguos generales del mando realista, suceso que demostró la determinación de los puritanos a la hora de mutilar la influencia monárquica en el país. El escocés James Hamilton, uno de los asesores personales de Carlos I, había sido hecho prisionero por Cromwell en el campo de batalla; sometido a juicio, se lo declaró culpable de traición y fue condenado a muerte. Otro general ennoblecido por el rey, Arthur Capell, se había entregado a Fairfax con la promesa de que su vida sería respetada. Al intuir que la promesa podría no ser cumplida, pues su destino dependía no del honesto Fairfax, sino del voto de un Parlamento secuestrado por los puritanos, Capell escapó de la Torre de Londres gracias a un elaborado plan que falló cuando uno de sus compinches, el barquero que debía transportarlo a lo largo del Támesis hacia la libertad, decidió entregarlo en el último momento. Un tercer general realista, Henry Rich, fue también juzgado y condenado a muerte, pero su estado de salud era tan deficiente que los médicos sospechaban que estaba a punto de fallecer por causas naturales. Tanto era así, que un grupo de mujeres de la nobleza presentó una petición al Parlamento para intentar enternecer a los diputados; imploraban que, con naturaleza excepcional, se dispensara al agonizante Rich de pisar el cadalso y se le permitiese morir en la cama. La petición fue votada y se produjo un más que inesperado empate. El presidente del Parlamento, William Lenthal, se resistía a la ejecución (después se empeñó en salvar la vida de otros realistas, como una especie de Oskar Schlinder de aquel Parlamento), pero cedió a las presiones del sector duro de los puritanos y votó a favor de que Rich fuese decapitado junto con los otros dos. La ejecución conjunta de los tres generales tuvo un efecto dramático. Pese a que en aquella época las decapitaciones eran frecuentes, esta campaña de represalias produjo una honda impresión en el público. Lo más difícil de contemplar en el día de las ejecuciones fue el estado de Henry Rich, quien tenía, en efecto, muy mal aspecto. En los últimos días no había sido capaz de comer ni dormir. Tras perdonar al verdugo y regalarle el dinero que llevaba encima, Rich se postró sobre el tajo. Su decapitación produjo una cantidad tan escasa de sangre que los observadores se preguntaron si no había sido demasiado cruel impedir que terminase sus días como el hombre gravemente enfermo que era.

Estas y otras ejecuciones tenían un carácter no tanto vindicativo como ejemplar. Eran desagradables y, en realidad, no supusieron un plato de buen gusto para la mayoría de los parlamentarios. La votación en que esas ejecuciones habían sido aprobadas in extremis había demostrado que no todos los miembros del radicalizado Parlamento Rabadilla eran partidarios de prolongar la sangría. Lo que no deja de llamar la atención es que las promesas de clemencia formuladas por Cromwell a los generales enemigos que él había capturado en persona fuesen más respetadas que las promesas hechas por Fairfax, que era su superior. Valga una muestra: los tres principales líderes de las revueltas realistas de Gales —John Poyer, Rice Powell y Rowland Laugharne— se habían rendido ante Cromwell con la condición de que uno solo de ellos sería ejecutado en caso de sentencia de muerte. Se cumplió el trato y los tres prisioneros, una vez condenados por el Parlamento, echaron a suertes quién había de morir (lo hicieron mediante el procedimiento de elegir la ramita más corta). El desafortunado fue John Poyer, quien justo a continuación fue fusilado por un pelotón de mosqueteros. La promesa de Cromwell sí se había cumplido mientras que, como hemos visto, las formuladas por Fairfax no tenían tanto peso. Era un indicio de que Cromwell tenía ya más influencia que su superior.

En cualquier caso, las purgas realistas emprendidas por un Parlamento que a su vez había sido purgado por el ejército no estarían completas sin un último juicio: el del propio Carlos I. El asunto era delicado, pues no existían precedentes legales para sentar a un rey vigente en el banquillo. Desde el resto de Europa, de hecho, la posibilidad era contemplada con una mezcla de asombro y horror. En el siglo XVII, las sociedades monárquicas no estaban preparadas para concebir semejante posibilidad. Tampoco en Inglaterra era una idea fácil de asimilar, pues la mayoría de ciudadanos y de políticos pensaban que someter a Carlos a un juicio era una ocurrencia aberrante. Pero había un hombre a quien ese juicio sí le parecía deseable. Ocho años atrás nadie había oído hablar de ese hombre; ahora, Oliver Cromwell estaba dispuesto a conseguir, sin importar el precio, que el filo de un hacha terminase con el reinado de un monarca legítimo, siglo y medio antes de que estallase la Revolución Francesa. Esto significaba que Cromwell tendría que echar un pulso a la mayoría de sus colegas; la inquietante pregunta era si en el país todavía quedaba alguien con la capacidad de resistir ese pulso.

(Continúa aquí)

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9 comentarios

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  3. Menudo cliffhanger, ya te vale.

  4. Isaías

    Muy buena serie de artículos. ¡Enhorabuena! Habrá que seguir atentos a lo que falte.

  5. Bueno y fiel al estilo de las grandes series. Grande.

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