Jot Down Cultural Magazine – Oliver Cromwell (III): estafadores, puteros, borrachos y payasos

Oliver Cromwell (III): estafadores, puteros, borrachos y payasos

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Cromwell en Dunbar, por Andrew Carrick Gow, 1886 . Imagen: Tate Britain.

(Viene de la segunda parte)

El golpe militar de 1648 dejó un Parlamento en el que, al menos sobre el papel, ya no había partidarios de entablar negociaciones con el rey. Sin embargo, enjuiciar al monarca bajo cargos de traición era otra cosa, un extremo que no todos los parlamentarios, ni siquiera después de las purgas políticas, veían con buenos ojos. Primero, porque juzgar y, como era presumible, condenar a un monarca en posesión del título, era algo inaudito, de consecuencias imposibles de prever. Durante la Edad Media, varios monarcas ingleses fueron asesinados como resultado de conspiraciones diversas, pero desde la modernización de las instituciones no se había visto que un rey en activo fuese juzgado, mucho menos llevado al cadalso. En 1471, Enrique VI murió en una celda, aunque por entonces ya no era monarca, pues Eduardo IV le había arrebatado el trono después del conflicto sucesorio conocido como la Guerra de las Rosas (la misma que, cuentan, inspiró en parte la saga de novelas Canción de hielo y fuego y la posterior serie Juego de Tronos). En 1554, Juana de Inglaterra fue ejecutada tras un breve reinado de nueve días, pero también había sido despojada del título y sustituida por otra reina, María Tudor. En estos casos, pues, se había juzgado a ciudadanos que ya no eran reyes. También se había decapitado a antiguas reinas consortes, como las famosas Ana Bolena y Catalina Howard, exesposas de Enrique VIII, que ya habían sido despojadas de su condición real. Pero lo de Carlos I era distinto; estaba prisionero, sí, pero no había sido destronado. Dado el concepto de legitimidad que existía en la época, este hecho hacía indeseable un juicio por traición que dejaría una Inglaterra sin rey, perspectiva chocante para la mayor parte de los ciudadanos. Tanto, que incluso algunos de los muy escasos políticos republicanos de su tiempo, como Algernon Sidney, opinaban que el procesamiento de un rey no estaba previsto por las leyes, y que el juicio de Carlos era un disparate que no debía llevarse a cabo. Imaginen, pues, lo que pensaban quienes sí eran monárquicos. Esto es, la mayoría.

El regicidio

Poco importaba esto a Oliver Cromwell, que no planeaba detenerse ante dificultades legales; después de sentirse traicionado por el rey parecía haber sufrido una metamorfosis política, y con el ejército detrás, era un poder fáctico difícil de ignorar. Continuaba en segundo plano, pero el núcleo duro del partido puritano no deseaba llevarle la contraria, y lo único que podían hacer quienes se oponían a él era apartarse, o protestar sin gran efecto. El 4 de enero de 1648 tuvo lugar una sesión parlamentaria raquítica, en la que solamente había setenta comunes y una docena de lores (los parlamentarios ausentes lo estaban porque preferían no inmiscuirse). Los comunes aprobaron el decreto de enjuiciamiento del rey. Los lores, resistiéndose aún a la idea de perder al monarca, ejercieron su derecho de veto y paralizaron el decreto. Para sortear este inconveniente, los comunes redactaron una ley ad hoc que ya no estaba sujeta a veto, medida muy dudosa de la que tampoco existía precedente alguno. La validez jurídica de esa ley era, en opinión de muchos, cuestionable, por no decir inexistente. Pese a la inútil protesta de los lores, la medida se puso en práctica y se confeccionó un tribunal cuya premeditación para obtener una condena era tan evidente que Thomas Fairfax, que era jefe del ejército y como tal había sido nombrado miembro de la mesa, solicitó ser apartado de la causa. Fairfax deseaba un juicio justo, al menos dentro de los parámetros de justicia que se manejaban en su tiempo, y se negó a seguir participando cuando comprobó que todo parecía diseñado para asegurar la sentencia condenatoria. Su decepción era compartida por otros. Se nombró a ciento treinta y cinco «comisionados» para que estuviesen presentes en el juicio, y fuesen los ojos y oídos del pueblo inglés, representado por el Parlamento,. Esos comisionados debían votar el veredicto final. Pues bien, cierto número de ellos se atrevió a rehusar, negándose a participar en un proceso que consideraban ilegal. Pero estando Fairfax poco dispuesto a involucrarse en las maniobras políticas, podía decirse que Cromwell era el hombre más poderoso del país. Su pretensión de mantenerse en la sombra ya no podía confundir a nadie. El Parlamento estaba haciendo lo que el ejército quería. Y el ejército orbitaba en torno a Cromwell. Se trataba de una mera cuestión de propiedad transitiva: en Inglaterra se estaba haciendo lo que Cromwell quería que se hiciese.

El juicio fue, como Fairfax había temido, un mero trámite teatral. Breve, intenso, novelesco, pero con un desenlace anunciado. Empezó de manera tan solemne como tragicómica: Carlos I, con una actitud mayestática muy propia de su carácter, estaba de pie ante el tribunal, deseoso por manifestar su opinión sobre el proceso. El fiscal general John Cook, quien, de pie junto al rey, se disponía a leer los cargos, fue interrumpido por este. Carlos I, poco acostumbrado a tener que esperar para hablar, dio con su bastón unos golpecitos en el hombro de Cook. Sorprendido, Cook se detuvo unos instantes y miró al rey con pasmo, pero después continuó leyendo. El rey, impaciente, volvió a darle en el hombro. Tampoco esta vez Cook dejó de leer. Carlos, exasperado, le dio más golpes, pero esta vez fueron tan nerviosos que el pomo dorado del bastón se salió de su sitio y cayó al suelo, donde rebotó ruidosamente ante el asombro de todos los presentes. Nadie se prestó a recogerlo, y el propio rey tuvo que agacharse para recuperarlo, visión insólita en un hombre que jamás antes se había agachado ante sus súbditos. En realidad, muchos parlamentarios y asistentes continuaban sintiendo una sincera reverencia ante el titular de la Corona, reverencia que debía mucho a la educación monárquica que todos habían recibido, pero atreverse a recoger el pomo y arriesgarse a que se los etiquetara como «sumisos al rey» no debió de parecerles una buena idea. Dicho de otro modo: todos sabían que Cromwell estaba furioso con el rey y pocos se atrevían a quedar como «carlistas» ante Cromwell.

Cuando por fin se le concedió al rey la palabra, preguntándole si se declaraba culpable o inocente de los cargos, rehusó dar una respuesta concreta. En cambio, pronunció un discurso con el que se negaba a reconocer la autoridad del tribunal. He aquí una versión resumida de la transcripción, que incluye lo que podría interpretarse, quizá, como una velada alusión al propio Cromwell:

Habiendo efectuado ya mis protestas no solo contra la ilegalidad de este supuesto tribunal, sino también por el hecho de que no existe poder terrenal que en justicia pueda llamarme a mí, que soy vuestro rey, a declarar como un delincuente, no abriré más la boca en esta ocasión salvo para referirme a esto que acabo de decir (…). Sin embargo, el deber que tengo ante Dios de preservar la verdadera libertad de mi pueblo no me forzará a permanecer en silencio. Pues, ¿cómo puede algún súbdito libre de Inglaterra decir que es propietario de su vida, cómo puede decir que es suya cualquier otra propiedad, si un poder ilegítimo hace leyes nuevas cada día y deroga las viejas leyes fundamentales de nuestra tierra, como entiendo está sucediendo en el presente caso? Cuando vine aquí, esperaba que habríais procurado satisfacerme en cuanto a los motivos que me impiden responder a vuestra supuesta acusación. Pero veo que nada de lo que pueda decir os va a convencer, pues no es tan fácil probar los negativos como probar las afirmaciones. Aun así, os mostraré el motivo por el que estoy seguro de que no podéis juzgarme, ni vosotros, ni el más malvado hombre de Inglaterra, pues yo no pienso hacer como vosotros, que sin mostrar razones queréis imponer una creencia a mis súbditos. No puede haber proceso justo contra cualquier hombre salvo aquel proceso que está garantizado por las leyes de Dios o por las leyes municipales del país en el que vive. Estoy muy convencido de que el actual proceso no puede ser apoyado en las leyes de Dios pues, bien al contrario, la autoridad de un rey y la obediencia debida están claramente garantizadas, y estrictamente comandadas, tanto en el Viejo como en el Nuevo Testamento (…). ¿Cómo puede la Cámara de los Comunes erigir un tribunal de justicia que no es tal cosa, como bien sabe cualquier hombre de leyes? Dejo, pues, que sean Dios y el mundo quienes me juzguen. (…). Y admitiendo, que no concediendo, que la representación del pueblo de Inglaterra pueda otorgaros esa presunta potestad, no veo nada que podáis alegar para demostrarlo, pues ciertamente nunca habéis preguntado ni a la décima parte de los hombres del reino. De esta manera, sois manifiestamente injustos hacia ellos, incluso hacia el más pobre de los labradores, si no pedís su consentimiento expreso. No podéis pretender que tiene algún color concreto vuestra pretendida comisión, sin el consentimiento de por lo menos una mayor parte de los hombres de Inglaterra, sean de la cualidad o condición que sean. Lo cual, estoy seguro, nunca habéis pretendido buscar, estando tan lejos como estáis de conseguirlo.

Alegoría satírica de Carlos I como mártir de la causa católica, autor desconocido, 1648. Imagen: Beinecke Rare Book & Manuscript Library.

El discurso, que no fue mucho más largo, era algo más que la reivindicación del derecho divino que hasta entonces había caracterizado el pensamiento político de Carlos. Apelaba también, y con enorme habilidad, a una democracia extensiva, lo cual era una idea muy progresista que ni siquiera los parlamentarios puritanos osaban, o siquiera deseaban, defender. ¿Quería el tribunal apelar a la representación del pueblo para legitimar el procesamiento del rey? En tal caso, deberían someterlo a votación entre todo el pueblo. Carlos, sin duda, estaba siendo hipócrita, pues jamás había pretendido extender los derechos democráticos a todas las clases sociales. Pero estaba apuntando con habilidad al talón de Aquiles de la Cámara de los Comunes; ellos pretendían ser la voz del pueblo, pero en realidad eran terratenientes y burgueses, y el pueblo llano no tenía verdadera representación entre ellos. Como maniobra dialéctica, el discurso demostraba que el rey, pese a todos sus errores, era un hombre inteligente, que no era ajeno a las grietas ideológicas del sistema; expresaba una idea que, por entonces, era sostenida solo por pequeños grupos extremistas. Eso sí, lo hizo como canto del cisne, pues sabía, como todos los presentes, que no tenía salvación. Que él se negase a reconocer la autoridad del tribunal implicaba, según la costumbre legal de su tiempo, la renuncia a toda defensa, y por lo tanto dejaba patente que se resignaba a cualquier condena. Esto le ponía en bandeja las cosas al tribunal, pero Carlos nunca se había hecho ilusiones al respecto.

En efecto, al terminar el juicio, los comisionados fueron votando uno a uno, en voz alta, y tal como se esperaba, declararon al rey culpable de traición. Ciertamente, el rey había tenido gran responsabilidad en los derramamientos de sangre del pasado y su reinado había sido despótico, pero nadie en la sala podía decir que su condena había sido limpia. Baste una anécdota significativa: cuando el tribunal pronunció el nombre de Thomas Fairfax con el fin de escuchar su voto, se oyó, para sorpresa de todos, la voz de una mujer. Era su esposa Anne, anunciando que Fairfax no estaba presente. Al parecer, muy enfadada por la forma en que se había ignorado la opinión de su marido, añadió que le habían «perjudicado» al nombrarlo comisionado de aquella farsa, y que «nunca más iba a sentarse entre ellos». Esto demuestra hasta qué punto existían reticencias morales sobre el proceso.

La sentencia de muerte, una vez votada, necesitaba ser firmada por los parlamentarios para obtener una pátina de legitimidad. Muchos firmaron, entre ellos Cromwell. Otros, más de una decena, se negaron; entre los disidentes se contaban cuatro altos mandos del New Model Army —los pocos que no estaban bajo influencia de Cromwell— y el propio comandante en jefe, Thomas Fairfax. Esto no hizo que Cromwell perdiese la estima que sentía hacia su inmediato superior, a quien, como todos, tenía por un hombre honrado y de conciencia. Tampoco parece que Fairfax le guardase resentimiento a Cromwell, por más que estuviese decepcionado con su deriva política. Cromwell era inflexible y defendía un concepto de justicia que resultaba extraño para Fairfax, pero también él lo tenía por un hombre honrado.

Incluso después de dos guerras civiles, la condena del rey heló la sangre de los ingleses. La fecha de la ejecución fue fijada para el 30 de enero de 1649, y los detalles tristes o morbosos de sus últimos momentos se convertirían en parte del equipaje cultural de la nación. Se supo que Carlos I se despidió entre lágrimas de sus dos hijos pequeños, Isabel y Enrique, que tenían catorce y nueve años por entonces. El resto de sus hijos vivían en el extranjero o habían huido; su primogénito y heredero, también llamado Carlos, se había refugiado en Holanda para salvaguardar la dinastía. Era pleno invierno, así que, llegado el momento de dirigirse al cadalso, el rey pidió vestir dos camisas: «El tiempo es tan afilado que probablemente me haga temblar, lo cual algunos observadores podrían imaginar como un efecto del miedo. No se me acusará de tal cosa». Una vez sobre el estrado, se dirigió a la multitud, aunque solamente pudieron escuchar sus palabras aquellos que estaban más cerca, esto es, quienes lo acompañaban en el cadalso, o las varias filas de soldados que impedían que la muchedumbre se situara demasiado cerca. Carlos habló para defender una vez más la injusticia de su condena, aunque describió su inminente ejecución como un castigo divino por no haber evitado, tiempo atrás, la ejecución de su leal subordinado y amigo, Thomas Wentworth, el antiguo gobernador de Irlanda, a quien había traicionado en su día para salvarse. Al finalizar el discurso, dijo adiós con su habitual elegancia: «Parto de una Corona corruptible hacia otra incorruptible, en la que no podrá haber disturbio alguno». Antes de agacharse y poner la cabeza sobre el tajo, dijo al verdugo que rezaría durante unos instantes; después indicaría el momento a proceder extendiendo las manos ante sí. El verdugo asintió; Carlos se arrodilló, quedó en silencio unos momentos, y después estiró las manos según lo convenido. Un clérigo puritano que estaba presente describiría más adelante el momento en que la cabeza del rey cayó, recordando que la multitud emitió «un gemido que yo nunca antes había oído y que no deseo volver a oír jamás».

Por primera vez en siglos, Inglaterra era un país sin rey. El Parlamento aprobó las bases legales para establecer una nueva república, la Commonwealth («el bien común»), pero en realidad nadie sabía cómo proceder. La sensación generalizada era la de que el país se encontraba ante un precipicio. El vacío de poder era causa de honda preocupación para los ingleses, incluso para quienes habían detestado a Carlos I. Ya no había jefe de Estado, pero los problemas continuaban sin resolver. Irlanda seguía en guerra, la situación en Escocia distaba mucho de asentarse, y además era difícil prever cómo podían reaccionar las potencias extranjeras ante la increíble noticia de la ejecución de un monarca legítimo. Muchas miradas, claro, se desviaron hacia Oliver Cromwell. Se determinó que el nuevo órgano de gobierno ejecutivo en Inglaterra iba a ser un Consejo de Estado cuyos miembros debían ser nombrados por el Parlamento. Cromwell aceptó ejercer durante un mes como praeses pro tempore, esto es, como «presidente temporal» del consejo, pero después abandonó el cargo y dejó que el Parlamento votase a un nuevo presidente, John Bradshaw. En la práctica, cabe decir, pocas cosas cambiaron con la muerte del rey. Cromwell continuó siendo el depositario de la autoridad efectiva en Inglaterra. Baste decir que en la primera reunión del Consejo, cuando Bradshaw ya era presidente, fue Cromwell, y no él, quien se sentó en el extremo de la mesa. Aun así, Cromwell insistía en que el gobierno no era cosa suya, y no tardó en ponerse de nuevo al frente de las tropas del New Model Army porque una nueva misión se había cruzado en su camino: encabezar un ejército con el que someter a escoceses e irlandeses. Sería en Irlanda, sobre todo, donde Oliver Cromwell iba labrarse la faceta más siniestra de su leyenda.

El azote de Irlanda

Retrato de Carlos II (detalle), por John Michael Wright, entre 1660 y 1665. Imagen: National Portrait Gallery.

Con la ejecución de Carlos I no fue su cabeza lo único que cayó rodando, sino también cualquier posibilidad de reconstruir por medios pacíficos el delicado equilibrio entre los tres territorios británicos, si es que había existido alguna posibilidad. Escocia e Irlanda, por diferentes motivos, se resistían a la idea de someterse a un nuevo régimen tutelado por un ejército inglés que estaba en manos de los puritanos y cuyo líder espiritual era un hombre del que no esperaban flexibilidad alguna. En ambos territorios se fue extendiendo la opinión de que el difunto monarca, pese a todos sus defectos, hubiese sido preferible a un gobierno dominado por el cada vez más imprevisible Cromwell. Así se explica que el Parlamento escocés decidiese, de manera unilateral, reconocer al hijo de Carlos I como su nuevo rey, Carlos II. El Consejo de Estado, que ahora dirigía los destinos de Inglaterra, respondió aprobando la invasión de Escocia. El hasta entonces jefe del New Model Army, Thomas Fairfax, presentó su dimisión, desanimado por la perspectiva de nuevos derramamientos de sangre. Cromwell todavía le profesaba un gran respeto e intentó disuadirle de ello, aunque sin éxito, tras lo cual aceptó sucederlo en la jefatura del ejército. Cromwell ya no tenía a nadie por encima en el escalafón militar.

El único motivo de alivio para los miembros del Consejo que temían a Cromwell fue verlo partir para combatir lejos de Londres. Primero se presentó en Escocia y venció a los realistas escoceses en la batalla de Preston, haciendo prisionero a su líder, el duque de Hamilton, que después sería juzgado y ejecutado. Carlos II, exiliado en Holanda, vio cómo se desvanecía la opción escocesa, pero no se desanimó. Contactó con los confederados, los rebeldes católicos irlandeses, que también veían en él una figura más cercana y deseable que la de Cromwell. A fin de cuentas, la propia madre de Carlos II era católica. Los confederados, pues, también declararon su lealtad a Carlos II, sabiendo que, de cualquier modo, no hubiesen podido evitar la negra perspectiva de contemplar a Cromwell desembarcando en Irlanda.

Cromwell llegó a Dublín el 15 de agosto de 1649. Dos semanas después estaba sitiando la ciudad de Droghda y, en menos de siete días, su artillería consiguió abrir una brecha en las murallas. Cuando el comandante de los confederados que defendían la ciudad rehusó rendirse, las tropas de Cromwell atravesaron la brecha y combatieron calle por calle hasta someter toda resistencia. En el posterior informe de los hechos que Cromwell redactó para el Parlamento, admitió que había prohibido a sus soldados «perdonar la vida a cualquier hombre que portara armas». Casi tres mil irlandeses fueron pasados a cuchillo. La noticia circuló por toda Irlanda, donde la sola mención del comandante del New Model Army se convirtió en motivo de pavor. En octubre, consiguió poner sitio a otra ciudad, Wexford, y de nuevo sus cañones abrieron una vía de entrada en la muralla. Los defensores, tratando de evitar otro derramamiento de sangre, accedieron a negociar los términos de una posible rendición. Es de imaginar su terror cuando, creyendo todavía que el diálogo podía llegar a buen término, vieron cómo las tropas del New Model Army entraban en la ciudad por sorpresa, saqueando, prendiendo fuego a los edificios y provocando un caos en el que murieron cientos de civiles. La ciudad sufrió tal grado de destrucción que durante los meses siguientes ni siquiera los propios conquistadores pudieron usarla como puerto o base de operaciones.

No existen motivos para creer que Cromwell tenía la intención de masacrar a cientos de civiles. Resulta fácil deducir que el asalto súbito a la ciudad, que se produjo en mitad de las negociaciones de rendición, no se debió a una orden suya, sino a la iniciativa propia de las tropas. Cromwell podía ser inflexible y cruel, pero solía cumplir su palabra. Sin embargo, es también cierto que no tomó medidas para detener el asalto, ni tampoco existe constancia de que investigase la causas o de que castigase de algún modo a los responsables. La ciudad había caído, con lo que se estaba un poco más cerca de la victoria, y da la impresión de que Cromwell se resistía a mancillar ese logro, no queriendo admitir que la conquista había sido más parecida a una masacre que a una lucha de igual a igual. En el posterior informe presumía de que habían muerto dos mil soldados enemigos por solamente veinte bajas en sus propias filas, pero no hacía mención alguna de la masacre de ciudadanos, pese a que era la noticia del momento en Irlanda.

Las informaciones sobre el sangriento avance del New Model Army produjeron efectos devastadores en la moral irlandesa. Es verdad que algunas ciudades ofrecieron una resistencia inusualmente tenaz, convencidos los soldados y habitantes de que, si Cromwell los conquistaba, los haría matar a todos. Pero, en conjunto, las tropas confederadas vieron sacudido su ánimo. Varias ciudades se rindieron sin pelear, confiando en que así los ingleses serían clementes. Solamente el invierno concedió una tregua a los confederados. En noviembre, cuando Cromwell se plantó ante la ciudad de Waterford, el clima hacía ya impracticables los caminos y fue imposible el traslado de los cañones. Intentar conquistar la ciudad sin usar la artillería hubiese sido un esfuerzo inútil. Cromwell dejó la ciudad rodeada por una guarnición, retirándose con el resto de las tropas a los cuarteles de invierno para esperar a la primavera y dejar que el resonar de su apellido quebrase la voluntad del enemigo. En mayo de 1650 volvió a la carga, esta vez contra la ciudad de Clonmel, donde sufrió el más severo tropiezo de toda la campaña, aunque no fue exactamente una derrota. La artillería abrió brecha en las murallas, pero el intento de atravesarlas fue rechazado y Cromwell perdió a dos mil hombres, una cantidad considerable para el tamaño de los ejércitos de la época. Aun así, no abandonó el sitio. Sabía que los defensores se estaban quedando sin alimentos y sin agua, así que consiguió entablar contacto con el alcalde para negociar una rendición y se acordó que los soldados confederados se entregarían a cambio de que Cromwell respetase sus vidas y las de los civiles. Al día siguiente el New Model Army entró en la ciudad sin encontrar oposición, pero Cromwell descubrió que la guarnición local, con gran habilidad, había escapado durante la noche para no tener que entregarse. Pese a quedar enfurecido por lo que consideraba un vil engaño, cumplió su parte del trato y prohibió a sus subordinados que atacasen a la población. Le bastaba con saber que la caída de la ciudad, junto con el avance de tropas inglesas en otras partes del país, era un clavo más en la tapa del ataúd de la causa confederada.

Además, ya tenía otras cosas en mente. Cuando pensaba que la guerra con Escocia había terminado, supo que Carlos II había abandonado su refugio holandés, había viajado a Edimburgo y, aprovechando que el ejército de Cromwell todavía estaba en Irlanda, se había coronado rey bajo la protección de los rebeldes escoceses, los Covenanters. Cromwell, deseoso de abandonar Irlanda para hacerse cargo del problema, envió un mensaje a los realistas irlandeses ofreciendo unos términos de rendición muy magnánimos. Si cambiaban de bando y se ponían al servicio de la Commonwealth, no habría represalias. Muchos se rindieron y se unieron a él. Convencido ya de que su presencia en Irlanda no era necesaria, embarcó hacia Gran Bretaña. Los rebeldes irlandeses que habían rehusado rendirse pelearon todavía durante dos años, pero, en la práctica, su guerra ya estaba perdida. El Parlamento puritano inglés, enardecido por la violencia que se habían ejercido sobre los colonos protestantes (sin duda la hubo, aunque la propaganda inglesa describió el asunto en proporciones bíblicas), aprobó una durísima ley para la colonización de Irlanda, arrebatando muchas tierras a los propietarios locales y entregándoselas a los colonos; eran las famosas «plantaciones», que ahora se aplicaban con mayor virulencia que nunca. También se prohibió el culto católico; muchos sacerdotes fueron detenidos, algunos incluso asesinados. Todo esto sucedió en ausencia de Cromwell, pero desde luego se hizo con su aprobación tácita, si no con su expreso consentimiento. En Irlanda, pues, el recuerdo su figura adquirió tintes demoníacos.

Enfrentarse a los irlandeses no había supuesto gran problema para un puritano como Cromwell; el que los católicos hubiesen preferido aliarse con Carlos II antes que con la Commonwealth no tenía nada de extraño. Carlos II era hijo de un rey provaticanista y de una reina católica. Su propia esposa, Catalina de Portugal, era una devota católica también. Para Cromwell, era natural que Carlos II se entendiese con Irlanda. Sin embargo, guerrear contra los escoceses era cosa distinta. Los Covenanters habían sido aliados de la causa parlamentaria en el pasado, y aunque después la habían traicionado, por encima de todo seguían siendo protestantes. Muchos Covenanters eran presbiterianos cuya visión del protestantismo no era idéntica a la de Cromwell, pero este se mostraba tan tolerante con la diversidad luterana como no lo era con los católicos. Así pues, deseando evitar el conflicto con aquellos a los que veía como hermanos de fe, envió un mensaje a la Iglesia presbiteriana escocesa, rogando que rompiesen su alianza con el Estuardo y que deslegitimase la reciente coronación. Su petición recibió una firme negativa. Las clases dirigentes escocesas, como las irlandesas antes que ellas, preferían la añorada estabilidad de la monarquía antes que la incertidumbre de aquel nuevo régimen republicano en el que no se sabía muy bien quién ostentaba el poder, si el Parlamento inglés o el ejército.

Cromwell, pues, se encontró con otra guerra entre manos. El 3 de septiembre de 1650, con un ejército inferior en número pero superior en experiencia, formación y conciencia táctica, venció a los Covenanters en la batalla de Dunbar. Después se dispuso a tomar la capital de Escocia, Edimburgo, en lo que creía un movimiento definitivo para obtener la victoria. En su afán por avanzar cometió un descuido que pudo haberle costado caro: Carlos II, al frente de sus propias tropas, sorteó a Cromwell sin plantarle cara, atravesando la frontera inglesa y comenzando un peligroso avance hacia el sur, decidido a conquistar Londres y restaurar la monarquía. Cromwell se alarmó al conocer estos hechos; a toda prisa, tuvo que dar la vuelta y conducir a su New Model Army en persecución del rey. Lo alcanzó el 3 de septiembre de 1651, en la batalla de Worcester. Como ya era casi costumbre, las tropas realistas sufrieron una dura derrota y el propio Carlos II escapó con vida de manera casi milagrosa. Ya sin un ejército que lo respaldara, el heredero de los Estuardo se escabulló hacia la costa y consiguió embarcar para retornar a su exilio holandés.

Confusión en la Commonwealth

Cromwell disolviendo el Parlamento, por Burnet Reading, ca. 1800. Imagen: National Portrait Gallery.

Oliver Cromwell había salido triunfante de todas las guerras en las que había participado. Tanto en Inglaterra como en Irlanda y en Escocia, había impuesto su voluntad por la espada, aunque después delegaba las decisiones de gobierno en el Parlamento. Su persistente negativa a ocupar de manera explícita un puesto de jefatura política no era una pose; había demostrado muchas veces que le disgustaba la idea de sentarse en una poltrona. Si hubiese querido convertirse en el único gobernante de Inglaterra, podía haberlo conseguido con facilidad ya por entonces, pero insistía en que la república debía funcionar por sí misma. En este sentido, su perfil político era desacostumbrado. No podía evitar interferir y ejercer el poder de manera no oficial, usando el miedo como herramienta para dirigir la orquesta. Tenía una abierta vocación de convertirse en el severo tutor moral de Inglaterra, pero su parlamentarismo, si bien distorsionado, personalista y aberrante, no dejaba de ser sincero, por lo menos a su manera. Aunque lo exasperaban las discusiones entre facciones políticas, permitió por un tiempo que siguieran produciéndose, al menos entre quienes habían sobrevivido a las purgas (otras facciones menos afines, claro, ya no tenían representación).

Una de las pocas cuestiones en la que todos estaban de acuerdo era la de que el país necesitaba dinero. Por ello, se aprobó una ley dirigida a atraer la inmigración judía. Trescientos cincuenta años atrás, en mitad de una oleada de odio fanático, Eduardo I había expulsado a todos los judíos del reino e Inglaterra había perdido una productiva clase de comerciantes y banqueros que ahora, cuatro siglos después, estaba ayudando a enriquecer otros países, convertidos en nuevas potencias económicas. Holanda era la diana que los parlamentarios ingleses tenían en mente con aquella ley, pues era a los judíos holandeses a quienes pretendían atraer hacia territorio inglés. Para terminar de convencerlos de que era mejor hacer negocios en Inglaterra, se aprobó una la Ley de Navegación destinada a entorpecer el comercio marítimo de Holanda, pues prohibía a los comerciantes holandeses tratar con las colonias inglesas de América salvo si lo hacían a bordo de barcos ingleses y pagando, claro está, un sustancioso arancel.

Esto no sentó bien en el país de los tulipanes. Los holandeses llevaban tiempo sintiéndose escandalizados con lo que sucedía en Inglaterra. Aunque Holanda era una república nominal, mantenía lazos con la monarquía europea gracias a su peculiar sistema político. Guillermo II, el príncipe de Orange, no era un rey propiamente dicho, pero sí ocupaba un cargo hereditario llamado stadtholder, «mayordomo» del Estado, que servía como elemento de estabilidad y convertía la supuesta república en una especie de monarquía parlamentaria encubierta. La mujer de Guillermo era la hermana de Carlos II, así que los holandeses se sentían vinculados a los Estuardo, y habían recibido con particular estupor e indignación la decapitación de Carlos I, el padre de su «reina». Como es lógico, el rey inglés era recibido con los brazos abiertos en Holanda; tanto, que prefería exiliarse allí y no en Francia, pese a ser el hijo de una princesa francesa. La perspectiva holandesa sobre lo que sucedía en Inglaterra, pues, no difería mucho de la de las potencias monárquicas continentales. La Commonwealth era vista como una aberración, y Oliver Cromwell como un Julio César en ciernes, un hombre que, pensaban, no tardaría en dar el salto de general a dictador, y cuya mera presencia en el escenario político europeo era el augurio de futuros desastres (¿y si empezaban a surgir Cromwells en todo el continente?). Pues bien, la gota que colmó el vaso fue la determinación de Londres a la hora de hacer cumplir su Ley de Navegación, y en cuanto la Royal Navy empezó a hostigar los barcos holandeses para imponer sus condiciones, estalló la guerra entre ambas naciones. Iba a ser un conflicto naval que ponía de manifiesto dos cosas: una, el empeño de Inglaterra por intentar monopolizar el comercio marítimo con América. Y dos, el aislamiento ideológico de la Commonwealth republicana en una Europa tan monárquica que incluso algunas pretendidas repúblicas estaban representadas por un sucedáneo de rey.

El conflicto con Holanda despertó una ola patriótica en Inglaterra que, por un breve tiempo, desvió la atención de los cada vez más evidentes defectos de la Commonwealth. Sin embargo, cuando la guerra empezó a volcarse del lado inglés, la gente recordó su anterior descontento. La república no estaba funcionando. Los miembros del Parlamento rabadilla no conseguían ponerse de acuerdo en casi ningún asunto. A pesar de que las purgas habían dejado una cámara más controlada que nunca por los puritanos del núcleo duro, también entre ellos había disensiones y se formaban camarillas que defendían diversos intereses. Esto había sucedido mientras Cromwell había estado lejos, ocupado en sus guerras. Cuando volvió para encontrar un Parlamento fraccionado al que consideraba inoperante, se sintió exasperado. Había intentado tolerar la división del poder legislativo en corrientes que discutían constantemente entre sí, pero en el fondo eso era algo que lo sacaba de quicio. Para Cromwell, toda palabrería era inútil si no se concretaba en medidas concretas (y medidas que le gustasen a él). Propuso que se celebrasen nuevas elecciones y que un nuevo Parlamento redactase una constitución para intentar poner orden. Una constitución republicana, pues, pese a la nostalgia monárquica de muchos ingleses, Cromwell no tenía la menor intención de hablar con Carlos II. No porque hubiesen cambiado sus ideas monárquicas, sino porque los Estuardo le habían traicionado y sospechaba que Carlos II pretendía retomar el acercamiento de Inglaterra al Vaticano. Eso era más de lo que estaba dispuesto a permitir. Así pues, república era y república iba a quedarse.

Conscientes del poder de Cromwell, los comunes accedieron a debatir su sugerencia, pero el tiempo que habían pasado sin su tutela efectiva los había envalentonado, y pronto volvieron a enfrascarse en interminables debates. Ni siquiera conseguían acordar una fecha electoral, o no lo bastante deprisa como para que Cromwell se sintiera satisfecho. Los detractores del temperamental comandante del New Model Army tenían razón para preocuparse. Su cesarismo iba en aumento. Tras comprobar que no se convocaban elecciones ni tampoco se escribía una constitución como él deseaba, Cromwell propuso que el Parlamento eligiese a cuarenta de sus miembros para formar un comité que se hiciera cargo del gobierno, tras lo cual se disolvería la cámara. Su sugerencia fue escuchada, más con temerosa cortesía que con auténticos deseos de llevarla a la práctica, y los parlamentarios, tras acceder con la boca pequeña, pronto volvieron a su rutina de debates interminables. En vez de disolver la cámara, empezaron a considerar otros posibles tipos de gobierno que no eran el que Cromwell había propuesto. Esto colmó la paciencia del hombre más temido de Inglaterra, quien debió de pensar que no lo estaban temiendo lo bastante.

El 20 de abril de 1653, el ejército volvió a irrumpir en el Parlamento, y esta vez ya no había disimulos, porque era el propio Oliver Cromwell quien marchaba al frente. Los parlamentarios contemplaron atónitos cómo el jefe del New Model Army entraba en la cámara no para ocupar su habitual asiento, sino para desatar todos los demonios. Enfurecido, Cromwell obligó al presidente de la cámara a abandonar su asiento, y después se situó ante los parlamentarios, gritando: «¡Ya habéis hablado bastante! ¡No sois el Parlamento! ¡Yo os digo que no sois el Parlamento!». Empezó a señalar a varios de sus más detestados colegas, adornándolos con toda clase de improperios: a dos de ellos los llamó «puteros», a otro «borracho», a otro «estafador», y a un cuarto «malabarista» (usado como insulto, vendría a ser el equivalente del actual «payaso»). Después se dirigió hacia la mesa en donde estaba expuesta la maza presidencial, un venerable y aparatoso artefacto hecho de oro y plata que simbolizaba el poder del Parlamento. La levantó y se la entregó a un soldado, diciendo en voz alta para que todos pudieran oírlo bien: «¡Saca de aquí esta baratija de imbéciles!». Después, los diputados fueron desalojados y las puertas de la cámara cerradas. Aquel nuevo golpe de Estado, cometido sobre un Parlamento que ya había sido purgado por otro golpe de Estado, fue un acto impulsivo producto de la volcánica personalidad de Cromwell. Cada vez le costaba más contenerse. El anterior golpe, el de 1648, había tenido todas las trazas de haber sido planeado con cierta antelación y con una finalidad concreta. Pero, cinco años después, Cromwell acababa de deshacer un Parlamento sin tener la menor idea sobre con qué sustituirlo, o sobre qué hacer a continuación. Y lo más sorprendente, continuaba negándose a tomar la jefatura del Gobierno. Su furia había vuelto a situar Inglaterra ante el vacío. Un vacío relativo, porque allá donde se mirase, siempre estaba él.

(Continúa aquí)

14 comentarios

  1. Pingback: Oliver Cromwell (III): estafadores, puteros, borrachos y payasos – Jot Down Cultural Magazine | METAMORFASE

  2. uuuu! que malos eran los republicanos! mejor una monarquia…

  3. Una duda: ¿por qué no se considera a María Estuardo como precedente?

    • Hola, Fer:

      María Estuardo ocupó el trono de Escocia, no de Inglaterra (la que sí fue reina de Inglaterra fue María Tudor). En cualquier caso, cuando María Estuardo fue juzgada y ejecutada ya no era reina porque había abdicado, si bien obligada, en favor de su hijo.

      Un cordial saludo.

      • Creo que el precedente de la abuela paterna de Carlos I, María Estuardo, debió haberse mencionado. Cuando ella huyó a Inglaterra y fue enjuiciada, se le ofreció que renunciase a su corona, cambio de su libertad y una pensión, a lo que ella se rehusó (“mis últimas palabras serán las de una reina de Escocia”).
        El tratamiento recibido durante sus 19 años como prisionera correspondió al de una reina y la misma perplejidad que sintió el parlamento inglés cuando enjuició a Carlos I la sintieron, en su momento, los que la enjuiciaron, quienes en vano buscaron en los anales de la historia precedentes que justificaran su procesamiento y condena. Abuela y nieto compartieron el mismo cruel destino

  4. Y en eso estamos todavía.

  5. Sigo pendiente de ver como avanza esta “novela” por entregas… Muy interesante

  6. El relato que de este dramático episodio de la historia inglesa (fue la segunda revolución republicana triunfante en Europa en la Edad Moderna después de la sublevación de las Provincias Unidas en 1568) hace E.J. Rodríguez me ha parecido magníficamente expuesto. Unicamente me atrevería a apuntar que quizás conceda un excesivo papel a los protagonistas, Carlos I, Cromwell o Fairfax, cuando cada uno de ellos representaban sectores sociales en conflicto, (aristocracia terrateniente, burguesía comercial y militares, simplificando mucho), cuya resolución a favor de los segundos explicaría el rumbo que tomó la revuelta parlamentaria en la inmediata expansión colonial y comercial inglesa, convirtiéndose en formidable rival de la otra potencia marítima y mercantil, las Provincias Unidas.
    Por lo demás, reitero mis felicidades al autor y desde nuestro común pasión por la historia le envío un cordial saludo.

  7. Ya está tardando la siguiente entrega …

  8. Muy buen artículo!

  9. En cierta parte de esta lectura se me paso -tambièn- por la cabeza la idea de que Maria Estuardo aparecerìa, tarde o temprano, como precedente; no fue asi, la justificaciòn del autor me parece acertada. Brinllante.

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