
Ya sé que no eres más que una forma de vida basada en carbono, pero yo siempre pensaré en ti como en un montoncito de titanio.
(Bender, Futurama)
El cuerpo como cárcel del alma: nos encontramos ante un precioso símil platoniano que ha vuelto a ponerse de moda en la época de la biónica. Aquello de que el cuerpo es nuestra naturaleza material, lo sensible, y el alma habita la naturaleza espiritual, lo inteligible, tal vez esté algo demodé desde hace algún que otro siglo gracias al método científico, pero no deja de evocar conceptos relacionados con las investigaciones más punteras en neuroimplantes, prótesis robóticas o exoesqueletos de última generación. En la actualidad, la mente o la conciencia aparecen como sustitutas de aquella alma que anhelaba librarse de los lazos que la mantenían atada firme al débil cuerpo, buscando retornar a su origen primitivo.
Además, las soluciones tecnológicas que aporta la biónica cobran todo el sentido del mundo cuando se emplean en personas con algún tipo de discapacidad física o mental. Pregunten a un usuario vitalicio de silla de ruedas o a quien vive postrado en una cama si no consideran que su cuerpo es, en cierto sentido, una cárcel. Sus limitaciones no solo nos hacen reflexionar sobre la supuesta libertad que nos ofrece un cuerpo plenamente funcional sino también, y sobre todo, acerca de ese tipo de esclavitud connatural a nuestra existencia. Nuestra biología nos limita, pero a la vez nos hace ser quienes somos. Por lo tanto, ¿sin este cuerpo dejaría de ser quien soy? ¿Trasladar nuestra conciencia a una máquina es, de esta manera, una idea totalmente disparatada?
La llegada de internet, la comunicación inalámbrica, los smartphones o la aparición de realidades virtuales nos han servido como primera tentativa de un posible plan de fuga corporal. Nuestros límites personales se hacen borrosos, indefinidos, indeterminados. Nos difuminamos con la tecnología a un ritmo sostenido y sin pausa, aunque aún logramos distinguir lo natural de lo artificial. Pero si hablamos de avances como la piel sintética, los neuroimplantes o, en general, de las neuroprótesis, la cosa se complica un poco más. Tal vez llegue el día en que ni nosotros mismos sepamos qué nos venía de fábrica y qué añadimos en nuestra última compra en Amazon. El transhumanismo y derivados se pondrán de moda. El ser humano ha muerto, viva el ser posthumano.
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Internete ya era un poco el camino «de la transcendencia humana mas allá del cuerpo». Y esta resultando ser un leñazo lleno de gente que te exige como debes vivir tu vida. Quiero decir que la utopia literaria es una trampa. Somos humanos y siempre seremos escoria. No hay catarsis, ni salida ni transcendencia posible.