
No hay cine bélico menos bélico que el italiano. Es decir, es muy bélico porque describe muy bien la guerra, pero desde un punto de vista poco exaltado y menos frecuentado, el de los que no creen en ella y hacen todo lo posible por evitarla. Es el cine más antibélico y ácrata que existe, el más vacío de clichés, y no a través de grandes gestas o heroicidades épicas, sino pequeñas gestas y heroicidades anónimas de gente común. La humanidad del cine italiano en las películas de guerra es aún más desbordante y compleja.
Pero antes ocupémonos un momento de un estereotipo: el soldado italiano cobardón y poco de fiar. Es un tópico consolidado tras la Primera Guerra Mundial, en la que Italia empezó en un bando y terminó en el otro, y fue promovido en buena parte por el resentimiento germánico; también apareció en la guerra civil española, con la desastrosa derrota de los italianos en la batalla de Guadalajara, debido a errores estratégicos de bulto; y fue reforzado por la propaganda estadounidense en la Segunda Guerra Mundial —donde también empezó en un lado y acabó en el otro—. Hollywood alimentó el estereotipo porque en el diseño propagandístico del Departamento de Guerra los malos malísimos eran alemanes y japoneses, pueblos crueles y depravados, pero los italianos no eran mala gente, lo era solo Mussolini y su régimen. Influía la enorme comunidad italoamericana de Estados Unidos, claro está, y también el hecho de que Italia era considerada el anillo débil del Eje. Los italianos de las películas de los años cuarenta tienen carácter agradable, son de rendición fácil y se intuye que en el fondo desprecian a los alemanes, cosa que suele ser recíproca, como se ve en una de las primeras escenas de Casablanca (Michael Curtiz, 1942), cuando llega a la ciudad el mayor Strasser: se le presenta un oficial italiano de aspecto patoso y servil, y él lo mira con desdén. Inciso: por cierto, si vuelven a ver Casablanca, en el arranque resulta esclarecedor ver esas masas de refugiados por el mapa en sentido contrario al actual, de Europa a África, y, luego, cómo se trapichea con pasaportes y transportes en el bar de Rick. Todos potenciales delincuentes, sin duda alguna.
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Uno de los mejores artículos que he leído en Jotdown. Muchas gracias.
Para tu consideración otro título: «I DUE NEMICI», en España «SU MEJOR ENEMIGO», coproducción anglo italiana de 1961 dirigida por Guy Hamilton, en cuyo guion colaboró la fabulosa Suso Cechi D´Amico. En el argumento dos oficiales, Alberto Sordi y David Niven en Abisinia durante la guerra. Se queda a un paso de ser obra maestra y la pena es que no hubiera pasado por las manos de Mario Monicelli.
Un grande olvidado en su narración, Iñigo: el grande Totó, que también ha colaborado para poner de manifiesto esa actitud de los italiano de frente a la guerra que usted evidencia, eligiendo la cobardía, la desobediencia o cambiar de bando, o simplemente ignorandola para salvar la piel propia o la de sus similares en casos extremos. En una escena de «Los dos coroneles», Totó personifica a un coronel fascista sometido a otro coronel nazi, y éste le recuerda que tiene el mando supremo para fusilar a unos soldados italianos, y no tiene mejor manera de hacerlo que usando la frase: Aquí mando yo! Tengo carta blanca y hago lo que quiero! Totó le contesta, Sí, señor, Lo sé, pero sabe lo qué hago con su carta blanca? Me pulisco el c….! Y creo que termina fusilado, o se salva por poco. Genial.