
Esta no es una historia mínima. Es la historia de una mujer asombrosa, y el ensordecedor silencio en torno a ella.
Empieza mucho tiempo atrás. Estamos en 1867, en los campos de Níjar, tierras de mar y de interior, en Almería. Allí, en Rodalquilar, se crio Carmen de Burgos, en un cortijo llamado La Unión. Un nombre exacto para un hogar singular. En ese lugar Carmen experimentó el valor de los espacios opuestos: de puertas afuera amó la luz ciega y otras certezas del aire libre, un apego que le venía de su madre, y de puertas adentro quedó hipnotizada por las voces desconocidas de los libros y periódicos amontonados en la biblioteca de su padre.
Saliendo, entrando, Carmen aprendió a correr, a leer. Recuerda husmear entre las páginas del Jornal do Comercio, un diario portugués —su padre fue cónsul de Portugal en Almería— que publicaba las rutas de transatlánticos y barcos cargueros. Así, siguiendo la línea azul que va de Lisboa a Orán, a Bahía o a Buenos Aires, descubrió las hechuras del mundo.
Prácticamente no fue a la escuela, y siguió las enseñanzas de su abuelo, bandolero en sus años jóvenes. Como ella escribió en algún sitio, en sus días de niña nadie le habló de dioses ni leyes.
La realidad, abrupta, llegó con la pubertad. Se casó con dieciséis años y tuvo cuatro hijos, de los que solo uno sobrevivió: su niña María, que tantos años después le rompería el corazón en un acto de deslealtad. Dicen que la muerte de su tercer hijo —que llegó a vivir ocho meses— la sumió en un dolor que casi acaba con ella. Pero no. De aquel sufrimiento despertó con ganas de guerra. Desatada.
Entre llantos y tareas de la casa, empezó a colaborar en Almería Cómica, una revista satírica editada por Arturo Álvarez Bustos, su marido. «En aquel periódico, para ayudar a sostener mi hogar, me vi precisada de trabajar como cajista; otras veces redactaba unas cuartillas, y así fui adquiriendo el entrenamiento periodístico», dejó dicho. En aquellos tiempos, Almería era prolija en diarios: en poco más de un siglo salieron ciento sesenta y dos publicaciones en la capital, y sesenta y ocho en los pueblos.
Ser libre. O no
Se enamoró del periodismo, pero el amor de la pareja se fue por donde había venido. Sufrió la violencia de su marido y, contra todo pronóstico, dinamitó el paisaje de resignación pintado para ella. Se decide una vez si se quiere ser libre o no, y el resto son matices, nos dice la escritora Jhumpa Lahiri desde este lado del tiempo.
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Artículo de 10 hasta llegar al homenaje velado a La Pasionaria, una asesina del ”bando”, que no se nos olvide.
Y el anticomunista de guardia que no falte.
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Entre otros, también escribió bajo el seudómino de ‘Perico de los palotes’.
¿Qué excusa puede haber para no acabar con el manto de silencio y oscuridad que se le ha echado encima?
Se acepta la ignorancia sobre su existencia y su obra durante los años del régimen dictatorial por la prohibición expresa que pesó sobre sus escritos. Han pasado más de cuarenta años desde la restauración de la democracia ¿qué puede justificar que no se le haya restituido en el dignísimo puesto que es suyo por derecho en todos estos años?
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