Gastronomía Ocio y Vicio

Comerse Roma

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Y nos iremos en un tren nocturno huyendo de lamias vengadoras,
oscuramente felices, confundidos con soldados y con monjas.

Instrucciones para matar hormigas en Roma, Julio Cortázar.

«Las hormigas se comerán Roma, está dicho. Entre las lajas andan». Pero, mientras llega este momento terrible, cuando aún se organizan en galerías subterráneas, debajo de las fuentes, podemos devorarla nosotros. Los italianos, como se sabe, son una invención reciente. Si permanecen unidos es por la desidia y por la gastronomía. Esta inseguridad los ha convertido en unos integristas culinarios muy irritantes. Su admirable pesadez (la carbonara no lleva esto, la pasta está demasiado cocida, la masa debería ser un poco más gruesa) ha terminado convenciéndonos de que su cocina es elaborada y compleja, ¡dificilísima!, cuando es de lo más simple. Y deliciosa, porque lo complicado no es, por sí mismo, valioso.

Un italiano entra en una cafetería, pide un expreso, se lo lanza a la garganta y se va. Sobre estos cuatro gestos han construido poco menos que una religión. «Es que el café en Italia es…». Naderías. El gusto por la parafernalia, la ritualización absurda, la magnificación de cosas nimias: ese es el verdadero espíritu italiano. Es cierto que el café es delicioso. Por las mañanas se toma capuchino (un café con leche barroco, con espumilla por encima, para darse importancia) y el resto del día expreso. Para desayunar puede uno llevarse a la boca un cornetto, que es un bollo parecido al cruasán (más esponjoso), que se rellena de crema pastelera, de avellanas o de mermelada. Es muy importante que no pida un capuchino después del desayuno, porque esto podría desencadenar un nuevo saqueo de Roma, la reinstauración de los estados pontificios o alguna calamidad parecida. Es una gente muy sensible.

Ahora tiene que ingeniárselas para hacer tiempo hasta el almuerzo. Roma tiene —tampoco vamos a quitarle méritos— un paseo muy agradable. Es una ciudad edificada para impresionar, la demostración de que el orgullo y la arrogancia producen, algunas veces, obras formidables. Puede caminar hasta los foros, que conservan el encanto de las ruinas (la gloria desmantelada por el tiempo y la codicia). Si prefiere edificios que se mantienen más o menos intactos, es recomendable llegar —dando los codazos necesarios— hasta el Panteón de Agripa. Allí dentro, bajo esa cúpula asombrosa, uno se imagina el papelón que tuvieron los papas para competir con aquello. Pero debían levantar templos mejores, porque, al fin y al cabo, su fe era la verdadera y los lujos de aquellos diosecillos tenían que quedar en nada. Así que los mejores artistas que conocieron los tiempos fueron hasta allí y empacharon Roma de mármoles, de refinamientos arquitectónicos, de trampantojos y de dorados.

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6 comentarios

  1. Me has hecho comer y saborear como solo lo sabe hacer Tarantino con la comida en sus películas. meraviglioso.

  2. Muy buenos días.
    Estamos discutiendo muy fuerte con una compañera de oficina romana y necesitamos saber dónde son los lugares de las fotos para poder encontrar ese tiramisú y esa alcachofa este verano.

    Grazie mille.

  3. Aunque no todo Roma es Da Enzo, donde parece que Joaquín Jesús se deleitó con esos bocados sencillos pero inigualables a orillas del Tíber.

  4. eduardo roberto

    Aunque no es romana aconsejo provar una delicia del Septentrión: bacalá a la vicentina. Una maravilla gastronómica de paciencia y de simplicidad. Un «stoccafisso» (bacalao) seco, molido a palos para desmenuzarlo antes de permanecer por una semana en remojo, cabiando el agua todos los días porque la «puzza» es insoportable, luego hervido con tanto aceite de oliva y leche, il tutto acompañado con polenta pobre, como todos los demás platos de estas zonas norteñas que en un tiempo se consideraban lugares de frontera, según Roma. El mes pasado fue el tiempo de los huevos duros acompañados con espárragos y aceite de oliva. Buon apetito.

  5. Excelente artículo! Yo soy de las que piensan que no conoces realmente una ciudad (o país, o región) hasta que no pruebas sus platos más típicos y entras en sus restaurantes más castizos. Nunca entenderé a esos turistas que viajan a un país nuevo para probar las mismas recetas que ya preparan una y otra vez en su casa. Por cierto, de todo el menú que nos has presentado, me quedo con ganas de probar las flores de calabaza rellenas de mozzarella…

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