Destinos Ocio y Vicio

Mind the gap!

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Martello Tower, Sandycove. Foto: moppet65535 (CC).

El tren de Dublín a Sandycove, donde se halla una de esas llamadas torres Martello erigidas en las costas de Irlanda y otros puntos del Imperio británico como defensa ante las invasiones napoleónicas, inmortalizada por Joyce en su Ulises y hoy convertida en museo del escritor, se va abriendo paso a duras penas entre el mar y las cortinas de helechos que cubren los terraplenes. Su traqueteo soñoliento transcurre acompasado por un mantra que los altavoces repiten machaconamente a la llegada a cada pequeña estación: mind the gap, mind the gap. Podría traducirse como «cuidado con el hueco»; claramente, se refiere al espacio muerto entre el bordillo del andén y el escalón de subida, que puede jugar una mala pasada al viajero más pendiente de sus bultos y maletas en el momento de subir a bordo que de dónde pone el pie.

Sin embargo, en esa atmósfera recogida del vagón (mañana luminosa de junio, el mar tras el cristal, y un traqueteo propio de otro tiempo, tan común en esos trenes decimonónicos que parecen tentar, cada vez, las costuras que les abren paso por parajes casi imposibles), quien esto escribe no puede evitar prestar más atención de la debida, sin duda, a tan inocente advertencia: «cuidado con el hueco». Un hueco que, tal como lo percibe, siempre ha estado y siempre estará ahí en sus variadas manifestaciones: entre las palabras y las cosas, entre lo vivido y lo rememorado, entre lo anticipadamente imaginado y lo experimentado. Un hueco que, en esta ocasión, se convierte en la metáfora de un breve viaje a la capital de Irlanda.

Escribía la viajera antes de subirse a ese tren: «Es curioso cómo, después de caminar por lo que primero has identificado en el plano, vuelves a ello de distinta manera, incluso aunque no lo hayas recorrido todo. Pero ya tienes suficientes referencias reales como para conocer las distancias y anticipar con mucha más precisión lo que podrías encontrar ahí. Para alguien con tan poco sentido de la orientación como yo, «leer» un mapa es como leer un texto de ficción: no es ininteligible ni mucho menos, pero la imaginación se forma una idea de las cosas que más tarde la realidad modula, perfila, a veces contradice por completo. Y está bien que así sea. Porque cuando después volvemos al plano, no nos sentimos defraudados por el espacio abierto entre lo que creíamos que sería y lo que es: no hay desilusión, sino mutuo enriquecimiento. Las calles pisadas en la realidad llevan desde el primer momento la impronta de lo imaginado, por incongruente que sea la asociación. Y en ese momento, volver al plano es regresar a un texto mucho más claro, pero que no ha perdido del todo su naturaleza ficticia».

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