
Existe una prosa que en cierta forma es consustancial a la literatura andaluza, donde la poesía y la narrativa, el campo y los pueblos, la luz y la lentitud, se enhebran con una belleza singular. Tal vez nació con Platero y yo (1914) de Juan Ramón Jiménez, pero lo cierto es que el mismo aroma perfuma rumoroso Recuerdos de Fernando Villalón (1941) de Manuel Halcón, Ocnos (1942) de Luis Cernuda, Las cosas del campo (1951) de José Antonio Muñoz Rojas y Pueblo lejano (1954) de Joaquín Romero Murube. Estos libros bellos y mágicos crearon escuela y así podríamos enunciar su descendencia hasta llegar a Las niñas de «El Altillo» (2007) de Begoña García González-Gordon, un libro tan hermoso y deslumbrante como tímido y discreto, pues la primera edición lleva el sello de Libros El Laberinto de Jerez de la Frontera, mientras que la segunda pertenece a Los Papeles del Sitio de Valencina de la Concepción, que es la editorial que aún lo vende a través de internet. ¿Qué más da? Lo importante es que su lectura nos hechiza y nos fascina porque es un libro único, precioso y encantador.
«El Altillo de Buenavista» era la finca de recreo de una familia jerezana, que a mediados del siglo XIX don Manuel María González Ángel convirtió en un jardín botánico tras poblarlo de acacias, algarrobos, álamos, bojes, cedros, cipreses, ciruelos, eucaliptos, moreras, laureles, pimientas, paraísos y barnices del Japón, hasta sumar más de trescientas especies sin contar vides y naranjos. La primera piedra de «El Altillo» la colocó el menor de los nietos del bodeguero, el pequeño Cristóbal de apenas seis años, quien mucho después sería el padre de las protagonistas del libro que nos ocupa y que en las primeras páginas es «Cristobita», luego don Cristóbal y finalmente Cris, así, en cursivas.
Las niñas, las verdaderas heroínas de la obra, fueron siete hermanas que crecieron en aquel paraíso extraterritorial, donde disfrutaron de una educación tan exquisita, que quedaron fuera del alcance de los jóvenes casaderos de su tiempo. Para colmo de males, la guerra civil primero y después una enfermedad de Margara —la madre—, terminaron por enclaustrar a las siete hermanas en «El Altillo», convirtiéndose así en materia de rumores, comidillas y leyendas urbanas en Jerez de la Frontera. Ellas fueron Casilda, María, Josefa, Margara, Blanca, Mercedes y Livia.
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