¿Es que nadie va a hacer una buena serie sobre The Phantom?

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The Phantom (1943). Imagen: Columbia Pictures Corporation.

The Phantom, el Fantasma que Camina, el Hombre Enmascarado, fue el primer superhéroe moderno. Lo creó el estadounidense Lee Falk en 1936, dos años antes de que un tal Superman apareciese en el legendario volumen número uno de Action Comics. Nunca se ha rodado una película decente sobre The Phantom y, si descontamos la animación, habría que remontarse a 1943 para encontrar una serie de televisión medianamente digerible. Su adaptación cinematográfica más reciente se remonta ya a 1996 y, como veremos más abajo, es cualquier cosa excepto satisfactoria. Aún peor, contribuyó a sepultar al personaje en una fosa mediática de la que continúa sin salir. Y yo, aun reconociendo mi parcialidad hacia el Fantasma, creo que podría hacerse algo grande si un proyecto audiovisual basado en sus aventuras cayese en las manos indicadas.

Antes que nada, supongo que la hipótesis de que fue el primer superhéroe moderno puede ser discutible. En realidad es difícil determinarlo si no definimos antes cuáles son los criterios para distinguir un superhéroe moderno de un héroe a la antigua usanza. Personajes dotados de poderes extraordinarios y capaces de grandes hazañas los ha habido desde que existe el arte de la narración. No hace falta remontarse a Gilgamesh; en el primer tercio del siglo XX hubo unos cuantos héroes de ficción cuya naturaleza era limítrofe entre la edad antigua y la moderna. Pero asumo que hoy todos usamos el término «superhéroe» para referirnos a un tipo muy determinado de personaje que ha terminado conformando un género independiente. A grandes rasgos, podríamos definir el concepto moderno de superhéroe por una serie de rasgos que presentan casi todos ellos; supongo que hay excepciones, pero esto me parece lo básico:

1) El superhéroe posee poderes sobrenaturales o, en personajes más «realistas», habilidades convencionales (fuerza, agilidad, inteligencia, astucia) llevadas al extremo de lo humanamente posible.

2) Sigue un código moral inquebrantable que lo impulsa a hacer el bien.

3) Por lo general lleva una doble vida y, cuando combate el mal, lo hace de incógnito.

4) Viste algún tipo de uniforme distintivo (futurista, alienígena, extravagante, etc.) o es distinguible por una característica física fuera de lo común.

5) Su figura posee una naturaleza simbólica; no importa solo lo que hace, sino también lo que representa.

Estos puntos se prestan a debate, por supuesto. Por ejemplo, el incógnito. Hay superhéroes que no actúan bajo una identidad falsa. Pero si repasamos la génesis de los superhéroes modernos, sucedida unos años antes de la II Guerra Mundial, el incógnito era precisamente uno de los elementos que empezaba a separarlos de los héroes convencionales. Y sí, está claro que después surgieron superhéroes que no escondían su identidad, pero solían ser descritos como seres solitarios, inadaptados o incomprendidos. Veamos antes cómo la identidad secreta era un elemento que empezaba a separar dos géneros, el de las aventuras y el de los superhéroes, que no tenía nombre todavía.

Entre 1902 y 1903, el periódico Chicago Tribune publicó una tira cómica protagonizada por Hugo Hércules, un hombre dotado de fuerza sobrehumana que iba por ahí ayudando a la gente. Tan pronto levantaba un automóvil a pulso para que el conductor pudiese besar a su amada asomada a una ventana como movía un edificio de sitio. El grandullón Hugo no se parecía a un superhéroe como lo imaginamos ahora: no vestía un uniforme futurista, sino pantalones a rayas con americana negra y un sombrero de vaquero, ni actuaba de incógnito. Algunos, bajo criterios distintos a los míos, sí lo consideran el primer superhéroe, lo cual, insisto, depende mucho de la perspectiva que se quiera adoptar. En mi opinión, Hugo Hércules no tiene unas características distintivas que lo separen de la tradición anterior del héroe.

Comparto, eso sí, que queda muy bonito señalarlo a él en términos históricos, porque el personaje cayó en el olvido pero su autor fue un artista insigne. Fue creado por un dibujante veinteañero que firmaba con su nombre completo, Wilhelm Heinrich Detlev Körner, aunque sus conocidos, para no perder el aliento, preferían acortarlo a «Big Bill». Era hijo de inmigrantes alemanes que se lo llevaron de Prusia a Iowa cuando él tenía tres años, de ahí su sonoro nombre, inusualmente largo para un estadounidense. Las tiras cómicas protagonizadas por Hugo Hércules duraron apenas cinco meses, pero Körner no tardaría en hacerse muy famoso gracias a sus increíbles ilustraciones sobre el Salvaje Oeste, cuyo colorido y sentido de la cinemática anticipaba la imaginería cinematográfica de las décadas posteriores. Basta ver sus ilustraciones de las décadas de los diez y los veinte: parecen estar copiando el aparato visual de películas de los años cuarenta y cincuenta, como si Körner hubiese viajado en el tiempo. Obviamente fueron las películas las que lo imitaron a él. Körner falleció en 1938, a los cincuenta y ocho años. Todavía era el ilustrador más solicitado del país, y murió dejando ¡más de medio millar de encargos pendientes! Nunca pudo comprobar hasta qué punto, inimaginable entonces, llegaría la enorme influencia de su trabajo. En 1938 el cine aún estaba intentando encontrar la manera de convertir el color en un estándar fiable y, pese a que los wésterns en technicolor ya existían por entonces, no ofrecían suficiente calidad de imagen como para atreverse a remedar el estilo de las ilustraciones de Körner.

Otro gran pionero de la era del protosuperhéroe fue, por supuesto, Edgar Rice Burroughs. En un periodo de dos años introdujo a dos personajes que también pugnan por el honor de haber sido los primeros superhéroes, aunque en mi opinión son más bien precursores. En su novela Una princesa de Marte, publicada en 1911, debutó el personaje John Carter. En 1912, Burroughs publicó Tarzán de los monos. Carter se parecía más al superhéroe moderno —entendiendo como «moderno» de los años cuarenta en adelante— que el bonachón Hugo Hércules, pero formaba parte de lo que se llamaba «romance científico», uno de tantos términos para designar la ciencia ficción primitiva en su vertiente más aventurera, previa a la space opera de personajes parcialmente inspirados en Carter, como Buck Rogers (1929) o la copia de este, Flash Gordon (1934). Tarzán a duras penas puede considerarse un superhéroe o siquiera un antecedente claro, excepto que tengamos en cuenta que tuvo una influencia muy notable en el posterior desarrollo de The Phantom.

Lo mismo sucedía con un personaje creado por Johnston McCulley, un periodista especializado en la crónica de sucesos sensacionalista y que no hubiese pasado a la historia como reportero, pero que se ganó su lugar en la memoria por la creación del ilustre don Diego de la Vega, más conocido como «el Zorro». El famosísimo espadachín apareció por primera vez en la novela La maldición de Capistrano (1919) y creo que no necesita presentación: es básicamente Batman antes de Batman, pero en criollo. Las aventuras del Zorro transcurrían en su California natal cuando formaba parte de Nueva España y Los Ángeles era un pueblo; era básicamente un caballero español (recordemos que hasta usaba sombrero cordobés), como Tarzán era un aristócrata británico. Un europeo de sangre y formación pero nacido y criado en una tierra exótica, algo que también sería una inspiración para la creación de The Phantom. Este tipo de personaje, el blanco que tutela un territorio poblado por indígenas, era obviamente un reflejo de la mentalidad colonial de la época. Recuerdo un artículo del New Yorker que afirmaba que Tarzán ya no puede ser rescatado para la ficción porque es un personaje intrínsecamente racista. Bien, esto es un tema al que mejor cabría dedicarle un artículo aparte porque la discusión sería complicada.

El Zorro podría presentar su alegato para reclamar el honor de haber sido el primer superhéroe, aunque no tanto por sus características propias sino por la influencia verdaderamente enorme que tuvo sobre el nacimiento del género. Un mero ejemplo: su antifaz sería adoptado por The Phantom, y de The Phantom lo tomó directamente Batman (ambos nacieron como imitaciones directas del Zorro también en otros aspectos), pero se extendió a muchísimos otros personajes aventureros o detectivescos. El Llanero Solitario, por citar uno de los más célebres, era básicamente un Zorro en versión anglosajona, aunque adaptado a valores populares más propios de los estadounidenses. Lee Falk, pues, entró en escena en un momento donde la distinción entre héroe clásico y superhéroe primitivo es casi imposible de trazar. La tradición de John Carter había derivado ya hacia la space opera en estado puro. Tarzán y el Zorro eran género de aventuras. De hecho, The Phantom nació dentro de este género, aunque no tardó en adoptar la forma de un superhéroe.

Como guionista de cómic (y ocasional dibujante), Lee Falk se había hecho un nombre en 1934 gracias al personaje de Mandrake, un mago que, además de actuar como prestidigitador, combatía el mal haciendo uso de sus habilidades profesionales. Sus aventuras eran más o menos realistas al principio, cuando su principal arma para combatir a los delincuentes consistía en provocar alucinaciones mediante hipnosis, pero con el tiempo adquirió poderes más sobrenaturales —invisibilidad, telequinesis, teletransportación, etc.— que utilizaba para hacer frente a enemigos cada vez más espectaculares, como extraterrestres y bichos extraños venidos de recovecos lovecraftianos del universo. Mandrake llevaba un uniforme, pero era el típico traje de mago, con su preceptivo sombrero de copa, su capa y su refinado bigotito. Es una figura que ya bordea muy claramente el concepto moderno de superhéroe. Se hizo inmensamente popular. Tanto, que un mago de la vida real, Leon Giglio, se cambió legalmente el nombre para poder hacer giras como «Mandrake, el mago». También le surgieron imitadores con rapidez; en la tira cómica Las aventuras de Patsy, distribuida por Associated Press, aparecía un mago que curiosamente se llamaba The Phantom Magician, aunque estaba más inspirado en el Zorro: antifaz, capa, espada, y un sombrero de mosquetero en vez del sombrero cordobés. La cuestión es que Mandrake empezó a aparecer en las páginas de decenas de revistas y periódicos. Su abrumador éxito hizo que la agencia King Features Syndicate le pidiera un nuevo personaje a Lee Falk.

Falk tenía la intención de crear un personaje con trasfondo histórico o pseudohistórico. Estaba fascinado con las mitologías antiguas, en especial los héroes griegos y las leyendas medievales que rodeaban al rey Arturo y a Rodrigo Díaz de Vivar. La primera propuesta que hizo a KFS. fue la de crear un cómic sobre el rey Arturo, pero le dijeron que eso no estaba de moda. Sin saber muy bien qué otra cosa hacer, presentó al Phantom original, que por suerte no duró casi nada: era un playboy estadounidense llamado Jimmy Wells, adinerado residente de Manhattan, que se ponía una máscara cuando peleaba con los malos para ocultar que era un ricachón capaz de triunfar en los salones y en las calles. En esencia, era la enésima imitación del Zorro y un precedente de Batman o Iron Man.

Por fortuna, Lee Falk no tardó en sentirse a disgusto con ese personaje y lo cambió casi por completo. Lo rebautizó como Kit Walker, para distanciarse de lo que consideraba un inicio desacertado. Lo trasladó a una selva donde, como Tarzán, se ocupaba de impartir justicia con la complicidad de los nativos y los animales. Inspirado por aquella leyenda que decía que el Cid había ganado una batalla después de muerto, lo rodeó de una mitología propia; los indígenas pensaban que The Phantom era inmortal y llevaba cuatrocientos años morando en la selva: el Fantasma que Camina. El nombre «Phantom», que había hecho referencia a la máscara y poco más (muchos personajes con antifaz eran el «phantom esto» o el «phantom aquello»), cobraba de repente un nuevo significado, el de un espectro. Lo vistió con una indumentaria ajustada basada en la de Robin Hood. Para la máscara, Falk tuvo una idea muy original y efectiva: las pupilas no serían visibles, lo que le confería a Phantom un aspecto más sobrehumano. Esta ocurrencia le vino cuando contemplaba esculturas griegas; las pupilas, originalmente hechas con pintura que se había perdido siglos atrás, estaban ausentes de los ojos de las estatuas, haciendo que personajes retratados pareciesen dioses o seres de otro mundo. Lee Falk pensó que ese detalle ayudaría a que Phantom fuese más imponente. Batman, por ejemplo, imitó ese detalle.

Las dos cosas que más le preocupaban eran el nombre y el aspecto de su nuevo héroe. Ninguna de las dos resultó como lo había planeado. El nombre «Phantom» era provisional y producto de las prisas; estaba decidido a cambiarlo porque ya había varios personajes que usaban el mismo término; en especial, pretendía separar su personaje de otro oficialmente llamado «The Phantom Detective» y al que todo el mundo, incluidos los guionistas, acortaban el nombre a «The Phantom». Ese otro Phantom existía desde tres años antes y también llevaba un antifaz, así que convenía poner distancia. Falk se estrujó la cabeza para encontrar un apodo mejor. Llegó a considerar el nombre «The Grey Ghost» («El espectro gris»), pero tampoco lo convencía del todo, quizá porque sonaba demasiado a película de terror. Al final, casi llegado el plazo de entrega y sumido en un mar de dudas y a su pesar, decidió quedarse con The Phantom. El otro revés fue el del uniforme. La mayor parte de las historietas clásicas de The Phantom son en blanco y negro, esa es la esencia clásica de la serie, pero algunas de las tiras más antiguas fueron publicadas en color. En concreto, cuando el personaje pasó de las páginas diarias del periódico a la edición dominical. Falk había concebido a su personaje con un uniforme gris. Sin embargo, la imprenta encargada de plasmar las viñetas dominicales cometió un error con la tinta y el uniforme apareció de color morado. Aquello no tenía el más mínimo sentido: para empezar, un personaje que ha de camuflarse en la selva jamás vestiría de color morado. Y, pensemos que hablamos de los años treinta, el morado no era un color que los lectores asociaran a la virilidad y el heroísmo. Lee Falk estaba horrorizado, pero la metida de pata estaba hecha y, como el personaje empezó a funcionar bien entre el público, quedó condenado a vestir su uniforme violeta para siempre.

The Phantom 13: The Complete Newspaper Dailies (1955-1956), por Lee Frank y Wilson McCoy.

Bueno, no para siempre. En las portadas de ediciones internacionales podía vestir los colores más variados imaginables. Los editores de algunos países decidían que el morado no les gustaba y lo cambiaban a su antojo por otros colores, desde el rosa hasta el marrón. En español he llegado a ver portadas con el uniforme rojo, cereza, azul y gris (lo que supongo haría feliz a Falk). Aquí se lo llamaba «el Hombre Enmascarado», como en Italia. En ediciones latinoamericanas era «el Fantasma» y también variaba de color, desde el morado muy oscuro hasta el azul celeste, pasando por el rojo y un gris casi blanco. A veces el color era cambiado de acuerdo con cuestiones culturales. La versión sueca, por ejemplo, teñía de azul el uniforme y de amarillo las franjas de su calzón, para asemejarlo a la bandera nacional. En Australia, donde el personaje siempre ha sido especialmente popular, fue introducido por la vía más curiosa imaginable: la revista femenina Woman’s Mirror; cuando por fin apareció en volúmenes propios, el uniforme de la portada era completamente verde o completamente rojo, dependiendo de la semana.

Lee Falk, pues, desestimó su imitación del Zorro y modificó el personaje para conferirle ese barniz histórico y legendario que tanto le gustaba, hasta el punto de que el relato de los orígenes del personaje es probablemente el más dilatado dentro del mundo de los superhéroes. Ese relato empezaba en 1492, cuando Cristóbal Colón descubrió América. Un niño inglés llamado Christopher Walker era grumete en la carabela Santa María. Habiendo tenido como maestro al mismísimo Colón, Walker se convirtió en un respetado capitán. Tomó como grumete y aprendiz a su propio hijo, también llamado Christopher Walker. En 1536, el barco en que padre e hijo navegaban fue atacado por los piratas de la malvada Hermandad Singh, una sanguinaria orden de piratas. El único superviviente fue el joven Christopher, de veinte años, que llegó milagrosamente a una playa del país asiático de Bengali (más tarde, Falk lo renombraría Bangalla y lo situaría en África). Tras encontrar la calavera de su padre, Christopher Walker hace un juramento ante ella: dedicará su vida a combatir el crimen en la región, con especial énfasis en vengar a su padre, y jura también que sus descendientes directos harán lo mismo. Se pone un antifaz y establece su base de operaciones en una cueva (de nuevo, un antecedente de Batman), desde donde empieza a enfrentarse a los malvados de Bangalla. Cuando Walker muere, su hijo se pone el uniforme y continúa ejerciendo su labor. Pero los nativos de la zona, desconociendo que se trata de otra persona, transmiten la habladuría de que es inmortal y lo bautizan como «el fantasma que camina». Teniendo la calavera como símbolo, su leyenda continúa durante generaciones; incluso los extranjeros escépticos llegan a creérsela cuando comprueban que el «Fantasma» es tan huidizo e invulnerable como sugiere su apodo.

El Phantom de los cómics, Kit Walker, es el último de una veintena de descendientes de Christopher Walker. De padres a hijos, durante cuatrocientos años, los Walker se han pasado la responsabilidad de proteger y cuidar a los habitantes de la selva de Bangalla. Todos los Fantasmas han sido varones salvo Julie Walker, que en el siglo XIX vistió el uniforme para cubrir temporalmente a su hermano (creada en 1969, Julie Walker ha aparecido de forma discontinua en los cómics; desgraciadamente, porque ofrece una perspectiva interesante). Después de cuatro siglos, los nativos siguen pensando que el Fantasma es un ser sobrenatural. El único que conoce su identidad y naturaleza humana es su mejor amigo de la infancia, Guran, jefe de una tribu de pigmeos, que ejerce como ayudante, médico, consejero y confesor del Fantasma, y es el único que tiene libre acceso a su cueva. Kit trambién cuenta con la ayuda de un caballo excepcionalmente rápido, «Héroe», y de un lobo amaestrado y muy inteligente, «Diablo» o «Satán».

Kit ejerce además como líder de la Patrulla de la Jungla, un cuerpo policial-militar que uno de sus antepasados fundó en tiempos del pirata Barbarroja. Casi nadie en el cuerpo conoce la identidad de su jefe, a quien se refieren como «el Comandante Misterioso», porque sus órdenes aparecen como por arte de magia en el interior de una taquilla (a la que Kit accede mediante un túnel). Kit Walker es nativo de Bangalla, pero estuvo estudiando en los Estados Unidos desde los diez años hasta finalizar la universidad. Allí destacó por su inteligencia y físico privilegiados, destacando en lo académico y siendo el más prometedor atleta universitario del país, capaz de proezas increíbles como ganarle un combate informal al campeón mundial de boxeo. En la universidad Kit se enamora de una compañera de clase, Diana Palmer, chica de buena familia (su tío es propietario de un periódico neoyorquino) y de carácter decidido y aventurero; Kit la abandona cuando se ve obligado a regresar a Bangalla para cumplir con el ancestral juramento familia, pero terminarán reencontrándose: Diana entrará a trabajar en las Naciones Unidas y recalará en Bangalla durante uno de sus viajes profesionales.

Como ven, solo los orígenes del personaje dan como para una miniserie. A diferencia de casi todos los superhéroes más conocidos, Phantom no fue creado por DC ni por Marvel, aunque llegó a pasar por ambas en una de tantas etapas a lo largo de su larga historia. Ha transitado de una editorial de una a otra: King Features Syndicate, Charlton, Gold Key, Moonstone, Frew, DC, Marvel, Dynamite, etc. En algunas regiones del globo incluso se ha creado contenido propio adaptado al público local, como hizo la editorial escandinava Egmont. Intentar narrar toda su historial editorial sería una tarea de locos, pero podemos decir que el material clásico es el de los años treinta y cuarenta, cuando las historietas de Kit Walker eran una combinación de aventura a lo Indiana Jones, comedia screwball al estilo de las películas de la época y género detectivesco con un toque «negro». El gran aliciente del personaje en esa etapa es la forma en que mantiene una aureola sobrenatural en torno a su figura, pese a ser un hombre de carne y hueso. Su rúbrica, la cicatriz perenne en forma de calavera que su anillo deja grabada en los villanos cuando les pega un puñetazo; con frecuencia, sus enemigos recuperan la consciencia con una pequeña calavera en el pómulo y empiezan a creer que realmente han sido atacados por un ente fantasmal. Desprovisto de superpoderes y además reacio a matar, la sugestión psicológica generada por su leyenda constituye su principal arma.

Hablemos de sus escasas adaptaciones a la pantalla, donde nunca se le ha sacado del todo partido a los ambientes creados en los cómics originales. En 1943 el personaje fue llevado a la televisión en uno de los típicos seriales que Columbia producía en la época; lo interpretaba Tom Tyler, el mismo actor que dos años antes había encarnado al Capitán Marvel. La serie constaba de quince episodios y estaba bastante bien hecha dadas las circunstancias; pensemos que nadie consideraba necesario invertir demasiado esfuerzo ni dinero en aquellos seriales de aventuras pensados para críos. Con todo, había algunas secuencias de acción bastante espectaculares para la televisión de la época y su buena dosis de cliffhangers. Tyler era un adecuado Kit Walker. Aunque los críticos se mostraron desdeñosos, al público le gustó el programa, pero una nueva temporada que estaba prevista nunca llegó a completarse porque Columbia se lo pensó demasiado y se quedó sin los derechos de adaptación. En su lugar usaron lo que habían escrito para otra serie, Las aventuras del Capitán África, que se estrenó bastante después, en 1955, y que imitaba las intrigas político-militares típicas de algunos argumentos de The Phantom, pero poniendo en su lugar a otro personaje, un agente secreto convenientemente enmascarado. En 1961 se produjo el piloto para una nueva serie, en la que estarían viejas glorias en horas bajas como Paulette Goddard (esplendorosa a sus cincuenta años) y Lon Chaney Jr. El resultado tuvo que ser muy malo, pues la serie no pasó del piloto y nunca llegó a emitirse.

La gran oportunidad, por desgracia desperdiciada, llegó en 1996 con la película The Phantom, primera adaptación cinematográfica a lo grande. Coproducida por Estados Unidos y el país más fiel al Fantasma, Australia, contó con un buen presupuesto: cuarenta y cinco millones de dólares, que en la época no estaba nada mal. Para hacernos una idea, eran dos tercios del presupuesto de Independence Day, estrenada aquel mismo año, pero The Phantom recaudó ¡cincuenta veces menos! Fracasó estrepitosamente en taquilla y fue masacrada sin piedad por la crítica. La película, en efecto, era mala. No tanto como se dijo en su día y no tanto como me pareció la primera vez que la vi, pero muy mala, en cualquier caso. No porque todos sus elementos estuviesen mal, sino porque padecía varios problemas insuperables. Para empezar, el argumento era estúpido e inverosímil; mezclaba sin el menor criterio los argumentos de varios cómics y añadía un ridículo elemento sobrenatural que producía risa, sobre todo en el atroz desenlace del largometraje. La dirección de Simon Wincer era plana y sin gracia. Hasta la fotografía era más propia de un telefilm. Los decorados eran, por momentos, propios de una película de serie B. Casi todo era un desastre.

Aun así, y esto es algo de lo que solo me percaté con sucesivos visionados en los que ya no estaba tan atónito y decepcionado por la nefasta traslación al celuloide de uno de mis personajes favoritos del cómic, había cosas que estaban bien enfocadas. No eran bastantes como para salvar la película, pero sí como para servir de guía en una hipotética nueva adaptación. El guion, aunque de argumento pueril, parecía haber sido revisado por alguien que sabía escribir diálogos al estilo de las comedias de los años treinta. Nada excepcionalmente brillante, pero el primer tercio de película es ágil gracias a los constantes toques de humor, muy adecuados a la época en que está ambientada la película (finales de los años treinta). Algunos intercambios de los diálogos son muy divertidos. Por ejemplo, cuando presentan al personaje de Diana Palmer, que vuelve de uno de sus viajes y se encuentra con su madre, más preocupada por atender a los invitados de una fiesta que por el retorno su hija. El minidiálogo transcurre así:

—¡Cuánto tiempo sin verte! ¿Cómo estás, cariño?

—He contraído la malaria, madre.

—… eso está bien.

Esto podría encajar en una comedia de 1938. Hay otros momentos así, aunque por desgracia son pocos y concentrados en la primera parte del film, que después olvida por completo esa aproximación cómica. Si los guionistas (o quienes reescribieron los diálogos, que es lo que creo que sucedió) hubiesen mantenido ese tono durante todo el metraje, se hubiese hecho más tolerable.

El reparto principal cumplía bien. Billy Zane era un Kit Walker correcto; no el mejor imaginable, pero lo bastante convincente como para que, en una película mejor, hubiese funcionado bien. Kristy Swanson (Buffy Cazavampiros, pero no la de la serie de televisión, sino la del celuloide) encajaba bien en el papel de Diana Palmer. Físicamente parecía una actriz de los años treinta; lo malo es que estaba bien en algunas escenas, pero floja en otras, lo cual no sé si achacarlo a ella o al director. Lo mejor la película, y de esto no cabe duda, era Catherine Zeta-Jones. Su personaje era una mercenaria engreída y descarada, que tan pronto pilotaba un avión como aparecía vestida de femme fatale. Pues bien, la interpretación de Zeta-Jones era una auténtica delicia, y es de lamentar que no le diesen más diálogos, porque en las escenas donde le permiten trabajar un poco con su personaje demuestra encontrarse en estado de gracia. Supongo que esto es decir lo obvio, pero Zeta-Jones es una de las pocas actrices de las últimas tres décadas que podría haber encajado en el Hollywood clásico sin desentonar lo más mínimo. Es una pena que su inspirado trabajo quedase enterrado en el olvido por la deficiente calidad de la película. Y, qué demonios, nadie había dado bofetadas así desde los años cuarenta, y nadie las ha vuelto a dar así después. Sus sutiles cambios de expresión hubiesen encantado a Bette Davis.

Cuando ni siquiera una Catherine Zeta-Jones puede salvar una película es que no había nada que hacer. Pero eso no significa que todo deba ser descartado en esa cinta. Tomando los elementos que funcionaban (el humor), los que podrían haber funcionado con un tratamiento mejor, y evitando todo lo que estaba mal (que era mucho), queda una buena hoja de ruta para plantear una nueva adaptación. Lo que se necesita es alguien que entienda la naturaleza mitológica del Fantasma que Camina, que consiga que el espectador lo vea como lo ven los villanos, como un ser misterioso y huidizo, antes de dejar que se familiarice con el hombre que hay detrás. Esto es importante por un motivo, y me explico: Superman no necesita ocultar su identidad para realizar su labor. Si actúa de incógnito es porque Clark Kent quiere llevar una vida normal. A fin de cuentas es un joven hijo de granjeros para quien la vida es algo más que volar con una capa. Pero si Superman no escondiese su identidad y actuase bajo la identidad de Clark Kent, daría igual, porque sus poderes permanecerían intactos. Que los demás sepan quién es no diluye sus poderes. El Fantasma, por el contrario, sí necesita el incógnito para combatir el mal, porque carece de superpoderes. Es un hombre convencional; todo lo que tiene es su alargada sombra y el respeto que su falsa leyenda inspira en la selva y entre sus enemigos. Si la identidad del Fantasma fuese descubierta se le perdería el miedo. Es como cuando Mike Tyson empezó a perder peleas y los rivales ya no subían al cuadrilátero atenazados por el miedo. Mientras Tysoin mantuvo su aureola, el miedo le tenía medio combate ganado cada vez.

El Fantasma necesita esa aureola. Y eso debería verse reflejado en una adaptación. Una miniserie sería ideal, porque permitiría presentar a los personajes poco a poco, permitiría dar amplios saltos temporales, y permitiría que el aura de misterio del Fantasma durase lo suficiente como para que el espectador se hiciese una idea de dónde radica la fuerza del personaje. Esto es algo que la película de 1996 no lo enfocó bien. Un tipo vestido con una malla morada es intrínsecamente cómico, a menos que venga precedido por una presentación enigmática. Imaginen algo como esto, una miniseria de siete episodios:

Episodio 1: El Fantasma deshace una banda criminal, pero no aparece con claridad en pantalla ni una sola vez. Es, en efecto, como un espectro. Solamente vemos las consecuencias de sus actos (como las calaveras marcadas en las caras de los malos) y escuchamos lo que se dice sobre él en la selva; es decir, lo percibimos como lo perciben los habitantes de Bangalla. Al final del episodio, como una aparición casi sobrenatural, se nos muestra al Fantasma montado en Héroe y acompañado de su lobo, Diablo.

Episodio 2: Se nos cuenta la historia del primer Fantasma, de su padre —el grumete en la carabela de Colón— y del juramento de venganza que dio origen a la saga de los Fantasmas.

Episodio 3: Volvemos al siglo XX y a Kit Palmer, pero esta vez lo vemos como el adolescente que estudia en los Estados Unidos, que rompe marcas atléticas, que se enamora de Diana Palmer y que se ve forzado a volver a Bangalla cuando su padre muere para hacerse cargo del juramento familiar.

Episodio 4: Vemos al Fantasma en tiempos del pirata Barbarroja, cuando establece la Guardia de la Jungla. O viajando a Francia en la época de los mosqueteros, o algo así.

Episodio 4: Una nueva aventura del Fantasma de los años treinta, aunque ahora ya estamos familiarizados con él. Lo vemos reencontrarse con Diana.

Episodio 5: Dedicado a Julie Walker, la Fantasma de mediados del siglo XIX.

Episodio 6: El Fantasma y Diana Palmer en tiempos de la II Guerra Mundial, ejerciendo la resistencia contra una invasión nazi en Bangalla. Después los vemos entrenando en común al hijo/a que han tenido juntos y que ha de seguir el juramento ancestral.

Esto es un ejemplo como otro cualquiera de cómo podría ser la estructura, pero en seis episodios tendríamos una representación muy completa del universo mitológico del Fantasma. Distintas épocas, distintos personajes, pero una leyenda común: el justiciero que nunca muere. De todos modos estoy seguro de que a cualquier guionista (o a cualquiera que me esté leyendo) se le ocurrirían ideas mejores. La cuestión es que The Phantom es un gran personaje desaprovechado por la pantalla y supongo que olvidado del público, pero que podría dar mucho de sí. ¿Por qué una serie y no un largometraje? Supongo que el espíritu de The Phantom está muy alejado de las actuales películas de superhéroes, donde todo es a la tremenda y hay que salvar el planeta entero cada dos por tres. El Fantasma funciona mejor en argumentos de menor escala, a ser posible sin elementos sobrenaturales (no como en el despropósito de 1996), y esto es algo que Hollywood casi ya no contempla dentro del género. Su escenario idóneo es Bangalla, o quizá algún otro lugar del mundo, pero siempre en aventuras de ámbito local. No es Superman ni uno de los Vengadores. No duraría un solo segundo contra Thanos. No va a detener invasiones alienígenas ni doblegar a criaturas del averno. Pero, qué demonios, es el primer superhéroe moderno, ¡y ya va siendo hora de que alguien haga algo espectacular con él!

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5 comentarios

  1. manvil

    Thank you!

  2. Carlos

    Hubo una serie de animación bastante entretenida, “Phantom 2040”, que trasladaba toda esta mitología al futuro.
    Syfy lo intentó también con otra miniserie (https://en.wikipedia.org/wiki/The_Phantom_(miniseries) pero bastante más floja.

  3. Soy yo, Gort

    Ojalá se animara alguien

  4. Carlos A.

    Suscribo todo lo dicho. Siempre me han encantado los comics de The Phantom, eran algo verdaderamente especial. Qué pena que nadie le haga justicia en television y/o cine.

  5. fco_mig

    Como fan de siempre de Mr. Walker (o del Sr, Caminante, como prefieran), estoy de acuerdo en líneas generales con el artículo. Pero no me convence. ¿Por qué hacer un ejercicio de nostalgia con el personaje cuando, por su propia naturaleza, puede ser actualizado?
    Por ejemplo: el escenario más propio de las aventuras de the Phantom son las costas del Oceáno Indico, desde Tanzania hasta la costa occidental de Australia. ¿Qué hay allí ahora? Los piratas de Somalia. Serían su enemigo natural, de existir en la realidad. ¿Y qué decir de la guerra en Yemen? ¿O de la situación imposible de Arabia Saudí? ¿O…? Aquí hay mil argumentos en los que alguien que se mueve por un lugar tan lleno de fábulas y leyendas como ese entorno y pretender ser él mismo una leyenda se desenvolvería libre y eficazmente.
    La nostalgia puede ser válida, pero si un personaje no nos transmite nada que nos hable del “aquí-y-ahora” a mi entender, no tiene un gran futuro.
    PD: Los imitadores de Tarzán son infinitos. Algunos sí que tienen un tufo colonialista, pero no todos ni mucho menos. Para hacerse una idea, he aquí el mejor enlace que conozco en nuestro idioma.
    https://colgadosdelaliana.wordpress.com/
    Saludos y gracias por el artículo, de todos modos.

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