Lo pequeño es bello: Bondy y sus joyas de papel

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Un libro de 5 x 5 mm., uno de los más pequeños del mundo, con el padrenuestro en siete idiomas, creado en Berlín en 1952 y subastado en Londres en 2006. Fotografía: Peter Macdiarmid / Getty.

Un domingo 27 de junio de 1993 aparecía un interesante obituario en el diario británico The Independent. Unos días antes había fallecido Louis Bondy, un librero de anticuario muy conocido en el gremio que también había sido un respetado político local, representando al Partido Laborista primero en el Consejo del Condado de Londres y años más tarde en la institución que lo sustituyó, el Consejo del Gran Londres. El nombre completo del Sr. Bondy, Louis Wolfgang, delataba su origen germánico. Efectivamente, el popular librero había nacido en Berlín en el año 1910. Allí se había formado inicialmente como arquitecto para posteriormente pasarse al periodismo en una Alemania, la de los años treinta, cuyo ambiente político no dejaba de caldearse y de incomodar a alguien que, como él, además era judío. Finalmente, con la llegada de los nazis al poder, se vio obligado a tomar la decisión de abandonar el país, siendo Londres la ciudad elegida para empezar a labrarse un nuevo futuro.

Aquellos primeros años en un nuevo país no debieron de ser fáciles. Seguir ejerciendo la profesión de periodismo, para un recién llegado que aún debía adaptarse al idioma, tampoco la mejor de las opciones. El joven Louis se decantó por darle una oportunidad a su amor por los libros abriendo una librería en Little Russell Street, muy cerca del colosal Museo Británico, en el barrio residencial y muy académico de Bloomsbury, donde ya tenían sus negocios otros renombrados libreros del mercado londinense. Con el paso de los años y un negocio que no les permitía subsistir, muchas de las librerías del barrio se vieron forzadas a cerrar, hasta el punto de casi quedarse solo con sus polvorientos estantes repletos de libros usados, sus pilas de revistas antiguas y sus almanaques viejos colgados en el escaparate. Pronto Louis Bondy se convirtió en uno de los personajes más singulares y apreciados del barrio. Por si fuera poco el haber sobrevivido como librero de viejo tantos años, además había algo en su negocio que lo hacía muy especial.

En primera instancia la librería de Bondy no se diferenciaba mucho de otras de la ciudad. Sí era cierto que algunas de sus secciones prevalecían sobre otras, destacando por ejemplo su catálogo sobre las artes escénicas y el teatro. En cuanto a lo demás, quizás abundaban los libros y láminas sobre Londres y otros temas locales, la literatura de cualquier proveniencia, así como ejemplares de contenido erótico o incluso pornográfico que parecía vender con mucho mayor desparpajo que otros libreros de la capital. Pero, por encima de todo, destacaba su amor por los libros en miniatura, por los cuales había llegado a tener una inmensa pasión después de años de profesión, hasta el punto de convertirse en un gran experto y referente en el tema a nivel internacional, compilando todo tipo de detalles e información académica sobre sus autores, editoriales, coleccionistas y comerciantes en catálogos muy valorados por todos los que compartían su particular afición. Bondy finalmente ofrecería una versión condensada de todo su conocimiento publicando un libro en 1981 con el unívoco título Miniature Books: Their History from the Beginnings to the Present Day (Libros en miniatura: Su historia desde los comienzos hasta la actualidad) que, como no podía ser de otra manera, se trataba de un ejemplar de libro en miniatura también.

Posteriormente, en 1987, vería la luz otro minilibro de Louis Bondy, Small is Beautiful (Lo pequeño es bello), con unas dimensiones de 6,5 x 6 cm, esta vez en una edición limitada a cuatrocientos ejemplares publicados por la Miniature Book Society de Estados Unidos. En él se recoge el discurso que en 1985 su autor dio en el III Gran Cónclave de la sociedad, fundada en el estado de Ohio en 1983. Para Bondy, los libros en miniatura eran «manifestaciones tangibles de la infinita variedad de habilidades humanas, moldeadas y refinadas por las exigencias de su formato». Según esta organización, que agrupa a amantes de los minilibros de todo el país, un libro se considera una miniatura cuando no tiene más de tres pulgadas (7,62 centímetros) de altura, ancho o grosor, aunque fuera de los Estados Unidos también se incluye en la misma categoría a otros que alcanzan las cuatro pulgadas (10,16 centímetros) en sus dimensiones. De todas maneras, como en este caso el amor no es que sea ciego, sino que no va por los mercados de antiguo midiendo con una regla, algunos coleccionistas menos escrupulosos se hacen con ejemplares un poco más grandes para sus colecciones personales o bien se concentran en especímenes muchísimo más pequeños que hasta podríamos denominar microlibros.

¿Qué hay detrás de esta pasión por los libros en miniatura? ¿Qué interés hay en publicar algo tan pequeño que, después de todo, puede que incluso cueste un infinito trabajo poder leer? Como cada año, recientemente se publicaron los datos y conclusiones de la dichosa estadística que nos habla de los hábitos de lectura en nuestro país. Parece que aumenta el número de libros que leen las mujeres y, en general, también es más alta la proporción de españoles que han comprado al menos un ejemplar con respecto al dato del año anterior. Pero me pregunto cuánta fiabilidad podemos concederles después de todo a esas cifras, cuántos entrevistados habrán mentido o exagerado antes que admitir que no han leído ningún título durante todo el año. Muchos echamos de menos un barómetro que hable del amor por los libros, una estadística que hable de personas que han tenido que mudarse de apartamento para poder tener más espacio para sus libros, de gente que tiene en sus casas estanterías hasta en los lugares más insospechados, que acumulan libros en dos, tres o más filas en esos estantes, que guardan libros por la belleza de su portada aunque nunca los vayan a leer, que los tienen en los más diversos idiomas que no hablan o entienden, o que acumulan múltiples ejemplares de diferentes ediciones de un mismo título por el puro placer de tenerlas todas. Este amor por los libros, que es más difícil de plasmar en fríos datos estadísticos, así como la creencia de muchos bibliófilos de que la belleza está en el detalle y en lo pequeño es con mucha seguridad el motor que impulsó desde los primeros albores de la imprenta en el siglo xv la producción de libros en miniatura.

Algunos coleccionistas y expertos en la materia apuntan otras razones originales, como el deseo de las damas de la alta sociedad de la época de poder llevar en sus pequeños bolsos sus más preciados textos o la necesidad de ocultar información sobre temas censurados por la Iglesia, cuando el tamaño del objeto del delito podía constituir incluso la diferencia entre la vida o la muerte, la libertad o la vida en prisión.  Como esa guía para la anticoncepción publicada por un doctor de Massachusetts en 1832, The Fruits of Philosophy (Los frutos de la filosofía), donde en apenas unos 7,5 cm de largo pensamos que pretendía ocultar la delicada información a las autoridades, pero que finalmente no le sirvió para evitar ser multado y encarcelado por el atrevimiento. A medida que la producción y posesión de libros se fue democratizando y las técnicas de impresión mejoraron, los temas para los que tenemos ejemplos de minilibros empezaron a multiplicarse, apareciendo por ejemplo los cuentos para niños durante el siglo xviii, dejando atrás así una especial abundancia de temas religiosos en sus primeros siglos de historia.

Escribió Louis Bondy que en una ocasión tuvo una experiencia de lo más aterradora cuando, mientras contemplaba un impresionante ejemplar que medía menos de un milímetro, al acercarse a la vitrina protectora y respirar sobre él salió disparado «como si fuera una mota de polvo». Luego describiría como «nada menos que un milagro» que finalmente pudiera encontrarlo de nuevo y devolverlo a su lugar. Aquel auténtico microlibro, protagonista de la famosa anécdota de nuestro personaje, era uno de los tres volúmenes de la colección Shiki no Kusabana (Las flores de las estaciones), también conocida como el Micro Trio Toppan por el nombre de la imprenta de Tokio que los produjo utilizando las técnicas más avanzadas del momento, a finales de los años setenta del siglo pasado. La tirada estuvo limitada a quinientos ejemplares, cada uno de los tres títulos con dieciséis páginas que miden 2 x 2 mm, y sorprendentemente, aunque cueste de veras creerlo, encuadernación en cuero. En una de sus fotos promocionales aparecen enfrentados a un voluminoso objeto de metal alargado, mucho más grande que los tres volúmenes juntos, que pronto logramos reconocer como el ojo de una aguja. Sin duda unos de los libros más pequeños del mundo y una pieza esencial para todo coleccionista de microlibros. Quien quiera poder contemplarlos y disfrutar de su maravilloso diminuto tamaño puede acercarse al Museo de los Minilibros que existe en Azerbaiyán, uno de los orgullos de su capital, Bakú. Es el único museo privado dedicado en exclusiva a este tipo de libros que existe en el mundo, desde que se fundara en 1992. A día de hoy la colección cuenta con más de seis mil ejemplares, en más de veinte lenguas, en exposición para mayor deleite del turista curioso. Ignoramos si el museo acompaña la entrega de su audioguía junto con una lupa, pero seguro que podría ser una muy buena idea a considerar.

Sin embargo, volviendo a la colección de Louis Bondy, fue un precioso libro en miniatura publicado en Berlín en 1896 el primero que despertó en él su inusual pasión bibliófila. Se trataba de un ejemplar de Lexikon: Kleinstes Buch der Welt (Diccionario: El libro más pequeño del mundo) bellamente encuadernado en piel azul oscuro y protegido por una cubierta de metal labrada con el mismo título. Sabemos con total certeza que fue el primer libro que incluyó en su colección porque así lo atestiguó él mismo en sus escritos, pero no está tan claro cuál fue el primer libro en miniatura de la historia. Muchos consideran que el Officium Beatae Virginis Mariae, profusamente ilustrado, impreso por Mathias Moravius en Nápoles en 1486, fue uno de los primeros, al menos después de que Gutenberg publicara su Biblia en 1455. Por otro lado, otros entusiastas coleccionistas se atreven a incluir piezas que se remontan mucho más en el pasado, como esas minitablitas de arcilla sumerias, con la temática más variada en escritura cuneiforme, de hace más de cuatro mil años y de poco más de 5 cm de largo, que para muchos son los antecesores más antiguos de los libros en miniatura.

A lo largo de la historia, muchos otros Bondy se han encargado de inmortalizar su particular bibliofilia en piezas que se han convertido en ejemplares clásicos. En los Países Bajos de 1674, un joven impresor que trataba de dar mayor publicidad a su negocio, decidió publicar uno de sus poco exitosos poemas, «Bloem-Hofje» («Jardín de flores»), en un libro no más grande que una uña, consiguiendo ser durante dos siglos el libro más pequeño del mundo. En 1922 se crearon doscientos volúmenes en miniatura para la famosa casa de muñecas de la reina María, esposa del rey Jorge V de Inglaterra, aún en exposición en la actualidad en el Castillo de Windsor. La colección contenía autores clásicos como Thomas Hardy, Rudyard Kipling o sir Arthur Conan Doyle, pero no fue hasta recientemente, el año pasado, que uno de los pocos títulos que fueron específicamente escritos para la colección llegó a comercializarse para disfrute del público en general. Hablamos de A Note of Explanation (Una nota de aclaración) de la poeta Vita Sackville-West, en cuyas páginas, mucho mayores que las de aquel original que poseyó la reina de 39 x 10 mm, se narra la historia de un misterioso duende hasta que finalmente se muda a la casa de muñecas que sería su hogar, la misma en cuya pequeña biblioteca acabaría el libro en la realidad. Aparentemente la historia tiene cierto parecido con el célebre Orlando de Virginia Woolf, escritora con la que mantuvo un romance muy comentado en la época y que, en opinión de muchos, se inspiró para la construcción de su famoso protagonista andrógino en la propia autora. En 2004 tuvo lugar una subasta benéfica de minilibros en Londres para la cual se pidió a diversas personalidades que usaran su creatividad para completar las páginas de un ejemplar único con el que recaudar fondos. Así fue cómo J. K. Rowling compuso su versión diminuta del Harry Potter y la piedra filosofal (4 x 6 cm) en la que también fue autora de sus ilustraciones dibujadas a mano. Su dueño lo adquirió en su día por la nada despreciable suma de diez mil libras, aunque en la subasta que tuvo lugar el pasado mes de diciembre para celebrar los veinte años de la publicación del primer libro de la serie, su valor estimado se calculaba entre ochenta mil y ciento veinte mil libras. Sin duda, una auténtica joya de papel.

Repasar la historia de estos codiciados libros liliputienses nos permite toparnos con más de un protagonista curioso como lo fue Louis Bondy durante su vida como librero. Quizás otro de los nombres más destacados de este universo del minilibro sea el norteamericano Stanley Marcus (1905-2002). Aquellos que estén familiarizados con la industria del consumo masivo en los Estados Unidos seguro que pronto podrán asociar ese apellido con el nombre de Neiman Marcus, la famosa cadena de exquisitos grandes almacenes fundamentalmente centrados en moda, belleza, regalos y complementos que su padre y su tía habían fundado en Dallas (Texas) en 1907. Stanley tuvo un cargo directivo en la empresa durante muchos años, incluso después de que dejara de ser propiedad de la familia, pero durante gran parte de su vida también se dedicó a la escritura y los libros. Estuvo un tiempo viviendo en Boston para estudiar Literatura Inglesa en la más destacada institución académica de Massachusetts: la Universidad de Harvard. Aquí fue cuando Mr. Stanley, como le conocían en su ciudad natal, empezó a aficionarse al coleccionismo de libros antiguos, en un lugar tan propicio para esta actividad como es ese Boston enamorado de su historia colonial y sus antigüedades, y en un vecindario, la zona de Harvard Square en la que se encuentra la universidad, donde abundaban las librerías, de la misma manera que sucedía con el barrio de Bloomsbury y Louis Bondy. Resulta bastante curioso que Stanley Marcus creara un servicio de compra de libros por correo, el Book Collector’s Service Bureau, para poder financiarse su gran pasión como coleccionista, en un tiempo en el que aún no existían las librerías virtuales y sus eficientes buscadores de hoy día. Aquella carta que envió a sus cien primeros potenciales clientes empezaba con las siguientes palabras: «¿Significan los LIBROS algo para usted? En caso de que no, tire esta carta a la papelera sin leer una palabra más. En caso de que sí, entonces léala con atención, pues le informará de un nuevo y valioso servicio que ha sido creado para los amantes y coleccionistas de libros». El gancho con el que comenzaba aquella misiva parece que surtió efecto, y el negocio le fue tan estupendamente bien que incluso se llegó a plantear dejarlo todo para vivir de ello, pero la presión familiar no se lo permitió. En cambio, sí sirvió para transformarse en la inversión inicial que necesitaba su propia colección de libros durante su juventud, que siguió acrecentando durante toda su vida, con especial atención a los libros en miniatura, que eran su predilección.

Stanley Marcus, como ya hiciera Louis Bondy, también publicó su propio minilibro, Minding the Store (Cuidando de la tienda), en el que aparece la historia de la carta de la que hemos hablado, además de muchas otras anécdotas de su carrera profesional como hombre de negocios. No fue el único, puesto que la editorial que él mismo creó publicó muchísimos minilibros más. Después de su fallecimiento, sus libros, fotografías, artículos de periódicos y correspondencia pasaron a la Biblioteca DeGolyer de la Universidad Metodista del Sur de Dallas, donde a día de hoy se exhiben al público. La colección incluye más de ocho mil libros, de los cuales unos mil cien son libros en miniatura, muchos expuestos esperando despertar una pasión similar en los posibles Louis Bondy del futuro, que se dediquen a estudiarlos o, simplemente, a reunirlos y cuidarlos con mimo para las generaciones postreras.

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