
La Real Academia define una burbuja económica como un «proceso de fuerte subida en el precio de un activo, que genera expectativas de subidas futuras no exentas de riesgo». Así pues, se trata de un aumento rápido (y, por ende, poco controlable) de un precio (hay dinero en juego y, por tanto, alguien está ganando o intentando ganar), que se alimenta de esperanzas. Las esperanzas, lo sabemos, suelen ser deseos a menudo irracionales (o, por lo menos, improbables) que peligrosamente descuidan el presente para confiar en un futuro poco factible, un futuro que apuesta por el azar, o sea, que cuenta con la posibilidad de que ocurra lo que no es probable que ocurra. Se llama esperanza precisamente por ser algo que tiene una elevada probabilidad de no suceder. Una esperanza, por definición, no está exenta de riesgos y, precisamente por ser una esperanza, estos riesgos suelen ser bastante inevitables. Lo que pasa con las burbujas es además mucho más curioso, porque su éxito no solamente es improbable, sino que, en muchos casos, es patentemente imposible, y el fracaso es casi cierto. O sea, se sabe de sobra que van a explotar. En muchos casos (las inmobiliarias, los bancos…) no hacía falta un doctorado en economía para entender que alguien estaba chupando de un bote a punto de quebrarse. Tampoco hacían falta superpoderes de videntes o una fina capacidad de cálculo.
En fin, las burbujas suelen acabar con un «se veía venir». De sobra. Pero este es el principio básico de la esperanza: creer en ella aunque las evidencias sugieran patentemente todo lo contrario. Otra característica de la esperanza es la de no depender de uno mismo, sino de los demás. Para resumir, si tienes una esperanza, estás contando con algo que tiene escasa probabilidad de ocurrir y que no depende de ti mismo: a bote pronto, una estrategia incauta, y una apuesta realmente pésima. Mario Monicelli, una piedra angular de la cultura cinematográfica italiana, decía que la esperanza es un engaño inventado por el poder, refiriéndose sobre todo a política, religiones y empresas. Los que tienen mantienen quietos a los que no tienen con una promesa futura para que se agarren a ella y se dejen explotar y manejar día tras día, a la espera de un acontecimiento liberatorio que se pospone continuamente. Muchos prefieren una falsa esperanza a una crónica depresión, olvidando que hay niveles intermedios, como por ejemplo una saludable y coherente planificación, basada en estrategias sinceras y competentes. Yo prefiero las ilusiones a las esperanzas, porque no atañen al futuro sino al presente, y porque no dependen de los demás sino de uno mismo. Pero, bueno, a lo que vamos, las burbujas, espejismos golfos, trucos baratos, que hinchan un producto para sacarle un descarado provecho sabiendo que pronto se vendrá todo abajo y que el coste correrá a cargo de otros.
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Genial explicado, al menos lo que llevi sintiendo intuitivamente desde hace tiempo no es síntoma de locura :) Gracias
Sí muy bien explicado. Aunque yo no sé si la esperanza de los incautos está en que las cosas se resuelvan por suerte o en que los responsables de las instituciones, que se supone que son listos y formados, sean esto RESPONSABLES de la tarea social que representa su trabajo, y por tanto estén cuidando de las cosas para que no se produzca la catástrofe… ese es para mi el mayor shock … si lo veía venir yo … cómo los expertos y responsables del tema no han hecho nada … yo me decanto por la corrupción de objetivos, más que por la incompetencia…
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