El chiste y su relación con la consciencia

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Isaac Asimov, 1972. Fotografía: Cordon Press.

Isaac Asimov era un gran contador de chistes. «La modestia me impide decir que, de todos los presentes, soy el que posee el mayor repertorio de chistes y el que mejor los cuenta; pero si no fuera modesto lo diría», solía proclamar en fiestas y reuniones. Y también solía bromear sobre su misterioso origen —el de los chistes, no el de Asimov— diciendo que formaban parte de un experimento llevado a cabo por una avanzadísima civilización extraterrestre, e incluso escribió un relato a partir de esta hipótesis: «El chistoso» Jokester», 1956). En dicho relato, de la serie de Multivac, el superordenador llega a la conclusión de que los chistes verdaderamente graciosos repiten unos esquemas básicos muy antiguos, cuyos autores no se conocen por la sencilla razón de que no están ni han estado nunca entre nosotros. Oigamos al Gran Maestro Meyerhof, el protagonista humano de «El chistoso»:

Hace cosa de un mes pasé una velada intercambiando chistes. Como de costumbre, yo conté la mayoría de ellos, y los tontos se rieron. Acaso pensaran que tenían gracia, o tal vez quisieran halagarme. En cualquier caso, alguien me dio una palmada en la espalda diciendo: «Meyerhof, sabe usted diez veces más chistes que cualquiera de mis conocidos». Creo que decía la verdad, pero sus palabras me dieron que pensar. No sé cuántos cientos o acaso miles de chistes habré contado en mi vida. Sin embargo, lo cierto es que jamás inventé ninguno. Solo los repito. Mi única contribución se reduce a contar los que oigo o leo. Y la fuente de lo que oigo o leo tampoco ha compuesto esos chistes. No he conocido nunca a nadie que afirmara ser su autor… De manera que, ¿quién compone los chistes?

El Gran Maestro, intrigado, tras suministrarle toda la información pertinente y contarle numerosos chistes, le plantea la cuestión a Multivac, y el superordenador acaba dando una explicación cuando menos inquietante: los chistes fueron compuestos por una superinteligencia extraterrestre para difundirlos entre los humanos y estudiar su respuesta a ese estímulo.

Puede que Asimov y Multivac no fueran desencaminados. Es probable que, en efecto, sea una superinteligencia la que compone los chistes; aunque no extraterrestre, sino muy terrenal: una inteligencia colectiva que selecciona y elabora materiales espontáneos. Alguien cuenta una anécdota divertida o tiene un lapsus gracioso; quienes escuchan la anécdota o el lapsus transmiten la información modificándola ligeramente o adornándola para que resulte más graciosa; y al pasar de boca en boca, la anécdota o el lapsus se condensan y pulen cual canto rodado hasta adoptar la forma canónica de un chiste.

En El chiste y su relación con el inconsciente, Freud analiza algunos chascarrillos judíos, entre otros el del rabino que dice: «Yo me baño una vez al año, lo necesite o no lo necesite». A Freud no le interesa la génesis de los chistes, sino su función psíquica (que, según él, consiste en castrar simbólicamente al padre), y nada nos dice sobre su posible origen. ¿Cuál pudo ser en este caso? Imaginemos a dos hombres hablando de sus hábitos higiénicos; uno de ellos dice que se baña una vez al mes, y el otro le pregunta si no siente la necesidad de hacerlo más a menudo; el primero, en serio o en broma, contesta que ni siquiera una vez al mes siente la necesidad, pero lo considera un hábito saludable. Amplíese hiperbólicamente el plazo de un mes a un año, condénsese la anécdota y añádasele una pizca de antisemitismo —no necesariamente en este orden ni de una sola vez— y ya tenemos un chiste listo para su difusión masiva.

Lo cual nos lleva al segundo aspecto notable de la cuestión: la fulminante rapidez con que se propagan algunos chistes. Es frecuente —y sin duda adecuado— en estos casos apelar al vertiginoso crecimiento de las progresiones geométricas: les cuentas algo a dos personas y cada una de ellas se lo cuenta a otras dos, que a su vez… Pero habría que hablar también, y sobre todo, de éxito reproductivo. ¿Por qué unos chistes tienen tanta aceptación y otros mueren antes de nacer, es decir, antes de alcanzar su pleno desarrollo como tales? La teoría de los memes, propuesta por el biólogo Richard Dawkins, que extiende el concepto de gen a los productos de la mente, describe la forma en que se difunden ciertas «unidades de información cultural»; pero poco nos dice sobre las claves de la adaptación al medio y el proceso evolutivo de los distintos tipos de memes, el secreto de su eventual «viralidad».

Alguien debería retomar la idea de Asimov y llevar a cabo —o repetir— el experimento. Imaginemos a un selecto equipo de humoristas, psicólogos, sociólogos y matemáticos diseñando, clasificando y contando una batería de chistes inéditos, para luego medir su velocidad y ámbito de difusión, así como su capacidad para crear tendencia, suscitar imitaciones o proponer nuevos modismos lingüísticos. Seguramente aprenderíamos algo sobre el funcionamiento de la mente humana y sobre nuestra atribulada sociedad.

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11 comentarios

  1. La base de los chistes es la absurdidad, y sin embargo, los amamos. Cuestión inquietante. Gracias por la lectura.

    • Curiosamente, en la taxonomía de los chistes (que merecería un estudio aparte), junto a los verdes, de médicos, de políticos, etc., están los “chistes absurdos”. ¿Pleonasmo? ¿Rizadura del rizo del humor? Valdría la pena profundizar en el tema. Gracias a ti por tu comentario.

      • Rabinovich

        Yo no veo tan claro que el absurdo esté siempre en la génesis del humor. Por ejemplo el viejo chiste de Eugenio del sujeto que golpea a la puerta de un adivino “Pum, pum, pum. ¿Quien es? ¡Pues vaya mierda de adivino!” , no podría ser más lógico, por más que el ángulo sea inesperado

        • Has puesto el dedo, si no en una llaga, en un punto delicado: la definición del chiste y su taxonomía. ¿Son homologables todos los productos que solemos considerar chistes? Incluso desde el punto de vista formal los hay de muy diversos tipos: hay chistes que son microrrelatos (y viceversa), otros se parecen a máximas o proverbios jocosos, otros son “adivinanzas capciosas”…

  2. Gran artículo, me quedé con ganas de más. Sería interesante ese experimento, además hoy en día con las redes sociales y la tecnología se podría medir mucho mejor esa difusión e incluso su transformación.

  3. Juaaa! Muy bueno, pero habría que observar que la categoria “adivino” es ya de por sí, en un mundo racional, un descomunal absurdo asumido no por poca gente como válido. Yo creo que es una bizarra forma de amor y parte de nuestra, por ahora, misteriosa constitución. Hay algo más absurdo que nuestra existencia y el amor que le profesamos?

  4. CarlosSilveyra

    He realizado recopilaciones de literatura oral entre los niños de mi país, Argentina, y he consuiltado de otros países de habla hispana. Y los chistes integran ese colectivo. Al toparme con el problema de clasificar los materiales recolectados, algunos eran evidentemente categorías autónomas. Por ejemplo las adivinanzas. En cambio los chistes se presentan con estructuras diversas. Algunas de ellas suelen ser fijas, por ejemplo los colmos (El colmo de un jardinero es dejar a su novia plantada), pero… ¿podríamosdecir que los colmos son chistes de estructura fija? No estoy tan seguro…

    • Yo diría que cierto tipo de chistes -y los “colmos” son un buen ejemplo- sí tienen una estructura fija, aunque no rígida. Algo parecido ocurre con los cuentos maravillosos y sus 31 funciones. Y, por otra parte, siempre habrá productos fronterizos, incluso híbridos, y más en un terreno tan amplio y movedizo como el de los chistes.

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