Viaje al corazón del nacionalismo ucraniano

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Lviv, Ucrania, 2016. Fotografía: Iurii Bakhmat (CC).

Lo primero que me llama la atención de Lviv son sus paredes descascarilladas. Anoche, cuando llegué con tren desde Kiev, caminaba por la calle y me daba la sensación de que tras las ventanas negras de esos edificios viejos y centroeuropeos podía haber un vampiro al acecho. Ahora, a la luz del día, los adoquines antiguos y los edificios color crema —tan diferentes a muchas ciudades sovietizadas del resto de Ucrania— crean una mezcla de romanticismo estético y lentitud existencial. Como en todas esas ciudades europeas donde el siglo XX no se impuso, se produce una conexión nostálgica con un pasado imperial idealizado. Pero todo esto, obviamente, es solo el más visible de los escenarios. Si indagamos en la gente y en la historia, la burbuja estalla.

Con que uno haya leído cuatro cosas sobre Lviv, el espejismo de la arquitectura imperial centroeuropea —esos tejados multicolores y suaves— se desmorona. La ciudad no es importante por haber sido parte de la Confederación polaco-lituana o del Imperio austrohúngaro, sino por ser la cuna del nacionalismo ucraniano, movimiento que marcó el devenir del país desde el siglo XIX hasta ahora. Lviv es la ciudad más patriótica de Ucrania, el nido de los rebeldes que desafiaron la dominación polaca y soviética, pero que también se aliaron con los nazis, reduciendo la población de judíos y polacos de origen a mínimos. ¿Qué queda de ese pasado en Lviv?

Quedo con Ivan en el centro de la ciudad. Es joven y de Crimea, pero ya lleva varios años viviendo en Lviv. Se marchó de la península después de la anexión rusa. Lleva flequillo peinado a un lado, es delgado y trabaja como ingeniero de sistemas. Tiene los ojos claros y los dientes torcidos. Paseamos por las calles de la ciudad, cruzándonos con una regordeta iglesia dominica blanca y negra, que parece apretujada por dos manos gigantes. Después llegamos ante la iglesia militar de Pedro y Pablo —barroca—. «Al menos esta iglesia sirve para algo. Ayudan a nuestros soldados en el Donbás», murmulla Ivan, ateo, antes de entrar.

Si uno mira al final de la iglesia, junto al altar cuelgan los estandartes de varios batallones del ejército nacional. A la izquierda hay una precaria cruz de madera, de la que pende una enorme bandera ucraniana —azul y amarilla— con la cara de Jesucristo estampada. A sus pies se acumulan centenares de casquillos de balas, restos de enormes misiles, cantimploras agujereadas y crucifijos de soldados enviados a luchar en el Donbás contra los separatistas prorrusos. Un cartel explica que la cruz de madera de donde cuelga el «Cristo ucraniano» era antes la base de una tienda de campaña. Una explosión la hizo volar por los aires, dejando solo dos de los soportes en forma de cruz. Justo detrás hay una bandera roja y negra del Ejército Insurgente Ucraniano, una guerrilla nacionalista que luchó contra soviéticos y nazis —y masacró a polacos y judíos en acciones que varios historiadores definen como limpiezas étnicas—. Justo al lado de la cruz hay dos grandes paneles con las caras de los soldados ucranianos muertos en la guerra del Donbás.

Al salir vamos a una de las clásicas cafeterías que pueblan Lviv, en las que parece que pudiera entrar Stefan Zweig en cualquier momento. Picoteo un Strudel austrohúngaro mientras hablamos sobre la vida en la ciudad: «Lviv es una urbe abierta, donde yo —que soy crimeo rusoparlante de Simferópol— puedo sentirme ucraniano sin miedo a represalias. Hablo con mi novia en ruso y ella me responde en ucraniano, y no pasa nada. En realidad, en Lviv hablo con todo el mundo en ruso, y nunca he recibido críticas, ni miradas raras, ni por supuesto violencia. Ojalá los putos rusos se marchen de Crimea, de mi país. En Lviv aceptan a todo el mundo (1), a pesar de que la propaganda rusa la pinte como la madriguera del fascismo ucraniano. Lviv es como una miniatura de Nueva York, una mezcla de lenguas, culturas e ideas. Históricamente ha sido así».

¿Y por qué hay diferencias tan grandes respecto al este de Ucrania?

«La gente del este y el sur de Ucrania tienen un nivel cultural más bajo. Piensa que los bolcheviques se cargaron a los intelectuales y a las clases altas educadas, y las sustituyeron por revolucionarios proletarios sin apenas educación. En la Ucrania occidental y Lviv no tuvieron tiempo para hacer lo mismo. Y aunque en estas últimas décadas la educación ucraniana ha sido la misma para todos, el Donbás ha seguido siendo más atrasado, un lugar sin apenas turismo ni vida cultural. Allí solo hay minas y fábricas. Además, muchos de ellos son descendientes de deportados desde Siberia, algunos delincuentes. No son ucranianos. Trajeron una cultura del proletariado que han mantenido hasta hoy en día. Viven en una Ucrania moderna, pero no saben pasar página de la Unión Soviética, agarrándose a un pasado que ya no existe. Y Rusia se aprovecha de ello».

Caminamos hasta una altísima torre justo en el centro de la ciudad, rodeada por un edificio donde se reúne el consejo municipal. Está lleno de banderas de la Unión Europea, a pesar de que un ingreso de Ucrania en este organismo parece quedar bastante lejos. También he visto muchas en los edificios del Gobierno en Kiev. Quizá es por cierto anhelo hacia Occidente, u —otra posibilidad— porque Bruselas es la que está inyectando dinero a las nuevas autoridades que surgieron después de la revuelta de Maidán. Sea como sea, para los jóvenes ucranianos Lviv es la ciudad más «occidental» del país, por lo que muchos van allí de vacaciones o a estudiar en sus universidades.

Después de subir incontables escaleras, llegamos a la cumbre de la torre. La vista es magnífica: centenares de tejados gris claro, verde acuático, negro húmedo, granate… sostenidos por paredes rosadas, vainilla, cremosas y pálidas. Son el recuerdo de la Lviv imperial austrohúngara, que sucedió a la dominación polaca. La sociedad estaba dividida en tres etnias: los polacos —que poseían la mayoría de la tierra—, los judíos —buena parte del comercio— y los ucranianos, minoritarios. Allí florecerían los intelectuales del nacionalismo ucraniano de finales del siglo XIX y principios del XX, como el poeta Iván Franko o el historiador Myjailo Hrushevsky. Lviv era una sociedad multicultural entre imperios, entre las fronteras físicas e ideológicas de Europa Central y Rusia —aunque siempre más hacia el lado de la primera—.

Pero ¿dónde están ahora todos esos polacos y judíos que poblaban las calles de Lviv?

Paseando por la ciudad, nos encontramos de casualidad con las ruinas de la antigua sinagoga de la Rosa Dorada, destruida en 1943. Hay unas discretas placas de recuerdo. «Siempre se habla de los “nazis” nacionalistas ucranianos de Lviv, pero la mayoría son fake news inventadas por Rusia. Yo nunca he sentido ningún peligro desde que vivo aquí, y siempre hablo ruso. Se habla mucho de los nazis, pero ¿ves alguna esvástica pintada en este lugar judío? Si el movimiento ultranacionalista es tan fuerte, ¿cómo es que todos los judíos se sienten tan seguros, y no hay ninguna esvástica pintada aquí?», me pregunta Ivan (2).

La Primera Guerra Mundial fue el inicio del fin de la Lviv plural, con la caída del Imperio austrohúngaro. Como en otras zonas de Europa Oriental, el oeste de Ucrania —la histórica región de Galicia— fundó un breve Estado en 1918, la llamada República Popular de Ucrania Occidental, que duró menos de un año. Polonia la invadió y la incorporó a su territorio. Los recelos étnicos entre ucranianos y polacos crecerían durante las siguientes décadas. El odio hacia los judíos, considerados como una extensión del bolchevismo que amenazaba desde Oriente, también se iría incubando.

Ivan me propone que vayamos a cenar a un restaurante que es una leyenda negra entre los rusos. Caminamos hasta una plaza céntrica y vemos una cola de gente que entra en un edificio antiguo, hasta llegar a una vieja puerta de madera. «Los rusos están cagados cuando vienen aquí, se piensan que es un bar lleno de nazis. Les da morbo. Mira, también hay unos polacos esperando», me dice riendo.

Cuando llegamos a la entrada, un hombre vestido de guerrillero, con un fusil a la espalda, abre a medias el portón y nos mira. Ivan le dice de un grito: «¡Slava Ukrayini!» (¡Gloria a Ucrania!). El hombre sonríe y nos deja pasar. Coge su cantimplora y nos da un chupito de vodka. Bajando unas escaleras, entramos en una especie de búnker-taberna llena de mesas, con camareros vestidos a lo paramilitar, armas falsas tiradas por el suelo y guiris haciéndose selfies. Hay una zona donde incluso puedes disparar a retratos con la cara de Stalin, Lenin, Putin o el expresidente ucraniano Yanukóvich. «Todo es teatro: a veces, si los camareros oyen a alguien hablando ruso lo apartan de la mesa, cogen armas, lo ponen contra la pared y hacen cómo si lo fueran a fusilar. Hay rusos que se mueren de miedo y creen que la cosa va en serio», me explica Ivan.

Nos sentamos en una mesa y ojeo el menú. Tiene un dibujo en el que aparece Putin desnudo en un trono, con un Medvédev con cuerpo de niño sonriente sentado en su rodilla —es habitual que los contrarios a Putin lo acusen de pedófilo—. Pedimos unos vareniki —raviolis ucranianos— rellenos de puré de patata y cubiertos de crema agria, unas tortitas hechas con patata y huevo, y una salchicha roja de medio metro de longitud. Nos lo traen en cazuelas y sartenes metálicas, rollo campamento. Se acerca una señora y canta canciones tradicionales ucranianas, acompañada de un hombre con acordeón. En las paredes hay fotografías y objetos antiguos que recuerdan la historia del Ejército Insurgente Ucraniano, una guerrilla nacionalista que luchó contra los soviéticos y después contra los nazis —brevemente fueron aliados— en la Segunda Guerra Mundial.

«Los nacionalistas ucranianos no se aliaron con los nazis por ideología, sino para luchar contra los soviéticos y conseguir la independencia de Ucrania. Habrían combatido contra cualquiera para conseguir la independencia. Por eso después lucharon contra los nazis», me cuenta Ivan.

Tras dos décadas de dominio polaco en Lviv, la ciudad pasó a manos de los soviéticos en 1939, pocos días después de que los nazis invadieran Polonia. El duro dominio bolchevique hizo que parte de los ucranianos recibieran a los nazis como liberadores, en 1941. Un sector de los nacionalistas ucranianos se alió con los alemanes con el objetivo de liberarse del yugo ruso, y con perspectiva de gozar de una Ucrania independiente. Cuando vieron que esa no era la intención de Hitler, el Ejército Insurgente Ucraniano (la guerrilla de los nacionalistas ucranianos) peleó contra los nazis, y también lo haría contra los soviéticos. Su líder, Stepán Bandera, se alió con los nazis, pero luego fue detenido por la Gestapo y enviado a un campo de concentración. Después pelearía contra los soviéticos y, en el exilio en Múnich, sería asesinado por un agente de la KGB.

Quienes más padecieron estas luchas y cambios de liderazgo fueron los polacos y especialmente los judíos. Si antes de la guerra la mitad de la población de Lviv eran polacos étnicos y casi un tercio eran judíos, después de la guerra apenas quedaban miembros de estos dos grupos. Los nacionalistas ucranianos participaron en las persecuciones de estas minorías, contra los polacos «invasores» y los judíos «bolcheviques». Los soviéticos —posteriormente— deportaron a buena parte de la población polaca, cuando los nazis ya habían acabado con casi todos los judíos. La Segunda Guerra Mundial —como pasó especialmente en toda Europa Oriental— fue desastrosa para Ucrania: uno de cada seis de sus habitantes pereció durante el conflicto.  

Acabamos de cenar y pasamos por una tienda donde puedes comprar souvenirs del Ejército Insurgente Ucraniano, o botellas de cerveza con el Putin desnudo en ellas. Subiendo por unas escaleras exteriores se puede llegar a la azotea del bar. Veo que en la pared trasera del edificio hay un gigantesco grafiti en el que se ve el Kremlin y la tumba de Lenin en llamas, sobrevolado por un avión que los bombardea. «El sueño húmedo de cualquier nacionalista ucraniano», me dice Ivan con una sonrisa maliciosa.

Le pregunto qué opina de las estatuas de Lenin que se derribaron durante la revuelta de Maidán: «¿Para ti sería normal que hubiera una estatua de Hitler en cada ciudad? Así es como ven a Lenin y a los comunistas en muchas partes de Ucrania. El comunismo y Rusia han intentado repetidas veces destruir Ucrania como país, y negarnos nuestra identidad. Debería haber un par de estatuas en un museo y ya está. No es racional que tengamos que mantener tantas estatuas de Lenin, si ya no vivimos en la URSS».

Al acabar la Segunda Guerra Mundial, Lviv cayó bajo dominio soviético, y hasta los años noventa fue uno de los focos de disidencia más importantes del país, tanto de nacionalistas antirrusos como de demócratas. Desde la caída de la URSS ha representado la Ucrania opuesta a los rusófilos del Donbás y Crimea. Las protestas de Maidán calaron fuerte y, a diferencia de lo que ocurre en la parte este del país, en la mayoría de ventanas cuelgan banderas azules y amarillas, y algunas negras y rojas. Para muchos de los habitantes de Lviv el gran demonio, el gran peligro, es Rusia.

Cuando llegamos al tejado, hay un grupo de gente que se sube al asiento de una ametralladora pesada antiaérea, y hace como si disparara al cielo. Nos rodean los tejados multicolores de la Lviv austríaca. Ivan me dice si quiero hacerme una foto ametralladora en mano. Le digo que no. He tenido suficiente por hoy.

Fotografía: Juan Bello (CC).

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(1) Muchos tártaros musulmanes de Crimea, por ejemplo, huyeron a Lviv después de la anexión rusa, a pesar de la larga distancia que hay desde la península hasta allí.

(2) Semanas después, escribiendo este reportaje, me entero de que un grupo de ultraderechistas ha matado a una persona a cuchilladas en un campamento de gitanos, en un ataque a las afueras de Lviv.

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8 comentarios

  1. Pere C

    Muy buen artículo, felicidades. Este verano he pasado 12 días en Polonia. Por todo el país hay monumentos que recuerdan las matanzas que han ocurrido por aquellas tierras, pero en el que vi, con diferencia, más coronas de flores y farolillos, fue en uno de Breslavia (Wroclaw) que conmemoraba los 80,000 muertos polacos, víctimas de la limpieza étnica en Ucrania. https://es.wikipedia.org/wiki/Masacre_de_polacos_en_Volinia

    • Felipe

      Sin duda toda Europa está plagada de matanzas, especialmente Centroeuropa. La realidad actual de Ucrania es que es un país donde la mayoría de la población sólo quiere paz, democracia e integrarse en la UE, única manera de garantizar las dos primeras. Si la UE continúa ignorando esta necesidad para la paz y el progreso de Europa, podremos ver una nueva guerra en diez o veinte años en Europa, pero no será por deseo del pueblo ucraniano. A día de hoy, cualquiera puede viajar tranquilamente a Lviv y disfrutar de una ciudad tan bonita como Praga, a precios de los años ochenta (taxi ciudad aeropuerto: 2 € como ucraniano y 6 € si te tratan como extranjero).

  2. luchino

    Interesante artículo.
    Esta primavera pasada estuve en Kiev ( no en Lviv ), y me pareció una ciudad muy bonita, aún por descubrir para el turismo. Esplendorosos templos ortodoxos, con cúpulas en forma de cebolla y bellas pinturas en el interior, y edificios centroeuropeos del siglo XX o finales del XIX, en algunos casos muy deteriorados, y precios muy asequibles – se puede comer por 3-4 € – .
    Hay vuelos directos desde Barcelona o Madrid.

  3. Lauterpacht

    Este gran reportaje me ha recordado el fantástico libro Calle este- oeste de Philippe Sands, donde la ciudad de Lviv es realmente la protagonista principal.

  4. uningenieroloco

    Estuve en Kiev este verano. Es curiosa, pero hubo varios momentos que me pusieron los pelos como escarpias. Ver a gente vestida de paramilitar dando panfletos por la calle, niños en formación, marchando por el centro de la ciudad en un “campamento de verano” de un grupo nazi. Ver como todo el mundo hace la vista gorda ante esa gente porque “luchan contra los rusos”… Y saber que tienen varias divisiones con armamento pesado en el Donbas. En ese país va a pasar algo jodido en no mucho…

  5. Máximo

    La flor más fragante del nacionalismo ucraniano:

    Stepán Andríyovich Bandera (en ucraniano, Степан Андрійович Бандера) (1 de enero de 1909 – 15 de octubre de 1959) fue un activista político y de los más destacados personajes del movimiento nacionalista e independentista ucraniano, líder de la Organización de Nacionalistas Ucranianos. Bandera es una figura histórica polémica, honrada tanto por movimientos nacionalistas de la Ucrania contemporánea como por organizaciones de extrema derecha,​ y al mismo tiempo, condenada por los asesinatos étnicos de polacos​ y judíos.

    https://es.wikipedia.org/wiki/Step%C3%A1n_Bandera

  6. Vigasito

    Aquí ya sólo falta el comentario de algún “Bukanero” del Rayo Vallecano para redondear como se merece la historia.

  7. Máximo

    Y el partido Svoboda, partido filonazi (es el heredero del Partido Social Nacional de Ucrania), miembro del gobierno tras el Euromaidán.

    Guau, con el ministerio de Integración en la UE.

    La UE alemana fomentando el derrocamiento de un corrupto ucraniano para colocar a unos nazis. Lo cuentas en una novela hace diez años y no te creen.

    Después nos quejamos de que Putin se mosquea y es muy bronco, y que si Crimea, ya, ya…

    https://es.wikipedia.org/wiki/Svoboda_(partido)

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