Ariel Rot: «Los nuevos grupos de rock son muy profesionales, parecen boy-scouts»

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Fotografía: Lupe de la Vallina

Cuando él era niño, el personaje que estaba en todas los medios y portadas era John Lennon, no alguien como Messi Cristiano RonaldoAriel Rot(Buenos Aires, 1960) tenía los sueños de la generación del rock and roll en el momento en que este daba sus últimos coletazos, aunque ellos no lo supieran. Vino a España huyendo de los militares y demostró que un grupo de rock podía ser mainstream con los nunca bien ponderados Tequila. Volvió a su país sin un duro y exhausto por los excesos químicos de la Movida, pero todavía cogió fuerzas para regresar en los noventa y repetir la operación con Los Rodríguez. Ahora, en esta época tan poco boyante para los músicos, continúa con su carrera en solitario contra viento y marea. Paradójicamente, no es ninguna novedad para él. Nunca lo tuvo fácil y, cuando funcionó, todo fue demasiado accidentado.

Tu familia eran, originariamente, campesinos judíos ucranianos.

No exactamente campesinos. Mi padre nació en una aldea ucraniana, Teofipol, y tenían una faceta rural, indudablemente, pero eran una familia de intelectuales. Mi abuela era maestra. Huyeron del nazismo primero y del estalinismo después. Luego mi padre se fue a Israel, pasó allí un año, formaba parte de esos idealistas del siglo XX que pensaron que el mundo iba a cambiar, pero fue testigo de cómo todo ese sueño se iba desvaneciendo. Tenía una idea democrática de Israel, contraria a una hegemonía de unos sobre otros. Fue de los primeros en llegar. No sé si llamarlo sionista, era un joven idealista atraído por el sueño socialista que representaban los kibutz, pero se tuvo que volver porque mi abuelo enfermó. Pero así conoció a mi madre. Ella era de Mendoza, que está más cerca de Santiago de Chile que de Buenos Aires. Se crio en Chile, en la capital. Era una mujer totalmente urbana.

De ese matrimonio nacéis Cecilia y tú, en un hogar en el que había un gran ambiente cultural.

Mi padre era socio y director de un periódico independiente La Opinión. No era periodista, se dedicaba a la parte ejecutiva, aunque al final su socio lo dejó al mando también de la redacción. Esa fue su experiencia en el mundo de las letras, junto a incursiones que hizo antes en el teatro y la escritura. Así que teníamos todo ese mundo cercano al poder mediático, una gran mezcla de personajes, porque este era un periódico bastante convulso y controvertido. Y por otro lado, estaba el mundo de mi madre, que era muy artístico y bohemio. Siempre traía a casa a cantautores como Facundo Cabral, Paco Ibáñez o a los miembros del grupo Cuarteto Cedrón, un grupo de tango de los años setenta. Lo suyo se conocía como el «nuevo tango», era muy desafiante. El tango es como el flamenco, tiene unas bases muy ortodoxas, y lo que ellos hacían era musicalizar a poetas, mezclaban el barrio, la filosofía y la poesía. Otra vez también estuvo en mi casa Vinícius de Moraes, el de la canción de bossa nova «Garota de Ipanema», pero llegó muy tarde y mis padres no me quisieron despertar, cosa que no les perdonaré jamás.

Cuando descubres el rock, lo primero que haces es asaltar el armario de tu hermana.

[Risas] Sí. En casa convivía el rock anglo con el rock argentino de finales de los años sesenta y setenta, que era una escena tremendamente interesante y con personajes muy carismáticos y peculiares.

Ilústranos. Habla al público español de los grandes del rock argentino: Almendra, Manal, Pescado Rabioso…

Fue un rock con voz propia, al contrario que en otros países. Argentina, al estar tan distante del mundo anglosajón, tenía una voz muy personal. Estaba presente el tango, el jazz, la música brasileña, una lírica y poesía muy porteñas. A Manal los describían como unos Cream argentinos. Pescado Rabioso eran una de las cosas más increíbles que han ocurrido nunca en Argentina. Toda la escena argentina era una locura. No solo con estos pioneros que citas, que son próceres para mí, sino con lo que ocurría en la calle. Había múltiples centros de reunión donde se encontraban los aspirantes a ser como Almendra o Luis Alberto Spinetta

¿Y Pappo?

Pappo era un guitarrista excepcional. Primero estuvo en Manal, pero luego se convirtió en un trío y comenzó su carrera en solitario como Pappo’s Blues. Hizo tres discos muy recomendables. Los chavales seguíamos la estela de estos artistas Yo solía ir a estos parques a aprender. Iba calladito, de espectador. La gente se tumbaba, hacían corros en los que se pasaban las guitarras y las flautas. Yo me nutría de todo esto y estaba abducido por el rock, tanto argentino como anglo, por supuesto. Me metía en la cama y en mi cabeza sonaban solos de Jimi Hendrix, pensaba en Anita Pallenberg, en Brian Jones y en toda esa estética.

El día clave es cuando conoces a otro niño como tú, Alejo Stivel.

Nos conocimos en un concierto de Paco Ibáñez. Nos llevaron nuestros padres, era la época en la que convivía el rock con la canción protesta, que estaba muy fuerte. Alejo iba con su madre y yo con la mía, ahí nos conocimos. Las madres intercambiaron sus asientos y nos dejaron juntos. No paramos de charlar. Él era un poco de todo menos músico. Hacía fotos, quería dirigir películas. Nos hicimos muy amigos. Un día, de repente, decidió componer canciones y ser cantante. Decía que había que olvidarse de lo complejo y volver a lo fácil.

¿Él ya tenía ese espíritu que marcó la segunda mitad de la década?

Sí, fíjate, ya estaba ocurriendo algo parecido en Inglaterra con el punk. Ahí tomé la decisión de que, aunque Alejo no era tan bueno como Leo, nos entendíamos mejor. Empezamos a componer canciones juntos, sería 1975. Y ya solo escuchaba blues, a los Rolling Stones, Chuck Berry, etcétera. Los discos sinfónicos los abandoné. Recuerdo que fuimos a ver Gimme Shelter, el concierto en el que asesinaron a uno del público. La vimos en un cine pequeñito y fue como una revelación. Me esperaba algo muy potente, pero me superó. Ese fue el día en que llegué a casa y me fui directo al armario de mi hermana a cambiar todo mi vestuario y ver cómo podría reinventarme. Al día siguiente llegué al colegio con su ropa y gafas de sol. Al aparecer con esas pintas, chicas que nunca se habían fijado en mí de repente me empezaron a hacer caso [risas]. Fue una buena decisión. Le saqué mucho partido.

¿Cómo se lo tomaron en tu entorno?

El exilio me vino muy bien para todo eso. Íbamos a las tiendas a comprar ropa de chica y esas cosas. En Argentina el problema es que en el colegio también se veía reflejado lo que ocurría en la sociedad. Había una resistencia rockera muy poderosa. Porque aquella época era muy oscura. Había muerto Perón y en el poder estaba su mujer Isabel con un personaje tan siniestro como era López Rega, organizador de la Triple A [Alianza Anticomunista Argentina]. Ya empezaban a llegar noticias de situaciones de mucha represión y había miedo en la calle. A los conciertos iba siempre la policía y te la jugabas.

El régimen tenía en el punto de mira a tu padre.

¡Estaba en el punto de mira de los dos bandos! Entonces los sindicatos eran muy fuertes y él, como responsable de la empresa, también tenía que lidiar con ellos. Por un lado tenía la presión que ejercía el Gobierno militar y por el otro la de la izquierda armada, que eran militantes muy duros. Muchos de esos sindicalistas luego murieron en combate.

Esa izquierda no quería rockeros en sus filas.

Es cierto. Pero a mí el rock and roll me salvó la vida. Muchos compañeros míos se comenzaron a sentir atraídos por la militancia igual que yo por el rock y algunos lograron escapar, pero otros no. Los cogieron, los torturaron y los asesinaron. Aquella izquierda pensaba que la marihuana, los ácidos, las drogas y el rock te alejaban del compromiso. También, por otro lado, hacían falta muchos cojones para ser militante en ese momento. Recuerdo a un amigo, al que nunca más volví a ver, hablaba con él y le pregunté si no tenía miedo. Me dijo que tenía miedo, pero mucha más rabia que miedo.

Llegó un momento en el que tener melena era casi un delito.

Tras una época de mucha libertad, como fue el impasse que hubo entre militares, cuando los los generales tomaron el poder de nuevo fueron a saco. En el colegio marcaban hasta por dónde te podía llegar el pelo. En la calle te podían parar e interrogarte in situ. Yo viví todo esto con quince años y se me han quedado unos miedos registrados en alguna zona del cerebro: miedo atávico a la policía latinoamericana.

Una vez nos pararon a un grupo en una zona céntrica, cerca del puerto, y fuimos andando hasta la comisaría un buen rato. Por el camino fueron parando a más chicos que se encontraban y veían sospechosos, y los unían al grupo. Ahí íbamos rockeros, izquierdosos, una mezcla. Cuando llegamos a comisaría nos dejaron en una sala de espera. Trabajaban de forma sistemática. Uno por uno, interrogatorio, miraban las agendas. Si tenías un amigo militante y tenías su teléfono iban a por ti. Su propósito era que no quedase ni una sola hilacha suelta. Nos tuvieron ahí mucho rato e imaginábamos que nos meterían en un calabozo o una sala de interrogatorios, porque ya sabíamos lo que estaba pasando, pero no teníamos nada encima y nos dijeron que nos marcháramos corriendo. Lo hicimos encantados y llegamos a casa. Cuando se lo conté a mis padres casi les da algo. Me dijeron que no se podía salir corriendo de una comisaría nunca en la vida. Ese fue el detonante de que nos viniéramos a vivir a España. También un día hubo un secuestro exprés en casa, yo no estaba, pero retuvieron a mis padres y pidieron un rescate. La situación que se vivía en el país era totalmente caótica. Fue una gran tragedia. Los culpables consideraban que eso era una guerra, pero no: era una guerra sucia. Coger a niños de dieciséis años que pegaban cartelitos en el colegio, torturarlos y matarlos…

Sé que no tiene nada que ver, pero, como exiliado, cuando ves a los refugiados sirios llegar a Europa, ¿sientes algún tipo de vínculo con ellos, con su situación?

No, de ninguna manera. Hay muchos factores. Uno de ellos muy feo: la piel. La piel cambia mucho la situación del refugiado. Si yo hubiese sido morochito, un indiecito, no me hubiese sido tan amable la integración en España.

Lo viviste como algo positivo.

El exilio tiene muchas pérdidas y desgarros, pero te abre nuevas puertas y te permite reinventarte. Yo necesitaba salir de esa Argentina. No sé qué me hubiese pasado si hubiese seguido viviendo allí. La mayoría de mis amigos de esa generación se fueron en ese momento. Para mí por un lado fue una liberación. Poder estar en una ciudad donde podía andar por la calle sin miedo. Era el verano de 1976.

Tampoco era Jauja aquella España.

Comparado con Argentina sí, porque allí todo se hacía de puertas para adentro, mientras que en Madrid todo era de puertas para afuera. Eso es lo que más me llamó la atención. En Madrid pasó mucho tiempo hasta que un compañero del colegio me invitó a su casa. La gente se encontraba en bares, mientras que en Argentina lo más normal es que fueses a una casa.

Aquí teníamos a los Guerrilleros de Cristo Rey atacando a la gente.

Cierto. Hubo varias veces que me los encontré. Estaban muy presentes en las calles de Madrid y era lo único que me aterraba de la ciudad. Una vez, en una salida de un concierto de Miguel Ríos, vinieron a por nosotros. Yo no entendía nada, no sabía ni qué eran. De repente estabas en un bar y entraba un grupo de ellos a hacer que todo el mundo cantara el «Cara al sol». Salíamos muchas veces huyendo de ellos cuando aparecían al grito de «maricón», que si «hijos de puta», que si «sudacas», y al día siguiente te enterabas por el periódico de que habían acuchillado a alguien en esa refriega. Lo más lamentable es que estas cosas las estamos viviendo ahora en algunas zonas de Europa, pero todavía más violentas y organizadas.

Se reían de ti en el colegio español por tener nombre de detergente.

[Risas] Éramos la primera oleada de extranjeros que llegaban a España.

¿Qué te pareció entonces el país?

Cuando mis padres decidieron definitivamente venir a España empezaron a comprar El País en Buenos Aires. Yo lo ojeaba con Alejo y ya le iba tomando el pulso. Al llegar me sentí como en El show de Truman. Salí del hotel en Gran Vía y en un cine estaban dando Ladies and Gentlemen de los Rolling Stones. Había un cartel gigante con Mick Jagger que ocupaba toda la fachada de enfrente. Luego vi una tienda de música en Leganitos buenísima y pensé que España era la hostia. Sin embargo, no tardé en darme cuenta que la escena rockera en España, comparada con la argentina, era muy pobre. Estaba solo la discoteca M&M, pero no había bares. Un día en el Rastro vimos un cartel que ponía «Música Forum» y pensamos que sería un encuentro rockero, pero no. Había unos señores escuchando música y luego la comentaban. Las pintas que llevábamos llamaban mucho la atención, y encima cuando llegué al colegio vinieron todos corriendo a ver cómo era un chico argentino que se llamaba Ariel. No solo les llamaba la atención mi nombre, sino mi forma de hablar. Era como si hubiese venido de Marte. No duré más de un mes en el colegio, se me hizo muy duro, y terminé en uno al que iban los golfos de Madrid que estaba en Bravo Murillo en el que estuve unos meses hasta que lo dejé definitivamente.

Musicalmente, en la sala M&M vimos a Asfalto, Ñu, la Spoonful Bues Band, donde tocaban Julián y Felipe. Yo no entendía muy bien el rollo que llevaban aquí los grupos. Asfalto tenía una parte progresiva y después tocaban «Johnny B. Goode» en inglés. Nos descolocaban. Veíamos que la gente estaba muy bien preparada en comparación con nuestro país, tenían buenas guitarras y buenos amplis, pero, por ejemplo, cuando vimos a Ñu no entendimos nada. En Argentina la individualidad y la personalidad eran fundamentales en un rockero. Era lo que destacaba. Y Ñu parecían una fiesta de disfraces. Con todos mis respetos, el tío se vestía igual que el cantante de Jethro Tull. El que nos llamó la atención era Rosendo, que entonces era guitarra de Ñu. Le vimos y dijimos: «Este tío mola, tiene actitud». Nos pasó lo mismo con Julián y Felipe en la Spoonful, hasta el punto de presentarnos en el camerino, y, delante de los otros músicos, les dijimos que dejaran su grupo y formasen uno con nosotros.

Tequila tal vez representó en España el pub rock británico, que aquí no había, tipo Dr. Feelgood o Eddie and the Hot Rods.

Fuimos a un concierto de Dr. Feelgood en Madrid y nos había encantado, pero también veníamos de escuchar a los Stones, los Faces y Chuck Berry, estas fueron nuestras grandes influencias, más que grupos como Led Zeppelin. Hacíamos rock festivo, y como copiábamos a estos grupos de forma más acelerada, puesto que teníamos diecisiete años, sonábamos un poco punk rock más bien. Teníamos una forma muy cruda de tocar.

Empezamos actuando en colegios mayores y en algún festival. No había más circuito que ese. La primera vez que salimos de Madrid fue para tocar en Antequera. Fuimos en una furgoneta sin asientos, solamente con colchones, y tardamos doce horas en llegar. Cuando lo hicimos, se nos llevaron para que cada uno durmiera en una casa diferente de la gente del pueblo. No había hotel, ni hostal ni nada. Al día siguiente tocamos en la plaza de toros con Burning. Fue una experiencia inolvidable. A los Burning les encantó Tequila.

¿Qué os encontrasteis en los pueblos de España de aquella época?

Era todo muy primitivo, evidentemente, pero por otro lado había muchas ganas de fiesta; ganas de rock and roll. Y chicas con ganas de que pasase cualquier cosa. En cierto modo fuimos despertando algo que estaba ahí latente y tenía que pasar. Vivimos miles de anécdotas. En estas épocas no existían los móviles y las agencias de management eran un descontrol. Hacíamos catorce actuaciones seguidas y, de repente, llegábamos a un sitio tras ocho horas de furgoneta y nos decían que nos habíamos equivocado, que la actuación era al día siguiente. Luego, con el paso del tiempo los conciertos se fueron volviendo muy violentos. Una vez nos tiraron un hueso de vaca. Nos pincharon las ruedas de la furgoneta. Ahí se nos fue un poco de las manos. Éramos un grupo de rock, pero nos empaquetaron como producto para fans y no lo pudimos controlar. Tampoco estábamos muy obsesionados por la autenticidad, no éramos muy ortodoxos, pero nos vimos envueltos en una película que nos pasó una gran factura. Tequila dejó de estar bien visto y ser auténtico y pasó en un tris a ser un grupo para niñas. Sin darnos cuenta dejamos que eso se alimentara. Aunque yo tenía diecisiete años, ¿y a quién no le gusta tener a chicas delante gritándole?

He leído que dijiste: «Tequila tuvo todo el sexo a su disposición, éramos muy aficionados al sexo en un grupo».

[Risas] Compartíamos habitaciones para ahorrar y porque no concebíamos estar solos. Eso era aburrido. Cosa que ahora… si meto a uno de mis músicos a compartir habitación con otro se monta un escándalo. En esa época ni se nos pasaba por la cabeza estar solos. Y lo que tenía que pasar, pasaba. Digamos que no teníamos ni que salir del hotel para conseguir todo lo que necesitábamos.

Os llevaban la droga y el sexo al hotel.

Exactamente. Y el rock and roll lo poníamos nosotros [risas].

En una entrevista que te hizo Andy Chango en el Tentaciones dijiste que tu hermana y tú despertabais un morbo cruzado.

En la noche madrileña de aquella época, y en la casa que compartíamos con Cecilia, el tándem nuestro era muy atractivo. En esa casa se juntaba el mundo de los actores de ella, Zulueta, Almodóvar, Eusebio Poncela y demás, y luego el del rock and roll y la juerga. Porque, aunque oficialmente Tequila estuviera mal visto, casi todos los grupos de la Movida eran nuestros amigos. Bueno, no todos. Los más golfos.

En el 82 empezó el declive de Tequila. Leo: «Tuvieron el rechazo de los antiguos por ser modernos y de los de la Movida por no ser tan modernos».

Creo que era un prejuicio, porque nosotros hasta nos fuimos adaptando estéticamente a los tiempos que corrían. Nos gustaba la imagen de los Clash, de The Cure y el blanco y negro, no solo los colorines. Veníamos de la estética glam, pero en realidad no era porque nos correspondiera generacionalmente. La gente de la Movida era de nuestra edad, pero no habían escuchado los mismos grupos que nosotros porque a España no habían llegado. Si no, habrían empezado haciendo lo que hacíamos nosotros. Se agarraron al tren de la modernidad con Ramones y Sex Pistols, nosotros con Jimi Hendrix. Incluso a la hora de tocar, nosotros entendíamos que había que tocar bien. La destreza musical estaba bien vista entre nosotros. Para los de la Movida era todo lo contrario. Pero igualmente fuimos muy colegas de Glutamato Ye-Yé. Yo fui amigo de Eduardito Benavente, que venía a cenar a casa con Ana Curra. Y Toti, por supuesto, el batería de Alaska y Pegamoides. El novio de Cecilia era Gorka Duo, un fotógrafo de culto, que luego hizo la portada de mi disco Debajo del puente. Estábamos en medio de todo ese sarao.

¿Qué me dices de cuando las discográficas se pusieron a buscar otros Tequila sacando grupos como Tebeo o Los Trastos?

La típica estrechez mental de las discográficas. Ahora están buscando otro Leiva y hace unos años estaban buscando los nuevos Rodríguez. En vez de buscar el talento individual consideran que repetir los patrones que ya han funcionado es una fórmula que puede acercarlos al éxito.

Os disteis cuenta de que ya no teníais el favor del público en un concierto en Barcelona.

Estaba claro. Nos cayeron doscientas botellas en aproximadamente dos minutos. Tocábamos con Ian Dury ante cuarenta mil personas. Aquello fue un golpe durísimo. Creo que fui al que más le afectó. Estaba en un momento sensible, alejándome de ciertas sustancias. Pero los chicos todavía no, esa noche consiguieron anestesiarse [risas]. Desde el tercer disco no podíamos ni salir a la calle. En la esquina de mi calle había una foto gigante con mi cara. Había carteles gigantes por todas partes, en Madrid unos veinte y en Barcelona creo que doce. No podíamos salir de casa de día por las chicas y de noche porque nos atracaban. Era la época del Madrid de Deprisa, deprisa y los quinquis. Nosotros también estuvimos en ese ambiente. Julián, Felipe y Manolo eran de La Ventilla y La Cruz. Nuestro ambiente y compañía diaria eran chicos de esos barrios, pero aun así la noche era peligrosa para nosotros. Si salíamos de un garito no podíamos ir solos andando a coger un taxi en Sol o Chueca porque estaba lleno de yonquis al acecho. Éramos una presa tentadora, teníamos que ir en grupo.

¿Por dónde entró la droga dura en el grupo, por los ambientes glamurosos o por las amistades de barrio?

Entró por todos los lados. Por la noche y el glamour, y por lo barrial. Por eso te digo que Tequila era un grupo muy poliédrico. No era ni un grupo de rock ni un grupo de fans, era muchas más cosas al mismo tiempo.

En España, al llegar, os sorprendió la cultura del alcohol.

El rock en Argentina estaba muy asociado a la marihuana y los ácidos. El alcohol era de los tangueros, de los mayores. En Madrid lo primero que hacían los chavales era sacar una botella de ginebra. Me llamaba mucho la atención. En Argentina ni yo ni mis amigos bebíamos. Solo si estábamos muy aburridos y no podíamos conseguir nada más.

Cogiste hepatitis.

En 1979.

Y ahí dejaste la heroína.

No, ahí empiezo a dejarla [risas]. Pasó una temporada. Aún vivíamos las drogas de una manera muy lúdica, seguíamos teniendo objetivos musicales, fiestas, chicas, ligues, salíamos, amigos… socializar. Las drogas se pusieron más pesadas justo al final y cuando se acabó Tequila tuvimos el síndrome de la estrella juvenil que crece y deja de serlo. Los centros de desintoxicación, los cementerios, los manicomios y alcohólicos anónimos están llenos de gente con este perfil. Algunos lo sacamos más barato que otros, pero estuvimos dentro y no fue fácil.

¿Qué recuerdos guardas de cuando el Rock-Ola se convirtió en el templo de la Movida?

Pues para mí era un lugar un poco pueblerino. Antes de la Movida hubo una pre-Movida con un poco más de glamour, de gente que había viajado más. Había españoles que habían estado en Tailandia, en Londres, y se salía por sitios de otro estilo. Lo que era el Studio 54 neoyorquino aquí era el Golden Village, una discoteca llena de modelos y gente de la moda. Había una movida no musical en la que nosotros nos introdujimos, con grandes fiestas y mucha locura, obviamente. Era gente que había sorteado el franquismo y tenía dinero. Nosotros alternábamos entre la onda barrial durante el día y estos sitios más fashion que todavía quedaban por las noches. Aunque cada vez había menos porque la Movida se los iba comiendo. Incluso el Golden terminó siendo un sitio de la Movida. El Rock-Ola, hombre, nos hacía mucha gracia ir y encontrarnos con todas esas chicas con los labios pintados de morado y los pelos de punta. También coincidíamos allí con amigos. Pero solo podías ir entre semana porque los fines de semana venían los punkis de todas las ciudades y pueblos. Los días laborables te encontrabas a gente de nuestra edad, gente algo mayor, gente de la industria enrollados. Pero en el Rock-Ola no dejábamos de ser fideos de otra sopa. Recuerdo que a veces se dejaban caer por allí alguno de estos amiguitos nuestros estilo Vaquilla y aparecían vestidos con su chándal y su bolsa de deporte llena de billetes de haber dado un palo. En ese sentido era divertido, se juntaba lo más macarra con lo más esnob.

En la famosa visita de Andy Warhol sales en las fotos.

Lo recuerdo como una fiesta más, pero en un sitio muy lujoso. Warhol era como una figura de cera. No hablaba con nadie, estaba protegido por un pequeño círculo. A lo que vino básicamente fue a hacer negocios, a hacer retratos a Bosé, Pitita Ridruejo

Vamos, que no venía fascinado por la ciudad sino a ganarse unos duros.

Por lo menos en esta fiesta no tuvo mucho contacto. Lo divertido fue que todos los atorrantes y gualtrapas que estábamos allí esa noche nos pusimos buenas ropas y estuvimos en una mansión espectacular, una de las casas de Juan March, con Goyas colgados de la pared y ese tipo de cosas. Había una piscina climatizada cubierta que… acabó un poco en escándalo. La verdad es que de aquella noche lo recuerdo todo un poco desdibujado.

Tu hermana, la actriz Cecilia Roth, pudo ser cantante, grabó unas maquetas, pero parece que lo dejó cuando le dijeron que para continuar tenía que acceder a algún favor sexual.

Fue un poco más sutil. Durante mi hepatitis compuse temas con ella. Estaba todo el día en la cama muy aburrido, ella me hacía compañía y nos dio por hacer canciones juntos. La idea era que las cantara ella, aunque al final fueron a parar a Rubí. Eran canciones muy buenas, por cierto. La maqueta que hice con Cecilia la perdí, desapareció en alguna mudanza. Y lo de los favores sexuales, tampoco es que viniera en un contrato, pero se sobreentendía. En una salida nocturna tuvo que ponerle el freno. La industria discográfica era muy dura. Por ejemplo, cuando fuimos a registrar el nombre de Tequila, nos dieron el ok, pero teníamos que volver en dos semanas a cerrarlo. Cuando fuimos nos dijeron que ya estaba registrado, casualmente por el abogado de nuestra compañía discográfica. Por eso tardamos tanto entre el primer y el segundo disco, porque nos costó mucho que nos devolvieran el nombre, que se lo quiso quedar la compañía.

Cuando se acabó Tequila, estrellarte tan joven, psicológicamente, tuvo que ser duro, pero también tener su parte buena.

Aprendí la lección con cierto dolor, pero la aprendí. A los veinticinco me volví a Argentina sin nada, no tenía más que una guitarra. De todas formas, con Tequila tampoco nadamos en la abundancia. Tuve que volver varias veces a casa de mis padres hasta que llegaba alguna paga de la SGAE.

Vaya paradoja, estar en carteles gigantes en las ciudades más importantes del país y tener que volver a casa de tus padres sin un duro.

No solo era eso. Cuando empezó Tequila no estábamos muy formados. Ni emocionalmente ni en lo demás. Al aparecer Tequila se formó una gran nube de confusión y, cuando se acabó, vimos que teníamos teníamos que aprender un montón de cosas para ir por la vida de la forma más elemental. De repente dejaron de cogernos el teléfono, empezamos a ser anónimos, las chicas ya no nos hacían caso, ibas a tocar y no iba nadie. Cuando empecé en solitario, hubo tres o cuatro conciertos de Debajo del puente a los que no fue nadie y dejaron de contratarme. Me volví a Buenos Aires porque me llamó un sello independiente argentino y allí estaba mi hermana. Así que volví y me reconcilié con mi ciudad y mi país, y empecé una nueva aventura.

¿Qué cambios notaste a volver a Argentina en los ochenta?

Volvió la democracia y estaba pasando lo que había sucedido a finales de los setenta en España. A toda velocidad se estaba recuperando el tiempo perdido. Fue una época muy divertida, muy activa artísticamente, con mucha nocturnidad y diversión.

Conociste a Calamaro.

Ahora en Argentina hay muchas tribus en esto de la música y todo es demasiado grande, pero entonces la escena musical estaba muy unida. Había una especie de aristocracia donde Charly García era el rey y los demás éramos cachorros que girábamos alrededor. Uno de los que estaba por ahí era Andrés Calamaro. Otro Melingo, otro Fito Páez. Era muy endogámico. Al llegar yo fui de los primeros españoles que se acercaban a Argentina después de nuestros abuelos. Fue increíble, porque después de ser espectador y protagonista de todo el cambio que hubo en España, de repente caí en Argentina y me ocurrió exactamente lo mismo durante cinco años. ¡Cinco años más de subidón total! [Risas] Al principio estuve un poco entre los dos países, pero al final decidí marcharme definitivamente allá porque en España tenía problemas de soledad, todos los problemas de Tequila y la cuestión tóxica. La única manera que tuve de cortar con esos hábitos fue largarme. En Madrid tenía muy cerca todas esas cosas, sobre todo la heroína. Llevaba muchos años y estaba metido en una lucha permanente que me desgastaba mucho. Ya no tenía más opciones: salir o morir. La solución fue irme a un país donde no existiese. En Latinoamérica todavía no había esa cultura ni esa droga. Fue una buena decisión. Porque ya te digo que de una cosa lúdica aquello se convirtió en algo marginal, vivía encerrado con la única motivación de salir a buscar caballo y luego volver a encerrarme. Era una lucha permanente contra mí mismo. Aunque no estuviera físicamente enganchado, solo saber que había por ahí cerca era muy perturbador. Cada mañana tenía que tomar la decisión de si iba a pillar o no. Era 1985 y solo tenía veinticinco años.

Lo que sí habría en Buenos Aires sería cocaína.

Sí, cambiamos de droga. [Risas]

Leo por ahí sobre las giras en Argentina: «Viajes de veinte o treinta horas, puro Apocalypse Now, puestos hasta el culo, enloqueciendo en un autobús que no superaba los 80 km/hora». Y con Calamaro, añado.

Andrés me propuso tocar en su banda cuando me instalé en Argentina. Nos unían varias cosas, principalmente que habíamos tenido antes un grupo de mucho éxito. El suyo fue con Los Abuelos de la Nada. Había sido un ídolo pop y le estaba costando un montón empezar su carrera en solitario.

Los viajes por Argentina para tocar eran demenciales. Una vez salimos a las diez de la noche y tardamos como treinta y seis horas. Tocábamos en la frontera entre Uruguay y Brasil. Llegamos de madrugada muertos de hambre. Se nos pincharon las ruedas, nos pararon en la frontera. Nos pasó de todo. Siempre era así. Íbamos puestos hasta arriba y cuando se nos acababa todo tomábamos un par de pastillas y dormíamos un buen rato. ¡A veces cuando nos despertábamos todavía quedaba viaje por delante! No teníamos ni cinturón de seguridad ni nada, en esa época en Argentina estaba todo permitido. Encima nunca cobrábamos nada por tocar, ¡ni siquiera sé por qué lo hacíamos! Una vez nos quedamos parados en la carretera. Tuvimos que apagar la batería porque se estaba agotando. Estábamos con las luces apagadas en mitad de la nada, alumbrándonos con mecheros. Y Calamaro, mientras, nos filmaba. Entonces lo grababa todo. Empezamos a entrar en una especie de trance que visto desde fuera tenía que ser un espectáculo bastante extraño. Una imagen gráfica espectacular de aquello fue que el conductor del autobús cogió las ruedas pinchadas y se fue andando con ellas por la carretera a buscar auxilio. Esa fue nuestra última imagen: el tío empujando una rueda por cada lado. El conductor, además, era un profesional de la lucha libre televisiva en un programa que se llamaba Titanes en el ring. Cuando hacían giras por el interior del país, este conductor sustituía a un luchador que se llamaba el Caballero Rojo. Cada vez que se subía al bus le cantábamos la canción del Caballero Rojo, porque cada luchador tenía su canción. 

Tu primer exilio fue por la dictadura, el segundo de vuelta por la heroína, ¿y el tercero?

Ir otra vez a Madrid esta vez fue un exilio económico [risas]. Fue la época de la hiperinflación. Se dejaron de fabricar vinilos porque no había con qué hacerlos. Nosotros dejamos de tocar, llevábamos meses de inactividad, sobreviví porque unos amigos publicistas me pusieron a hacer jingles para anuncios entre semana. Trabajábamos lo mínimo, éramos unos vagos totales, pero la publicidad daba mucho dinero y nos llegaba para nuestros caprichos. Con conseguir una publicidad un mes ya estábamos felices y podíamos vivir, porque cobrábamos en dólares. Y los fines de semana tocaba con Andrés gratis, como hobby. Se dio la casualidad, delirante, de que no me había hecho español. Seguía estando con permiso de residencia y tenía que ir a España de vez en cuando para no perder los papeles. En una de estas, creo que fue el concierto de los Stones en 1990, me encontré con un Madrid exuberante. Nosotros no teníamos ni para comprar cuerdas ni cables y aquí estaba todo el mundo con inalámbricos. Había una escena muy buena, con La Frontera, Los Ronaldos, Toreros Muertos, muchísimos grupos funcionando.

Ahora Madrid sí que te pareció Europa.

Sí, en Argentina para conseguir un CD lo tenías que encargar y esperar un mes. Aquí te metías en el VIPS y ya. Empezaba la locura por el consumo y los Juegos Olímpicos del 92 prometían muchísimo. También me reencontré con los amigos, con Julián, y sentí que el ciclo bonaerense había terminado. Recuperé la casa que tenía con mi hermana en la calle Martínez Campos y fijé un centro de operaciones. Llamé a Andrés y llegó al mes siguiente.

Uno de sus cicerones por Madrid fue Antonio Flores.

Bueno, en esa época Antoñito estaba igual de perdido que nosotros en todos los sentidos. Su recuperación y despegue brutal fue después del disco que le hizo a Rosario. Pero hasta ese momento estaba intentándolo, igual que Los Rodríguez. Enseguida se unió a nosotros y formamos una especie de familia. Salíamos mucho. Recuerdo aquella primera época de Los Rodríguez como de las mejores de mi vida. La casa de Martínez Campos había sido una embajada y tenía ese punto decadente. Nos terminaron echando tras varios juicios. Pero antes de eso vino Fito Páez a vivir un mes. Estuvo saliendo con mi hermana una temporada y me dijo que quería dar un concierto en España y no tenía grupo, que si podíamos Los Rodríguez. Estuvimos un mes ensayando, aprendiéndonos sus complicadísimas canciones para un solo concierto. Fíjate qué actitud tan poco mercantil teníamos con la música. Qué pena que se haya perdido esa ingenuidad y que el rock se haya profesionalizado tanto. Los nuevos grupos de rock son muy profesionales, parecen boy-scouts.

En Los Rodríguez mezcláis rock con ritmos latinos, milonga, rumba…

En el segundo disco de Andrés empezamos a coquetear con música mexicana y con algo de folclore argentino. En los noventa con Los Rodríguez teníamos por un lado el desgaste del rock anglosajón y un orgullo por las raíces que empezamos a sentir. Todo lo nuevo que empezaba a surgir buceaba en otras cosas y nosotros lo que hicimos tenía que ver con lo que escuchábamos en casa de chicos. De repente una canción nos gustaba y se quedaba. Andrés nada más llegar aquí compuso «Lánzate conmigo» y «Sin documentos».

Estábamos con Antoñito Flores también, que estaba todo el día tocándonos rumba, y todo llegó de forma natural. Nos llevaba a tablaos donde le trataban como a un príncipe. También hicimos una grabación con Raimundo Amador y Antonio Carmona tocando el cajón, fue lo de «Rock en la cárcel», donde había presos cantando canciones conocidas tocadas por nosotros. Íbamos a las prisiones a elegir a los presos. 

El éxito de Los Rodríguez fue muy relativo. Ahora es una leyenda, pero en el momento Calamaro dice que vio cómo otros géneros se llevaron el gato al agua, que el rock desapareció de los medios de lo comunicación. Andrés señala que Rosario, por ejemplo, era mucho más importante que vosotros y que Presuntos Implicados os sacó de Los 40 Principales.

No, Los 40 Principales todavía apoyaban a los grupos. De hecho, «Sin documentos», «La milonga» y todo el disco Palabras más, palabras menos, que son como seis singles, sonó en Los 40. Nada que ver con lo de ahora. Aún no se había producido el divorcio total. Nuestro éxito lo que pasa es que tardó mucho en llegar y cuando lo hizo nos habían echado de la casa de Martínez Campos, hubo un desgaste en el grupo, había roces fuertes entre nosotros y no teníamos dieciocho años, éramos todos treintañeros. Lo que sí tuvimos fue la convicción de triunfar porque pensábamos que éramos mejores que los que estaban triunfando.

No siempre es una garantía.

No, pero de vez en cuando existe una justicia divina. [Risas]

Colaboraste con Extremoduro en su obra de arte que es Deltoya.

Metí la guitarra. En esa época éramos muy colegas de Carlitos Melodía, el bajista de Extremoduro, y nos decía que teníamos que conocer a Robe. Nos encontramos en un bar de Malasaña, hubo buen rollo y un día me llamaron porque querían que metiera la guitarra en una canción. Estuve tocando con ellos y luego pasamos un buen rato en el estudio… Creo que nunca más volví a ver a Robe. El Deltoya lo tengo en casa en vinilo. Carlitos nos hablaba mucho de Robe y de su grupo, y cuando le conocimos vimos que efectivamente había mucho poderío, carisma, poesía, personalidad, locura… Cosas que faltan mucho en el rock español.

De Los Rodríguez se decía que erais unos niños bien.

Ese tipo de etiquetas me llaman la atención. Después de lo que te he contado, ¿qué te voy a ocultar? Obviamente no somos de familias humildes, pero tampoco somos niños bien. Éramos de eso que está por desaparecer que es la clase media. Nunca me imaginé que nos fueran a llamara niños bien. Hay tantas etiquetas que se nos podrían poner antes. A mí me gustaría ser un hombre bien. Alguien caracterizado por su caballerosidad y elegancia, que no cae en situaciones de mal gusto o violencia. Esos son los valores que me enseñaron en casa.

Un día Calamaro dijo que los porcentajes generales de Los Rodríguez ya no iban a ir al 25 % para cada uno, sino que él iba a cobrar más.

En Los Rodríguez era todo cuesta arriba. Era escalar el mundo y caer siempre del mismo lado. Eso nos desgastó mucho. Y cuando por fin caímos del otro lado ya no éramos un grupo tan unido. También es cierto que Andrés tenía ofertas para sacar discos en solitario y que trabajaba más que nosotros. Hacía más entrevistas, se le veía más en el escenario, pero aquello fue un marrón. Y el marrón gordo me lo tuve que comer yo, como muchos marrones de Los Rodríguez, porque yo era un poco el Johnny Ramone del grupo, sin ser militarista [risas]. Entre esas personalidades tan intensas y desbordadas era una olla a presión. A mí me tocaba dar las malas noticias. Fue complicado.

¿Qué tal la gira con Sabina?

Pues fue un poco triste, porque en realidad nosotros nos íbamos a haber separado el año anterior, y en uno de esos conciertos del verano Joaquín Sabina nos vio y dijo que quería que girásemos con él al año siguiente. Eso sedujo a Andrés, porque ya tenía prácticamente firmado su contrato en solitario. Durante ese año casi no nos vimos y nos juntamos para la gira con Joaquín. Yo también andaba en esas. Con Guille Martín había formado un grupo que se llamaba Derrota para aprender antes de lanzarme en solitario yo también, que era algo que me daba terror. Así que nos juntamos para esa gira de Joaquín, pero cada uno iba por su cuenta. Encima fue muy aburrida, porque tocamos cada noche en el mismo formato todo el verano. Nunca nos había pasado eso. Antes siempre íbamos cada día a un escenario distinto: un club, la plaza de un pueblo, un polideportivo. Nos gustaba que los fans intentaran meterse en los camerinos, que te vinieran a saludar y con Joaquín estaba todo muy organizado. No había caos. Terminábamos cada noche charlando en el hotel con Sabina y sus músicos. Estuvo bien en todo caso tener una relación cercana y familiar con él. Incluso componer un par de canciones, cuando me dio dos textos para que les pusiera música el mundo empezó a girar más deprisa.

Tu primer disco en solitario lo grabaste con Attractions, el grupo de Elvis Costello.

Fue un premio. Me tocó el gordo. Probablemente es uno de los mejores grupos que ha existido en el planeta y los tuve a mi disposición para que tocasen mis canciones y les dieran su aire. Nos dejamos llevar, no fui con las canciones armadas y estructuradas. Les dije que ellos eran los Attractions, que cogieran eso y me sorprendieran. Y lo hicieron. Nos tirábamos un día para grabar cada canción, no les corría ninguna prisa. Son la intelligentsia del pop británico. Investigación, originalidad, buscar el sonido…

Has dicho que te daba terror ir en solitario.

Mi primera experiencia solo había sido muy dura. Me encontré muy perdido con mi voz. No soy un cantante de cuna, lo reconozco. Solo guitarrista. Ser autosuficiente fue un trabajo muy duro en todos los sentidos, hasta en lo emocional. Me daban pánicos escénicos en las actuaciones comprometidas, en las entrevistas gordas. Necesité mucho tiempo de entrenamiento. Hasta entonces lo había vivido todo desde un lugar muy cómodo. Muy arropado y al costado del escenario, en mi mundo de pedales y guitarras, sin tener que hablar entre canción y canción. Eso me preocupaba más que tocar. Pensar qué iba a decir entre canción y canción.

Se esperaría que fueses brillante y locuaz por ser argentino.

La gran putada fue que el que más esperaba era yo. Me bloqueaba, pero luego, en realidad, ¿quién espera algo muy importante de un guitarrista de rock? [risas].

En los años noventa en España ser argentino era un título. La etiqueta asociada a ingeniosos, elegantes, cultos, bohemios… en la época de Martín (Hache) de Aristarain. ¿Lo percibiste así o me lo estoy inventando?

Recuerdo la portada de un dominical en catalán que decía: «Argentinos, ¿son tan buenos como dicen?». Y salían fotos de Federico Luppi, David Makaroff, Fito, Calamaro, Valdano y… yo. Puede ser que hubiera una fiebre por nosotros, pero yo no sé muy bien qué soy. No soy ni de aquí ni de allá, voy y vengo.

Bonaerense y madrileño y ninguna de las dos cosas.

Tiene sus pros y sus contras. No tienes a tus amigos de la infancia, perdiste el concepto de cuadrilla que existe en algunas zonas de España y que a veces envidio. Tener a la familia dispersa también es un poco triste. Mis hijos están alejados de sus abuelos… Al menos así nunca entendí el concepto de patria. Hay una cultura que te influye, pero no más de la que te van a dar en tu casa. Y lo bueno es que al venir de un país donde las culturas fueron tan variadas y mezcladas te sales un poco del patrón. Cosa que en España está muy marcada por las regiones. Argentina es más mestiza. Como ciudades, Madrid es una ciudad segura y Buenos Aires hace ya años que dejó de serlo. Hubo un tiempo en que en Buenos Aires podías salir a cualquier hora por cualquier sitio sin problemas. Ya no es así. Hay que cuidarse como en cualquier capital latinoamericana. Antes era la excepción. Por otra parte, Buenos Aires es mucho más intensa. Para bien y para mal. Más caótica, más ruidosa, pero es un ruido bonito. De mucha actividad. Innovación, reinvención, creatividad. Madrid es más chata. Pero me encantan las costumbres madrileñas y disfruto mucho de la tranquilidad que hay aquí. Cuando llegas de Buenos Aires te parece que esto es un decorado de cine. La gente camina tranquila, los coches están en su sitio. Hay quien dice que Madrid es una locura, que se vayan a Buenos Aires a ver qué es una auténtica locura. Creo que ni Nueva York es tan intensa como Buenos Aires.

El barrio madrileño de Malasaña lo has conocido en todas sus etapas. La antigua, la de un barrio formado por ancianos, prostitutas, yonquis y rockeros y la actual, de hipsters, tiendas caras y cupcackes.

Estas transiciones son interesantes. Cuando se mezcla el mundo marginal y el lumpen con el ambiente artístico son lugares excitantes, pero el mundo artístico no tarda en abarcarlo todo, llegan las marcas y lo compran todo. El lugar se pone masivo y deja de ser interesante. Yo sigo paseando con mucho placer por Conde Duque, La Palma, Chueca y Gran Vía, que sigue siendo mi zona de acción. La desaparición de los bares de toda la vida, los bares de rock, es una pena, pero el problema no es que no haya bares, sino que no hay escena, así que es imposible lógicamente que haya bares.

Colaste una canción en un anuncio.

A estas alturas ya nadie tiene que justificarse por poner música en un anuncio. Hay gente muy radical con eso, como Tom Waits, pero vive en Estados Unidos. Ser minoritario allí es tener mucha gente detrás. Ser minoritario aquí es duro. Con un anuncio no es que cobres sin trabajar, es que además muchos grupos se hacen famosos así, es una forma de meter público en los conciertos. De hecho, ahora estoy tocando solo desde hace tres años porque me cuesta mucho salir con un grupo. Es bonito y romántico, pero son muchos sueldos.

En 2000 murió tu amigo Julián Infante, que estuvo en Tequila y Los Rodríguez.

Teníamos una relación fraternal. Para bien y para mal. Broncas, celos, competitividad. Como con cualquier hermano, la rivalidad más feroz que pueda existir, pero que tiene ese puto de hermandad, el calor de una presencia física cercana. Hemos dormido juntos en camas individuales, noches sin dormir. Presos juntos. Noches en calabozos. Nos ha pasado de todo. En España, como íbamos supermaqueados al máximo nos paró una vez la policía y nos metió en un calabozo lleno de delincuentes de verdad. Pensamos que nos iba a caer una… pero llegó uno flaquito y dijo: «Coño, los Tequila». Se ve que era colega de nuestro batería, porque era de La Ventilla, y solucionó todo. Íbamos tan maqueados porque salíamos de una entrega de premios y con esos trajes no se podía llevar cartera, así que nos pararon al salir y nos metieron en el calabozo por no llevar documentación [Risas].

Cuando me enteré de la muerte de Julián fue una muerte anunciada. Estaba muy enfermo. Incluso la sorpresa fue todo lo que duró. Tenía bajones, pero se recuperaba y daba la impresión de ser inmortal. Estuvo cuatro años yendo y viniendo del hospital, pero el tío seguía adelante. Cuando pasó yo estaba en México. Me estaba acordando mucho de él porque llevábamos un tiempo sin vernos. Ahí en la playa vi a un par de viejos muy canallas que estaban con unas señoritas y pensé que algún día Julián y yo íbamos a terminar como ellos. Mi mujer no me lo quería decir, pero como insistí en que tenía ganas de ir a Madrid a verlo, me lo dijo en plenas vacaciones. Me quebré más de lo que me imaginaba, porque ya había pensando muchas veces en esa situación, sabía que el momento llegaría. Ahora con el tiempo cada vez lo extraño más. Es muy curioso. Me da mucha pena no coincidir en esta etapa de nuestras vidas.

Los españoles, has declarado, siguen las canciones, no a los artistas. Los argentinos son más fieles.

Al español le importa la canción, que sea buena. Si durante unos años dejas de tener buen material que llegue al público empiezan a olvidarse. En Argentina pasa lo contrario, que también es extremo. Puedes hacer tres discos malísimos, que si has llegado a un estatus de artista importante nunca lo vas a perder. Y no quiero dar nombres [risas].

He visto en la hemeroteca que las revistas de fútbol, a finales de los setenta y principios de los ochenta, se quejaban de que el rock and roll le estaba robando los jóvenes al fútbol, que eso les interesaba más que el deporte del balón, que era una cosa de viejos.

¿Cuándo le interesó el fútbol a la juventud? Eso es de ahora.

Y resulta que tu hijo es muy futbolero.

La gente es muy manipulable. Si lo tienes todo el día en la televisión y los medios de comunicación, si en cada telediario se habla quince minutos de fútbol… A mí me parece un deporte genial y divertido, pero que tenga el impacto social que tiene ahora no deja de ser llamativo. Cuando yo empecé en todo esto el impacto social lo tenía John Lennon, era él quien salía en las portadas. Me da muchísima pena lo de ahora. Ya lo decía Lennon cuando yo no había cumplido ni veinte años: «The dream is over». El sueño se acabó. Duró un poco más, pero ya. Hoy en día somos una pequeña resistencia.

¿Cómo fue el recibimiento de Tequila treinta años después, en la gira de regreso?

Frío. La gira no funcionó. Mi padre tiene una frase que es «el éxito siempre triunfa», y después de esta experiencia me dije que no. Ya me pasó dos veces, porque con Leiva y con Loquillo también hicimos una gira que aparentemente no podía fallar y sin embargó falló. Con Tequila creo que debimos hacerlo diez años antes. Nuestros fans en 2008 tenían más de cincuenta años, estaban en su casa, y lo que quieren es abrir una botella de vino y ponerse un DVD.

En 2000 dijiste que pagarías mucho por tocar una noche con los Rolling Stones y lo lograste hace un par de años.

Pues fue un poco frustrante. Evidentemente, no me esperaba el sueño de que se te acerque Keith Richards y te diga: «Hey man, me gusta tu guitarra, muéstramela». Porque funcionan casi como un cuerpo diplomático. Cuando fueron a probar sonido nos echaron a todos del campo de fútbol. Si se asomaba alguien, enseguida aparecía una persona de seguridad. Recuerdo que se tiraron un buen rato ensayando «Like a Rolling Stone». Hacían una especie de encuesta de «qué canción quieres que canten en tu ciudad», y Madrid eligió esta. Quizá llevaban mucho sin tocarla y estuvieron ahí su tiempo. Nosotros solo escuchábamos. Los vimos bajarse de cinco furgonetas y subirse al escenario. Luego Leiva probó dos minutos, pero de reloj. El stage manager de los Stones estaba sentado en el medio del escenario contando los segundos. Dijo: «Dos, uno, it’s over!». Se levantó y los paró. Es algo que no entiendo. ¿Qué necesidad hay de ser tan duro? Cuando tocamos la gente evidentemente iba a ver a los Stones, fue anecdótico. Pero hubo un momento glorioso para mí. En mitad del concierto de ellos, quisimos tomar una copa y yo tenía un «all access». Podría ir a cualquier lado menos a la zona de ellos. Pasé por detrás del escenario mientras tocaban. Eso sí que fue algo que nunca soñé. Estaba detrás del concierto de los Stones. ¡Los vi por detrás! [Risas] Los pipas estaban durmiendo, tirados, había otros haciendo gimnasia. Subí, me serví una copa y bajé con ella. Fui un privilegiado. Por lo demás, nada destacable.

Dijiste que en España había una «actitud borreguil» a la hora de ir a ver a un grupo de rock, y citabas a «Fito y Fitipaldis y grupos así».

Eso va por el dicho de que el éxito siempre triunfa. Llega un momento en el que hay que ir, aunque no se sabe por qué. De repente hay una epidemia en la que hay que ir a ver a Fito, no te lo puedes perder. Con todos mis respetos a Fito, pero ¿por qué Fito y no El Lichis? Es una pena que el pastel esté dividido de esa manera.

Te llamó la atención cuando murió Joe Strummer que los informativos no dijeran nada y esa misma noche tuvieran programado un espacio de cuatro horas para Operación Triunfo.

Mira, hay un programa que me gusta ver que es Later… with Jools Holland, de la BBC, que tiene actuaciones en directo en un plató redondo con cinco grupos. Van Paul McCartney, Elvis Costello, Nick Lowe… intercambian los escenarios… suena espectacular. Pues estaba mi hijo viéndolo conmigo y me preguntó: «Papá, ¿aquí quién gana?». Es alucinante ¿Qué pasa con la música? Pasa hasta en el programa de Buenafuente. Aunque salga David Bisbal, la gente cambia de canal si canta. Necesitan que sea un reality, un concurso. Creo que tuve la suerte de vivir un momento en el que, quizá también de modo borreguil, a la gente lo que le molaba era el rock. Soy de los pocos afortunados que eligió qué vida quería tener desde crío. He tenido la suerte de poder realizarla. A un altísimo porcentaje de la humanidad no le ocurre. Y no tuve que pagar un precio muy caro por ello. Por eso, a pesar de todo lo que hemos hablado, de la situación del mundo y de la cultura, para mí rock sigue siendo la palabra más evocadora del mundo.

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9 comentarios

  1. antitekila

    el único y perfecto músico del mundo, vaya cacao tiene el menda …

  2. Nacho Negro

    No entiendo que el entrevistador no le pregunte por su madre (Dina Rot); que “casualmente” se ha dedicado toda su vida a cantar y dar clases de voz y canto.

  3. Gran entrevista y gran tipo Ariel.

  4. Muy buena entrevista. Gran tipo y me relaciono mucho con el , entre otras cosas por darle al caballo antes que a la merca …

  5. Si con la historia de su vida y su talento este tipo hubiese nacido en EEUU o en Inglaterra sería una leyenda mundial… Ariel Rock

  6. Felicitaciones por la nota. Ariel siempre me cayó muy bien.
    Y esta Web mucho más. Ssaludos desde Buenos Aires.

  7. Noromixo Oxímoron

    Fantástica entrevista a un fantástico músico, un tipo inteligente, culto, elegante, con sus momentos oscuros y sus altibajos. Un ser humano, en definitiva, por encima de la estrella que en un par de momentos de su carrera ha sido.
    Y un maravilloso compositor de rock.

  8. Nosotros los argentinos y vosotros los españoles tenemos algo para compartir, más allá de varios sucesos a través de la historia, y es lo del mejor guitarrista de rock and roll hispano que ha existido. A lo que se agrega su excelentísimo gusto para componer y escribir canciones. Y por si todo esto fuera poco, porta como nadie el galardón humildad de los grandes. Y si aún todo esto resultara poco, su rol de excelentísima persona. Por todo ello, no habrá palabras suficientes para agredacerle tanta cosa buena.

  9. Andres

    Ariel Rot, Alejo Stivel y Calamaro ,cuanto bien han hecho para el rock en España. Gracias Argentina¡¡.

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