
Charles Dickens ideó El misterio de Edwin Drood como una historia de intriga que se publicaría por entregas (como todas las novelas del escritor) entre abril de 1870 y febrero de 1871. Pero ocurrió que a Dickens le dio por morirse, tras pasarse un día entero trabajando en uno de los capítulos de aquella obra, el 9 de junio de 1870 por culpa de las complicaciones derivadas de un derrame cerebral. Y para la editorial aquello se convirtió en un movimiento creativo demasiado arriesgado: la novela no estaba finalizada cuando el autor se encaminó hacia el otro mundo y la desgracia había transformado El misterio de Edwin Drood en la historia más misteriosa posible al carecer de un desenlace oficial. Lo más interesante de todo esto es que ni la muerte de su propio autor fue capaz de impedir que la última novela de Dickens gozase de una conclusión. O de dos. O tres. O de un buen puñado de finales diferentes, entre los cuales figuraba al menos uno para cuya elaboración fue necesario desempolvar una güija.
Cliffhanger
El misterio de Edwin Drood no se centraba tanto en el Edwin Drood del título como en el resto de personajes que lo rodeaban. Y muy particularmente en la figura de John Jasper, tío de Edwin, director de coro, aficionado a los fumaderos de opio e interesado en rozarse con Rosa Bud, una alumna prometida con su sobrino y también la zagala cuyas faldas anhelaba un jovenzuelo apuesto llamado Neville Landless. En la novela, Rosa y Edwin decidían finiquitar su compromiso en medio de tanto polígono amoroso, y poco después el joven Drood desaparecía de una manera tan misteriosa e inexplicable como para que todo el mundo comenzase a sospechar que alguien se lo había cargado. Tras la evaporación del muchacho, un extraño de apariencia sospechosa llamado Dick Datchery entraba en escena para vigilar los movimientos de Jasper. Y unos cuantos párrafos más tarde, todos los lectores de la época sufrían un inmenso coitus interruptus por culpa del giro de guion definitivo cuando a Dickens lo fulminaba la vida en general y el accidente cerebrovascular en particular. El escritor falleció con tan solo seis de las doce entregas de aquel relato publicadas. Su última novela quedaba inconclusa y todos los misterios abiertos sin resolver.
O no.

El misterio de Edwin Drood tuvo un gemelo burlesco e ilegítimo al otro lado del charco que acabaría jugando a escribir el final de la novela: The Cloven Foot, una serie de textos firmados por Orpheus C. Kerr que se publicaban paralelamente a modo de parodia nada velada de El misterio de Edwin Drood. Ocurría que aquel Orpheus C. Kerr era en realidad el seudónimo de un neoyorquino llamado Robert Henry Newell, un escritor humorístico entre cuya fanbase se encontraban admiradores tan distinguidos como el mismísimo Abraham Lincoln. Y aquel The Cloven Food episódico era una adaptación, en formato de farsa chiflada metarreferencial, de la historia que estaba elaborando Dickens. En la versión de Newell la acción se trasladaba a Estados Unidos mientras las bromas se centraban en satirizar los contrastes sociales entre ingleses y norteamericanos; el Jasper de The Cloven Foot era alcohólico en lugar de adicto al opio, y como consecuencia de una visión doble provocada por el elevado nivel de licores en sangre estaba convencido de tener un par de sobrinos en lugar de uno. Con la muerte de Dickens, el problema era evidente para la versión cómica de Newell al no disponer de nuevo material original que parodiar. Pero el estadounidense decidió solventar el contratiempo inventándose un desenlace propio a lo largo de cuatro capítulos sin demasiadas fanfarrias. Por su espíritu de mofa no contentó a los eruditos, pero se convirtió en el primer intento (de muchos) de rematar aquella obra que Dickens había dejado a medias.
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A decir de muchos, cuando Brandon Sanderson se hizo cargo del final de La rueda del tiempo, la calidad de la saga aumentó notablemente.
Tolkien lleva más publicado postumamente que en vida… Tenía bocetos hasta en el inodoro.
Magnífico artículo como siempre señor Cuevas, siempre es un placer leerle.
Lo de Sanderson fue increíble, no sabría decir cuántas veces la obra de otro escritor ha podido superar la del fallecido. Ojalá y si tanto Rothfuss como Martin no acaban sus respectivas sagas, se las dejen a él.
Sorprende que no mencionen en la lista a Michel, el hijo de Julio Verne que terminó las últimas novelas de su padre que fueron publicadas como si el padre las hubiera escrito completamente.
Por ejemplo El faro del fin del mundo y La misión Barsac.
Muy buen artículo, señor Cuevas.
Tal vez no se trate del mismo caso, pero recordé a David Lagercrantz y su Millenium perpetrado después de la muerte de Stieg Larsson. En este caso, no se trata de usufructo de manuscrito o borrador, sino de franquicia.
Saludos
Ernesto
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