
Este artículo fue publicada originalmente en nuestra revista trimestral número 18.
La del criminal más famoso de Estados Unidos es una historia que encierra muchos finales. Incluso el suyo propio. Porque no importa ya que esté vivo o muerto.
Las historias suelen tener un comienzo y un final. Las dimensiones habituales de cualquier narración. Pero luego hay historias que tiene un comienzo que encierra muchos finales. Otras que empiezan y parece que nunca terminan, aunque su final ya sucedió. E incluso las hay con un final que ni siquiera es aún un final, porque en realidad todavía no ha tenido lugar, pero que queda como tal. Esta, la de Charles Milles Manson (Cincinnati, Ohio, 1934), inductor de un asesinato múltiple, el preso más famoso de Estados Unidos, icono maldito del siglo XX, personaje célebre de la cultura popular, monstruo humano del imaginario colectivo, es una historia que aglutina en sí misma esos cuatro tipos de historias.
La primera es la más conocida y repetida. En el verano de 1969 Manson era el supuesto líder de una comuna hippy que vivía en un rancho en California. Había salido de la última cárcel por la que había pasado dos años antes. Entre correccionales y prisiones, ha vivido la mayor parte de su existencia encerrado. Él mismo me contó, en una entrevista que conseguí con él hace unos años y que publiqué en la revista Vanity Fair, que fue entre rejas donde creció. «Me criaron los gánsteres y los tipos viejos de la cárcel. Yo nunca tuve un fuera en mi cabeza», me dijo. Aquella, la suya, su Familia, como se la etiquetó después a lo largo de un juicio que se convertiría en puro espectáculo, era una comuna más del final de aquellos felices años sesenta. Todo estaba, digamos, en orden. Neil Armstrong pisaba la Luna, había manifestaciones contra la cruenta intervención en Vietnam, Arpanet, origen de internet, hacía su primera transmisión… Y los hippies aquellos pregonaban sus eslóganes de paz y amor entre noches de sexo y LSD y de reacción, sobre todo, y oposición al sistema. Manson y los suyos eran solo unos cuantos jóvenes (él no tanto, que ya tenía treinta y cuatro años) más así. Pero la madrugada del 9 de agosto pusieron la historia patas arriba cuando acudieron al 10 050 de Cielo Drive en Beverly Hills y mataron a cinco personas, entre ellas a la actriz Sharon Tate, la esposa embarazada de Roman Polanski. Los asesinos y Manson, juzgado como inductor de los crímenes, fueron condenados. Presentación, nudo y desenlace. Hasta aquí la primera historia.
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Demasiado bombo,el único bombo que habría que dar es el como y porque hizo eso,en que falla la sociedad americana como sociedad y en el dolor que produjo a sus victimas y más allegados,eso es lo que habría que darle bombo…
Censurar noticias no sirve de nada. Monstruos como este los hubo, los hay y los habrá. La crónica diaria es testimonio. Somos complejas estructuras biológicas, pero no por esto exentas del contagio, así sean modas del vestir y del hablar, de nacionalidades, de credos, ideas y por supuesto de la morbosidad y lo truculento. El conocimiento y la cultura libre es una de las bases posibles de un mundo mejor, y estas noticias son parte de aquellas, aunque no nos gusten, y hasta diría provechosas, pues nos dan una idea de cómo piensan o en qué creen estos nefastos personajes que, y extrañamente, los aúnan una vaga y personal idea de mesianismo apocalíptico. Este conocimiento sería esencial para la futura educación. Y no hay países que estén libres de esta lacra: fallan todos, por eso el progreso es lentísimo.
Por todo lo que he leido de Manson, creo que era una persona bastane especial, con mucha sensibilidad y mucha fuerza, y un talento innato para agrupar, crear, amar, persuadir. Pero Manson es también el producto de una sociedad quebrada y de una época, los años 60. Manson nació en una familia desestructurada y muy pobre, y desde niño comenzó una vida entre correccionales y fugas. A los 34 cuando sale de la cárcel había pasado más tiempo dentro que fuera. De ahí sale una persona fuera de los consensos más básicos de la sociedad, que en el contexto contracultural de los 60 y con su peculiar personalidad, dan un elemento político disruptivo. Manson no fue sólo un asesino, Manson fue un agitador político. Los asesinatos de la Familia eran parte de un delirante plan político de destrucción del capitalismo a través de una guerra racial. Manson se creía el heraldo de la destrucción. Sus asesinatos fueron tetralizados para que parecieran obra de los Panteras Negras, que se expandieran los asesinatos contra los negros y estos respondieran comenzando la guerra final. Manson es el otro lado del espejo, el fondo del abismo, por eso se obvia el sentido político de sus asesinatos. Manson como un loco que oculte que es producto del funcionamiento de nuestra sociedad.