Los finales de Charles Manson

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Charles Manson, 1969. Fotografía: Cordon.

Este artículo fue publicada originalmente en nuestra revista trimestral número 18.

La del criminal más famoso de Estados Unidos es una historia que encierra muchos finales. Incluso el suyo propio. Porque no importa ya que esté vivo o muerto.

Las historias suelen tener un comienzo y un final. Las dimensiones habituales de cualquier narración. Pero luego hay historias que tiene un comienzo que encierra muchos finales. Otras que empiezan y parece que nunca terminan, aunque su final ya sucedió. E incluso las hay con un final que ni siquiera es aún un final, porque en realidad todavía no ha tenido lugar, pero que queda como tal. Esta, la de Charles Milles Manson (Cincinnati, Ohio, 1934), inductor de un asesinato múltiple, el preso más famoso de Estados Unidos, icono maldito del siglo XX, personaje célebre de la cultura popular, monstruo humano del imaginario colectivo, es una historia que aglutina en sí misma esos cuatro tipos de historias.

La primera es la más conocida y repetida. En el verano de 1969 Manson era el supuesto líder de una comuna hippy que vivía en un rancho en California. Había salido de la última cárcel por la que había pasado dos años antes. Entre correccionales y prisiones, ha vivido la mayor parte de su existencia encerrado. Él mismo me contó, en una entrevista que conseguí con él hace unos años y que publiqué en la revista Vanity Fair, que fue entre rejas donde creció. «Me criaron los gánsteres y los tipos viejos de la cárcel. Yo nunca tuve un fuera en mi cabeza», me dijo. Aquella, la suya, su Familia, como se la etiquetó después a lo largo de un juicio que se convertiría en puro espectáculo, era una comuna más del final de aquellos felices años sesenta. Todo estaba, digamos, en orden. Neil Armstrong pisaba la Luna, había manifestaciones contra la cruenta intervención en Vietnam, Arpanet, origen de internet, hacía su primera transmisión… Y los hippies aquellos pregonaban sus eslóganes de paz y amor entre noches de sexo y LSD y de reacción, sobre todo, y oposición al sistema. Manson y los suyos eran solo unos cuantos jóvenes (él no tanto, que ya tenía treinta y cuatro años) más así. Pero la madrugada del 9 de agosto pusieron la historia patas arriba cuando acudieron al 10 050 de Cielo Drive en Beverly Hills y mataron a cinco personas, entre ellas a la actriz Sharon Tate, la esposa embarazada de Roman Polanski. Los asesinos y Manson, juzgado como inductor de los crímenes, fueron condenados. Presentación, nudo y desenlace. Hasta aquí la primera historia.

Ahora llega la segunda. Aquel crimen, al margen de todo lo que lo rodeó, del espectáculo mediático, del circo que crearon sus protagonistas durante el proceso, de las declaraciones de Manson, del inicio de la construcción de su personaje como hoy lo conocemos, fue simbólico. Encerraba en sí mismo, como decíamos, muchos finales. Archivó definitivamente la década de los sesenta en Estados Unidos, con un puñado de meses de antelación al calendario. Y de alguna manera finiquitó también, como algunas teorías han señalado después, el movimiento contracultural, aquel movimiento antisistema que floreció en los años sesenta, a ritmo de música Beatle, mientras en Estados Unidos aumentaba la pugna social, el activismo por los derechos civiles y llegaba desde el lejano Oriente el olor de la nube de napalm. De repente uno de aquellos grupos de jóvenes que preconizaban el amor libre y la paz se convertía en una banda salvaje de carniceros que mataban a puñaladas. Como si la comuna, como si las drogas y el amor libre los hubieran vuelto locos. El crimen impactó al mundo, pero sobre todo conmocionó a Estados Unidos. Además, en otro de los finales que encierra, aquel crimen supuso un antes y un después para Beverly Hills. La ciudad de Los Ángeles a la que llegó el explorador y conquistador español Gaspar de Portolá en el siglo XVIII era un sitio idílico, de casas sin muros, de puertas abiertas, donde los famosos convivían con sus vecinos. Tras aquel crimen se empezaron a levantar muros y a cerrar vallas frente a las casas y las mansiones, y Beverly Hills comenzó a convertirse en el Beverly Hills por el que hoy deambulan los autobuses de turistas en los que por megafonía se anuncia a qué famoso pertenece cada vivienda que apenas se ve detrás de cada muro a ambos lados de la calle.

Después están esas historias que terminaron pero que parece que nunca lo hicieron. Esta ya lo hizo. Manson fue condenado en abril de 1971. Ahí terminó todo. Y ahí hubiera terminado más rotundamente si no se hubiese quedado en un limbo legal. Inicialmente condenado a la pena de muerte en la cámara de gas, antes de que se ejecutase la sentencia, en 1972, la pena capital fue abolida durante unos años en California. A Manson se le adjudicó entonces la segunda pena en importancia que existía: cadena perpetua con revisiones de condicional. Desde entonces, casi cinco décadas después, Manson ha vivido en la cárcel de Corcoran, en California, en una unidad especial donde no solo se le vigila por lo que pueda hacer él, sino sobre todo por lo que otros reclusos puedan hacerle a él en busca de notoriedad. Y desde entonces, también, ha tenido una docena de vistas de condicional a las que ha acudido para lanzar mensajes absurdos y apocalípticos, que pueden encontrarse fácilmente en YouTube o en las transcripciones oficiales, o a las que ni siquiera ha acudido porque directamente no quería. En una de ellas llegó a decir que no iba porque estaba trabajando en su página web. Da igual. Aunque la ley le dé ese derecho a poder aspirar a la condicional, nunca hubiera salido de la cárcel. La última sesión fue en abril de 2012. Manson no asistió a la vista y se fijó la siguiente con el plazo máximo: quince años. Sería, si sigue vivo, y tendría ya noventa y tres años, en 2027. Pero aquel limbo legal inicial en el que estuvo permitió que durante años se terminase de construir su personaje. El Manson entrevistado en la cárcel en contadas ocasiones, cuando el Gobierno de California aún permitía que se entrevistase a los reclusos en persona. Hoy ya está prohibido. Cuando lo entrevisté tuve que hacerlo por teléfono. Traté de conseguir un permiso para visitarlo cara a cara, que es como se deben hacer las entrevistas, pero el Departamento de Prisiones del Estado lo rechazó. «No somos una agencia de relaciones públicas de ningún preso», dijeron. Al final tuve que realizar la entrevista por teléfono. Manson telefoneó desde la cárcel a uno de los amigos que tiene fuera y este me rebotó a mí la llamada. Con esas entrevistas en las que el viejo Charlie ha ido asomando su cabeza entre los barrotes y lanzando sus pintorescos mensajes se ha creado el personaje. Hay gente en Estados Unidos hoy que confiesa temer que Manson salga de la cárcel, aunque nunca lo hará. Incluso que dicen haberlo visto por la calle, aunque no ha salido de la prisión. El crimen y algunos criminales generan atracción pública. Fascinación. Morbo. Dicen los expertos que los crímenes de Jack el Destripador en el Londres de finales del siglo XIX fueron los primeros que crearon ese runrún en los lectores de los periódicos. Hoy parece que ya no hay periódicos, pero Manson ha vivido sus décadas de gloria con ellos, con la consolidación de la televisión, con la llegada de internet, con las redes sociales… Con toda la artillería, vamos. Porque no ha sido siquiera él quien realmente ha espoleado todo eso. Sí, diréis, algo ha hecho, su mérito tiene. Es verdad. Ahí están sus declaraciones. «Yo soy todo lo malo», me dijo a mí. ¿Cómo querría ser recordado?, le pregunté. «Parece que no lo entiendes», me respondió. «¡No va a quedar nadie! Todo se está muriendo. No habrá aire para respirar así que no tendréis cerebro para recordar nada. ¿Lo entiendes? ¿Puedes encajar eso en tu, como la llamas, sociedad?».

Mensajes así, como los que ha lanzado de tanto en cuanto, tienen su mérito, cierto. Si se hubiera callado se hubiese difuminado su figura. Pensemos en otros criminales mediáticos, como Mark David Chapman, por ejemplo, el asesino de John Lennon. Pero Manson ha seguido hablando. Y sobre todo Manson ha continuado rodeándose de gente a su alrededor, de extraños personajes que han vivido incluso en Corcoran para estar cerca de él o que se han puesto en contacto con él. George Stimson fue uno de ellos, durante los años noventa. Recientemente Stimson me contaba que hay mucha gente que se dirige y se ha dirigido a Manson, cada uno con diferentes motivaciones. Hay quien ha buscado incluso el negocio, tratando de conseguir alguna carta o algún objeto suyo que subastar en internet. «Pero Manson es consciente de todo y sabe ver las motivaciones detrás de cada persona», me dijo. Stimson también destacó la «positividad» que el preso sigue teniendo a pesar de su vida. Rose, una mujer de Texas con la que Manson charla de vez en cuando por teléfono, me llegó a confesar que tras fallecer su madre recibió una llamada del preso y que aquello la consoló como nada. También me dejó escuchar grabaciones de sus conversaciones en las que básicamente ella lanzaba preguntas al aire y Manson respondía lo que le daba la gana. «¿Qué pasará con mi cuerpo cuando muera?», le respondía repitiéndole su pregunta una de las veces. «Yo soy solo una polla!». Fernando, un joven de Brasil, me contó que se puso en contacto con el preso porque cree en su visión sobre el medio ambiente y en el movimiento que lidera desde la cárcel, bautizado como ATWA (acrónimo, en inglés, de Aire, Tierra, Agua y Animales). Craig Hammond y Afton Burton, un sexagenario y una veinteañera bautizados por Manson como Gray Wolf y Star, viven en Corcoran para estar cerca de él, para atenderlo, para acudir a sus visitas o tratar de ganar algún dinero también vendiendo los dibujos que Manson hace o camisetas a través de la página charliesarts.com. Son todos ellos los que han contribuido también a inflar la leyenda. ¿Si aquella Familia de los sesenta que tuvo cometió aquellos crímenes, qué podría hacer una nueva Familia? Pero el enunciado es falso. No son nadie. Ni siquiera han dado nunca ningún problema en el pequeño pueblo de Corcoran, donde viven, como me contó uno de sus jefes de policía. Han (hemos) sido los medios de comunicación los que han consolidado y perpetuado el Manson icónico. Con entrevistas, con reportajes en los que cada año, cada aniversario, se recuerdan aquellos crímenes, o convirtiendo en noticia cada hecho que tiene, aunque sea de refilón, algún tipo de relación con Manson. Si solo hubiera dependido de él, la historia de Charles Manson habría terminado en 1971 con su condena.

Y, sin embargo, lo más paradójico de esta historia que esconde tantos finales es que el final de Charles Manson ya se ha producido. Y no una, sino varias veces. Hace tres años terminó difundida en los medios de comunicación una noticia falsa que decía que había muerto. Las reacciones en las redes sociales lo convirtieron en trending topic. Cada uno hizo su chiste, su comentario, lo que fuese. Pero Manson seguía vivo. Totalmente vivo. Como me dijo a mí hablando en español cuando lo entrevisté: «La hierba mala no muere». Este año, a comienzos de enero, volvió a suceder. Manson sufrió una hemorragia intestinal y debió ser trasladado a un hospital fuera de la prisión. Cuando entrego este texto aún no se sabe bien qué sucedió, si está recuperado o si por su edad, como han apuntado algunos medios, no se podrá recuperar. Al menos había sido trasladado de nuevo a la cárcel. Pero los responsables de la prisión no dan datos sobre su salud porque dicen que está prohibido por ley hacerlo. Manson, cuando salga publicado este texto, podría haber muerto ya. Pero tampoco importa. Con el ingreso en el hospital de nuevo se desataron las mismas reacciones que hace tres años. Chistes, suspiros de alivio, noticias… Los medios volvieron a recordar entonces lo mismo que llevan recordando periódicamente desde hace casi cincuenta años: quién es Manson, qué hizo, qué ha ido diciendo… La misma pieza una y otra vez publicada. Ahora también, por eso de internet y los clics, en formato lista. Las mismas historias que recuerdan la versión oficial que quedó de sus crímenes y cómo, ido por las drogas y alucinado, quería espolear una guerra racial tras la que supuestamente él y los suyos liderarían el mundo. Las mismas teorías contrapuestas que han ido conociéndose durante estos casi cincuenta años en las que se niega aquella versión que estableció el fiscal Vincent Bugliosi en el juicio. Todo igual. Así que cuando muera finalmente, cuando de verdad llegue su final biológico, no importará, porque ya ha sucedido muchas veces antes. Esta es, en definitiva, una historia con un final que conocemos y que aun así seguimos esperando y contando. Una historia en la que poco importa ya, aunque parezca mentira, su protagonista, Charles Manson, y que esté vivo o muerto.

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2 comentarios

  1. Demasiado bombo,el único bombo que habría que dar es el como y porque hizo eso,en que falla la sociedad americana como sociedad y en el dolor que produjo a sus victimas y más allegados,eso es lo que habría que darle bombo…

  2. Censurar noticias no sirve de nada. Monstruos como este los hubo, los hay y los habrá. La crónica diaria es testimonio. Somos complejas estructuras biológicas, pero no por esto exentas del contagio, así sean modas del vestir y del hablar, de nacionalidades, de credos, ideas y por supuesto de la morbosidad y lo truculento. El conocimiento y la cultura libre es una de las bases posibles de un mundo mejor, y estas noticias son parte de aquellas, aunque no nos gusten, y hasta diría provechosas, pues nos dan una idea de cómo piensan o en qué creen estos nefastos personajes que, y extrañamente, los aúnan una vaga y personal idea de mesianismo apocalíptico. Este conocimiento sería esencial para la futura educación. Y no hay países que estén libres de esta lacra: fallan todos, por eso el progreso es lentísimo.

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